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martes, 2 de junio de 2026

Detrás de la puerta

 


Decidió que detrás de la puerta ya no había nada que suscitase su interés. 

No se trataba de esquivarla, de pasar de largo y mirarla de reojo con prevención y recelo. Simplemente, para ella ese umbral ya no existía. No había nada. Y cuando uno decide algo, debe al menos intentar llevarlo hasta el final.

Inocentemente pensó que entornando esta puerta se abriría un sendero transitable que la acercaría a otro lugar. Pero ese lugar sólo existe en su imaginación. Un día cerró la puerta. No es trágico. Total, el sendero sigue en su imaginación. Puede recorrerlo siempre que quiera. La puerta no conduce a nada.

La cerró.


UolFree

martes, 18 de febrero de 2025

El Caradura


 - Me la he encontrado.

-¡Vaya!

- Después de cinco años me lo ha confesado, que no pudo con eso.

-...?

- Que en mi trabajo comentaban que yo siempre iba de sobrado atribuyéndome méritos, cuando en realidad no daba palo al auga y que me escaqueaba de todo. 

- ¡Se enteran de todo!

-¿Qué?

-¿Eh?

Uol Free

¿Soportaríais que ésa fuese la consideración que de vuestra pareja tuviesen en el trabajo?

Caradura, granuja, sinvergüenza, trepa, gilipollas, parásito, político ... Escaqueador profesional.

domingo, 29 de diciembre de 2024

La Luz


No es tanto la negrura lo que nos atenaza, ni siquiera el dolor, es el miedo, el miedo a perder hasta lo que todavía no tienes.
El miedo tiene tonalidades. El miedo al miedo es el peor.
Y dentro del ciclo de la vida también hay repeticiones casuales (o no). Unos se van dejando hueco negro de dolor que a veces se rellena e ilumina con la luz de los que llegan.
La luz. Luz. LUX MUNDI. 
Ojalá me llegue y llene tu luz, meu meniño. ¡Tenemos tanto amor que ofrecerte! 
¡Ya te estoy queriendo! ¡Ven con tu luz!

Uol Free
NADAL 2024

jueves, 14 de noviembre de 2024

Tattoos

 


- Lo único positivo de no ligar ahora es no tener que descubrir  serpientes, dragones, cruces, cristos y vírgenes cuando se sacan la camiseta.

- A mí me da un parraque.

- Jajajaja

Uol

jueves, 25 de julio de 2024

Aludida

 - ¡Mira que le echo cebos, pero siempre me escribe comentarios quien no me interesa! La otra nunca se da por aludida.
- Por eso yo me fui a negro.
- La misma mierda de siempre.
- ¿Pedimos otra?
- Muy fría, por favor.








jueves, 23 de febrero de 2023

Soledad

 


Cuando te percatas de que el tiempo que tienes hacia adelante ya es menor  que el que dejas atrás, se imponen ciertas reflexiones o ideas turbias en tu cabeza; se hacen hueco y buscan el cauce por el que fluir y dejar posos en las orillas, como sedimentos hediondos que no puedes más que oler e identificar.

A veces me siento sola; no la soledad de la tristeza, el aislamiento y el abandono (que vendrán tal vez en algún momento), sino la soledad de no tener con quien compartir planes. Como dijo una amiga, es jodido tener tiempo y dinero y no tener con quien compartirlos.

Cuando era muy joven ni me planteaba no tener planes. Ni os cuento la emoción de la llamada por teléfono de amigas, ligues o conocidos con los que intercambiaba número de teléfono.

Cuando era universitaria los planes se solapaban y no solo había de renunciar a algunos por faltarme el don de la ubicuidad, sino porque mi responsabilidad ante los estudios me impedía vivir una vida loca, porque aunque no faltan pecados e imprudencias en mi currículum, nunca podrían catalogarse de disparates, barbaridades o locuras peligrosas. O quizás, sí; tal como se cataloga ahora todo, quizás sí viví situaciones insensatas o arriesgadas. Con todo, ni nunca perdí el norte ni nunca me desvié de mi objetivo: ser independiente económicamente.  Yo quería tiempo y dinero. Más o menos, los tengo. Tiempo menos, la vejez de los padres se impone. Pero todavía dispongo de ciertos momentos para mí.

En el período entre los veinticinco y los treinta y cinco años, cuando algunos de mis amigos y conocidos iniciaban el camino de forjar una familia, yo tenía un grupillo de cuatro íntimos que seguíamos sin ver claro ese túnel. Ahora si teníamos dinero y tiempo y los barajábamos a discreción. Fueron épocas gloriosas de las que he hablado en este blog varias veces. No lo idealizo: había curro y había horarios, pero también noches de empalmada, fines de semana de excursiones, bebidoque o viajes. También sexo y amor. Junto o por separado. Bueno, yo amor platónico nunca he tenido. Si no veía perspectivas, cambiaba la dirección de mi mirada. He amado. He deseado. Y he recibido ambas cosas. Pero no he sido persistente. Me he escapado. El porqué no viene a cuento. Quizás un día os lo cuente. O quizás cada uno ya se haya hecho una idea después de años leyéndome, y tampoco voy yo ahora a desmontarle el cuarto oscuro donde me haya metido.

Lo cierto es que yo me decía a mí misma que era muy afortunada por seguir manteniendo ese grupo de amistades tan unido, en unión estable, firme, férrea y, sobre todo, con el mismo estatus e intereses después de tantos años. Y de pronto, sin anuncios, sin dramas, sin intuirlo, el grupo se disolvió. ¿Las razones? Traslados de ciudad por trabajo y/o amor; un desacuerdo  en un caso que hizo plantearme que quizás necesitaba poner algo de distancia y de lo que nunca volvimos a hablar. Pero seguía existiendo gente a la que me uní. Y otro amor, otro grupo. Sin embargo, ya no fue lo mismo. Madurar, se llama, al parecer. Yo no pienso que antes fuésemos inmaduros. Simplemente, no todo el mundo necesita los mismos asideros en la vida. Ningún planteamiento es mejor que otro. Cada uno se agarra a lo que le satisface. La verdad es que la familia exige tiempo y dedicación. Y es bueno y necesario que así sea.  Y te vas descolgando. E, incluso, tu pareja interpreta como falta de compromiso que tú no quieras más compromiso que el que tienes: deducen falsamente que es falta de amor. A lo mejor es cierto. No lo sé. ¡No sé tantas cosas! Yo no lo veía así. Y ese afán por un papel me fue desinflando a mí. Y lo dejé. Otra vez.  Aquí alguien pensará que tengo miedo al compromiso, que soy inmadura. Otra vez el concepto. Pero no. O sí. No lo sé.

El caso es que aquello que escuchaba de adolescente cuando hablaban de ciertas chicas independientes, "se le va a pasar el arroz", "hay que tener hijos para que te cuiden en la vejez", "es tan escogida que se va a quedar sola", todos ellos dichos horribles y que encierran un egoísmo extremo (¡Y falso!, que se lo digan a los ancianos arrumbados en residencias; y sí, ya sé que existen situaciones insostenibles en las que es imposible cuidarlos en casa, pero vete tú a decírselo al padre que quería tener hijos para que lo cuidasen). Esos dichos populares, digo, reflejan el miedo a la soledad. Y aquí vuelvo a lo mismo. No me siento sola, pero tengo tiempo y dinero y no tengo más que compañeras con las que tomar un café o unas cañas tras el trabajo. A veces, ir al teatro o al cine. Y sí, cenas del club de lectura o tardes de termas. No está mal, ¿no? Pero yo hablo de viajar, de salir de vinos y pinchos cualquier tarde, de aquella emoción cuando sonaba el telefonillo del portal y cualquier amigo se presentaba para arrancarte del aburrimiento. ¿Quién se presenta en estos tiempos de repente en el portal sin previo aviso por el whatsapp?

Y aquí estoy, reflexionando mientras se hace la paella (arroz con cosas, en realidad) tras un largo puente de Carnaval en el que no he tenido con quien salir disfrazada o andar de troula por el triángulo mágico (Laza, Verín, Xinzo) porque todo el mundo tiene sus propios planes. 

Alguien puede pensar que hablo desde la amargura. Y no. Yo no me siento así. Pero me gustaría volver a compartir un grupo como el de antaño. Y es tremendamente difícil. Supongo que para cuando me jubile. Igual para entonces vuelvo a reunir a almas solitarias con ansia por compartir. Aunque no sé. Igual para entonces el cuerpo ya no acompañará al ánima.

Por eso, ahora, en la orilla, ante el mar en calma de mi espíritu, es cuando me pregunto, la soledad elegida ¿es una conquista o una losa? Chi lo sà!

Uol



viernes, 16 de julio de 2021

Ricino


Saía sempre ao encontro da vida. Por veces ousada, libre; outras temerosa, precavida. A maior parte das ocasións sen esperar nada en especial, só sentir a normalidade, pasear, mirar escaparates, refolletear entre a roupa, curiosear libros, tomar un café ou unha caña, dependendo da hora, nunha terraza. Case sempre facendo o mesmo percorrido, introducindo mínimas variacións. Xa sabedes, fas o triángulo en Auria e xa te atopaches a todo o mundo polo menos unha vez. Outras agardando por alguén, charla fronte a unhas patacas fritidas en rabiosa disputa coas ladroas pombas, cada día máis rapaces e atrevidas, descaradas.

Desde había tempo os meus ollos facían un varrido buscando unhas formas, un pescozo, unha estatura, uns andares. Rara vez os atopaban por máis que escrudriñaban cadeiras e mesas en terrazas e cafés. Coincidir era unha rareza apetecida. E cando iso acontecía, o vaído, a sorpresa pese a buscalo, a esperalo, a soñalo.

Hai días que era mellor non saír da casa, non tentar a sorte, nin buscar a vida. Total, iso só sucede nas películas de serie B para as sobremesas de domingo na televisión. Hai días que era mellor non mirar, non axexar, non guichar máis alá do tropezón inesperado. E ese día chegou -era esperable, era imaxinable, pero aínda así, era doloroso-. E eu pensei, xa está. Os teus ollos acaban de certificar o esperable. Todo é moi louco e absurdo. Sentín unha dor que non me correspondía, pero que me lembrou a aqueloutra pasada. E á miña mente chegaron como un eco aquelas palabras, non quero volver a sentir isto, non quero volver a sufrir isto. Sentino coma algo real. Non pode ser, non pode ser. Non podo sentir este corazón desbocado. E dicíame, medio mareada, Praza Maior abaixo, esta dor non é real, non me corresponde: é un reflexo daqueloutra pasada; non é real, non é real. Camiñei coma unha alma en pena polas rúas cada vez máis baleiras, pois xa era hora de xantar, igual que aquela vez, onde me aboquei sobre o Miño desde a Ponte Romana e vía as augas turbias alá abaixo e reflexionaba sobre se esa dor que sentía era a que facía que certas persoas se guindaran alá embaixo. Pensaba todo isto mentres me sentía a persoa máis triste e desvalida do mundo; sentía sobre min un peso milenario, o peso de todas as dores posibles sobre min. E non obstante, aquilo pasou. Pensaba que nunca pasaría, pero pasou. Tardou, pero un día xa non pensaches máis niso, naquilo; e, se pensabas, xa non había dor, só decepción, que polo menos é un motivo para sentir unha dor máis tanxible e non é aquela cousa, esta cousa sen nome.

Porque a vida sí sae ao encontro, sae ao encontro para cuspirche aos pés e dicirche saca de aí, pailana, atontá, pero por que constrúes castelos no aire, por que armas labirintos que non vai cruzar, por que mostras debuxos que non vai colorear, por que lle escribes esa letra a unha música que nunca escoitou, por que lle pos un final tecnicolor ao que é un documental experimental en branco e negro duro e fuxidío? Ah, la vie! Non ves que es ridícula, non ves que volves ao mesmo unha e outra vez, non ves que é absurdo, non ves que cansas, que enfastías, que só ti ves pó dourado no vento, no aire? Déixate de trangalladas e sé obxectiva, sé pragmática, sé realista, asenta no mundo, hostia xa, aterriza, nena, aterriza xa!

Neste mundo a algúns fáltalles un fervor e a outros sóbranos idealismo. A algúns sóbralles vinagre e a outros azucre, contaminando todo cunha melaza imaxinaria que anoxa, que produce bascas, que fai golsar os espíritos máis realistas.

Menos mal que para isto está a vida, que vén ao teu encontro ofrecéndoche o vomitivo más axeitado, culleradas de ricino que che fan abrir ollos e boca para vertelo todo. A vida, esa candonga.

Uol



martes, 8 de junio de 2021

Diez


Diez.

¿Ya? ¿Una década? ¡Imposible!
Volver la vista atrás. ¿Por qué? ¿Para qué?
Esa inexplicable necesidad adquirida de hacer balance. ¿De qué ? ¿Para qué?
Esa voluble y caprichosa capacidad de alterar los recuerdos, de analizar a posteriori hechos, sucesos y palabras.
Esa rebelde y desenfrenada habilidad de crear necesidades, de amar, de imaginar, de soñar, porque sí, porque la vida es esto y sólo esto.

Diez años. Un suspiro.

¿Qué ha cambiado en mí? Nada. Algo. Todo. ¡Qué sé yo! ¡Y qué más da! ¡Qué absurdo querer analizarlo todo, sopesarlo todo, evaluarlo todo!

He vivido. He sentido. He gozado. He amado. He soñado. He sufrido. No creo que haya odiado, pero sí he sentido rabia, enfado, irritación sobre todo. A veces me he desesperado. Pero la vida seguía tirando de mí. Sigue tirando de mí. Siempre me ha llevado en volandas este deseo de vivir. Intensamente. Mientras viva.

Diez. Un suspiro.

Tu mirada me empuja por el tobogán a por otros diez más.
Para vivir viviendo. Con risas, con gozo, con sueños, con dolor también, cómo no.

Diez años.
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Uol



viernes, 14 de mayo de 2021

Parálisis

Como si me leyera los pensamientos,  se interrumpió y nos miramos de esa forma en que lo hacen las personas que se han visto desnudas y todo lo demás. Se mordió los labios, pero yo sentí que mordía los míos.

Benjamín Prado: Los treinta apellidos.


No me atreví a alzar la cabeza y a mirarlo directamente a la cara. Me temblaban las manos, que recogí la una sobre la otra, en un burdo intento de darse mutua calma y de paso hacerlo yo también. No me atreví a alzar el rostro y a mirarlo a los ojos, tan próximo estaba. Temí leer en ellos indiferencia, desinterés, o lo que era peor, ignorancia de mi persona, desconocimiento del pulsante latido en mi cuello, en mis pulsos, en mi acelerado corazón. Cuando lo veía, instintivamente llevaba las yemas de mis dedos a la yugular para sentir mis pulsaciones aceleradas. ¡Estaba tan cerca y yo tan bloqueada!

Y allí permanecí, sin moverme, aparentemente ajena a él, fingiendo estar muy atenta a la conferenciante de pelo violáceo, que explicaba con mucho detalle las peripecias sufridas hasta que había sido posible traer a la ciudad la exposición.

No sólo lo sentí a mi lado, también percibí claramente su aroma. Y esto me noqueó, llegué a pensar que me lo imaginaba; ¿acaso no llevábamos todos puestas las obligatorias mascarillas a las que nos había condenado esta desesperante pandemia? Así de concentrados mis sentidos en él, así de abismados mis receptores ante su presencia a escasos centímetros de mí. Y sí, me llegó su aroma fresco, como agua clara. Quise de nuevo mirarlo, lo juro, quería hacerlo. Estuve a punto, pero entonces llegó la estocada a mis débiles propósitos: oí un quedo suspiro. Y en ese instante mi conciencia se trasladó a algún otro lugar. A un lugar donde él y yo nos mirábamos sin fin, sin prisas; un lugar donde nuestros suspiros se acompasaban, se acompañaban de caricias, de miradas ahora apasionadas, ahora tiernas. Fue un segundo, el suspiro, casi un gemido; fue un segundo, el sueño.

Se apartó.
Me quedé.
Se fue.
Aguanté.

Pero no olvido el perfume y su suspiro.

Y muero por volver a olerlo, por volver a escucharlo; ansío provocarlo, el gemido, el suspiro, mientras lo miro, ahora así, eternamente a los ojos.

Uol


jueves, 25 de marzo de 2021

Los malvados

 


Cuando has sido educada en el respeto a los demás, pero al tiempo en el orgullo de ser quien eres; en el respeto al trabajo y al esfuerzo y en el orgullo de defender lo propio; cuando en tu casa has visto la bondad y la compasión, pero también la crítica hacia lo superfluo si supone gasto de dinero y energías; cuando se valora la honradez, la lealtad, y al tiempo se celebra la alegría, el baile, las risas, la unión familiar, una crece fuerte en lo afectivo. Después, obviamente, la vida te hace ver otras familias, otras casas, otras realidades. Y eso es también vivir, ver que no todo es como una piensa.

En mi vida y hasta los once años no conocí la manifestación de la maldad. Los malvados eran los de las películas de la tele, los villanos, no había más. Claro que me enfadaba a veces con mi madre en ese tira y afloja de los recados y la desobediencia (¡a ver si pensáis que mi casa era el edén celestial!), pero no había maldad; claro que me peleaba con mis hermanos y solía salir perdiendo (yo soy la pequeña con tres hermanos grandotes), pero nunca hubo maldad. A los once años me enfrenté por primera vez al poder de los malvados, esos seres maquiavélicos (o simplemente estúpidos) que disfrutan (o eso parece) del poder de retorcerlo todo para provocar el caos y el desaliento, la incomprensión, porque es en ese revolutum donde ellos se sienten en su salsa, cómodos, porque si los demás buscan el porqué, ellos buscan el cómo; porque cuando los demás sufren, ellos gozan: maldad en estado puro.

La maldad que conocí a los once años, fuera de mi entorno familiar, me preparó seguramente para la vida, pero yo lo viví con desconcierto. No fue nada trágico, no temáis, pero de pronto aparecieron esas niñas que mentían para intentar fastidiarme, esa gente que por delante me decía una cosa y después aseguraba otra; esos adultos que me daban coba, pero después me desvalorizaban sin atender mis logros; esas personas que te alababan pero añadían un pero que intentaba anular todo lo anterior; esas nuevas compañeras que te decían o conmigo o contra mí, eso, eso, yo no lo había vivido antes. Podréis decir que, simplemente, había entrado en la adolescencia, con sus celos, sus rivalidades, sus inseguridades. Puede ser, pero repito, eso yo no lo había visto antes en el entorno de mis hermanos mayores.

Esas pequeñas maldades me prepararon para la vida, es cierto, y me convirtieron en una mujer que huye de los mentirosos, de los trepas, de los inútiles que prosperan con triquiñuelas y mentiras; eso hizo que aborrezca a los políticos (en general) y a los mandamases. Eso hizo que escape de cargos y mandos. Todos caen tarde o temprano en la autocomplacencia, en el mejor de los casos, y en corruptelas varias, en el peor. No es para mí. Lo sé porque una vez rocé esa idea de yo tengo más derecho. Me di cuenta entonces de lo sencillo que es autoengañarse y me horroricé. Poco tiempo después pude compensar esa acción y la resarcí ampliamente. Tampoco era nada grave, no creáis, pero para mí fue significativo. Desde entonces me reafirmo en la idea de que tengo por bandera la honestidad, tengo valores y pocas tragaderas. No sirvo para puestos de peloteo.

Hay otra maldad, la maldad de los grandes malvados. Emponzoñan el agua del pozo con su lengua, vierten veneno día a día a su alrededor; a veces de forma selectiva, a veces en explosión en cadena, alcanzando por igual a objetivos y a colaterales. El agua se vuelve turbia y turbia a cada paso. Y esos malvados no se percatan de que el agua de ese pozo que remueven con su mierda es la propia fuente en la que ellos han de beber. Y beben ese agua. Y se envenenan más, convirtiéndose en monstruos que ya no reconocen el agua limpia, el agua pura que sacia la sed y limpia el cuerpo. Viven emponzoñados. Y casi nada se puede hacer, porque el agua de ese pozo en el que se miran está turbia, refleja una imagen deformada, ya no ven su rostro, ya no hace de espejo, solo ven mierda y mierda por todos lados. Y ya creen que la mierda es de otros y no la suya, la que han vertido durante meses y años. Acaban por no comprender por qué la gente les rehúye, por qué pierden amigos, familiares, compañeros. Por eso muchos acaban por tener dos caras, para no caer en el riesgo de verse a sí mismos, como una gorgona que se horrorice de su propio rostro. Y es así como engañan a muchos. Y hasta a sí mismos.

¿Qué disfrute hay en herir, perjudicar, espantar, entorpecer, molestar a otro? ¿Qué carencias tapa esta actitud? ¿Qué les falta? ¿Qué les sobra? ¿Qué vida miserable viven?



Creo que sé de una persona que es un futuro malvado psicópata (que es otro tipo de malvado), de verdad. La mirada errática cargada de odio, de conspiraciones bullendo en su cabeza, fraguando mentiras que acallen su culpa, ya con problemas graves a su alrededor, queriendo vengarse de un mundo que no valora sus despóticas creencias, su arrogancia, su mediocridad.

Hoy lo he visto pasar y me ha lanzado una mirada cargada de loco odio.

Uol

viernes, 12 de febrero de 2021

Disfraz



     Estamos en vísperas del carnaval. Y digo carnaval, porque lamentablemente yo he vivido más el carnaval que O Entroido, que es el carnaval ancestral, el típico y genuino de Galicia, más primitivo, más enraizado en las costumbres de antaño, en la renovación de la vida, en la exaltación de lo primario. (Podéis recordar mi lance fou, vivido en Laza, clicando AQUÍ). Pero, por desgracia, en mi infancia y adolescencia yo no viví el carnaval ancestral. A mí me tocó el sucedáneo del disfraz trapalleiro, es decir, del disfraz hecho con la mezcolanza hilarante de ropas viejas o pasadas de moda; y en la adolescencia viví el carnaval con el disfraz del chino, que no resistía la pavesa de los cigarrillos en los apretones de las discos, cuando aún se fumaba en los locales. Y vive Dios que no sé cómo sobrevivimos a más que probables incendios. De algún abrigo hice duelo por llegar con un quemazo a casa.

Llega el carnaval, decía, y a mí me da por reflexionar sobre la querencia que yo tengo por el disfraz. Nunca he sido de comparsas ni coreografías. Veréis, para ciertas cosas soy terriblemente individualista. No me va ir en el mogollón, todos iguales y danzando a la vez. Si veis a un grupo con una mona vestida al revés y saltando como una loca, ésa soy yo. Acepto seguir una línea temática, pero no voy igual, no. No es por destacar, por parecer diferente, es mi forma del ver el mundo. Las masas me dan cosita. Y ya sé que pertenezco a la masa, pero una tiene derecho a soñar, ¿no?

A lo que iba, para mí el disfraz es el traje que me permite soñar. Yo me pongo un disfraz y me transformo, que supongo que es lo que les pasa a las actrices y actores, que mudan la piel con sólo un complemento. Por eso declaran que en los ensayos portan aunque sea una sola prenda del personaje, para sentirlo, para vivirlo, para crearlo. Yo hubiese sido una magnífica actriz (de carácter al menos) si no fuera por mi sentido del ridículo. Es un sentido del ridículo un tanto especial, porque no me importa ponerme un trapo en la cabeza, subirme a una silla y cantar la Traviata, pero no me gusta que se burlen de mí. Obviamente, no todo el mundo puede hacerme sentir ridícula (creo fervientemente en el refrán A palabras necias, oídos sordos), pero si se rompe esa escollera, el hundimiento es brutal. Así que el disfraz ha sido un buen artificio para transformarme y soltar las riendas del autocontrol. En Carnaval me he sentido libre en la piel de la desalmada seductora, de la garota brasileira, de Catwoman envuelta en látex, de la indomable pirata, de una Bonnie con boina y daga en la liga. En fin, lo opuesto a una tranquila y sensata ciudadana. Dicen que uno se disfraza de lo que es, de lo que se siente que uno es por dentro. No sé yo si tanto, pero lo cierto es que una vez vestido, el disfraz toma el mando. Y en mi caso nunca es para reproducir la realidad, sino para despegarme del suelo, flotar en un mundo paralelo, donde mi vida no está condicionada ni medida ni regulada ni marcada; donde puedo ser desobediente, libertaria, seductora, irónica, valiente, salvaje.

Decidme, ¿pudiendo sentir y experimentar esto, voy a disfrazarme de pingüino, oso o tortuga?

Uol

jueves, 31 de diciembre de 2020

2020

 


2020 

Resumir un año de mierda parece bien fácil: inmundo, nauseabundo, repulsivo, repugnante, asqueroso, desolador, doloroso, amargo... 

Las precisiones vienen después, con las sensaciones que esos adjetivos provocaron en mí: alarma, aprensión, ansia, cobardía, tristeza, sobresaltos, sustos, apatía, desesperación, recelo, escepticismo... 

Resumiendo: 

Enero 
Una mirada provocó un incendio y un like desencadenó una reacción nuclear en cadena, imparable y destructiva. El año prometía, era el 2020. 

Febrero 
Como antesala de lo venidero, el Carnaval pasó con más pena que gloria. Y es mucho decir, simplemente no hubo fiesta para mí. Ya no hay peña que me arrastre a la locura del disfraz, a la complicidad de los amigos con cerveza y vinos saltando en las ruelas estrechas. La Cuaresma se presentaba larga y gris. Lo que no imaginaba era cuánto. 

Marzo 
Y llegó La noticia. Los noticiarios diarios. La prensa. Pegada a la pantalla alucinando, sin creerlo y pensando todavía que serían quince días de confusión y alarma. 


Y el miedo me asaltó a traición, enseñándome los dientes noche tras noche, empatando con el día, sin ocultarse, sin sutilezas, mostrando arrogante sus colmillos. 

Y en medio de ese delirio y ese pavor, lancé mis naves al mar. Desde el otro lado del océano me respondió la luz del faro. Me dejé llevar por ese resplandor, esperanzada en salvarme. 

Abril
Encierro. Reinventándome en el trabajo. Disimulando el desconcierto. Animando sin creer en mi propio ánimo. Fingiendo entereza. Y no poder abrazar a los míos. Y la ronda de llamadas telefónicas nocturnas. Y las vídeollamadas de vez en cuando, notando mis ojeras aumentar. Y hablar sin ganas, porque lo único que mi garganta quiere es gritar. Y el espanto de los balcones. Y el horror de las sirenas a las ocho. 

Mayo 
Cada día esperando que cambien las normas, porque eso significaría que también cambia lo otro, las muertes, los enfermos, las quiebras, el dolor, la incertidumbre. 

Y el día 18 pude por fin abrazar a mis padres después de dos meses. Y me quedé con ellos quince días mientras trabajaba en remoto. Pude salir al campo, pasear a la vera del río, pude cocinar para ellos, darles mimos, serenarme poco a poco. 

Junio 
Intentar recuperar algunas actividades: ir al fisioterapeuta sin miedo, a las termas; entrar en un comercio... E ir haciéndose a la idea de lo plano, gris y árido que iba a ser el verano. 

Julio 
Sin planes, sin findes de playa, sin quedadas con amigas para ir al feirón a Portugal y comer un bacallau ao forno. Calor baldío. 

La luz del faro de marzo aparecía y desaparecía entre la niebla durante esos meses infernales. Fue un cabo que mantenía a flote mi ilusión por la vida. Y en julio orienté mi nave hacia esa luz, guiándome por su resplandor. Recalé a los pies del acantilado, aguardando no sé qué. Y la luz de repente se apagó. Remé torpemente hasta la orilla. La barca de madera flota a su pesar, ya sin rumbo, sin ansias, sin nada. 


Agosto 
Vacaciones sin planes para no traer el bicho a casa. Sin visitar amigas e ir de fiesta. Sin mar. Sin fiestas populares. Acompañando a papis en la casa familiar. Calor y más calor. Siestas con pesadillas. Lecturas compulsivas. Insomnio en las madrugadas. Y la fatiga de saber que de nuevo habrá que volver al trabajo, pero que no será igual, que no habrá reencuentros felices, ni brindis ni cenas con sobremesa parlanchina. Y saber que la luz del faro se extinguió. 

Septiembre 
Sigue la incertidumbre acerca del final de la pandemia. Siguen los muertos. Siguen las especulaciones acerca de la vacuna. Retorno al trabajo presencial, con más miedos y más dudas. Nada es igual. Y de nuevo sustos con la propia salud. La mente está cansada, extremadamente agotada de luchar contra la negritud del pensamiento, contra el desánimo, contra el deseo de dejarse ir como una balsa a la deriva. Luchar contra el deseo del abandono, contra ese desmoronamiento del ánimo que debo apuntalar con gran dificultad. Desear gritar, desear enloquecer y saber que no puedo, que no debo. ¡Con lo fácil que es dejarse ir! 


Octubre 
Los días discurren pese a todo. La familia se mantiene sana. Las tardes se dilatan largas, abrumadoramente tristes y solitarias. Algunos paseos y el calor de las termas. No mejoran los números, los fallecidos siguen aumentando con su tétrico goteo. Vacunas diferentes corren a la desesperada y yo desconfío de todo, de todos. Cierres perimetrales. Busco salvoconducto para atender a mis padres. Los bares cierran de nuevo, pero ya no los extraño: hace siete meses que no piso uno. Se habla ya de protocolo para la Navidad de este año. Hijos que no verán a sus padres. Suegros para los que no estarán. Nietos sin abrazos. Pienso que mis padres se morirían de pena si no estamos. Tristeza en estado puro. La tristeza mata. 

Noviembre 
Los descendientes planean venir a la casa familiar. Por amor a la familia gastarán en PCR por lo privado, harán aislamiento diez días y nueva PCR. Por ellos, por los abuelos, no se reunirán con amigos, perderán días de sus futuras vacaciones. Es el amor que se ha sembrado. No imaginan no ver a sus abuelos ni un día más. Casi un año. Pienso que será así a partir de ahora. La distancia. Las vidas en paralelo. Pena abrumadora. 

Diciembre 
El trabajo se ha sacado adelante. No hay muchas risas, es cierto, pero la vida se abre paso siempre. Mis padres no tienen miedo a nada. Están felices con nosotros alrededor; son gallinitas cluecas con los suyos. Yo miro el monte, el río, el cielo plomizo y pienso en mi soledad interior. Llueve y llueve este mes sin descanso y acaba con una nueva borrasca. Bella, se llama. Pero nada es bello y todo lo es. El monte, el río, los pajarillos buscando bichitos que comer; la leña, el hogar, los libros. Comer y comer. Y beber. Y las larguísimas tardes que devienen en noche sin darse uno cuenta. Horas y horas que llenar en el hogar familiar. Calor de hogar. Los miedos se aletargan, brotan a veces ante una tos espontánea. Se adormecen con la alegría de estar reunidos. ¿Hasta cuándo? Y se acaba un año. Un año de mierda. Sin luz, sin faro, sin risas, sin abrazos, sin escapadas, sin veraneo, sin reuniones, sin planes, sin bailoteo bajo luces de colores, sin brillo en los ojos, sin ilusiones. 

¿Podremos descontar este año de mierda del cómputo de la vida? 

¿Podremos recuperarlo alguna vez?

Uol

martes, 8 de diciembre de 2020

Vida tras las ventanas

 

En muchas ocasiones he llegado a una ciudad desconocida caída ya la noche. El autobús o el taxi me acercaba desde la estación o desde el aeropuerto a mi destino, al hotel o a casa de algún allegado. Cuando llegas a una ciudad desconocida una vez que la oscuridad ya se ha apoderado del horizonte, uno no puede de todos modos dejar de observarlo todo. Atisbando tras los vidrios del vehículo, lentamente aparecen polígonos silenciosos, suburbios, y finalmente la autopista va adentrándose en barrios periféricos de la urbe. Es extrañamente melancólico observar desde lo alto de puentes elevados en las circunvalaciones, las ventanas iluminadas en los edificios de estos barrios populosos. El silencio se apodera de todo, pero uno contempla esas ventanas iluminadas, y yo no puedo dejar de imaginar las vidas que discurren tras esas ventanas. Cortinas, alguna pobre lámpara, la esquina de una estantería, la blanquecina luz de los fluorescentes de las cocinas, la más cálida del salón; bombonas de butano o unas flores en balcones humildes. A veces la sombra de una cabeza, el brillo azulado de televisores encendidos; un hombre fumando, asomado en la galería de aluminio. Yo observo esos marcos de luz con curiosidad, mientras el autobús o el taxi avanza hacia el hotel o el hospedaje amigo y la calzada, devenida en calle, comienza a estar transitada. Las ventanas se ven más cercanas, más amplias, las luces más intensas, más nítidos los interiores, sobre todo en las ciudades norteñas europeas, donde escasean persianas y cortinas y optan por lamparillas y velas sobre alféizares, pues para ellos la luz diurna es vital y el ansia de ocultar la intimidad menos acuciante. Me imagino sus vidas. Fantaseo. O no me las imagino, quisiera conocerlas. ¿Qué hacen en su vida cotidiana mientras yo llego a un lugar desconocido? Me invade entonces -siempre me sucede- una conocida melancolía. La vida transcurre lejos de mí, en esos pisos donde vive gente que no sabe de mi existencia. Es la sensación absurda de que la vida es algo que sucede ajena a mí.

 Nunca pienso que acaso ellos ven pasar (el hombre que fuma en el balcón, la mujer que parece fregar los platos de la cena y alza la cabeza mirando en ese instante por la ventana) a una mujer, que vislumbran en la tenue ventana iluminada de un autobús, dirigiéndose a algún lugar; que acaso ellos también se imaginen mi vida, la visitante que de dónde vendrá o a dónde irá. Quizás ellos quisieran huir de esos pisos diminutos, de esas ventanas iluminadas que a mí, sin embargo, me evocan el hogar, el calor, la vida. 


He empezado a experimentar esa sensación arribando a mi ciudad. Soy yo ahora la que conduzco, soy yo ahora la que retorno a mi hogar. Y, sin embargo, sigo experimentando melancolía al observar las ventanas iluminadas. La vida está tras ellas. Y yo no sé dónde estoy ni a dónde voy.
Uol



jueves, 19 de noviembre de 2020

Jugar la partida

 

Quizás sí es cierto que con el tiempo nos volvemos cobardes: cuando tienes veinticinco años vas a pecho descubierto. Yo lo hacía. Pero eso no significó que lo valorasen, se ve que a los muchachos les advierten para que piensen que todo son imposturas; los aleccionan para desconfiar de las verdades, sobre todo de las que dicen las chicas, pues al parecer urdimos un papel que representamos y que no hay que creer demasiado. Yo no era así. Incluso a un novio le escribí un decálogo que incluía no sólo las cosas que me gustaban y algunas posibles virtudes sino, sobre todo, mis manías y defectos, para que no se viniese a engaño, para que me conociese de antemano. Así de radical era yo, un horror, lo sé, siempre hay que dejar espacio para el misterio y el descubrimiento. Yo pensaba que pese al decálogo todavía quedaba mucho margen para el misterio. Es que entonces me consideraba muy misteriosa. Hoy sé que solamente era miedosa. Y cobarde. 

Pero entonces yo me pensaba valiente, valiente y segura como para confesar los propios defectos y pecados. Sin embargo, con los años uno se vuelve cobarde; se da cuenta de que todas las bondades van borrándose como las anotaciones de un viejo ticket de compra, todas las lindezas estropeándose de forma irremediable, y eso nos vuelve cada vez más apocados: comenzamos a retrasar la partida. 

En la época del decálogo muy mal se tienen que dar los naipes para que no llegue a tus manos algún as o al menos una sota. Si la partida acaba mal te retiras del juego un tiempo, pero irremediablemente la vida te lleva de nuevo al tapete y un día estás barajando y mirando tus cartas con esperanza. ¿En qué momento el mazo oculta sus mejores triunfos para ti? Ni siquiera un mísero ocho de bastos para hacer un arrastre. Te quedas fuera de juego. Y es en esas circunstancias cuando decides no jugar. Ya no es divertido participar porque nunca ganas, nunca. Así que te retiras del tapete y casi casi de la vida. Buscas otras aficiones. Y están bien. Te dicen que están bien. Al principio tú no lo crees, pero con el tiempo te percatas de que sí están bien. Bueno, es algo, vida también. Pero, como los jugadores adictos a la vida, echas de menos aquella emoción, aquellas expectativas esperando que en el reparto de la suerte caiga en tus manos un as, un tres, un rey, un caballo, la sota de oros... Y comenzar, una vez más, la partida.

Uol


domingo, 25 de octubre de 2020

Non vou negalo

 


Non vou negalo, non.

Cando unha sente un alento xélido na caluga, os cairos da ansiedade roendo ante o gris da incerteza plena e diaria deste momento vital que nos está tocando aceptar; ante a cinza do esvaído horizonte, cando nin horizonte se albisca, entón, si, sobre todo entón, unha sente que non hai lugar máis fermoso no mundo (o lugar máis adecuado e conveniente para revivir) que enroscada entre as túas longas pernas, falándoche baixiño á orella baixo o tépedo edredón. Entrelazados, quentes e amorosos. Vivos.

Só así unha sente que vence ao Mal, ao malestar, ao mal de perder a opción de sentir, de facer bailar as sabas, de facer arder o edredón de plumas. 

A vida é posible baixo o cobertor, enroscados os dous. Si, meu neno, quero enroscarme entre as túas pernas, e susurrarche cousiñas á orella. 

Sentir, vencer á morte entre as túas pernas, sobre o teu peito. Xa.

Uol


No lo voy a negar, no.

Cuando una siente un aliento gélido en la nuca, los colmillos de la ansiedad royendo ante lo gris de la incertidumbre plena y diaria de este momento vital que nos está tocando aceptar; ante la ceniza del desvaído horizonte, cuando ni horizonte se vislumbra, entonces, sí, sobre todo entonces, una siente que no hay lugar más hermoso en el mundo (el lugar más adecuado y conveniente para revivir) que enroscada entre tus largas piernas, hablándote bajito a la oreja bajo el cálido edredón. Entrelazados, calientes y amorosos. Vivos.

Solo así una siente que vence al Mal, al malestar, al mal de perder la opción de sentir, de hacer bailar las sábanas, de hacer arder el edredón de plumas.

La vida es posible bajo la colcha, enroscados los dos. Sí, mi niño, quiero enroscarme entre tus piernas, y susurrarte cositas en la oreja.

Sentir, vencer a la muerte entre tus piernas, sobre tu pecho. Ya.


Uol

martes, 18 de agosto de 2020

Manumitir


Nunca las acompañé a estudiar a aquella biblioteca del campus. No creo ni siquiera que ellas tuviesen tampoco un interés real, pero la rumorología afirmaba que allí acudían los mejores partidos de la universidad. A mí no me interesaban aquellos chicos de jersey sobre los hombros y cinturón de tela patriótica con remaches de cuero. Bien es cierto que las últimas remesas habían incluido personajes nunca vistos -barbas y greñas, incluso algunas rastas en los futuros prohombres de leyes del país-, pero en general, no me sentía cómoda entre aquellos congéneres que un día aplicarían leyes con las que muchos no estaban de acuerdo. Las que somos de pueblo arrastramos siempre cierto complejo de inadaptación, que no de inferioridad: la sensación de que entras en una sala y no vas correctamente vestida, que has obviado alguna norma de urbanidad a pesar de tu educación o estudios. Seguro que no le pasa a Mericia, que además es tan despistada que nunca se percataría si desentona, pero sí a Isaura, que es tan de pueblo como yo. Las niñas de pueblo ocultamos ese miedo a desentonar en ciertos ambientes con una fingida pátina de seguridad que incluye miradas directas y palabras ardientes, pero dentro de nosotras tiemblan los cimientos, siempre temiendo pisar en falso. Nunca me he vestido peor que cuando tengo que acudir a un evento: queriendo ir bien, me disfrazo. Al tiempo, cuando voy en vaqueros y camiseta (cuando así de informal va la cosa) siento asimismo que al resto les queda todo genial y yo parezco una campesina en horas bajas. Leí una vez que se nace con esa cualidad, ésa de saber llevar el bolso en el antebrazo y mover el pelo con sensualidad, la verdad jamás me he visto natural. Y en el lado opuesto tampoco me he sentido segura; cuando veo a gente muy desaliñada, con ropa tan desgastada que ya parece sucia, con camisetas sobre camisetas y la bandolera a rastras, y aún así acompañadas, siempre pienso qué les ven a esas chicas con pelos en los sobacos y el sujetador al aire bajo la camiseta hecha tiras. Será que Dios los hace y ellos se juntan, porque yo no me veo sexy en esa coyuntura, seguro que mi hombre me diría que estoy horrorosa. Así que la verdad es que nunca he tenido un look muy claro, ni pija ni perroflauta, anodina a más no poder, en fin, no aclaro nada que no sepáis. Por suerte vestí de negro durante años, que es un color tan apañao que igual me servía para los pub estilo The Cure, que para ambientes góticos o rockers que para otros en donde triunfaba el minimalista black dress con perlas de plástico a lo Madonna. Hasta que el tiempo pasó y el negro empezó a echarme años encima. Entonces otra vez el follón para vestir. Ya paso. 

A lo que iba, yo no pisaba la biblioteca de Derecho, ¿qué iba a hacer yo allí si estaba llena de niñas de Farmacia con posibles de comprar la concesión a tocateja? Ni iba ni ganas. 

Pero un día conocí a un futuro abogado, un alma descarriada, que las había, claro, y muchos, también de pueblo, cómo no, tan señalado en aquel ambiente como mosca sobre merengue: chupa de cuero con chapas, barba greñuda y aro en oreja. El futuro abogado reparó en mí porque sus dotes deductivas no le alcanzaron para clasificarme en aquel ambiente donde él tenía claro que no iba a encontrar a compañeras de pupitre. El Masma había degenerado mucho, pero seguía siendo un sitio algo cutre pero con buena música. Y yo iba porque me hastiaba la zona vieja cuando mis compis se ponían transcendentes con la política a todas horas, que también cansa, y arreglar el mundo sentada día tras días tres horas o cuatro, sin coqueteo, sin baile y sin risas, era un aburrimiento, que qué pesados los tíos, ni pensar en follar siquiera, todo politiqueo a todas horas, qué poco sex appeal, por Dios. Yo creo que echaban un polvo al alba si se terciaba por puro cumplir, si el alcohol y los porros se la dejaban empinar. No es que yo fuera buscadora de alegrías erótico festivas a todas horas, que entonces aún creía en el enamoramiento, pero cuando te pasas meses escuchando la misma cantinela acabas pidiendo una noche de citas con un hombre sin ínfulas, fontanero o reponedor del Froiz, yo que sé, no era fácil eso entonces en la ciudad milenaria, donde todo el mundo se creía un cerebrito; ahora debe pasar lo mismo con los youtubers e instagramers, todos piensan que van a arrasar. Recuerdo una noche en que en una de esas escapadas por la zona nueva, en un pub de aquellos de diseño y copas caras que compartíamos entre tres porque no nos daba el presupuesto para más, un fulano me preguntó después de echarme la chapa de Yo Yo Yo Yo Yo, qué estudiaba y le dije que no, que era cajera en el Claudio y no veas la cara del tipo, le faltó poco para irse por piernas. La realidad es la que es. Y el tipo un prepotente que no había quien lo soportase. 

Pero volvamos al futuro abogado. Me percaté de que vivía en la ambivalencia, lo olí al minuto dos. No soportaba a las pijas de pupitre, a las que consideraba caprichosas y consentidas, pero se moría por echarles un polvo, incluso por emparentar si papá tenía despacho propio. Pero ellas huían de él como de la peste. Y por otro lado, su condición de hijo de campesinos esforzados que habían conseguido mandar al primogénito a la universidad pública para sacarse el título de letrado, lo vinculaban al orgullo de la tierra, del esfuerzo y el sacrificio. Bien podría ligar con compañeras humildes, como él mismo, que las había y bastantes, pero la mayoría estudiaba muchísimo para no perder la beca y no prestaban atención al macarra que no se sabía si acabaría la carrera o plantaría en cuarto al arrastrar un montón de pendientes (de Romano no se libraba). Esas chicas acabaron siendo casi todas juezas años más tarde. 

Me abordó, pues, por inclasificable. Y yo lo escuché por curiosidad, que es la madre del erotismo. No recuerdo de qué hablamos. Sé que empezamos por la música, porque yo bailoteo (aunque sea un pub no puedo evitar mover aunque sean los pies). No conocía a la mayoría de los grupos que citaba, muy de culto (confieso que como me gusta bailar siempre me tiró la música disco y el funky pop, aunque en casa también escuchaba en ocasiones jazz o folk u ópera, pero no si salía de marcha). El chico tenía un punto tierno que me atraía, pero ya estaba claramente algo bebido y siguió consumiendo cerveza y fumando costo, y yo tengo un problema en los pubs y discos y es que con la música alta no consigo seguir la conversación porque no oigo nada, pero nada de nada. En las conversaciones de a tres desconecto directamente, no me entero. Y en las de dos, cuando ya les falla la articulación y se pegan a tu oreja y se arriman medio cayéndose me corta toda libido. Empecé a responder con monosílabos y a apartarme, y entonces su actitud cambió. No sé qué resorte se activó en su cerebro porque empezó a decirme que nos creíamos muy libres, pero que yo era como todas y estaba mediatizada por mi educación judeocristiana, y que me creía muy liberal, pero era hija del burgués-patriarcado. Y que el sexo debía ser libre y consensuado. Y que si yo fuese libre y hembra y no una cuentista me iría con él a la cama sin promesas ni prejuicios. 

Le respondí que tenía razón en todo. Pero que cuando yo ejercía mi derecho al sexo libre y sin promesas, esperaba al menos que hubiese una promesa de sexo. Me miró sin entender, le dio el punto y se largó del Masma trastabillando y dejándome en la barra mientras mi amiga me interrogaba con la mirada por la escapada. 

Increíblemente, lo reconocí en una foto del periódico una década más tarde, ya sin chupa y sin arete, sin pelo, pero con la misma barba. 

Y entonces, no sé por qué, acudió a mi mente aquella tonadilla que se cantaba en la ciudad de las piedras milenarias: 

Viva el derecho romano, que al esclavo manumite y a la esclava mete mano.

Manumitir: vb. Dar libertad al esclavo.

Uol

miércoles, 22 de julio de 2020

Verano soñado



Desde que retiraron los periódicos de bares y terrazas siempre se llevaba consigo su libro electrónico (o en papel si no pesaba mucho) para poder disfrutar tranquilamente de su lectura mientras tomaba café o cerveza sin sentirse sola, cuestionada, incluso observada. Ese día también lo llevaba y estaba enfrascada en su lectura al tiempo que comprobaba de vez en cuando los mensajes de su WhatsApp cuando sintió su mirada. Le pareció extraño sentirse observada por primera vez desde hacía mucho tiempo. ¿Se sintió observada o simplemente al alzar los ojos vio que la miraba? Casualidad o no, lo cierto es que su corazón se desbocó, pensando -otra vez el sesgo de confirmación- que él sí la estaba observando desde lejos. Y surgió esa extrañeza que se origina cuando piensas que alguien observa cómo te estás comportando, que analiza tus gestos, tu forma de sentarte o cómo llevas puesta encima la cazadora. 

Después de ese día algunas mañanas esperaba desde su esquina a ver si volvían a cruzarse sus destinos, sus fortunas, y sí, sus pasos coincidieron en alguna otra ocasión, pero no sus miradas, confirmando que las casualidades solo se dan una vez, y comenzando así el lento camino, el descenso imparable hacia el olvido. 

Siempre soñó con un verano diferente, un verano lleno de pasión y ardor, sin preocupaciones familiares, sin tener que atender a nada más que a sus instintos; un verano de comidas y de cenas en pareja; de paseos y de tardes inolvidables sobre las sábanas; un verano de excursiones, de salidas a la playa; un verano de dos meses. Un verano de planes sin hora de regreso, sin llamadas intempestivas ni quejas familiares. Es triste cuando se tiene tiempo y dinero y no con quién. Pero ese verano, a pesar de las veces en las que estuvo enamorada, nunca se produjo como lo había soñado: o no había tiempo o no había dinero o no coincidían sus vacaciones o había que atender a la familia porque llegaban parientes o había que echar una mano. Lo cierto es que ese verano soñado, ese que se sueña en la adolescencia, nunca se produjo. Quizás, y a pesar de viajes y de excursiones y de amores (y los hubo, no sé por qué ahora no te parecen suficiente), a pesar, repito, quizás el verano soñado fuese uno de aquellos de la adolescencia, donde sí, cada plan era un mundo abierto, y no los de ahora, que deberían ser los que había imaginado en la adolescencia y que realmente no se han cumplido jamás. Es extraño querer algo y no poder torcer el destino; es extraño sentir la curiosidad y no poder satisfacerla; es extraño sentir un hilo de conexión con alguien que no es más que imaginario; es extraño saber de antemano que no hay batalla, que no hay posibilidad de lucha, que solo puede haber aceptación y resignación. Todo es extraño. 

¿Llegará algún día ese verano?

Uol


lunes, 8 de junio de 2020

Nueve



ETIMOLOGÍA
La palabra nueve viene del latín NOVEM y siguiendo las reglas de evolución fonética de palabras latinas la eme (m) final se pierde (NOVEM > nueve), como en fuerte (de FORTEM). En el paso del latín al castellano, la u breve tónica  diptonga de o a -ue (NOVEM > nueve), como en nuevo < NOVUM y huevo < OVUM. En gallego no llegó a diptongar, es una lengua más cercana en su evolución al latín. Por eso NOVEM origina nove; FORTEM > forte; OVUM > ovo; PORTAM > porta.

NUMEROLOGÍA
El significado del número 9 (nueve). El número 9 (nueve) es el signo de los ideales, el interés Universal y el espíritu de combate con fines humanitarios. Simboliza la Luz interior, priorizando ideales y sueños, vivenciados mediante las emociones y la intuición. Representa la ascensión a un grado superior de consciencia y la capacidad de desplegar amor a los otros. Es creativo, idealista, original y bondadoso.


¿Qué significa el número 9 en el amor? 

El número nueve (9), es un número que representa el misticismo, la sensibilidad de las personas y está cargado de sentimientos de compasión, sinceridad y bienestar. 

AHORA YA OS ESTARÉIS PREGUNTANDO a qué viene todo esto y si Uol ha perdido la chapleta. 
No, estoy muy lúcida (o al menos en el grado de costumbre). 

Es que hoy Programa de mano (libre) está de aniversario. Sííí... NUEVE AÑOS dándoos la chapa, vertiendo miel y hiel (mel e fel), contando mi vida, mis ensoñaciones, mis anhelos, mis deseos y mis decepciones. Y, sinceramente, no sé qué mierda contaros de este último año que ha cuajado en el noveno, así que me he puesto a examinar en el buscador nueve y me ha salido esta mierda. Nada de las nueve maravillas del mundo o las nueve estaciones o las nueve formas de encontrar el amor. El nueve es un número anodino y merdento. Pues eso, que no tengo nada más que contaros que ha sido un año pésimo. Empezó con una noticia alarmante que me tuvo inquieta, reflexiva y seguramente en schok. Para mi suerte no fue nada, pero algo cambió en mí. Cambió mi ya exacerbado sentido de la vida y de la muerte. Me dije a mí misma que si hasta ahora era Carpe Diem, ahora iba a ser Carpe por mis ovarios. Pero no pude, porque soy cobarde, soy cobarde. O quizá no tanto, pero la vida es la que es y otra vez la espada de Damocles pendiendo sobre mi cerviz, ya algo expuesta y ofrecida. Y después, todos lo sabéis, esta mierda de pandemia mundial de la que ya he hablado. Y nada mejora, aunque tampoco empeora. Esa merdenta medianía. 

Y bueno, aplicando el Carpe Diem me lancé kamikaze a lo banzai al abismo del ridículo. Pero no importa, no importa ya a estas alturas. Me sentí heroína con frase final lapidaria de cierre de película. Frase que no se me ocurrió, pero que sería al menos tan impactante como la de Scarlett O'Hara. Barrabasadas. Porque yo no soy Vivien Leigh y no tengo guionista, ni ocaso en rojo apabullante ni vestido de princesa. 

Lo dicho. Nueve. Que no es poco. 
Un abrazo, amigas y amigos bloggers!

Uol

Si alguien quiere saber cómo empezó todo puede pulsar AQUÍ.