Hermitas piensa que es
una locura, que me arriesgo mucho, pero ¡qué sabrá ella! Ella nunca ha
experimentado la fuerza del amor. Este amor que yo siento por Abdón es tan
intenso que nada es imposible. Yo sin él no puedo... no puedo continuar. No he
conocido más besos que los suyos y no pienso en otra cosa desde aquella verbena:
en sus manos morenas buscando mis pechos. Entonces lo supe claramente, ya durante la
misma procesión, cuando con las otras mujeres seguía con el cirio en la mano al San Amaro y lo vi al otro lado del atrio, sus ojos tan negros clavados en mí,
sentí las rodillas de manteca, sentí el mismo calor que cuando bebo aguardiente
para aliviar el dolor de muelas. Eso es él para mí desde entonces, dolor y
calor; placer y temor; dicha y miedo. Supe en la procesión que ése era el día.
Y sentí mucho calor, sí. Cuando los feligreses
regresaban a casa para la comida festiva, mientras otros se acercaban a la carballeira para desplegar una manta y comer
en el suelo al lado de los míseros puestecillos de quesos y chorizos, empanadas
y pan de maíz, yo me dirigí a la fuente. Abdón me hizo un gesto. Después de
semanas de charlas en los caminos (¿cómo me encontraba en mis idas y venidas a
la huerta, a buscar el pan, al gallinero, a la iglesia, al lavadero, a remendar
las redes, a repartir las sardinas?), reconocí en ese gesto una nueva
determinación. Supe ese día que las manos de Abdón no se resignarían a apartarme
el pelo de la cara, a rozarme la muñeca como si me tomase el pulso, buscando el
latido de mi sangre bajo la piel. Y supe que yo no lo evitaría. Cuando me salió
al encuentro, lejos de miradas acusadoras, me condujo a la caseta donde Agapito
antaño guardaba sus aperos de labranza, vacía desde que partió a Argentina. Una
carta envió a su madre al llegar. Después silencio. La anciana murió hace dos
inviernos y nunca en diez años dejó de salir al encuentro del cartero cada
semana.
Ese día, en aquel galpón, apenas un techado cubriéndonos,
me enamoré locamente de Abdón. Yo sabía que Abdón era un buen hombre, trabajador
y cumplidor. Cuarto hijo de la prole de nueve de Obdulia y Odilo. Era pobre,
sí, como todos. Pero robusto, honrado, trabajador. Tendríamos hijos sanos, seríamos
felices. Abdón era sanguíneo, apasionado. Al ser yo huérfana, es normal que no
le pidiese a nadie relaciones conmigo. Hermitas dice que bien podría habérselas
solicitado a mi tío Manuel, para formalizar así el noviazgo, pero Hermitas es
muy zonza, una beatona. No entiende de pasión y urgencia. ¿Qué sabe Hermitas de
las manos gigantes de Abdón subiendo por mis costados, alcanzando mi cuello,
bajando a mis pechos? ¿Qué sabe Hermitas de besos sofocantes y apretujados
contra árboles, paredes y vallados?
Además Abdón me lo dijo aquella primera vez, que me quería, que ninguna otra le gustaba como yo, que nos casaríamos.
Pero es casi verano y no ha vuelto a hablar del tema.
Hermitas dice que no me fíe. ¡No sé para qué le cuento nada, es tan boba! Pero ¿con quién voy a hablar? ¡Estoy tan sola! Y Hermitas es buena amiga, no le ha ido con el cuento a nadie y no ha vuelto a insistir en que me confiese. ¡Ni que la boba fuese yo! No me fío un pelo de don Saturnino por mucho secreto de confesión al que se deba según dice Hermitas. Ese hombre no me gusta, siempre colorado, secándose el sudor frente a las mujerucas; siempre con mirada de peixe podre. ¡No, ni palabra de esto! Si voy al infierno, pues voy. Abdón se merece hasta mi condenación eterna.
Lo que no le he contado a Hermitas es que yo pensaba que a estas alturas ya estaríamos casados. Sobre todo pensaba que Abdón me preñaría y haríamos como todos: casarnos enseguida en la misa del alba con sus padres de testigos. Y seríamos felices. Pero la visita me llega todos los meses. Algo debe hacer Abdón para evitarlo ¡Si yo soy joven y sana! Y él... ¡él es un toro, virgen santa! ¡Qué sofocos, qué empuje! Siempre quiere, ay. Abdón consigue que se me vaya la cabeza, sólo quiero sentirlo sobre mí, besándome y apretándome. Nunca querré a nadie como a Abdón, y por mucho que diga Hermitas que los hombres aman a muchas mujeres... ¿qué sabrá ella de hombres, si no sale de misa de cinco? Claro, como ella no tiene que trabajar desde el alba al ocaso se le da por barruntar estupideces. ¿No ha llegado a insinuar que si no es con Abdón habrá otros con los que casarme? ¿Otros? Nadie, nadie más que Abdón existe para mí. Fue entonces cuando lo pensé. El ritual. Lo sorprendente es que Hermitas no cree en esto, ¡tan beatona ella y no cree en el ritual! Creencias paganas, dice. Pero lo que le preocupa es mi determinación de darle un hijo a Abdón. ¿Y si se echa atrás?, se asusta. Ella no sabe cómo me busca y me reclama Abdón, cómo me enamora. Ella no conoce a un hombre como yo, qué va a saber de necesidades y urgencias. A todo le ve pegas, todo son dilemas para ella, así nunca se va a enamorar. Pero yo sé qué debo hacer para que Abdón se quede conmigo.
Lo cité tarde con la excusa de que habría gente por la plazuela; al principio él protestó porque había quedado en llevar aguardiente a sus amigos por ser noche de fiesta, pero en cuanto supo qué quería de él se le incendiaron los ojos y prometió que a las once a más tardar estaría en la playa. Por la tarde subí a rezarle a Nosa Señora da Area, y le pedí a la Virgen éxito en mi propósito, ella lo comprendería, era Madre. Dejé a los pies de la imagen tres velones y el rosario de madera que me había regalado mi madrina en la Comunión, poca cosa era, pero nada tengo.
Además Abdón me lo dijo aquella primera vez, que me quería, que ninguna otra le gustaba como yo, que nos casaríamos.
Pero es casi verano y no ha vuelto a hablar del tema.
Hermitas dice que no me fíe. ¡No sé para qué le cuento nada, es tan boba! Pero ¿con quién voy a hablar? ¡Estoy tan sola! Y Hermitas es buena amiga, no le ha ido con el cuento a nadie y no ha vuelto a insistir en que me confiese. ¡Ni que la boba fuese yo! No me fío un pelo de don Saturnino por mucho secreto de confesión al que se deba según dice Hermitas. Ese hombre no me gusta, siempre colorado, secándose el sudor frente a las mujerucas; siempre con mirada de peixe podre. ¡No, ni palabra de esto! Si voy al infierno, pues voy. Abdón se merece hasta mi condenación eterna.
Lo que no le he contado a Hermitas es que yo pensaba que a estas alturas ya estaríamos casados. Sobre todo pensaba que Abdón me preñaría y haríamos como todos: casarnos enseguida en la misa del alba con sus padres de testigos. Y seríamos felices. Pero la visita me llega todos los meses. Algo debe hacer Abdón para evitarlo ¡Si yo soy joven y sana! Y él... ¡él es un toro, virgen santa! ¡Qué sofocos, qué empuje! Siempre quiere, ay. Abdón consigue que se me vaya la cabeza, sólo quiero sentirlo sobre mí, besándome y apretándome. Nunca querré a nadie como a Abdón, y por mucho que diga Hermitas que los hombres aman a muchas mujeres... ¿qué sabrá ella de hombres, si no sale de misa de cinco? Claro, como ella no tiene que trabajar desde el alba al ocaso se le da por barruntar estupideces. ¿No ha llegado a insinuar que si no es con Abdón habrá otros con los que casarme? ¿Otros? Nadie, nadie más que Abdón existe para mí. Fue entonces cuando lo pensé. El ritual. Lo sorprendente es que Hermitas no cree en esto, ¡tan beatona ella y no cree en el ritual! Creencias paganas, dice. Pero lo que le preocupa es mi determinación de darle un hijo a Abdón. ¿Y si se echa atrás?, se asusta. Ella no sabe cómo me busca y me reclama Abdón, cómo me enamora. Ella no conoce a un hombre como yo, qué va a saber de necesidades y urgencias. A todo le ve pegas, todo son dilemas para ella, así nunca se va a enamorar. Pero yo sé qué debo hacer para que Abdón se quede conmigo.
Lo cité tarde con la excusa de que habría gente por la plazuela; al principio él protestó porque había quedado en llevar aguardiente a sus amigos por ser noche de fiesta, pero en cuanto supo qué quería de él se le incendiaron los ojos y prometió que a las once a más tardar estaría en la playa. Por la tarde subí a rezarle a Nosa Señora da Area, y le pedí a la Virgen éxito en mi propósito, ella lo comprendería, era Madre. Dejé a los pies de la imagen tres velones y el rosario de madera que me había regalado mi madrina en la Comunión, poca cosa era, pero nada tengo.
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| Ermita A Nosa Señora da Area, A Lanzada, Pontevedra, Galicia (España) |
Después regresé a casa
y me lavé el cabello y lo até en una trenza de la que prendí ramitas de romero,
trébol e hinojo. Puse mi enagua más blanca y encima sólo el mantón, los pies
descalzos. Me ardía la cara, me brillaba la piel. Sentía que amaba y deseaba a
Abdón como nunca hasta ese momento.
Él llegó a las piedras
pasadas las once y media, ya sin claridad en el horizonte. Si reconoció el
lugar, nada dijo. Le noté en la boca el sabor del aguardiente. Me deshizo la trenza,
el cabello castaño ondulado; lo asió un momento entre sus dedos para tirar de
él y atraerme de nuevo a su boca. Sentí su cuerpo caliente, su hombría latiendo,
sus brazos rodeando mi cintura, apretándome contra sí. Abdón, mi Abdón. Fui
osada y me apreté más si cabe a su cuerpo, buscando mis oquedades sus vértices,
amoldando mi cuerpo al suyo. Introduje mi mano en su pantalón y él gimió.
Aquello estaba gordo y duro. Hacía dos semanas desde la última vez que pudimos
encontrarnos y Abdón estaba muy burro, muy animal. Resoplaba contra mi oreja,
me mordía el cuello. A berce da santa
era incómoda, aquellas piedras eran duras y ásperas por mucho lecho divino que
dijesen que era. Ni se me había ocurrido traer unas mantas, aunque tampoco habría
resultado fácil esconderlas de miradas chismosas. Por suerte la noche era muy cálida,
el clima había sido muy benévolo desde hacía un par de semanas: la temperatura
era alta por el día con un calor como hacía tiempo no se experimentaba en las Rías
al principio del verano.
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| Berce da Santa, A Lanzada, Pontevedra (España) |
Pronto estuvimos desnudos sobre aquella cama pétrea.
Me senté sobre el sexo de Abdón y me moví como un instinto ancestral me
indicaba. Abdón gemía y me decía meiga.
Subí y bajé, oscilé, ondulé. No sé cómo sabía moverme así. Abdón me agarraba el
trasero con ambas manos, lo asía con tal fuerza que me hacía daño, tendría sus
marcas mañana. La piedra debía hacerle daño, porque se volteó y me puso debajo.
Me alzó las piernas y siguió penetrándome con empujes secos y violentos. Yo no percibía
como me lastimaba la espalda y el cuello, porque estaba poseída de un frenesí
incontrolable al saber -porque sabía, yo sabía-, que en aquella noche mágica y en
aquel lugar sagrado, engendraríamos a nuestro hijo. Cuando noté que Abdón iba
expulsar su simiente, lo aferré con toda la fuerza de mis brazos para que no se
apartase, y lo besé susurrando meu amor,
meu amor. Después cayó sobre mi cuello, exhausto.
Abdón parecía haber
bebido más de la cuenta cuando llevó el aguardiente a sus amigos, porque quedó
en silencio, sumido en un sopor extraño. Hasta en eso tuve suerte, la Virgen me
ayudaba. Hermitas hubiese dicho que en qué quedábamos, si era cosa de santos o de
paganos, pero ¡qué sabía yo, y qué puntillosa ella!
Me acerqué pues a la
orilla sin que Abdón reaccionase, la luna casi llena estaba en lo alto. Ya era
el día de san Juan, y entrando en el agua dejé que las nueve olas milagrosas
alcanzasen mi vientre. Con la última me sumergí del todo pidiendo un hijo, un
hijo nuestro que nos uniese con un lazo indestructible.
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| Playa de A Lanzada, Pontevedra, Galicia (España) |
Un mes más tarde Abdón
pisaba el muelle del Parrote para embarcar en un vapor de la Compañía Trasatlántica
Española destino a Cuba. Tenía pasaje desde hacía casi tres meses pero no había
dicho nada, ni siquiera a Isaura. Sus padres al enterarse le preguntaron por
ella. No puedo llevarla, dijo. Y no añadió nada más.
Él me amaba, sé que me
amaba. Hermitas me mira con compasión, piensa que se ha burlado de mí, lo piensan
todos, me miran con lástima o con enojo,
pecadora lasciva, pero me da igual. Ya todo me da igual. Sé que no volverá a
por mí, como dijo. Puedes casarte por poderes, dice Hermitas, la pobre mira mi
vientre hinchado y quiere ofrecerme una esperanza. Ella no sabe que después de
Abdón ya no habrá nadie más, no lo habrá. Sólo mi niño. Él y yo solos en el
mundo.
Uol
[...]
Este vaise i aquel vaise,
e todos, todos se van.
Galicia, sin homes quedas
que te poidan traballar.
Tes, en cambio, orfos e orfas
e campos de soledad,
e nais que non teñen fillos
e fillos que non tén pais.
E tes corazóns que sofren
longas ausencias mortás,
viudas de vivos e mortos
que ninguén consolará.
Rosalía de Castro: "Pra a Habana" de Follas Novas (1880)
Éste se va y aquél se va,
y todos, todos se van.
Galicia, sin hombres quedas
que puedan trabajar.
Tienes, en cambio, huérfanos y huérfanas
y campos de soledad,
y madres que no tienen hijos
e hijos que no tienen padres.
Y tienes corazones que sufren
largas ausencias mortales,
viudas de vivos y muertos
que nadie consolará.
(Traducción al español de Uol Free)
Este vaise i aquel vaise,
e todos, todos se van.
Galicia, sin homes quedas
que te poidan traballar.
Tes, en cambio, orfos e orfas
e campos de soledad,
e nais que non teñen fillos
e fillos que non tén pais.
E tes corazóns que sofren
longas ausencias mortás,
viudas de vivos e mortos
que ninguén consolará.
Rosalía de Castro: "Pra a Habana" de Follas Novas (1880)
Éste se va y aquél se va,
y todos, todos se van.
Galicia, sin hombres quedas
que puedan trabajar.
Tienes, en cambio, huérfanos y huérfanas
y campos de soledad,
y madres que no tienen hijos
e hijos que no tienen padres.
Y tienes corazones que sufren
largas ausencias mortales,
viudas de vivos y muertos
que nadie consolará.
(Traducción al español de Uol Free)
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| Playa de A Lanzada (Pontevedra) |



















