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martes, 23 de junio de 2015

Noche ardiente de San Juan




Hermitas piensa que es una locura, que me arriesgo mucho, pero ¡qué sabrá ella! Ella nunca ha experimentado la fuerza del amor. Este amor que yo siento por Abdón es tan intenso que nada es imposible. Yo sin él no puedo... no puedo continuar. No he conocido más besos que los suyos y no pienso en otra cosa desde aquella verbena: en sus manos morenas buscando mis pechos. Entonces lo supe claramente, ya durante la misma procesión, cuando con las otras mujeres seguía con el cirio en la mano al San Amaro y lo vi al otro lado del atrio, sus ojos tan negros clavados en mí, sentí las rodillas de manteca, sentí el mismo calor que cuando bebo aguardiente para aliviar el dolor de muelas. Eso es él para mí desde entonces, dolor y calor; placer y temor; dicha y miedo. Supe en la procesión que ése era el día. Y sentí mucho calor, sí.  Cuando los feligreses regresaban a casa para la comida festiva, mientras otros se acercaban a la carballeira para desplegar una manta y comer en el suelo al lado de los míseros puestecillos de quesos y chorizos, empanadas y pan de maíz, yo me dirigí a la fuente. Abdón me hizo un gesto. Después de semanas de charlas en los caminos (¿cómo me encontraba en mis idas y venidas a la huerta, a buscar el pan, al gallinero, a la iglesia, al lavadero, a remendar las redes, a repartir las sardinas?), reconocí en ese gesto una nueva determinación. Supe ese día que las manos de Abdón no se resignarían a apartarme el pelo de la cara, a rozarme la muñeca como si me tomase el pulso, buscando el latido de mi sangre bajo la piel. Y supe que yo no lo evitaría. Cuando me salió al encuentro, lejos de miradas acusadoras, me condujo a la caseta donde Agapito antaño guardaba sus aperos de labranza, vacía desde que partió a Argentina. Una carta envió a su madre al llegar. Después silencio. La anciana murió hace dos inviernos y nunca en diez años dejó de salir al encuentro del cartero cada semana.

Ese día, en aquel galpón, apenas un techado cubriéndonos, me enamoré locamente de Abdón. Yo sabía que Abdón era un buen hombre, trabajador y cumplidor. Cuarto hijo de la prole de nueve de Obdulia y Odilo. Era pobre, sí, como todos. Pero robusto, honrado, trabajador. Tendríamos hijos sanos, seríamos felices. Abdón era sanguíneo, apasionado. Al ser yo huérfana, es normal que no le pidiese a nadie relaciones conmigo. Hermitas dice que bien podría habérselas solicitado a mi tío Manuel, para formalizar así el noviazgo, pero Hermitas es muy zonza, una beatona. No entiende de pasión y urgencia. ¿Qué sabe Hermitas de las manos gigantes de Abdón subiendo por mis costados, alcanzando mi cuello, bajando a mis pechos? ¿Qué sabe Hermitas de besos sofocantes y apretujados contra árboles, paredes y vallados?

Además Abdón me lo dijo aquella primera vez, que me quería, que ninguna otra le gustaba como yo, que nos casaríamos.

Pero es casi verano y no ha vuelto a hablar del tema.

Hermitas dice que no me fíe. ¡No sé para qué le cuento nada, es tan boba! Pero ¿con quién voy a hablar? ¡Estoy tan sola! Y Hermitas es buena amiga, no le ha ido con el cuento a nadie y no ha vuelto a insistir en que me confiese. ¡Ni que la boba fuese yo! No me fío un pelo de don Saturnino por mucho secreto de confesión al que se deba según dice Hermitas. Ese hombre no me gusta, siempre colorado, secándose el sudor frente a las mujerucas; siempre con mirada de peixe podre. ¡No, ni palabra de esto! Si voy al infierno, pues voy. Abdón se merece hasta mi condenación eterna.

Lo que no le he contado a Hermitas es que yo pensaba que a estas alturas ya estaríamos casados. Sobre todo pensaba que Abdón me preñaría y haríamos como todos: casarnos enseguida en la misa del alba con sus padres de testigos. Y seríamos felices. Pero la visita me llega todos los meses. Algo debe hacer Abdón para evitarlo ¡Si yo soy joven y sana! Y él... ¡él es un toro, virgen santa! ¡Qué sofocos, qué empuje! Siempre quiere, ay. Abdón consigue que se me vaya la cabeza, sólo quiero sentirlo sobre mí, besándome y apretándome. Nunca querré a nadie como a Abdón, y por mucho que diga Hermitas que los hombres aman a muchas mujeres... ¿qué sabrá ella de hombres, si no sale de misa de cinco? Claro, como ella no tiene que trabajar desde el alba al ocaso se le da por barruntar estupideces. ¿No ha llegado a insinuar que si no es con Abdón habrá otros con los que casarme? ¿Otros? Nadie, nadie más que Abdón existe para mí. Fue entonces cuando lo pensé. El ritual. Lo sorprendente es que Hermitas no cree en esto, ¡tan beatona ella y no cree en el ritual! Creencias paganas, dice. Pero lo que le preocupa es mi determinación de darle un hijo a Abdón. ¿Y si se echa atrás?, se asusta. Ella no sabe cómo me busca y me reclama Abdón, cómo me enamora. Ella no conoce a un hombre como yo, qué va a saber de necesidades y urgencias. A todo le ve pegas, todo son dilemas para ella, así nunca se va a enamorar. Pero yo sé qué debo hacer para que Abdón se quede conmigo.

Lo cité tarde con la excusa de que habría gente por la plazuela; al principio él protestó porque había quedado en llevar aguardiente a sus amigos por ser noche de fiesta, pero en cuanto supo qué quería de él se le incendiaron los ojos y prometió que  a las once a más tardar estaría en la playa. Por la tarde subí a rezarle a Nosa Señora da Area, y le pedí a la Virgen éxito en mi propósito, ella lo comprendería, era Madre. Dejé a los pies de la imagen tres velones y el rosario de madera que me había regalado mi madrina en la Comunión, poca cosa era, pero nada tengo.

Ermita A Nosa Señora da Area, A Lanzada, Pontevedra, Galicia (España)

Después regresé a casa y me lavé el cabello y lo até en una trenza de la que prendí ramitas de romero, trébol e hinojo. Puse mi enagua más blanca y encima sólo el mantón, los pies descalzos. Me ardía la cara, me brillaba la piel. Sentía que amaba y deseaba a Abdón como nunca hasta ese momento.


Él llegó a las piedras pasadas las once y media, ya sin claridad en el horizonte. Si reconoció el lugar, nada dijo. Le noté en la boca el sabor del aguardiente. Me deshizo la trenza, el cabello castaño ondulado; lo asió un momento entre sus dedos para tirar de él y atraerme de nuevo a su boca. Sentí su cuerpo caliente, su hombría latiendo, sus brazos rodeando mi cintura, apretándome contra sí. Abdón, mi Abdón. Fui osada y me apreté más si cabe a su cuerpo, buscando mis oquedades sus vértices, amoldando mi cuerpo al suyo. Introduje mi mano en su pantalón y él gimió. Aquello estaba gordo y duro. Hacía dos semanas desde la última vez que pudimos encontrarnos y Abdón estaba muy burro, muy animal. Resoplaba contra mi oreja, me mordía el cuello. A berce da santa era incómoda, aquellas piedras eran duras y ásperas por mucho lecho divino que dijesen que era. Ni se me había ocurrido traer unas mantas, aunque tampoco habría resultado fácil esconderlas de miradas chismosas. Por suerte la noche era muy cálida, el clima había sido muy benévolo desde hacía un par de semanas: la temperatura era alta por el día con un calor como hacía tiempo no se experimentaba en las Rías al principio del verano. 
Berce da Santa, A Lanzada, Pontevedra (España)

Pronto estuvimos desnudos sobre aquella cama pétrea. Me senté sobre el sexo de Abdón y me moví como un instinto ancestral me indicaba. Abdón gemía y me decía meiga. Subí y bajé, oscilé, ondulé. No sé cómo sabía moverme así. Abdón me agarraba el trasero con ambas manos, lo asía con tal fuerza que me hacía daño, tendría sus marcas mañana. La piedra debía hacerle daño, porque se volteó y me puso debajo. Me alzó las piernas y siguió penetrándome con empujes secos y violentos. Yo no percibía como me lastimaba la espalda y el cuello, porque estaba poseída de un frenesí incontrolable al saber -porque sabía, yo sabía-, que en aquella noche mágica y en aquel lugar sagrado, engendraríamos a nuestro hijo. Cuando noté que Abdón iba expulsar su simiente, lo aferré con toda la fuerza de mis brazos para que no se apartase, y lo besé susurrando meu amor, meu amor. Después cayó sobre mi cuello, exhausto.


Abdón parecía haber bebido más de la cuenta cuando llevó el aguardiente a sus amigos, porque quedó en silencio, sumido en un sopor extraño. Hasta en eso tuve suerte, la Virgen me ayudaba. Hermitas hubiese dicho que en qué quedábamos, si era cosa de santos o de paganos, pero ¡qué sabía yo, y qué puntillosa ella!
 
Playa de A Lanzada, Pontevedra, Galicia, España

Me acerqué pues a la orilla sin que Abdón reaccionase, la luna casi llena estaba en lo alto. Ya era el día de san Juan, y entrando en el agua dejé que las nueve olas milagrosas alcanzasen mi vientre. Con la última me sumergí del todo pidiendo un hijo, un hijo nuestro que nos uniese con un lazo indestructible. 


Playa de A Lanzada, Pontevedra, Galicia (España)


Un mes más tarde Abdón pisaba el muelle del Parrote para embarcar en un vapor de la Compañía Trasatlántica Española destino a Cuba. Tenía pasaje desde hacía casi tres meses pero no había dicho nada, ni siquiera a Isaura. Sus padres al enterarse le preguntaron por ella. No puedo llevarla, dijo. Y no añadió nada más.




Él me amaba, sé que me amaba. Hermitas me mira con compasión, piensa que se ha burlado de mí, lo piensan todos, me miran con lástima o con enojo, pecadora lasciva, pero me da igual. Ya todo me da igual. Sé que no volverá a por mí, como dijo. Puedes casarte por poderes, dice Hermitas, la pobre mira mi vientre hinchado y quiere ofrecerme una esperanza. Ella no sabe que después de Abdón ya no habrá nadie más, no lo habrá. Sólo mi niño. Él y yo solos en el mundo.

Uol
[...]
Este vaise i aquel vaise,
e todos, todos se van.
Galicia, sin homes quedas
que te poidan traballar.
Tes, en cambio, orfos e orfas
e campos de soledad,
e nais que non teñen fillos
e fillos que non tén pais.
E tes corazóns que sofren
longas ausencias mortás,
viudas de vivos e mortos
que ninguén consolará. 

Rosalía de Castro: "Pra a Habana" de Follas Novas (1880)

Éste se va y aquél se va,
y todos, todos se van.
Galicia, sin hombres quedas
que puedan trabajar.
Tienes, en cambio, huérfanos y huérfanas
y campos de soledad,
y madres que no tienen hijos
e hijos que no tienen padres.
Y tienes corazones que sufren
largas ausencias mortales,
viudas de vivos y muertos
que nadie consolará.
(Traducción al español de Uol Free)

Playa de A Lanzada (Pontevedra)


Vídeo de presentación.

Dedicado a las siempre olvidadas "Viudas de vivos".

sábado, 11 de octubre de 2014

El indiano (III parte y final)

(Esta historia comienza aquí y la segunda parte puedes leerla acá)


―¿Has venido?
―Es evidente.
―¿Quieres aprender?
―¿Tiene algo que enseñarme?

Don Pedro rió y sacó un brandy.

―De las mujeres he aprendido muchas cosas. A lo mejor yo puedo enseñártelas a ti.

Irimia bebió el brandy, hubiese preferido el anís.

―Nunca me casaré contigo.

Don Pedro alzó las cejas.

―No he regresado a mi tierra para buscar esposa, aunque sé que todos lo esperan.
―Mejor.
―¿Puedo preguntarte qué te desagrada de mí? No soy un anciano. Soy muy rico y no tan inculto como algunos piensan. Tus padres estarían encantados si te pidiera como esposa― don Pedro sentía verdadera curiosidad. Intuía que Irimia no mentía, que no era una estrategia calculada.
―Eres un muy buen partido, es cierto. Pero no es lo que yo quiero.
―¿Y qué quieres?
―Sentir.

Irimia alzó su vestido. Se puso de espaldas y sacó las enaguas, deslizó las bragas hasta el suelo, pero se dejó puestas las medias oscuras. Don Pedro se extasió ante las posaderas de la joven, tan redondas y plenas, tan blancas como lunas llenas.


En Cuba había aprendido las virtudes de la lentitud. Y aunque el deseo espoleaba su impaciencia, se tomó su tiempo para besar a Irimia en el cuello turbador, en los párpados temblorosos, en los labios entreabiertos. Después se desnudó y a Irimia el indiano ya no le pareció tan enclenque. Tenía brazos resistentes que la alzaron hasta un diván, su sexo grueso florecía entre el vello denso y rizado. Sintió deseos de saborear aquel falo prohibido. Don Pedro se lo ofreció exultante y ella lo aceptó gozosa. Lo introdujo en su boca y lo chupó como a un caramelo. 



―¡Oh, Irimia!, así mismo es, lámelo, chúpalo, aprétalo entre tus labios.

El indiano gemía. La apartó un poco.

―Espera, espera, golosa. Tenemos tiempo. Quiero probar tus pechos.
―¿Y a mí, puedes tocarme y chuparme?
―¡Oh, Irimia! ¿De dónde sales tú? Claro que puedo, en realidad debo si quieres sentir el goce total. O al menos eso me decían las mujeres allá en Cuba.

Irimia se estremeció de placer cuando los dedos expertos del indiano la tocaron en lo más íntimo, buscando, explorando, hundiéndose en su carne tibia. Ella a su vez volvió a introducir el pene de don Pedro en su boca, necesitaba sentirla llena mientras su cuerpo se esponjaba y lo sentía tensarse en lo más hondo, una ola que buscaba una roca en la que estrellarse, un rugido que pedía gruta por la que salir. Irimia experimentó el goce. Gritó. Las rocas fueron rebasadas por el mar. Después el indiano la penetró con ímpetu una y otra vez y ella sintió crecer la marea, oleadas de placer buscando la arena.



―¿Qué voy a hacer contigo, Irimia?
―¿Es que podemos hacer más cosas?
―Jajaja, sí, unas cuantas más. Pero no me refería a eso.
―Ya sé que no te referías a eso. Pero tenemos un acuerdo.
―Si tus padres se enteran... Eres una señorita de buena familia.
―¿Se lo vas a decir tú? Sigo siendo una señorita. ¿O ya no lo crees?
―Siempre serás una dama.

Don Pedro le acariciaba el cabello, desnudos los dos.

―Puede haber consecuencias.
―Dijiste que sabías cuidarte.
―Sí, pero... nunca se sabe. Me pones loco, y tú eres joven y sana.
―Calla, ni lo mientas.
―Irimia, si eso sucediera, yo...
―¡Que calles te digo!

El indiano obedeció. Estaba inquieto. Llevaban meses de intensa relación clandestina. Sabía a lo que se arriesgaba la muchacha y no acababa de comprenderlo, no en este país ni entre las de su clase. Irimia podía ser dulce e inocente y al rato salvaje y desinhibida. No había doblez en ella. Y él... él empezaba a sentirse responsable. Responsable de su suerte y... enamorado.



Desde su regreso a tierras patrias, el indiano don Pedro se sentía un hombre tocado por los dioses, premiado después de una vida dura y complicada, afortunado y feliz, cuando de repente se enteró en el Casino: Irimia Tuy de Osorio estaba prometida con el hijo del socio catalán de don Telmo. La boda se celebraría el próximo otoño y vivirían en Barcelona, donde el joven se haría cargo de alguno de los negocios de la familia. Don Pedro se sintió enloquecer. De pronto se percató de que no quería compartir a Irimia, que no quería verla casada con otro, que lo único que deseaba en este mundo era hacerla señora de la casona, que por nada del mundo renunciaría a ella, que no soportaría verla partir.


―Mi padre lo organizó―. Irimia estaba pálida pero entera.
―Le pediré tu mano. Aún estamos a tiempo.
―No puedes hacer nada. Está todo apalabrado. Son negocios. Además... te dije que nunca me casaría contigo.

Don Pedro palideció, pareció encogerse dentro del traje blanco.

―Pero...
―No te preocupes, Pedro, estaré bien.
―¿Y yo? ¿Cómo voy a estar yo? ¿Es que acaso no me amas? ¿Y por qué no quieres casarte conmigo? ¿Por qué? ¿Te sirvo para fornicar pero no para marido?―don Pedro estaba fuera de si.
―¿Pero tú te estás oyendo? Hablas... hablas como...
―¿Como qué, di, como qué?― el indiano la zarandeaba.
―Me voy, Pedro, ya no puedo volver a verte. Ya es tarde para todo, ya es tarde. Te deseo que seas feliz. Guiomar es buena chica, te dará hijos robustos que herederán tu apellido y tu hacienda.
―¿Qué  apellido? Mi padre hacía toneles de vino, mi madre vendía cirios, ¿qué mierda de apellido? No te vayas, Irimia, no tienes derecho a irte así. No me dejes.―El indiano tenía los ojos inyectados en sangre―. No quiero hijos que no sean tuyos. Dile a tu padre que ya estás prometida conmigo.

Irimia lloraba.

―Ya es tarde, Pedro. Elegiste el día que me enviaste aquella nota. Elegiste. Y yo también lo hice cuando acudí a tu reclamo. Pero el trato se cumplió. Puedes estar satisfecho porque sentí. Sentí para toda una vida. Y ahora adiós.

Isla Pancha, Ribadeo (Lugo), Galicia, España.

La casona se cerró el día que encontraron a don Pedro entre las rocas de Isla Pancha. Unos primos suyos de los que nunca se supo antes reclamaron la mansión indiana.

Uol 
Isla Pancha, Ribadeo (Lugo), Galicia, España.


Indiano, adj. Se usa también como sustantivo. Dicho de una persona: Que vuelve rica de América.

(Nota: esta historia es de ficción, inspirada en una mansión indiana que existe en realidad en Ribadeo (Lugo). Es la llamada Torre de los Moreno, que fue propiedad de dos hermanos retornados de Cuba, indianos ricos que mandaron construir esa mansión. También es real el doctor Coronado Interian, descubridor del paludismo en Cuba. Otras casas indianas que aparecerán ilustrando el relato están ubicadas en otras zonas de Galicia. También existió el cura Basilio Álvarez, fundador del sindicato labriego Acción Gallega y promotor de la revolución agraria de principios del siglo XX en Galicia. El poeta Ramón Cabanillas escribió beligerantes poemas apoyando al cura revolucionario y animando a la rebelión)

lunes, 6 de octubre de 2014

El indiano (II parte)

(Esta historia comienza aquí)



―Es adorable, es encantador―Guiomar suspiraba.
―Sí, claro, un gatito sin uñas.
―¡Qué sabrás tú, si no has cruzado palabra con él! Te digo que es muy educado y parece que te cautiva al hablar con ese deje suave que se le ha pegado en aquellas tierras. Además ¡es tan apuesto, le sienta tan bien el sombrero!
―Pues vaya, ¡un sombrero!―se burló Irimia.
―Te mira a los ojos al hablar, así como muy profundamente, y me preguntó mi opinión, ¡dos veces!
―¡Oh, vaya, qué considerado! Guiomar, esas noveluchas que lees a escondidas te están afectando el cerebro.
―Ay, Irimia, qué rara eres, parece que no tengas corazón.

Irimia se calló, ofendida, qué sabía su prima de su corazón, pero nada dijo. Tampoco ella misma sabía explicar qué sentía a veces, la rabia que nacía en ella, o la dulzura y el cariño ante cosas insignificantes, como las cerezas que robaba para ella el pequeño  Agapito. No sabía por qué apreciaba a Secundino, el mozo de cordel, o a Tonecho, el ceramista, que de niña le dejaba jugar amasando aquel barro oscuro y denso a escondidas de sus padres. No sabía por qué le gustaba el dulce de membrillo que le regalaba Generosa, la lechera que abastecía a la casa, y aborrecía las carantoñas y los tocinillos de cielo de doña Lurditas, que sabían falsas, amargas como la hiel. Pero nada de esto podía explicarle a su prima. Guiomar era un cielo, pero no la comprendería.

Casa fidalga en Salvaterra do Miño (Pontevedra), Galicia, España.
La indiferencia de don Telmo hacia el indiano era claramente calculada. El fidalgo sabía que las matronas de la villa caerían con sus niñas sobre don Pedro como una plaga. Entre tanta mocita casadera y a pesar de pertenecer a una de las mejores familias, Irimia sería una más. Si la reservaba, si la mostraba lejana, quizás excitaría el interés del indiano. Don Telmo era hombre, sabía lo que significa una pieza de caza que parece inalcanzable. Lo malo es que Irimia... a veces don Telmo dudaba. ¿Por qué Irimia no era como su prima? Callada, modosa, por Dios, una señorita. ¿Y por qué parecía siempre que acababa de saltar un vallado? ¿No debería hacer con su aspecto lo que se supone que hacen las mujeres para estar bellas? Echarse polvos de arroz o qué sé yo. Había en Irimia algo rebelde, indomable, que don Telmo intuía en su propio apasionamiento, pero no le gustaba que lo heredase una hembra. Pero Dios le había concedido tres hijas y si quería nietos bien posicionados en la sociedad debería casarlas bien, incluso tener yernos avispados y emprendedores. A don Telmo no le iban mal las cosas porque no dependía del campo y de sus arrendados, había diversificado sus inversiones. Pocos lo sabían en la villa, pero se había asociado con unos catalanes que habían montado por la costa fábricas de conserva y de salazón. Pronto entraría en el negocio de los astilleros. Sólo su abogado lo sabía, ni siquiera  doña Xilda, su mujer, estaba al tanto de todo, para qué, era mujer y se iría de la lengua en el confesonario, sólo le faltaba que la curia quisiera sangrarlo más con interminables peticiones, bastante le sacaban los cuervos a su esposa. Para Rosaura y Celeste buscaría maridos economistas o abogados que le ayudasen con sus futuros prósperos negocios, pero para Irimia, la primogénita, quería un título. Lo malo es que sus amigos estaban todos arruinados, así que cambió de parecer, dinero americano le vendría bien, porque, en realidad, sí necesitaba capital para sus futuras expansiones. A veces don Telmo hacía el cuento de la lechera, pero al final pensaba que todo iba a salir bien. No meter todos los huevos en la misma cesta, era su lema, se lo enseñó su ama de cría. Aquella mujer, Sagrario, le enseñó todo cuanto sabe de práctico en la vida, también a cómo se corteja a una mujer. Don Telmo fantaseaba de muchacho con los pechos de Sagrario, soñaba que mamaba de sus grandes tetas que, al fin y al cabo, ya le habían amamantado. A Sagrario la había desgraciado con quince años un afilador orensano que estaba de paso en la villa y que la embaucó con frases galantes y un pañuelo de seda, quién sabe de dónde lo había sacado, acaso era robado, y del hombre  nunca más se supo.  Sagrario lo amamantó a él y al hijo del afilador, porque su madre no quiso o no pudo hacerlo. Aquel hermano de leche murió de escarlatina a los dos años, él mismo se libró de milagro, designios de Dios, y desde entonces y hasta los siete años durmió en la misma habitación que Sagrario. A esa edad lo arrebataron de su lado. Don Froilán, su padre, un hombre severo y callado, ordenó su ingreso en el Seminario de Mondoñedo, dijo que su esposa y el ama de cría estaban malcriando a su heredero. Aquella fue la etapa más oscura de su vida. Sólo el recuerdo de los besos, abrazos y el olor a leche de Sagrario le reconfortaron durante aquellas largas noches heladoras y tristes. Sagrario le tejía jerseys, calcetines, mantas... que le llevaba los domingos de visita. Era tan joven y parecía muy mayor con su pañuelo a la cabeza y su mantón negro, cargada con la cesta donde le llevaba al pequeño las viandas y dulces que más le gustaban: compota de manzana, empanadillas de miel, castañas en almíbar, almendrados de Allariz, rosquillas de Ponteareas, melindres de Melide, roscón de seis huevos, todo para que aquel flaquito al que quería como al hijo que perdió no se muriese de tisis estudiando entre aquellas paredes húmedas, para que no se olvidase de ella, de la tata Sagrario. Don Telmo sobrevivió a una pulmonía a los doce años y desde entonces su salud se fortaleció, se hizo un hombre fuerte y robusto. Sagrario murió de algún mal de las mujeres a los treinta y siete años, cuando don Telmo acababa de prometerse a doña Xilda con apenas veintiún años.


A Coruña, c.1915 by Pedro Ferrer
La paciencia era una virtud que don Pedro Cadorniga sólo aplicaba en los negocios. En asuntos de amores tomaba decisiones rápidas, aunque no siempre acertadas, pero de nada se arrepentía realmente. Si el pájaro no acudía al nido, el nido se mostraría al pájaro. Encargó a su gobernanta y a su secretario organizar una fiesta para lo más granado de la villa: sería la presentación oficial de su mansión y de su persona. Todo con el único fin de cursar invitación a casa de los Tuy de Osorio. No podían dejar de acudir, asistiría todo aquel que tenía un nombre en la villa, y malo si no se recibía invitación, se convertiría en un paria a ojos de todos. Las modistas principales de la villa recibieron en unos días docenas de encargos con tanta premura que tuvieron que pedir ayuda a modistillas menos sofisticadas para que hiciesen los trabajos menos delicados; todas las mozuelas necesitaban de repente un vestido o un sombrero nuevos. ¡Qué desconsiderado el indiano! ¡No percatarse de la necesidad de avisar con más tiempo para estos menesteres! Pero había que disculparlo, un viudo no entiende de estas cosas. 

Casa indiana en O Rosal (Pontevedra), Galicia

―¿Y crees que habrá baile? Al parecer ya no es obligatorio que haya baile en una cena de gala, ¡pero me haría tanta ilusión!―a Guiomar le brillaban los ojillos castaños―. Podría bailar con él, estar entre sus brazos, deslizarnos por la pista...
―¿Qué pista, Guiomar? Es una casa, no el Casino ni el Liceo. Tendrá un salón amplio en todo caso, no es Versailles.
―Bueno, cuando papá y mamá eran jóvenes daban fiestas en casa y había baile, sólo tenían que retirar algunos muebles del salón.
―Sí... en el siglo pasado. ¡Yo qué sé, Guiomar! No sé si habrá baile, mejor que no o acabará  pisándonos los pies.
―¡Seguro que sabe bailar!
―Sí, en la zafras de Cuba don Pedro bailaba entre las cañas de azúcar ensayando para sacar algún día a bailar en su tierra a su futura esposa.
―¡No te aguanto, Irimia! ¡Es que no te aguanto!
―No  te enfades, prima, anda, tonta, seguro que don Pedro sabe bailar y te reservará el vals, y además ninguna otra puede hacerte sombra: todo el mundo sabe que eres la muchacha más guapa de la villa―Irimia hizo mohines a Guiomar, realmente admiraba la hermosura de su prima.

Le preocupaba la fiesta, con baile o sin él. Pensó que don Telmo eludiría acudir, pero doña Xilda abrió los armarios de Irimia y revisó sus ropajes. Estaba bien servida, sobre todo porque la muchacha acudía a pocos actos sociales y tenía vestidos sin estrenar. Doña Xilda pensó que era hora de prestar alguna de sus joyas a su hija, la ocasión lo merecía. Esto disparó las alarmas de Irimia. Hasta ahora había pensado que don Pedro no era del agrado de sus padres, pero el envío del recibí a la casa del indiano y el ofrecimiento del joyero de su madre le hicieron temer lo peor. De pronto lo comprendió todo, su padre no había querido mostrar afán, todo al contrario, manifestó claro desinterés, desapego, todo calculado para aumentar el valor de Irimia ante el indiano. Bueno, en todo caso, estando Guiomar presente no hay problema, el indiano ni me mirará siquiera y no correré peligro.


Torre de los Moreno en Ribadeo (Lugo), Galicia, España, 1915.

La verdad, de cerca el indiano le pareció bajito y algo flacucho. Hasta Secundido era  más fornido a su lado. Claro que no sabía por qué, pero todos los campesinos que conocía de vista, y los mozos de cuerda, y los toneleros, y el herrero, los canteros, el zapatero de la plaza de Abaixo y hasta el chamarilero que frecuentaba las cocinas de su casa vendiendo cachivaches a las criadas eran hombres robustos al lado de los vástagos de las nobles familias de Ribadeo. El indiano, además, estaba más descolorido de lo esperado. ¿Qué había sido de la vida al aire libre en la isla? Bah, un petimetre de despacho. 


Para su desconcierto, don Pedro Cadorniga pareció mostrar un inusual interés en su persona desde que atravesó las recias puertas de la casona indiana. El propio don Pedro acudió a presentarse él mismo, saludó a don Telmo y a doña Xilda muy galantemente y después miró fijamente a Irimia. Besó su mano desnuda, Irimia no soportaba los guantes, y ella notó la humedad de sus labios, que parecieron demorarse unos segundos más de lo decoroso. Ella pudo mirarlo entonces a los ojos y fue cuando le pareció bajito, enclenque y blancucho. Pero también decidido y obstinado. Tenía hermosos ojos castaños, con luces que brillaban allá en el fondo. Mientras la acompañaba por los salones, pensó Irimia que se dedicaría a ensalzar la casa y a mostrarle el lujo que la rodeaba, pero don Pedro sólo la miraba a ella y le ofrecía comida o bebida. A Irimia le apetecía un anís de Chinchón, pero recordó lo extraña que se sintió cuando una tarde en compañía de Secundino se pimplaron media botella escondidos en la bodega y las absurdas ganas que tuvo de besar al mozo de cuerda.


―No es fácil encontrarse con usted. ¿Dedicada a la oración?

Irimia casi escupe el ponche que le había ofrecido don Pedro.

―Por desgracia, en esta villa no es fácil pecar tanto como para expiar largas culpas, no se haga ilusiones.

El indiano ocultó la sonrisa bajo los bigotes.

―No crea, a la ocasión la pintan calva.
―Pues tendrá que buscarla con candil, porque luz eléctrica... sólo aquí en su casa.
―A mí me gusta... ver― don Pedro la taladraba con la mirada. 

Irimia sintió el mismo calor que si hubiese bebido el anís chinchonete.

―De ciegos está el mundo lleno ¿no?

El indiano evaluó la respuesta y elevó la barbilla, que se reveló recia y varonil.

―¿Usted prefiere la oscuridad?
―¿Cómo podría yo... saberlo? Ni mis padres ni mis maestros han querido dejarme a oscuras. Dicen que la luz del saber ilumina y disipa las tinieblas de la ignorancia.

Al indiano se le estaba poniendo dura. ¡Ah, una digna contrincante! Nada de damisela candorosa.

―¿Y es usted buena alumna?
―Al menos me esmero. Soy aplicada... o eso dicen mis maestros.
―¿Ha tenido... muchos?   

Irimia se ruborizó un poco y bebió del ponche que, ¡diablos!, debía contener alcohol a razón del acaloramiento que sentía.

―Ninguno que me haya enseñado... algo interesante, la verdad― Irimia sostuvo la mirada insolente del indiano―. Pero no se lo diga a mis padres, ellos se preocupan por mi formación.
―Sí, la formación es importante. ¡Un buen maestro puede instruir tanto a una señorita como usted!

Doña Xilda se aproximaba  abanicándose y acertó a escuchar el comentario del indiano.

―No me la anime usted, don Pedro, que la muchacha ya sabe todo lo que una señorita necesita para gobernar su casa. ¡No querrá que sea una de ésas que llevan pantalones y aspiran a ir a la universidad!

Don Pedro Cadorniga sonrió con aire de disculpa.

―¿Acaso quiere usted eso?― inquirió a Irimia.

Ella se encogió de hombros.

―¿Qué hay de malo en saber?
―Irimia tiene otros intereses, ¿verdad, niña?―cortó doña Xilda―. Al fin y al cabo pronto se casará.

Don Pedro palideció un segundo.

―¿Ya está prometida, doña Irimia?

Don Telmo tosió de pronto a espaldas de doña Xilda.

―Como puede imaginar, mi mujer se entusiasma con la idea de los nietos, don Pedro. Irimia todavía es joven. Ya se verá. Como puede columbrar, una joven de su clase tiene muchas... opciones.
―Por supuesto, sobre todo una dama tan hermosa ―el indiano supo recoger la indirecta. O se decidía o Irimia estaría disponible poco tiempo.



Guiomar hablaba y hablaba. De la casa, del jardín, de las arañas de cristal de Murano, de los dos bailes que danzó con don Pedro, de la exótica comida que probó...
Irimia, sin embargo, permanecía extrañamente callada, no exasperaba a su prima, no la interrumpía con ácidos comentarios, permanecía con los ojos perdidos en su libro.

―¡Irimia, deja el libro! ¡No me haces caso! ¿Crees que don Pedro pedirá mi mano? Fue muy galante, pero la verdad es que bailó con todas dos veces. Bueno, menos contigo, sólo te sacó una vez, ¿por qué?
―¿Eh? Ah... es que lo pisé varias veces...
―¡Pero si tú bailas  muy bien!
―Ese don Pedro no me gusta nada, nada en absoluto, ¿me oyes? Y espero no volver a verlo nunca más, ¡nunca!

La muchacha salió del cuarto de costura dando un portazo. Guiomar, más que sorprendida por los malos modos de su prima, quedó hoscamente preocupada. Ella sí había visto los ojos de don Pedro prendidos toda la velada sobre la tensa espalda de Irimia.

Uol 
El final de esta historia podéis conocerlo pulsando aquí.


Indiano, adj. Se usa también como sustantivo. Dicho de una persona: Que vuelve rica de América.

(Nota: esta historia es de ficción, inspirada en una mansión indiana que existe en realidad en Ribadeo (Lugo). Es la llamada Torre de los Moreno, que fue propiedad de dos hermanos retornados de Cuba, indianos ricos que mandaron construir esa mansión. También es real el doctor Coronado Interian, descubridor del paludismo en Cuba. Otras casas indianas que aparecerán ilustrando el relato están ubicadas en otras zonas de Galicia. También existió el cura Basilio Álvarez, fundador del sindicato labriego Acción Gallega y promotor de la revolución agraria de principios del siglo XX en Galicia. El poeta Ramón Cabanillas escribió beligerantes poemas apoyando al cura revolucionario y animando a la rebelión)