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domingo, 29 de diciembre de 2024

La Luz


No es tanto la negrura lo que nos atenaza, ni siquiera el dolor, es el miedo, el miedo a perder hasta lo que todavía no tienes.
El miedo tiene tonalidades. El miedo al miedo es el peor.
Y dentro del ciclo de la vida también hay repeticiones casuales (o no). Unos se van dejando hueco negro de dolor que a veces se rellena e ilumina con la luz de los que llegan.
La luz. Luz. LUX MUNDI. 
Ojalá me llegue y llene tu luz, meu meniño. ¡Tenemos tanto amor que ofrecerte! 
¡Ya te estoy queriendo! ¡Ven con tu luz!

Uol Free
NADAL 2024

domingo, 1 de diciembre de 2024

Silencio no val


SILENCIO NO VAL
Vexo desde a ventá unha ducia de chemineas a botar fume. Lembro o dito galego: casa fumegando, casa habitando. Certo que hai xente vivindo nesas casas, pero non se aprecia unha alma polas rúas, pola estrada. Que sucederá dentro desas casas nesta mañá de domingo invernal? Os velliños vendo a Santa Misa que retransmiten pola TV; a muller maior da casa preparando as viandas, que é domingo e sempre se pon na mesa algo máis elaborado, que pola semana non hai tempo, que hai que saír pitando no coche para ir traballar na cidade. O home, sabe Deus!, seguro que no único bar da aldea, xa botando un viño a 2 euros e pico, como encareceu a vida! Hai nenos? Se hai algún (en singular) estará co móbil ou coa tableta buscado palabras sucias, aínda que non lle fai falta, xa lle saltan os espantosos vídeos por non sei que cousa dos algorritmos. As casas, aínda que alberguen vidas, están en silencio, cada un no seu cuarto, ou todos xuntos pero sen falar, cadaquén coa vista posta nun aparello que solta unha luz azulada que nos deslumbra, que nos hipnotiza, que nos aparva e aílla.

Miro pola fiestra, a xanela, a ventá. Vexo chemineas fumegando, porque pese a que haxa calefacción de gasoil ou de pellets, aquí tense lareira ou cociña de ferro, a vella bilbaína, e préndese o lume no inverno, non se diga que non é casa habitada. Ninguén observa a fermosa paisaxe, árbores agochadas entre veos de néboa e brétema.

Eu miro pola fiestra e unha bágoa esvara pola fazula.

Gastarei algún día as bágoas?

Uol Free


jueves, 23 de febrero de 2023

Soledad

 


Cuando te percatas de que el tiempo que tienes hacia adelante ya es menor  que el que dejas atrás, se imponen ciertas reflexiones o ideas turbias en tu cabeza; se hacen hueco y buscan el cauce por el que fluir y dejar posos en las orillas, como sedimentos hediondos que no puedes más que oler e identificar.

A veces me siento sola; no la soledad de la tristeza, el aislamiento y el abandono (que vendrán tal vez en algún momento), sino la soledad de no tener con quien compartir planes. Como dijo una amiga, es jodido tener tiempo y dinero y no tener con quien compartirlos.

Cuando era muy joven ni me planteaba no tener planes. Ni os cuento la emoción de la llamada por teléfono de amigas, ligues o conocidos con los que intercambiaba número de teléfono.

Cuando era universitaria los planes se solapaban y no solo había de renunciar a algunos por faltarme el don de la ubicuidad, sino porque mi responsabilidad ante los estudios me impedía vivir una vida loca, porque aunque no faltan pecados e imprudencias en mi currículum, nunca podrían catalogarse de disparates, barbaridades o locuras peligrosas. O quizás, sí; tal como se cataloga ahora todo, quizás sí viví situaciones insensatas o arriesgadas. Con todo, ni nunca perdí el norte ni nunca me desvié de mi objetivo: ser independiente económicamente.  Yo quería tiempo y dinero. Más o menos, los tengo. Tiempo menos, la vejez de los padres se impone. Pero todavía dispongo de ciertos momentos para mí.

En el período entre los veinticinco y los treinta y cinco años, cuando algunos de mis amigos y conocidos iniciaban el camino de forjar una familia, yo tenía un grupillo de cuatro íntimos que seguíamos sin ver claro ese túnel. Ahora si teníamos dinero y tiempo y los barajábamos a discreción. Fueron épocas gloriosas de las que he hablado en este blog varias veces. No lo idealizo: había curro y había horarios, pero también noches de empalmada, fines de semana de excursiones, bebidoque o viajes. También sexo y amor. Junto o por separado. Bueno, yo amor platónico nunca he tenido. Si no veía perspectivas, cambiaba la dirección de mi mirada. He amado. He deseado. Y he recibido ambas cosas. Pero no he sido persistente. Me he escapado. El porqué no viene a cuento. Quizás un día os lo cuente. O quizás cada uno ya se haya hecho una idea después de años leyéndome, y tampoco voy yo ahora a desmontarle el cuarto oscuro donde me haya metido.

Lo cierto es que yo me decía a mí misma que era muy afortunada por seguir manteniendo ese grupo de amistades tan unido, en unión estable, firme, férrea y, sobre todo, con el mismo estatus e intereses después de tantos años. Y de pronto, sin anuncios, sin dramas, sin intuirlo, el grupo se disolvió. ¿Las razones? Traslados de ciudad por trabajo y/o amor; un desacuerdo  en un caso que hizo plantearme que quizás necesitaba poner algo de distancia y de lo que nunca volvimos a hablar. Pero seguía existiendo gente a la que me uní. Y otro amor, otro grupo. Sin embargo, ya no fue lo mismo. Madurar, se llama, al parecer. Yo no pienso que antes fuésemos inmaduros. Simplemente, no todo el mundo necesita los mismos asideros en la vida. Ningún planteamiento es mejor que otro. Cada uno se agarra a lo que le satisface. La verdad es que la familia exige tiempo y dedicación. Y es bueno y necesario que así sea.  Y te vas descolgando. E, incluso, tu pareja interpreta como falta de compromiso que tú no quieras más compromiso que el que tienes: deducen falsamente que es falta de amor. A lo mejor es cierto. No lo sé. ¡No sé tantas cosas! Yo no lo veía así. Y ese afán por un papel me fue desinflando a mí. Y lo dejé. Otra vez.  Aquí alguien pensará que tengo miedo al compromiso, que soy inmadura. Otra vez el concepto. Pero no. O sí. No lo sé.

El caso es que aquello que escuchaba de adolescente cuando hablaban de ciertas chicas independientes, "se le va a pasar el arroz", "hay que tener hijos para que te cuiden en la vejez", "es tan escogida que se va a quedar sola", todos ellos dichos horribles y que encierran un egoísmo extremo (¡Y falso!, que se lo digan a los ancianos arrumbados en residencias; y sí, ya sé que existen situaciones insostenibles en las que es imposible cuidarlos en casa, pero vete tú a decírselo al padre que quería tener hijos para que lo cuidasen). Esos dichos populares, digo, reflejan el miedo a la soledad. Y aquí vuelvo a lo mismo. No me siento sola, pero tengo tiempo y dinero y no tengo más que compañeras con las que tomar un café o unas cañas tras el trabajo. A veces, ir al teatro o al cine. Y sí, cenas del club de lectura o tardes de termas. No está mal, ¿no? Pero yo hablo de viajar, de salir de vinos y pinchos cualquier tarde, de aquella emoción cuando sonaba el telefonillo del portal y cualquier amigo se presentaba para arrancarte del aburrimiento. ¿Quién se presenta en estos tiempos de repente en el portal sin previo aviso por el whatsapp?

Y aquí estoy, reflexionando mientras se hace la paella (arroz con cosas, en realidad) tras un largo puente de Carnaval en el que no he tenido con quien salir disfrazada o andar de troula por el triángulo mágico (Laza, Verín, Xinzo) porque todo el mundo tiene sus propios planes. 

Alguien puede pensar que hablo desde la amargura. Y no. Yo no me siento así. Pero me gustaría volver a compartir un grupo como el de antaño. Y es tremendamente difícil. Supongo que para cuando me jubile. Igual para entonces vuelvo a reunir a almas solitarias con ansia por compartir. Aunque no sé. Igual para entonces el cuerpo ya no acompañará al ánima.

Por eso, ahora, en la orilla, ante el mar en calma de mi espíritu, es cuando me pregunto, la soledad elegida ¿es una conquista o una losa? Chi lo sà!

Uol



lunes, 3 de enero de 2022

Avec plaisir

 


 


A esa hora soía conectarse ou polo menos consultaba as notificacións que Twitter lle enviaba puntualmente. Tras o meu requerimento de se andaba por alí, respondeu co emoticono da cuartilla e o lapis. Non sempre me contestaba e eu supoñía que era debido a que estaba a cousas que requerían máis a súa atención. Noutras ocasións tardaba días en aparecer e sempre respondía con interese e afabilidade, coma se a falta de noticias non interferise para nada no noso intercambio de novas e opinións. Con el nunca se sabía. Ás veces parecía moi interesado na conversa e de pronto esvaecíase cunha despedida algo apresurada, como se tirasen por el forzas que eu nunca podería controlar ou nin sequera alcanzar a comprender. Nunca o facía de malos modos, nunca resultaba ofensivo, pero para a miña hiperdesenvolvida intuición era proba fidedigna de que marcaba distancias e non só iso, senón que quería resaltar que era o seu hábito e compracencia marcar esas distancias. Eu tampoco o tomaba a mal, ou polo menos convencíame de que non debía mostrar tomalo a mal. Cada persoa ten os seus ritmos e ninguén é culpable de que a algúns o hipoteticamente afectivo nos aprete o acelerador da vida coma se fose o sprint final dos douscentos metros.

Aquel día, cando mo dixo, eu podería contarvos que ía vestido cun batín de boxeador, o cabelo revolto, a expresión pícara (non, non coma Adam Driver en Annette, non con cinismo na voz, non coma a intervención ferinte dun cáustico cómico profesional); pero a imaxe que recreou a miña mente foi perturbadoramente burguesa, mais ao estilo burgués inquietante dun Buñuel millennial. Imaxinade un batín burgués sobre un corpo espido, os pés descalzos. Engadídelle un monóculo.

Tiña eu unha desas tardes de ánimo intraducible, oscilante entre a apatía, o aburrimento salpicado de pinceladas de soidade, presentindo os relampos de borrasca, é dicir, reflexións sobre que pinto eu aquí (aquí é no MUNDO), que función na vida, se todo vai ser traballar e total para que, se non serve de nada; se vivir vai ser camiñar por paraxes fermosas para despois mirar para o teito, varada no sofá coma unha balea agonizante, en fin... ESE ánimo.

Mirei a aplicación por puro hábito mecánico. Estaba. Resuminlle as nubes negras na cabeza. Díxome que non lle dera moitas voltas á chola. Acudín entón ao frigorífico e saquei o vaso de xeado de doce de leite. Mandeille unha foto. Vou pecar.

Foi entón cando él me escribiu: A pracer, querida, a pracer.

E no cerebro estouparon coma bombas de palenque o batín, o monóculo, a mirada revirada, a escena sensual, Catherine Deneuve, a calor, o querida...

Avec plaisir.

Uol Free






viernes, 16 de julio de 2021

Ricino


Saía sempre ao encontro da vida. Por veces ousada, libre; outras temerosa, precavida. A maior parte das ocasións sen esperar nada en especial, só sentir a normalidade, pasear, mirar escaparates, refolletear entre a roupa, curiosear libros, tomar un café ou unha caña, dependendo da hora, nunha terraza. Case sempre facendo o mesmo percorrido, introducindo mínimas variacións. Xa sabedes, fas o triángulo en Auria e xa te atopaches a todo o mundo polo menos unha vez. Outras agardando por alguén, charla fronte a unhas patacas fritidas en rabiosa disputa coas ladroas pombas, cada día máis rapaces e atrevidas, descaradas.

Desde había tempo os meus ollos facían un varrido buscando unhas formas, un pescozo, unha estatura, uns andares. Rara vez os atopaban por máis que escrudriñaban cadeiras e mesas en terrazas e cafés. Coincidir era unha rareza apetecida. E cando iso acontecía, o vaído, a sorpresa pese a buscalo, a esperalo, a soñalo.

Hai días que era mellor non saír da casa, non tentar a sorte, nin buscar a vida. Total, iso só sucede nas películas de serie B para as sobremesas de domingo na televisión. Hai días que era mellor non mirar, non axexar, non guichar máis alá do tropezón inesperado. E ese día chegou -era esperable, era imaxinable, pero aínda así, era doloroso-. E eu pensei, xa está. Os teus ollos acaban de certificar o esperable. Todo é moi louco e absurdo. Sentín unha dor que non me correspondía, pero que me lembrou a aqueloutra pasada. E á miña mente chegaron como un eco aquelas palabras, non quero volver a sentir isto, non quero volver a sufrir isto. Sentino coma algo real. Non pode ser, non pode ser. Non podo sentir este corazón desbocado. E dicíame, medio mareada, Praza Maior abaixo, esta dor non é real, non me corresponde: é un reflexo daqueloutra pasada; non é real, non é real. Camiñei coma unha alma en pena polas rúas cada vez máis baleiras, pois xa era hora de xantar, igual que aquela vez, onde me aboquei sobre o Miño desde a Ponte Romana e vía as augas turbias alá abaixo e reflexionaba sobre se esa dor que sentía era a que facía que certas persoas se guindaran alá embaixo. Pensaba todo isto mentres me sentía a persoa máis triste e desvalida do mundo; sentía sobre min un peso milenario, o peso de todas as dores posibles sobre min. E non obstante, aquilo pasou. Pensaba que nunca pasaría, pero pasou. Tardou, pero un día xa non pensaches máis niso, naquilo; e, se pensabas, xa non había dor, só decepción, que polo menos é un motivo para sentir unha dor máis tanxible e non é aquela cousa, esta cousa sen nome.

Porque a vida sí sae ao encontro, sae ao encontro para cuspirche aos pés e dicirche saca de aí, pailana, atontá, pero por que constrúes castelos no aire, por que armas labirintos que non vai cruzar, por que mostras debuxos que non vai colorear, por que lle escribes esa letra a unha música que nunca escoitou, por que lle pos un final tecnicolor ao que é un documental experimental en branco e negro duro e fuxidío? Ah, la vie! Non ves que es ridícula, non ves que volves ao mesmo unha e outra vez, non ves que é absurdo, non ves que cansas, que enfastías, que só ti ves pó dourado no vento, no aire? Déixate de trangalladas e sé obxectiva, sé pragmática, sé realista, asenta no mundo, hostia xa, aterriza, nena, aterriza xa!

Neste mundo a algúns fáltalles un fervor e a outros sóbranos idealismo. A algúns sóbralles vinagre e a outros azucre, contaminando todo cunha melaza imaxinaria que anoxa, que produce bascas, que fai golsar os espíritos máis realistas.

Menos mal que para isto está a vida, que vén ao teu encontro ofrecéndoche o vomitivo más axeitado, culleradas de ricino que che fan abrir ollos e boca para vertelo todo. A vida, esa candonga.

Uol



martes, 8 de junio de 2021

Diez


Diez.

¿Ya? ¿Una década? ¡Imposible!
Volver la vista atrás. ¿Por qué? ¿Para qué?
Esa inexplicable necesidad adquirida de hacer balance. ¿De qué ? ¿Para qué?
Esa voluble y caprichosa capacidad de alterar los recuerdos, de analizar a posteriori hechos, sucesos y palabras.
Esa rebelde y desenfrenada habilidad de crear necesidades, de amar, de imaginar, de soñar, porque sí, porque la vida es esto y sólo esto.

Diez años. Un suspiro.

¿Qué ha cambiado en mí? Nada. Algo. Todo. ¡Qué sé yo! ¡Y qué más da! ¡Qué absurdo querer analizarlo todo, sopesarlo todo, evaluarlo todo!

He vivido. He sentido. He gozado. He amado. He soñado. He sufrido. No creo que haya odiado, pero sí he sentido rabia, enfado, irritación sobre todo. A veces me he desesperado. Pero la vida seguía tirando de mí. Sigue tirando de mí. Siempre me ha llevado en volandas este deseo de vivir. Intensamente. Mientras viva.

Diez. Un suspiro.

Tu mirada me empuja por el tobogán a por otros diez más.
Para vivir viviendo. Con risas, con gozo, con sueños, con dolor también, cómo no.

Diez años.
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Uol



viernes, 14 de mayo de 2021

Parálisis

Como si me leyera los pensamientos,  se interrumpió y nos miramos de esa forma en que lo hacen las personas que se han visto desnudas y todo lo demás. Se mordió los labios, pero yo sentí que mordía los míos.

Benjamín Prado: Los treinta apellidos.


No me atreví a alzar la cabeza y a mirarlo directamente a la cara. Me temblaban las manos, que recogí la una sobre la otra, en un burdo intento de darse mutua calma y de paso hacerlo yo también. No me atreví a alzar el rostro y a mirarlo a los ojos, tan próximo estaba. Temí leer en ellos indiferencia, desinterés, o lo que era peor, ignorancia de mi persona, desconocimiento del pulsante latido en mi cuello, en mis pulsos, en mi acelerado corazón. Cuando lo veía, instintivamente llevaba las yemas de mis dedos a la yugular para sentir mis pulsaciones aceleradas. ¡Estaba tan cerca y yo tan bloqueada!

Y allí permanecí, sin moverme, aparentemente ajena a él, fingiendo estar muy atenta a la conferenciante de pelo violáceo, que explicaba con mucho detalle las peripecias sufridas hasta que había sido posible traer a la ciudad la exposición.

No sólo lo sentí a mi lado, también percibí claramente su aroma. Y esto me noqueó, llegué a pensar que me lo imaginaba; ¿acaso no llevábamos todos puestas las obligatorias mascarillas a las que nos había condenado esta desesperante pandemia? Así de concentrados mis sentidos en él, así de abismados mis receptores ante su presencia a escasos centímetros de mí. Y sí, me llegó su aroma fresco, como agua clara. Quise de nuevo mirarlo, lo juro, quería hacerlo. Estuve a punto, pero entonces llegó la estocada a mis débiles propósitos: oí un quedo suspiro. Y en ese instante mi conciencia se trasladó a algún otro lugar. A un lugar donde él y yo nos mirábamos sin fin, sin prisas; un lugar donde nuestros suspiros se acompasaban, se acompañaban de caricias, de miradas ahora apasionadas, ahora tiernas. Fue un segundo, el suspiro, casi un gemido; fue un segundo, el sueño.

Se apartó.
Me quedé.
Se fue.
Aguanté.

Pero no olvido el perfume y su suspiro.

Y muero por volver a olerlo, por volver a escucharlo; ansío provocarlo, el gemido, el suspiro, mientras lo miro, ahora así, eternamente a los ojos.

Uol


viernes, 12 de febrero de 2021

Disfraz



     Estamos en vísperas del carnaval. Y digo carnaval, porque lamentablemente yo he vivido más el carnaval que O Entroido, que es el carnaval ancestral, el típico y genuino de Galicia, más primitivo, más enraizado en las costumbres de antaño, en la renovación de la vida, en la exaltación de lo primario. (Podéis recordar mi lance fou, vivido en Laza, clicando AQUÍ). Pero, por desgracia, en mi infancia y adolescencia yo no viví el carnaval ancestral. A mí me tocó el sucedáneo del disfraz trapalleiro, es decir, del disfraz hecho con la mezcolanza hilarante de ropas viejas o pasadas de moda; y en la adolescencia viví el carnaval con el disfraz del chino, que no resistía la pavesa de los cigarrillos en los apretones de las discos, cuando aún se fumaba en los locales. Y vive Dios que no sé cómo sobrevivimos a más que probables incendios. De algún abrigo hice duelo por llegar con un quemazo a casa.

Llega el carnaval, decía, y a mí me da por reflexionar sobre la querencia que yo tengo por el disfraz. Nunca he sido de comparsas ni coreografías. Veréis, para ciertas cosas soy terriblemente individualista. No me va ir en el mogollón, todos iguales y danzando a la vez. Si veis a un grupo con una mona vestida al revés y saltando como una loca, ésa soy yo. Acepto seguir una línea temática, pero no voy igual, no. No es por destacar, por parecer diferente, es mi forma del ver el mundo. Las masas me dan cosita. Y ya sé que pertenezco a la masa, pero una tiene derecho a soñar, ¿no?

A lo que iba, para mí el disfraz es el traje que me permite soñar. Yo me pongo un disfraz y me transformo, que supongo que es lo que les pasa a las actrices y actores, que mudan la piel con sólo un complemento. Por eso declaran que en los ensayos portan aunque sea una sola prenda del personaje, para sentirlo, para vivirlo, para crearlo. Yo hubiese sido una magnífica actriz (de carácter al menos) si no fuera por mi sentido del ridículo. Es un sentido del ridículo un tanto especial, porque no me importa ponerme un trapo en la cabeza, subirme a una silla y cantar la Traviata, pero no me gusta que se burlen de mí. Obviamente, no todo el mundo puede hacerme sentir ridícula (creo fervientemente en el refrán A palabras necias, oídos sordos), pero si se rompe esa escollera, el hundimiento es brutal. Así que el disfraz ha sido un buen artificio para transformarme y soltar las riendas del autocontrol. En Carnaval me he sentido libre en la piel de la desalmada seductora, de la garota brasileira, de Catwoman envuelta en látex, de la indomable pirata, de una Bonnie con boina y daga en la liga. En fin, lo opuesto a una tranquila y sensata ciudadana. Dicen que uno se disfraza de lo que es, de lo que se siente que uno es por dentro. No sé yo si tanto, pero lo cierto es que una vez vestido, el disfraz toma el mando. Y en mi caso nunca es para reproducir la realidad, sino para despegarme del suelo, flotar en un mundo paralelo, donde mi vida no está condicionada ni medida ni regulada ni marcada; donde puedo ser desobediente, libertaria, seductora, irónica, valiente, salvaje.

Decidme, ¿pudiendo sentir y experimentar esto, voy a disfrazarme de pingüino, oso o tortuga?

Uol

jueves, 31 de diciembre de 2020

2020

 


2020 

Resumir un año de mierda parece bien fácil: inmundo, nauseabundo, repulsivo, repugnante, asqueroso, desolador, doloroso, amargo... 

Las precisiones vienen después, con las sensaciones que esos adjetivos provocaron en mí: alarma, aprensión, ansia, cobardía, tristeza, sobresaltos, sustos, apatía, desesperación, recelo, escepticismo... 

Resumiendo: 

Enero 
Una mirada provocó un incendio y un like desencadenó una reacción nuclear en cadena, imparable y destructiva. El año prometía, era el 2020. 

Febrero 
Como antesala de lo venidero, el Carnaval pasó con más pena que gloria. Y es mucho decir, simplemente no hubo fiesta para mí. Ya no hay peña que me arrastre a la locura del disfraz, a la complicidad de los amigos con cerveza y vinos saltando en las ruelas estrechas. La Cuaresma se presentaba larga y gris. Lo que no imaginaba era cuánto. 

Marzo 
Y llegó La noticia. Los noticiarios diarios. La prensa. Pegada a la pantalla alucinando, sin creerlo y pensando todavía que serían quince días de confusión y alarma. 


Y el miedo me asaltó a traición, enseñándome los dientes noche tras noche, empatando con el día, sin ocultarse, sin sutilezas, mostrando arrogante sus colmillos. 

Y en medio de ese delirio y ese pavor, lancé mis naves al mar. Desde el otro lado del océano me respondió la luz del faro. Me dejé llevar por ese resplandor, esperanzada en salvarme. 

Abril
Encierro. Reinventándome en el trabajo. Disimulando el desconcierto. Animando sin creer en mi propio ánimo. Fingiendo entereza. Y no poder abrazar a los míos. Y la ronda de llamadas telefónicas nocturnas. Y las vídeollamadas de vez en cuando, notando mis ojeras aumentar. Y hablar sin ganas, porque lo único que mi garganta quiere es gritar. Y el espanto de los balcones. Y el horror de las sirenas a las ocho. 

Mayo 
Cada día esperando que cambien las normas, porque eso significaría que también cambia lo otro, las muertes, los enfermos, las quiebras, el dolor, la incertidumbre. 

Y el día 18 pude por fin abrazar a mis padres después de dos meses. Y me quedé con ellos quince días mientras trabajaba en remoto. Pude salir al campo, pasear a la vera del río, pude cocinar para ellos, darles mimos, serenarme poco a poco. 

Junio 
Intentar recuperar algunas actividades: ir al fisioterapeuta sin miedo, a las termas; entrar en un comercio... E ir haciéndose a la idea de lo plano, gris y árido que iba a ser el verano. 

Julio 
Sin planes, sin findes de playa, sin quedadas con amigas para ir al feirón a Portugal y comer un bacallau ao forno. Calor baldío. 

La luz del faro de marzo aparecía y desaparecía entre la niebla durante esos meses infernales. Fue un cabo que mantenía a flote mi ilusión por la vida. Y en julio orienté mi nave hacia esa luz, guiándome por su resplandor. Recalé a los pies del acantilado, aguardando no sé qué. Y la luz de repente se apagó. Remé torpemente hasta la orilla. La barca de madera flota a su pesar, ya sin rumbo, sin ansias, sin nada. 


Agosto 
Vacaciones sin planes para no traer el bicho a casa. Sin visitar amigas e ir de fiesta. Sin mar. Sin fiestas populares. Acompañando a papis en la casa familiar. Calor y más calor. Siestas con pesadillas. Lecturas compulsivas. Insomnio en las madrugadas. Y la fatiga de saber que de nuevo habrá que volver al trabajo, pero que no será igual, que no habrá reencuentros felices, ni brindis ni cenas con sobremesa parlanchina. Y saber que la luz del faro se extinguió. 

Septiembre 
Sigue la incertidumbre acerca del final de la pandemia. Siguen los muertos. Siguen las especulaciones acerca de la vacuna. Retorno al trabajo presencial, con más miedos y más dudas. Nada es igual. Y de nuevo sustos con la propia salud. La mente está cansada, extremadamente agotada de luchar contra la negritud del pensamiento, contra el desánimo, contra el deseo de dejarse ir como una balsa a la deriva. Luchar contra el deseo del abandono, contra ese desmoronamiento del ánimo que debo apuntalar con gran dificultad. Desear gritar, desear enloquecer y saber que no puedo, que no debo. ¡Con lo fácil que es dejarse ir! 


Octubre 
Los días discurren pese a todo. La familia se mantiene sana. Las tardes se dilatan largas, abrumadoramente tristes y solitarias. Algunos paseos y el calor de las termas. No mejoran los números, los fallecidos siguen aumentando con su tétrico goteo. Vacunas diferentes corren a la desesperada y yo desconfío de todo, de todos. Cierres perimetrales. Busco salvoconducto para atender a mis padres. Los bares cierran de nuevo, pero ya no los extraño: hace siete meses que no piso uno. Se habla ya de protocolo para la Navidad de este año. Hijos que no verán a sus padres. Suegros para los que no estarán. Nietos sin abrazos. Pienso que mis padres se morirían de pena si no estamos. Tristeza en estado puro. La tristeza mata. 

Noviembre 
Los descendientes planean venir a la casa familiar. Por amor a la familia gastarán en PCR por lo privado, harán aislamiento diez días y nueva PCR. Por ellos, por los abuelos, no se reunirán con amigos, perderán días de sus futuras vacaciones. Es el amor que se ha sembrado. No imaginan no ver a sus abuelos ni un día más. Casi un año. Pienso que será así a partir de ahora. La distancia. Las vidas en paralelo. Pena abrumadora. 

Diciembre 
El trabajo se ha sacado adelante. No hay muchas risas, es cierto, pero la vida se abre paso siempre. Mis padres no tienen miedo a nada. Están felices con nosotros alrededor; son gallinitas cluecas con los suyos. Yo miro el monte, el río, el cielo plomizo y pienso en mi soledad interior. Llueve y llueve este mes sin descanso y acaba con una nueva borrasca. Bella, se llama. Pero nada es bello y todo lo es. El monte, el río, los pajarillos buscando bichitos que comer; la leña, el hogar, los libros. Comer y comer. Y beber. Y las larguísimas tardes que devienen en noche sin darse uno cuenta. Horas y horas que llenar en el hogar familiar. Calor de hogar. Los miedos se aletargan, brotan a veces ante una tos espontánea. Se adormecen con la alegría de estar reunidos. ¿Hasta cuándo? Y se acaba un año. Un año de mierda. Sin luz, sin faro, sin risas, sin abrazos, sin escapadas, sin veraneo, sin reuniones, sin planes, sin bailoteo bajo luces de colores, sin brillo en los ojos, sin ilusiones. 

¿Podremos descontar este año de mierda del cómputo de la vida? 

¿Podremos recuperarlo alguna vez?

Uol

martes, 8 de diciembre de 2020

Vida tras las ventanas

 

En muchas ocasiones he llegado a una ciudad desconocida caída ya la noche. El autobús o el taxi me acercaba desde la estación o desde el aeropuerto a mi destino, al hotel o a casa de algún allegado. Cuando llegas a una ciudad desconocida una vez que la oscuridad ya se ha apoderado del horizonte, uno no puede de todos modos dejar de observarlo todo. Atisbando tras los vidrios del vehículo, lentamente aparecen polígonos silenciosos, suburbios, y finalmente la autopista va adentrándose en barrios periféricos de la urbe. Es extrañamente melancólico observar desde lo alto de puentes elevados en las circunvalaciones, las ventanas iluminadas en los edificios de estos barrios populosos. El silencio se apodera de todo, pero uno contempla esas ventanas iluminadas, y yo no puedo dejar de imaginar las vidas que discurren tras esas ventanas. Cortinas, alguna pobre lámpara, la esquina de una estantería, la blanquecina luz de los fluorescentes de las cocinas, la más cálida del salón; bombonas de butano o unas flores en balcones humildes. A veces la sombra de una cabeza, el brillo azulado de televisores encendidos; un hombre fumando, asomado en la galería de aluminio. Yo observo esos marcos de luz con curiosidad, mientras el autobús o el taxi avanza hacia el hotel o el hospedaje amigo y la calzada, devenida en calle, comienza a estar transitada. Las ventanas se ven más cercanas, más amplias, las luces más intensas, más nítidos los interiores, sobre todo en las ciudades norteñas europeas, donde escasean persianas y cortinas y optan por lamparillas y velas sobre alféizares, pues para ellos la luz diurna es vital y el ansia de ocultar la intimidad menos acuciante. Me imagino sus vidas. Fantaseo. O no me las imagino, quisiera conocerlas. ¿Qué hacen en su vida cotidiana mientras yo llego a un lugar desconocido? Me invade entonces -siempre me sucede- una conocida melancolía. La vida transcurre lejos de mí, en esos pisos donde vive gente que no sabe de mi existencia. Es la sensación absurda de que la vida es algo que sucede ajena a mí.

 Nunca pienso que acaso ellos ven pasar (el hombre que fuma en el balcón, la mujer que parece fregar los platos de la cena y alza la cabeza mirando en ese instante por la ventana) a una mujer, que vislumbran en la tenue ventana iluminada de un autobús, dirigiéndose a algún lugar; que acaso ellos también se imaginen mi vida, la visitante que de dónde vendrá o a dónde irá. Quizás ellos quisieran huir de esos pisos diminutos, de esas ventanas iluminadas que a mí, sin embargo, me evocan el hogar, el calor, la vida. 


He empezado a experimentar esa sensación arribando a mi ciudad. Soy yo ahora la que conduzco, soy yo ahora la que retorno a mi hogar. Y, sin embargo, sigo experimentando melancolía al observar las ventanas iluminadas. La vida está tras ellas. Y yo no sé dónde estoy ni a dónde voy.
Uol



jueves, 19 de noviembre de 2020

Jugar la partida

 

Quizás sí es cierto que con el tiempo nos volvemos cobardes: cuando tienes veinticinco años vas a pecho descubierto. Yo lo hacía. Pero eso no significó que lo valorasen, se ve que a los muchachos les advierten para que piensen que todo son imposturas; los aleccionan para desconfiar de las verdades, sobre todo de las que dicen las chicas, pues al parecer urdimos un papel que representamos y que no hay que creer demasiado. Yo no era así. Incluso a un novio le escribí un decálogo que incluía no sólo las cosas que me gustaban y algunas posibles virtudes sino, sobre todo, mis manías y defectos, para que no se viniese a engaño, para que me conociese de antemano. Así de radical era yo, un horror, lo sé, siempre hay que dejar espacio para el misterio y el descubrimiento. Yo pensaba que pese al decálogo todavía quedaba mucho margen para el misterio. Es que entonces me consideraba muy misteriosa. Hoy sé que solamente era miedosa. Y cobarde. 

Pero entonces yo me pensaba valiente, valiente y segura como para confesar los propios defectos y pecados. Sin embargo, con los años uno se vuelve cobarde; se da cuenta de que todas las bondades van borrándose como las anotaciones de un viejo ticket de compra, todas las lindezas estropeándose de forma irremediable, y eso nos vuelve cada vez más apocados: comenzamos a retrasar la partida. 

En la época del decálogo muy mal se tienen que dar los naipes para que no llegue a tus manos algún as o al menos una sota. Si la partida acaba mal te retiras del juego un tiempo, pero irremediablemente la vida te lleva de nuevo al tapete y un día estás barajando y mirando tus cartas con esperanza. ¿En qué momento el mazo oculta sus mejores triunfos para ti? Ni siquiera un mísero ocho de bastos para hacer un arrastre. Te quedas fuera de juego. Y es en esas circunstancias cuando decides no jugar. Ya no es divertido participar porque nunca ganas, nunca. Así que te retiras del tapete y casi casi de la vida. Buscas otras aficiones. Y están bien. Te dicen que están bien. Al principio tú no lo crees, pero con el tiempo te percatas de que sí están bien. Bueno, es algo, vida también. Pero, como los jugadores adictos a la vida, echas de menos aquella emoción, aquellas expectativas esperando que en el reparto de la suerte caiga en tus manos un as, un tres, un rey, un caballo, la sota de oros... Y comenzar, una vez más, la partida.

Uol


domingo, 25 de octubre de 2020

Non vou negalo

 


Non vou negalo, non.

Cando unha sente un alento xélido na caluga, os cairos da ansiedade roendo ante o gris da incerteza plena e diaria deste momento vital que nos está tocando aceptar; ante a cinza do esvaído horizonte, cando nin horizonte se albisca, entón, si, sobre todo entón, unha sente que non hai lugar máis fermoso no mundo (o lugar máis adecuado e conveniente para revivir) que enroscada entre as túas longas pernas, falándoche baixiño á orella baixo o tépedo edredón. Entrelazados, quentes e amorosos. Vivos.

Só así unha sente que vence ao Mal, ao malestar, ao mal de perder a opción de sentir, de facer bailar as sabas, de facer arder o edredón de plumas. 

A vida é posible baixo o cobertor, enroscados os dous. Si, meu neno, quero enroscarme entre as túas pernas, e susurrarche cousiñas á orella. 

Sentir, vencer á morte entre as túas pernas, sobre o teu peito. Xa.

Uol


No lo voy a negar, no.

Cuando una siente un aliento gélido en la nuca, los colmillos de la ansiedad royendo ante lo gris de la incertidumbre plena y diaria de este momento vital que nos está tocando aceptar; ante la ceniza del desvaído horizonte, cuando ni horizonte se vislumbra, entonces, sí, sobre todo entonces, una siente que no hay lugar más hermoso en el mundo (el lugar más adecuado y conveniente para revivir) que enroscada entre tus largas piernas, hablándote bajito a la oreja bajo el cálido edredón. Entrelazados, calientes y amorosos. Vivos.

Solo así una siente que vence al Mal, al malestar, al mal de perder la opción de sentir, de hacer bailar las sábanas, de hacer arder el edredón de plumas.

La vida es posible bajo la colcha, enroscados los dos. Sí, mi niño, quiero enroscarme entre tus piernas, y susurrarte cositas en la oreja.

Sentir, vencer a la muerte entre tus piernas, sobre tu pecho. Ya.


Uol

domingo, 7 de junio de 2020

Carga banzai


Era unha misión suicida, pero ela lanzouse igual. Banzai, banzai, banzai. 
No colmo do ridículo, só lle faltou cantar caraveliños baixo a túa ventá. 

             Pero non baixaches. 
                       Pero non baixaches.
                                 Non baixaches.
                                          Non baixaches.
                                                            NON 

Uol Free

viernes, 15 de mayo de 2020

Dream tamén é merda



Él fantasea con la idea de que soy un pibón de treinta años. 

Tampoco soy una hippy treinteañera al límite que llevará a su hijo colgado de la teta hasta que tenga dos años. 

Sólo soy una mujer. 

Pero qué felicidad imagino yo mirándonos a los ojos acodados en una barra bebiéndonos unas birras, tomando unos vinos y pinchos por el triángulo isósceles de la parte vieja; follando como locos en la siesta; qué felicidad las mañanas soleadas de domingo, casi mediodía, desayunando zumo, tostadas y café, ojeando los periódicos después de una larga mañana dedicados al buen sexo. 

Qué felicidad despedirse, darse espacio y echarse de menos; qué mariposas en el estómago al vestirme por dentro para él y correr a sus brazos, observarlo trabajar mientras leo perezosa en el sofá, mis ojos clavados en su nuca, en su espalda, en sus largos brazos que danzan mientras teclean incansables. 

En esto ocupo mis días, confinada en esta impuesta soledad por un virus aniquilador: en imaginar los días felices que vendrán. Aunque no vengan. Aunque sea estadísticamente poco probable que lleguen. 

Y tú, mientras tanto, imaginas a una que no soy, a una que ni siquiera echarás en falta en cuanto se abran de nuevo las puertas a la vida.


Uol

sábado, 11 de abril de 2020

Sesgo de confirmación: árbore


Caracocha nun castiñeiro.

CANDO suceden as cousas, por que o fan? Non o sabemos. Por que os teus ollos, que xa coñecían e deixaron no cerebro a impronta do recordo, miran de pronto doutra forma? Tampouco o sabemos. Sucede. Todo sucede. Sen intervención ou con ela. Pero sucede. 
Visualiceino nun segundo. El era unha árbore protectora. 

Podería ter sido un carballo, robusto, alto, frondoso, respectable. 

Pero non. Porque lle vin a caracocha. E sentinme coma Benedicta refuxiándose dentro desa oquedade no medio da treboada. El era un castiñeiro con caracocha. Vinme e sentinme alí dentro del. Percibín o cheiro a madeira húmida, a froito goloso. Sentín coma todo o meu corpo, desde a cabeza aos pés, encaixaba á perfección naquel oco do seu corpo de madeira escura. Se el abría os brazos, eu cabía neles, toda eu, entre o seu queixo e os seus brazos, no seu abrazo, coma unha baga dentro da vaíña, coma a carne dentro da pel. El era o castiñeiro, o castiro que abría unha caracocha para que eu me refuxiara durante a treboada. Porque, meus, chovía a todo meter, caían chuzos de pé, golpeteando as follas, as pólas, as rochas, auga e máis auga a caer. 

E eu estaba á intemperie, enchoupada, percibindo cada pinga sobre a miña pel, cada ferida do corisco, cada ráfaga do vento. E alí estaba o castiñeiro, plantado e recio fronte a min. 

Eu xa pasara ao seu lado varias veces, moitas en realidade. Pero era primavera ou verán e o castiro reverdecía ocultando acaso a caracocha. Quizais eu miraba o ceo, as nubes, o chan; á ringleira de formigas coa súa pesada carga ao lombo; quizais eu percibía o cheiro do bosque umbrío, dos toxos, das xestas, do arume dos piñeiros. Quizais el estaba agochado tras carqueixas e matorrais. Sempre vira a súa follaxe alá arriba, pero era unha árbore, outra árbore. E eu observaba o río, as flores, os paxaros, os sendeiros coma meandros. 

Ata ese día. Por que? Quen sabe! Plantado fronte a min vin a súa caracocha, ese refuxio. Igual que o escultor ve a forma dentro do bloque de granito, do mármore, eu vin o meu contorno dentro do castiro, encaixado na caracocha. 

Penseino. 
Un pouco. 
Outro pouco. 
E outro. 
E refuxieime dentro. Sen preguntar, sen pedir permiso. 

Percibín alí dentro o arrecendo a madeira. Percibín o verdor, o frescor, pero tamén a solidez, a temperanza. 

E aquí estou, sen preguntar, sen permiso nin aquiescencia. Agardando. Agardando a que as pólas me oculten do mundo nun abrazo protector. Fronte ao mundo.

Uol
Benedicta Sánchez en O que arde, de Óliver  Laxe

CaracochaOco ou cavidade relativamente grande no toro dunha árbore.

El sesgo de confirmación o sesgo confirmatorio es la tendencia a favorecer, buscar, interpretar, y recordar, la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dando desproporcionadamente menos consideración a posibles alternativas. Se trata de un tipo de sesgo cognitivo y un error sistemático del razonamiento inductivo. Las personas muestran esta tendencia cuando reúnen o recuerdan información de manera selectiva, o cuando la interpretan sesgadamente. El efecto es más fuerte en publicaciones con contenido emocional y en creencias firmemente enraizadas. También tienden a interpretar que las pruebas ambiguas apoyan su postura existente.


domingo, 15 de marzo de 2020

Miedo




MIEDO 

Para las personas como yo, que tenemos pavor a las enfermedades potencialmente graves, no son buenos tiempos. 

El miedo llega a hacerme temblar como una hoja, me seca la boca, dispara mi corazón  y revuelve los ácidos de mi estómago. No me pasa siempre, por suerte. A veces transcurren años antes de que el miedo me asalte sin piedad. 

Las causas son en parte genéticas, en parte vitales, miedos de la infancia, sentido exacerbado de la responsabilidad. En fin, no sé si explican mucho el origen de este miedo, aunque pueden ayudar a entender el proceso. Nunca he tenido un ataque de pánico propiamente dicho (no he quedado paralizada), nunca he estado de baja por ansiedad, pero sí he pasado noches con los ojos en blanco esperando a la Parca o aferrada al amado si había suerte: los abrazos espantan a la muerte. Después, la normalidad. 

Pero... 
Pero te dicen que a este tipo de miedo no hay que escaparle, que lo mires a la cara, que dejes que se acerque. Yo intento evitarlo todo lo que puedo, con distracciones, canciones, respiraciones, refutaciones, órdenes... hasta que me rindo, no puedo, no puedo estar empujando la puerta con mis manos, con mi espalda 18 horas al día para evitar que penetre en mi cuerpo. Entonces veo cómo se acerca, es una ola grande que sabes que te derribará y te provocará golpes contra la arena. Pienso me tirará al fondo y ya está, después se retirará y emergeré viva, victoriosa. Pero tengo miedo. Mi razón me dice una cosa y mi cuerpo otra. 

Y emerges, sí, pero estás magullada y llena de arena y sal, pedazos de algas y conchas. 

La ola se va, pero tú tienes todo eso adherido a tu piel y no desaparece con un simple baño. 

Durante semanas, incluso meses, sientes esa arena pegada. Y te hace daño, te rasca. Es el recordatorio de ese pavor. 

Ahora estoy resistiéndome a dejarme atropellar por el miedo al coronavirus. ¿Fiebre? Bueno, no es tan terrible. ¿Tos? Pssss.... Pero la falta de aire, el ahogamiento, me espanta. Y por eso tengo miedo. 

Tengo que estar sola, mis padres son mayores. 

Y estando sola veo las olas al fondo acercarse, más cerca, más cerca. 

Sopeso si llorar un poquito. ¿Las lágrimas calientes aflojarán la presión del pecho, esta olla que pide reventar? 

Decido escribir esto. 

Sé que para mucha gente este tipo de miedo es incomprensible. Hasta que un día te sucede.

Escribir también desvía la atención del miedo. 

Y la música. 
Y una sonrisa. 
Y una mirada. 
Y una mano entre las tuyas. 

Si las tenéis, sentíos agradecidos. 

Porque yo hoy voy a coger mi espada y a luchar sola. 

Y tengo miedo. 


...

(Definitivamente voy a llorar y a esperar a que me derribe la ola)

Uol Free en tiempos del coronavirus

sábado, 29 de febrero de 2020

Aludido


ALUDIDO


Te preguntas si eres el aludido.
Pero no me preguntas a mí.
Te niegas a pensarlo siquiera,
que eres el aludido,
no a pensar en preguntarme
si lo eres o no.
Para eso hay que arriesgarse,
tirarse en plancha al agua fría,
cemento pulido
contra el que temes rebotar.
Tú, yo, todos.
Todos tememos esparcir los sesos
contra el suelo
por confiar.
Por confiar.

Avanzamos en los días
obviando continuamente
las olas que provocamos
tras nuestro quejumbroso andar;
niños indecisos, temerosos,
enrabietados porque la sombra
que se cruzó en nuestro camino
no es la que pintamos en el cuaderno escolar.
Y no vemos, no percibimos
la mirada anhelante de curiosidad;
la intriga, el deseo,
el afán.

Hot Stuff
Hot Stuff


¡Qué desconcierto no saber!
¡Qué desatino imaginar!
¡Qué cobardía no indagar!

Y así avanzan los días,
a trompicones inertes,
enmascarados de falsa productividad,
mientras se consume nuestro tiempo,
el que resta, el que se agota, el que no vuelve. 


Uol

sábado, 16 de noviembre de 2019

Xuntos






―Ven aquí.
―Que queres?
―Ven!
―Que?
―Que veñas!
―Que pasa, ho?
―Quero darche un bico.
―Eh?

―Quero bicarche os olliños, quero bicarche o nariz, quero bicarche as meixelas. 
―Ai, ho! 
―Senta ao meu lado neste sofá que tan ben nos coñece. Fóra chove, oito graos, a tarde está agrisallada. Case non escampou en todo o día, pero non é mala xornada: é unha tarde de outono case invernal, unha coma tantas outras en Auria. A tarde e a noite fundidas sen transición, un gris chumbo, un gris cinza, un gris que me arrastra aos teus brazos, os teus brazos tan fortes e sanadores para min. Que vida pode haber más alá deses brazos que me acollen, que me quentan, que me curan, que me apaixonan? 
―Ven acó, miña rula. 
―Cando sinto os teus brazos rodeando o meu van e abandono a miña cabeza no teu pescozo, sinto que entro noutra galaxia, afrouxan os tendóns, os músculos, a presión nos sens, os pinchazos no peito. Eu quero perderme nese abrazo, neses bicos, nesa calor medrando no meu corpo, nos nosos corpos, nas nosas veas, na pulsátil pulsación do sangue a bombear tac tac tac cara a tódolos órganos, cara á túa polla, cara á miña vaxina enchendo o meu clítoris. Quero envorcarme neste enorme sofá acolledor e voluptuoso; quero rebozarme como croqueta na túa saliva; quero enlamarme nos teus efluvios de home. Quero que a noite non chegue nunca, ou que chegue e nos arrase, que nos leve por diante, que nada importe ou que importe todo, pero que ese todo sexa estar pegados, xuntos, lapas neste inverno adiantado, nesta tarde agónica, neste mundo que nos afoga. Soamente quero acabar os meus días apreixada ás túas pernas, aos teus beizos, enganchada ao teu corpo, ao teu sexo, machihembrada e feliz. Que se cabe o mundo, que se afunda todo, que cona me importa! 
Ven e rematemos xuntos antes de que o ocase chegue!

Uol