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domingo, 18 de agosto de 2024

Falaz


Hacía tiempo que su ropa era un disfraz. Acaso antes lo definía, ahora era ya costumbre, hábito en los dos sentidos de la palabra. De este modo seguía atrayendo a la abeja incauta, deseosa de libar. Nada es lo que fue, pero uno no puede evitar caer en la rutina, es más cómodo que cambiar, que modificar los usos. 
Y allí seguía, con su impasible embuste, ajeno al fraude al que atraía.


Falaz: Que halaga y atrae con falsas apariencias.

Uol Free

martes, 18 de agosto de 2020

Manumitir


Nunca las acompañé a estudiar a aquella biblioteca del campus. No creo ni siquiera que ellas tuviesen tampoco un interés real, pero la rumorología afirmaba que allí acudían los mejores partidos de la universidad. A mí no me interesaban aquellos chicos de jersey sobre los hombros y cinturón de tela patriótica con remaches de cuero. Bien es cierto que las últimas remesas habían incluido personajes nunca vistos -barbas y greñas, incluso algunas rastas en los futuros prohombres de leyes del país-, pero en general, no me sentía cómoda entre aquellos congéneres que un día aplicarían leyes con las que muchos no estaban de acuerdo. Las que somos de pueblo arrastramos siempre cierto complejo de inadaptación, que no de inferioridad: la sensación de que entras en una sala y no vas correctamente vestida, que has obviado alguna norma de urbanidad a pesar de tu educación o estudios. Seguro que no le pasa a Mericia, que además es tan despistada que nunca se percataría si desentona, pero sí a Isaura, que es tan de pueblo como yo. Las niñas de pueblo ocultamos ese miedo a desentonar en ciertos ambientes con una fingida pátina de seguridad que incluye miradas directas y palabras ardientes, pero dentro de nosotras tiemblan los cimientos, siempre temiendo pisar en falso. Nunca me he vestido peor que cuando tengo que acudir a un evento: queriendo ir bien, me disfrazo. Al tiempo, cuando voy en vaqueros y camiseta (cuando así de informal va la cosa) siento asimismo que al resto les queda todo genial y yo parezco una campesina en horas bajas. Leí una vez que se nace con esa cualidad, ésa de saber llevar el bolso en el antebrazo y mover el pelo con sensualidad, la verdad jamás me he visto natural. Y en el lado opuesto tampoco me he sentido segura; cuando veo a gente muy desaliñada, con ropa tan desgastada que ya parece sucia, con camisetas sobre camisetas y la bandolera a rastras, y aún así acompañadas, siempre pienso qué les ven a esas chicas con pelos en los sobacos y el sujetador al aire bajo la camiseta hecha tiras. Será que Dios los hace y ellos se juntan, porque yo no me veo sexy en esa coyuntura, seguro que mi hombre me diría que estoy horrorosa. Así que la verdad es que nunca he tenido un look muy claro, ni pija ni perroflauta, anodina a más no poder, en fin, no aclaro nada que no sepáis. Por suerte vestí de negro durante años, que es un color tan apañao que igual me servía para los pub estilo The Cure, que para ambientes góticos o rockers que para otros en donde triunfaba el minimalista black dress con perlas de plástico a lo Madonna. Hasta que el tiempo pasó y el negro empezó a echarme años encima. Entonces otra vez el follón para vestir. Ya paso. 

A lo que iba, yo no pisaba la biblioteca de Derecho, ¿qué iba a hacer yo allí si estaba llena de niñas de Farmacia con posibles de comprar la concesión a tocateja? Ni iba ni ganas. 

Pero un día conocí a un futuro abogado, un alma descarriada, que las había, claro, y muchos, también de pueblo, cómo no, tan señalado en aquel ambiente como mosca sobre merengue: chupa de cuero con chapas, barba greñuda y aro en oreja. El futuro abogado reparó en mí porque sus dotes deductivas no le alcanzaron para clasificarme en aquel ambiente donde él tenía claro que no iba a encontrar a compañeras de pupitre. El Masma había degenerado mucho, pero seguía siendo un sitio algo cutre pero con buena música. Y yo iba porque me hastiaba la zona vieja cuando mis compis se ponían transcendentes con la política a todas horas, que también cansa, y arreglar el mundo sentada día tras días tres horas o cuatro, sin coqueteo, sin baile y sin risas, era un aburrimiento, que qué pesados los tíos, ni pensar en follar siquiera, todo politiqueo a todas horas, qué poco sex appeal, por Dios. Yo creo que echaban un polvo al alba si se terciaba por puro cumplir, si el alcohol y los porros se la dejaban empinar. No es que yo fuera buscadora de alegrías erótico festivas a todas horas, que entonces aún creía en el enamoramiento, pero cuando te pasas meses escuchando la misma cantinela acabas pidiendo una noche de citas con un hombre sin ínfulas, fontanero o reponedor del Froiz, yo que sé, no era fácil eso entonces en la ciudad milenaria, donde todo el mundo se creía un cerebrito; ahora debe pasar lo mismo con los youtubers e instagramers, todos piensan que van a arrasar. Recuerdo una noche en que en una de esas escapadas por la zona nueva, en un pub de aquellos de diseño y copas caras que compartíamos entre tres porque no nos daba el presupuesto para más, un fulano me preguntó después de echarme la chapa de Yo Yo Yo Yo Yo, qué estudiaba y le dije que no, que era cajera en el Claudio y no veas la cara del tipo, le faltó poco para irse por piernas. La realidad es la que es. Y el tipo un prepotente que no había quien lo soportase. 

Pero volvamos al futuro abogado. Me percaté de que vivía en la ambivalencia, lo olí al minuto dos. No soportaba a las pijas de pupitre, a las que consideraba caprichosas y consentidas, pero se moría por echarles un polvo, incluso por emparentar si papá tenía despacho propio. Pero ellas huían de él como de la peste. Y por otro lado, su condición de hijo de campesinos esforzados que habían conseguido mandar al primogénito a la universidad pública para sacarse el título de letrado, lo vinculaban al orgullo de la tierra, del esfuerzo y el sacrificio. Bien podría ligar con compañeras humildes, como él mismo, que las había y bastantes, pero la mayoría estudiaba muchísimo para no perder la beca y no prestaban atención al macarra que no se sabía si acabaría la carrera o plantaría en cuarto al arrastrar un montón de pendientes (de Romano no se libraba). Esas chicas acabaron siendo casi todas juezas años más tarde. 

Me abordó, pues, por inclasificable. Y yo lo escuché por curiosidad, que es la madre del erotismo. No recuerdo de qué hablamos. Sé que empezamos por la música, porque yo bailoteo (aunque sea un pub no puedo evitar mover aunque sean los pies). No conocía a la mayoría de los grupos que citaba, muy de culto (confieso que como me gusta bailar siempre me tiró la música disco y el funky pop, aunque en casa también escuchaba en ocasiones jazz o folk u ópera, pero no si salía de marcha). El chico tenía un punto tierno que me atraía, pero ya estaba claramente algo bebido y siguió consumiendo cerveza y fumando costo, y yo tengo un problema en los pubs y discos y es que con la música alta no consigo seguir la conversación porque no oigo nada, pero nada de nada. En las conversaciones de a tres desconecto directamente, no me entero. Y en las de dos, cuando ya les falla la articulación y se pegan a tu oreja y se arriman medio cayéndose me corta toda libido. Empecé a responder con monosílabos y a apartarme, y entonces su actitud cambió. No sé qué resorte se activó en su cerebro porque empezó a decirme que nos creíamos muy libres, pero que yo era como todas y estaba mediatizada por mi educación judeocristiana, y que me creía muy liberal, pero era hija del burgués-patriarcado. Y que el sexo debía ser libre y consensuado. Y que si yo fuese libre y hembra y no una cuentista me iría con él a la cama sin promesas ni prejuicios. 

Le respondí que tenía razón en todo. Pero que cuando yo ejercía mi derecho al sexo libre y sin promesas, esperaba al menos que hubiese una promesa de sexo. Me miró sin entender, le dio el punto y se largó del Masma trastabillando y dejándome en la barra mientras mi amiga me interrogaba con la mirada por la escapada. 

Increíblemente, lo reconocí en una foto del periódico una década más tarde, ya sin chupa y sin arete, sin pelo, pero con la misma barba. 

Y entonces, no sé por qué, acudió a mi mente aquella tonadilla que se cantaba en la ciudad de las piedras milenarias: 

Viva el derecho romano, que al esclavo manumite y a la esclava mete mano.

Manumitir: vb. Dar libertad al esclavo.

Uol

viernes, 12 de abril de 2019

Ocurrente



Estaba tomando una copa junto a Mericia para despedirnos hasta la vuelta de vacaciones cuando él traspasó el dintel del bar y se sacudió de la cazadora las inoportunas gotas de aquel chaparrón repentino (aunque del que habían comunicado las aplicaciones pertinentes que había un 65% de posibilidades de suceder). 


Le clavé la mirada y experimenté esa subida hormonal que siempre identifico con aquellas roldanas de los dibujos de Erase una vez el hombre que elevaban las vigas medievales hasta lo alto de la catedral, y que los hombres sabrán reconocer con los síntomas de una clara e involuntaria erección. 

Clavé, repito, mis pupilas en aquel ejemplar, y en el momento en que Mericia reorientaba su mirada hacia la dirección de la mía, exclamé: 

Baby, hoy no vamo'a dormí! 

La señora de enfrente fue bastante indulgente cuando mi amiga la alcanzó al escupir inesperadamente el generoso trago de gyn tonic que tenía en la boca.

Uol

Ocurrente: que tiene ocurrencias (ideas inesperadas).

domingo, 9 de diciembre de 2018

Revisionista



―¿A ti te ha pasado alguna vez? 
―¿Qué cosa? 
―Que te hayas vuelto a enrollar con alguien al cabo de una década o más y esta vez... te ha parecido que su polla ha menguado. 
―Jajajajajaja. Pues sí. 
―¿De verdad? ¿Y por qué será? 
―A lo mejor es que encoge con la edad, igual que perdemos centímetros de estatura por el aplastamiento de las vértebras. 
―Boh, no te rías. 
―También puede ser... 
―¿Qué? 
―Que con los años su volumen es proporcionalmente inverso al crecimiento de la panza de su portador. 
―Jajajajajaja, pues no te digo yo que no. Antes estaba muy flaco y era todo polla.
―Eso me suena jajajajaja. Pero... oye, oye, oye... ¡desembucha!, ¿con qué ex te has vuelto a liar? 
―¡A ti te lo voy a decir! 
―Anda, jo, porfa, dímelo, porfa... 
―Circula, anda, circula.
Uol

RevisionistaDel revisionismo o relativo a él.
Revisionismo Tendencia a someter a revisión doctrinas o prácticas establecidas para actualizarlas.

jueves, 8 de marzo de 2018

Señora Milia, costurera



¡Si mamá Corona pudiese verme ahora! Ella siempre me miraba con un brillo especial, como si pudiese leer mi futuro, siempre confió en que yo me salvaría de la miseria que nos rodeaba. Yo entonces no era consciente de aquella realidad. Era una niña como todas, de ropa remendada y pies descalzos. Mamá Corona me recogía bajo su manto las noches de helada y viento. Rezaba o susurraba o hablaba con los muertos, no lo sé. Todavía siento sus manos ásperas y calientes palpando mis brazos, mi barriga, arropándome, haciendo cruces sobre mi frente, mirando las palmas de mis ateridas manos. Mamá Corona tenía manos encallecidas, pero yo no había conocido otras, para mí eran las manos más hermosas del mundo. No le diga esas cosas a la niña, le decía mi madre cuando mamá Corona me susurraba, Diolinda, miña nena, ti coñecerás mundo; estes non poderán contigo. Mamá Corona sólo tuvo una hija, mi madre, porque mi abuelo se fue a hacer las Américas y nunca regresó, condenando a mi abuela a ser otra viuda de vivo de las muchas que había entonces. No se le conoció otro hombre, aunque según me confesó poco antes de morir, los hubo, al menos dos, confesos. Pero su situación irregular impidió otra relación que no fuese clandestina. Y eso, contra todo pronóstico, acabó por alejarlos. También ellos querían familia y prole. Mamá Corona tuvo poco tiempo para hacer carantoñas y mimos a mi madre, si es que alguna vez los hizo, no fue nunca mujer de garatuxadas. Sus demostraciones de cariño hacia mí eran cuestión de piel, de miradas, de manos protectoras, nada de besuqueos ni pucheros, que eso me lo echaba en cara Silvano, que decía que yo era seca como una era de trigo. Mamá Corona no pudo atender apenas a mi madre, apremiada constantemente por la necesidad de conseguir jornales para sobrevivir. Del emigrante, como ya he dicho, nunca más se supo y la familia paterna se desentendió de la nuera y de la nieta, abrumados por sus propias necesidades, tampoco a ellos enviaba dinero. Quizás hasta miraban recelosos a la nuera: la consideraban culpable de aquella deserción.

A veces pienso que mi madre llegó a tener celos de mí, de esa atención que mamá Corona me prestaba y que a ella nunca concedió. Otras creo que simplemente nunca se llegaron a entender. Quizás mi madre le recordaba al marido huido. Y además eran muy diferentes, mi madre siempre le pareció asustadiza y débil, alguien que obedecía mansa y sumisa, boi de palla. 

Mi madre se casó muy pronto, era el sino de aquellos tiempos. Y mi padre se murió prematuramente, aplastado por un carro. Tres fotos tengo de él: la del reclutamiento, la de la boda y una en la que me tiene en brazos; yo, un revuelto de trapos; suerte que pasó un fotógrafo ambulante por el pueblo, retrató a casi todo el mundo; cada uno le pagó con lo que buenamente pudo: al parecer el hombre era de buen conformar. Dicen que esa cabecita soy yo. Seré, no se me ve apenas, una coronilla pelada.

Y de nuevo tres mujeres solas. Mi madre se empleó en casa de doña Emerenciana, la mujer del boticario de la villa aledaña. Aprendió a coser para reparar la ropa de los ocho hijos que aquella señorona paría sin cesar y que sobrevivían, magnífica raza, que decía su marido, orgulloso de tamaña rareza.

El empleo de mi madre alivió la situación en la casa y como yo era muy pequeñita, mamá Corona dejó los jornales y se ocupó de mí, sin melindres ni caprichos, pero inoculándome desde el primer día la clarividencia de las cosas obvias, la confianza en mi fuerza.

La historia se repetía, como he dicho, porque en mis primeros años de vida apenas veía a mi madre, que se pasaba los días y noches cuidando de aquellos niños belicosos e indistinguibles. Y si alguna vez me llevaba con ella, me tiraban de las trenzas y se reían de mis zapatos viejos, heredados de alguno de ellos. Así que yo prefería quedarme con mamá Corona en la casa y la huerta.

Un día mi madre llegó a casa llorando. Mamá Corona me mandó ir al gallinero a comprobar si había huevos, pero no había huevos, que ya los habíamos recogido aquella mañana. Mi madre lloraba y lloraba y mamá Corona decía algo de pillar a fouciña e cortalle os collóns a quen fixera falta. Durante un tiempo mi madre no fue a casa del boticario y una tarde, al regresar de jugar con mi amigo Delio, mamá Corona me llamó y me dijo que ahora tenía un hermanito y que tenía que quererlo y cuidarlo mucho. Después me mandó unos días para casa de los Novelle y yo me puse triste: pensé que mamá Corona querría ahora más a ese hermanito que a mí y que por eso me mandaba a casa de los vecinos. Delio me susurró con gran misterio que mi madre era una fresca y yo le pegué tres morradas, no sé muy bien por qué, algo en su tono no me gustó; y entonces Delio me pidió, arrepentido, que no me enfadase, que él no pensaba que mi madre fuese una fresca si siempre iba bien abrigada. Él no sabía que mi madre ya le había dado la vuelta al cuello y a los puños de aquel abrigo de paño gastado. Mi madre quiso que mi hermanito se llamase como su padre ausente, cosa que no gustó nada a mamá Corona, pero no hubo manera de hacerle cambiar de opinión y tuvo que conformarse. Eladito, pobriño, se murió de tosferina con apenas dos añitos. Mi madre lloró mucho. Mamá Corona se pasó meses enjugando los ojos con el borde del mandil. Yo sufrí mucho. Porque Eladio, Eladito, fue mi muñeco, niño más bueno, tranquilo y dócil nunca se había visto en aquella aldea de cabestros.

Cuando mamá Corona enfermó gravemente, yo ya era mozuela y varios me rondaban a pesar del carácter que decían que gastaba. Nunca entendí eso, debía ser porque no me gustaba que me empujasen contra los muros cuando se chocaban conmigo por el camino, o porque nunca respondí a las gracietas que me lanzaban cuando llevaba a las casas los encargos de ropa que le hacían a mi madre. Sólo con Delio tenía confianza. Y eso que fue motivo de alegrías en la infancia se tornó silencio pesado con la llegada de la juventud. Delio estaba raro. Mamá Corona lo vaticinó el día que cumplí trece años y mi vecino me trajo un cestillo repleto de moras; venía todo picado, se había metido en medio de las silvas. Mamá Corona me dijo, non lle deas esperanzas ó Baudeliño, que non é home para ti.

Delio no me soltó la mano durante el entierro de mamá Corona. Para él también había sido una especie de abuela. Nos daba de merienda trozos de pan de millo untados con nata de la vaca y espolvoreados de azúcar, buscaba manzanas sin dueño en los pomares, tazas de caldo que sabía a gloria; nos dio a probar por primera vez vino dulce...



La muerte de mi abuela me partió el corazón. Mi madre, que nunca se había recuperado de la pérdida de Eladito, se volvió aún más callada y huidiza.

Delio se me declaró poco después y yo le dije que estaba de luto, que ya hablaríamos. Y un día, enhebrando entre lágrimas una aguja  al recordar que había sido mamá Corona quien me había enseñado, decidí irme a París. Allí me emplearía de costurera, mi profesión y mi carta de libertad.

Mi madre estuvo conforme. Como cabeza de familia, dio su permiso, no sin preguntarme primero qué pasaba con Delio. Antes de que se vaia el, marcho eu, le respondí. Creo que lo entendió.

Y aquí estoy, doce años después, cosiendo y cosiendo en Chez Julie. Ayer madame Ailloud me informó de que a partir del mes que viene seré la encargada del pequeño atelier. Se retira la señora Bouffort y yo ocuparé su puesto. Es un gran honor, no dejo de ser una extranjera que nunca hablará parfaitement el idioma. Ahora soy madame Biancarelli. Me casé con un italiano a los tres años de llegar a París. Silvano y yo apenas estuvimos siete meses de novios. Se mostró muy interesado e insistente. Bambina por aquí, ragazza por allá. Yo hacía como que no le entendía y le respondía en un francés nunca del todo bien pronunciado. No creo que él se diese cuenta de ello, su pronunciación no era mejor. Recordé los consejos de mamá Corona y llegué a la conclusión de que era un buen hombre. Sólo le puse una condición: no dejaría el trabajo que tanto me había costado conseguir. Ni siquiera si teníamos hijos. Silvano aceptó, el dinero no sobraba precisamente. Y así pasé de ser mademoiselle Milia a madame Biancarelli.

Escribí a mi madre una carta anunciándole mi boda. Tardó meses en responder. Decía que se alegraba y que Baudelio había anunciado su compromiso días después de comentarle ella la noticia de mis esponsales.

A nuestra manera, Silvano y yo hemos sido felices. La vida no ha sido fácil, pero tampoco amarga. He cumplido el sueño de mi abuela: he dejado atrás caminos embarrados, pies descalzos, analfabetismo y pobreza. Lo que no le cuento a mi madre es que aquí también hay miseria, y niños de mirada triste que piden en las esquinas, mujeres que se ofrecen en las calles por unas monedas y hombres violentos que vociferan tras las paredes.

Silvano consintió en llamar Corona a nuestra hija a cambio de elegir el nombre si era niño. El segundo fue François, pero él lo llamó siempre Francesco. No hubo más. Fue días después del nacimiento de Francesco que Silvano me aclaró que siempre que susurraba Dio Dio Dio mientras hacíamos uso del matrimonio, no era mi nombre, sino que era exclamación de goce, llamaba a Dios. No supe qué decir o hacer. Alegrarme, supongo. Silvano resultó ser un hombre apasionado y hasta cariñoso, no tengo queja.

Esta mañana he recibido carta de don Eusebio, el cura que le escribía las cartas a mi madre y me las enviaba. Mi madre ha muerto. Y todo ha regresado a mí, mamá Corona, Eladito, Delio, la aldea, el pan de millo, el olor de la hierba, el regato, el caldo de mi abuela, el olor del orballo, su frescura, el verde infinito...  Corona ha notado mi tristeza, mi melancolía, y se ha abrazado a mi cintura, maman, lequel est le problème? ne pleure pas, ti amo, mamaíña. Así es la vida, mamá Corona, tienes una bisnieta que habla una extraña mezcla de francés, italiano y gallego.  Y lloré, lloré mucho rato con mi hija abrazada a mí, porque de pronto me he dado cuenta de que quería mucho a mi madre, y que, al fin y al cabo, soy y seré siempre  Diolinda Milia Pumar, hija de María Pumar, costureras y tenaces ambas.

Uol 

A todas las mujeres que han luchado y luchan por su sueño, su independencia, su trabajo y su futuro.

miércoles, 21 de junio de 2017

Deducción


-Oye... ¿Y no tienes nada que contarme, picarona?
-Estuvo bien. 
-¿Entonces vais a volver a veros?
- No creo.
-¿Por qué?
-Por su forma de follar es de los que no se enamoran.

Uol

Deducción: s.f. Conclusión, inferencia, suposición.

jueves, 26 de enero de 2017

Doñas




―Desde que salgo con ella he descubierto que soy torpe, irresponsable, egoísta y holgazán. 
―¡¿Cómo?!
―Está visto que no quiere verme feliz.
―Me recuerda a mi madre.
―Otra buena mujer.

Uol 

Doña: Tratamiento de respeto que se antepone a los nombres de pila femeninos. Proviene del latín domĭnus (propietario o señor), término que también dio origen a la palabra dueña.

domingo, 15 de enero de 2017

Impasible

- Es una mujer-corcho.
- ¿...?
- Siempre sale de todo flotando y depositada suavemente en alguna orilla.
Uol 


Impasible: Adj. Indiferente, imperturbable. Incapaz de padecer o sufrir.


lunes, 9 de enero de 2017

La mujer más deseable del mundo




Resulta irónico y un punto triste comprobar que el hombre del que más me acuerdo no es el que más me quiso ni tampoco el más generoso y detallista; no es el que más se preocupó por mí o me cuidó. No es el más inteligente o aventurero. Ni siquiera el que mejor me folló.


No, el que no puedo olvidar es al que yo más deseé. Porque su deseo recíproco me convertía a mí en la mujer más deseable del mundo.
Uol 
Deseable:  adj. Susceptible o digno de ser deseado.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Rayo exterminador

Diosito, anda, deja de dormir y asoma la cabeza entre las nubes. Estás viejo, sí, pero mira. ¿Acaso no lo ves? Diosito lanza tus pestes. Líbranos de tanta estupidez, de tanta imbecilidad.  Anda, mándanos tu rayo exterminador. No te desentiendas. No sigas mascullando Se eu fixen tal mundo, que o demo me leve. *

(* Si yo hice este mundo, que el demonio me lleve.)
Uol

(Lembrando a Manuel Curros Enríquez: "Mirando o chau (Imitación de Béranger)" en Aires da miña terra (1880)

Imbecilidad: s. f. Carencia o escasez de inteligencia o buen criterio.
Estúpido: adj. Necio, torpe, falto de inteligencia.

 
Música: El Kraken, pertenenciente a la banda sonora de "Piratas del Caribe 2: El Cofre del Hombre Muerto. (2006)
 

jueves, 24 de noviembre de 2016

Clemencia



Os he visto. Sé quiénes sois.

Observáis escaparates, conducís por la derecha,
respetáis los pasos de cebra.

Las tradiciones, el turno, las colas.

Acudís a la cita con el dentista,
pasáis la ITV cuando toca,
y si hay que renovar las ruedas
cada cuarenta o cincuenta mil kilómetros,
se renuevan.

Aproximadamente.

Sé que amáis a vuestros hijos,
a vuestros maridos y mujeres
y acompañásteis, o lo haréis en su momento,
a vuestros padres en el camino hacia la muerte.

Hacéis listas de la compra,
pero os dais algún capricho,
y, cuando toca hacer dieta,
se hace.

Votáis siempre.

Avisáis con antelación,
respetáis los contratos.
Volvéis atrás para comprobar
que están apagados el gas y las luces.

Hace meses que tenéis las vacaciones planeadas.
Reservado el hotel y los billetes,
apalabrado un chófer.

Cerradas las ventanas, bajadas las persianas
(aunque no del todo) y bien echada la llave.

Tres. Cuatro vueltas.

La mejor ruta posible. Una batería de reserva.

Un vecino regará las flores,
alguien se ocupará del perro.
Se acumulará, es cierto, algo de polvo,
pero, salvo por eso,
todo estará perfecto a vuestra vuelta.

Os he visto. Sé quiénes sois
y solo quiero deciros que vosotros,
vosotros también,
suplicaréis clemencia.


Víctor Martín Iglesias: Suplicaréis clemencia
Ediciones de la Isla de Siltolá (2015)

Clemencia: s. f. Moderación compasiva en la aplicación de la justicia.