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miércoles, 11 de julio de 2018

No hay quinto malo ( V y final)


 Esta historia tiene cuatro partes anteriores, que se pueden recordar pulsando aqui.


Malpica de Bergantiños. (A Coruña) Galicia. España
Dolmen de Dombate. Cabana de Bergantiños (A Coruña) Galicia. España
No penséis que en este viaje todo había sido playa, sol, helados, cervezas y fiestuqui. Antes de pasar por el Roncudo y Corme habíamos visitado el castro de Borneiro, el Dolmen de Dombate, monumento megalítico cantado por Pondal, O Bardo, el letrista de nuestro Himno Galego, y también su Casa Museo en  Ponteceso (comarca de Bergantiños). El pueblo había disfrutado mejores tiempos, y se veían  grandes discotecas cerradas y pubs vacíos. Se notaba que una vez había sido un lugar de concentración de la juventud de la comarca y que ahora se había abandonando por otras zonas. Provocaba un poco de pena aquella soledad en pleno estío, pero paseamos por la zona del río Anllóns que tanto amaba Pondal, poeta excelso y hombre en entredicho por ciertos poemas misóginos ("de min non te libra/ nin Dios nin o demo, non"). Pero si yo escribo un relato cuyo protagonista es una asesina, ¿soy yo una asesina? 
Casa de Eduardo Pondal. Ponteceso de Bergantiños. (A Coruña) Galicia. España

Pedra da Arca. Dolmen. Bergantiños (A Coruña)
Pedra da Arca. Dolmen. Bergantiños. ( A Coruña)
Castro de Borneiro. Cabana de Bergantiños. (A Coruña) Galicia

Finalmente regresamos a la cercana costa y nos dirigimos a Malpica de Bergantiños.
Sé que las construcciones tradicionales de la Costa de la Muerte han desaparecido, sé que hay mucho que mejorar, que hay basura por  esquinas y ruelas, pero, aun así, qué  hermoso todo, qué belleza el puerto chiquito escondido al que hubo que añadirle tremendos bloques de cemento para protegerlo de las gigantescas olas de temporales atlánticos. He visto vídeos de olas superando ese espigón; allá abajo, tan pequeñita, imagino la fuerza del mar superando esta altura y me pregunto ¿cómo es posible?

Teníamos reserva en Fonte do Fraile, un hotel en la bajada a la playa de Canido. Mericia se había informado: tres estrellas, tenían Spa y no era caro para ser temporada alta. Conseguimos alojamiento por los pelos: estaba a tope, el buen tiempo sostenido durante semanas había arrojado a la gente a las playas de un modo desesperado. Las familias  acudían en masa a los arenales: domingueros con sus toallas, sus cestas con comida y la sombrilla; niños comiendo helados pringosos, grupos de adolescentes tumbados en rueda sobre las toallas, boca abajo, riéndose muy alto; abuelas con nietecitos de la mano que aprenden a caminar; parejas excitadas dándose arrumacos, el chico recolocándose el bañador; jóvenes ojeando a las chicas solas... lo de siempre, en todos lados es igual.

Malpica de Bergantiños. (A Coruña). Galicia. España
Después de registrarnos en el hotel bajamos a la playa. Mericia quería ir al Spa ya, pero la convencimos para ir primero a la playa y regresar más pronto y darnos unos baños en los jacuzzi antes de cenar. Yo tenía mis dudas: quería ir a Casa Rosa, y ya sé el efecto que el agua caliente me produce: bajada de tensión, lasitud y sueño. Sabía que si nos demorábamos en los baños y las tumbonas, ya no iríamos a la cena. Me prometieron que no sería así, que la playa les daba hambre y que no estaban dispuestas a prescindir de la cena.

Habíamos reservado en Casa Rosa. Yo tenía antojo de arroz con bogavante. O en su defecto, arroz  de mariscos. No sé si os he contado que me apasiona el arroz, no sé de dónde me viene esa afición. Puedo comerlo en todas sus presentaciones: paella, con pollo, con mariscos, con verduras, negro, risotto o simplemente blanco con unos huevos fritos y tomate. No siempre puedo comerlo en los restaurantes: hay pocos especializados y en los que hay, siempre se debe pedir para dos. Y Mericia e  Isaura no son forofas de este cereal. Un novio que tuve sí me cumplía el gusto y me secundaba allá en Compostela. Yo siempre me quedaba con ganas de más arroz. 

El agua de la Playa de Canido estaba en su punto. Observé por dónde se metía la gente, estas playas tan norteñas tienen sus corrientes, zonas muy lisas y zonas con socavones. No son peligrosas pero hay que conocerlas un poco.  Allá me fui. Salté las olas, buceé, di volteretas, hice el remolino, nadé un rato... Sabía que mi piel estaba salada, pringosa de crema y con el pelo lleno de arena, así que tendría que sacar tiempo para lavar bien la melena en el hotel. Siempre me han admirado esas chicas que regresan de la playa como si hubiesen estado sentadas en un café elegante: no se les pega la ropa a la piel con los protectores solares (¿acaso no se embadurnan?), no tienen arena pegada en las piernas y el pelo, están impecables. Yo parezco una palurda hecha un adefesio. Ellas, cual diosas inmutables, se van del arenal a la terraza del Paseo Marítimo como si nada. Pueden pasar de la playa a las copas que no se les nota. Yo como no pase por la ducha no vivo. Vamos... uf, me siento incómoda, la ropa se me pega al cuerpo, pringosa del protector 50, la sal pegada porque en muchas playas no hay duchas de agua dulce o están en el quinto pino, la melena hecha un gurruño, hasta algas me he encontrado en la maraña capilar. Pero en fin, que me quiten lo bailado, ¡lo que disfruto yo en el mar con mis volteretas, mis buceos y mis aguadillas! 


A las siete regresamos al hotel, y fuimos al Spa. No estaba situado en el edificio principal, sino en el jardín interior: era una casita con piscinas, cubierta y externa, ésta con una especie de solario al aire libre. Tras pasar por la ducha disfrutamos de los chorros en lumbares, cervicales, plantas de los pies, jugamos un poco a salpicarnos, estábamos solas, era tarde para la clientela, a las ocho cerraban. Probamos también unas bañeras de agua helada que nos recordaron a las que aparecen en los reservados de los Salones de las películas del Lejano Oeste. A regañadientes salí del agua la primera: yo sí tenía que lavarme el pelo, ellas no, porque para ellas lo del cabello va para largo y ya no tenían tiempo; tienen  que usar las planchas del pelo y no sé qué cosas para domeñar sus cabelleras. Eso o el alisado japonés. Parece que no pueden secarse el pelo sin más. Yo soy  de siete minutos de secador y ya, ventajas del cabello lacio.

Spa Hotel Fonte do Fraile, en Malpica de Bergantiños (A Coruña) Galicia. España

Spa Hotel Fonte do Fraile, en Malpica de Bergantiños (A Coruña) Galicia. España

Después del maqueo nos fuimos perfumadas y taconeando calle abajo hasta Casa Rosa. No sé qué tienen los pueblos costeros, pero percibo siempre el olor a sal; la brisa me eriza la piel: después de tomar el sol de la tarde, la noche me provoca frío, pero al tiempo me refresca las mejillas, que se me ponen ruborosas con el sol y la sal.

El restaurante-marisquería es sencillo y elegante a la vez, nada pretencioso, pequeño. Vimos sacar los bogavantes de su acuario. Era domingo noche y por eso había mesas vacías. No salimos defraudadas, qué delicioso plato el arroz con bogavante. Como siempre, me tomaría una ración más y prescindiría del postre. Le dimos al albariño muy fresco con holgada generosidad. El vino blanco me produce una euforia morriñenta y cachonda, no me provoca el punto de otros licores. El vino blanco bebido sin recato me pone cachonda desde dentro, es una cosa interna, animal, como si mente y nervios se conectaran en tensión propicia que sólo se puede relajar con el sexo. Los licores fuertes producen risa boba y euforia payasa, ganas de morrearte con risotadas y cabriolas. El vino blanco, por contra, pone en la mirada un punto salvaje y turbio, de ganas de lanzarse contra el hombre guapo y darle un beso largo, con lento frotamiento y lengua ávida, un besos de ésos que marean, que aflojan piernas y sueltan ropas. En fin, yo me entiendo. No sé si les pasaba lo mismo a Mericia y a Isaura, pero yo salí de allí con ganas de bloquear a uno que me gustase contra una pared y darle un repaso con mucho frotamiento, mucha mirada profunda y palabras sucias al oído. Sabía, sin embargo, que eso no iba a suceder, porque la coletilla que me gustase, no suele ocurrir así como así.
Arroz con bogavante de Casa Rosa


Era domingo por la noche, como he dicho, acabábamos de pasar las fiestas del  Carmen, patrona de los marineros, y todos los pueblos costeros estaba curándose la resaca, así que los chiringuitos y pubs se veían algo desiertos: habían sido muchos días de juerga. Pero nosotras estábamos de vacaciones y no nos íbamos a ir al hotel sin más, así que enfilamos al principio de la Rúa Praia, frente a la playa, y en la primera terraza exterior con pinta de bar y no de heladería que encontramos, nos sentamos. Se notaba que era un local abierto exprofeso para la temporada estival, al menos la terraza, con sofás de diseño de líneas redondeadas en plástico blanco mate de las que emanaba un brillo matizado, como si tuviesen una luz tenue dentro; no sé, me recordaban a asientos dignos de la nave Interprise o algo así. O no, quizás de película psicodélica setentera. En fin, ya sabéis que llevaba tres copas de albariño por lo menos. El mancebo que nos atendió tenía aire de surfista de pueblo, dicho sea con todo el respeto, no sé si comprendéis a qué me refiero, y estaba de palique con la camarera, o la novia, o lo que fuese. Y allí ahogamos las tres nuestra falta de varón ante sendos gin tonic de Nordés.



De regreso al hotel con charlas, confidencias y risas de por medio, nos asaltó la loca idea de entrar en el Spa y meternos en la sauna, que estaría apagada, desde luego, pero aun así probamos a abrir la puerta de acceso al jardín, comprobando su clausura.

Fue en la sala del desayuno cuando lo vi, lo reconocí más bien. Ya es casualidad. Sobre todo porque hacía un par de años de aquello. A ver, no es que sea imposible encontrarte con un tipo con el que coqueteaste ligeramente en un antro una noche de cena de chicas. Pero era poco probable, casi insólito, encontrármelo una mañana de lunes en el restaurante de un hotelito de un pueblo marinero. No supe si acercarme o hacer como si no lo hubiese visto. Al fin y al cabo me lo había presentado una compañera y él era amigo de un amigo de su hermano. Jamás habíamos coincidido y eso en mi ciudad significa una de dos: no era natural del lugar o era eremita y estaba casado, o sólo era eremita. Aquella noche entablamos una breve conversación grupal y hubo ciertas miraditas, pero la cosa tampoco tuvo opción de ir a más, él también estaba de cena con colegas, un reencuentro de antiguos compis de instituto. Y helo aquí. No pude hacerme la sueca, porque me miró directamente, sonrió y se levantó de la mesa. Lo raro es que estaba solo.

Resulta que había asistido a la boda de un amigo en Malpica. Y se alojaba con otro amigo en el hotel, aunque el colega estaba algo perjudicado tras la larga noche y no tenía trazas de levantarse. Y la cuestión era que en teoría iban a dejar la habitación, aunque, la verdad, estaban de vacaciones y tampoco tenían apuro por irse. 

Viendo Isaura y Mericia que la conversación iba para largo y que me brillaban los ojillos, decidieron irse por su cuenta y riesgo a Caión, como teníamos planeado. Solo era media hora por carretera, regresarían para la hora de comer. Isaura me guiñó un ojo e hizo ademán de escribir en la mano, lo cual venía a decir que nos whatsappeáramos si yo decidía otra cosa. Como el colega no amanecía, él subió a la habitación y acordaron quedarse una noche más.  Nosotros bajamos a la playa. En fin, no os voy a soltar el rollo, paseamos, hablamos, tomamos el sol y nos bañamos. Isaura y Mericia me preguntaron por WhatsApp si seguía acompañada, porque ellas habían visto un restaurante pintoresco y les daba pereza regresar para comer conmigo. No problem.  

Cuando estábamos por decidir dónde lo haríamos nosotros, su móvil sonó y era el colega. Comimos los tres unas tapas de pimientos de Padrón, chipirones y jamón asado en un chiringuito de la playa. El colega era simpático, pero tenía mala cara por la resaca. Se habían conocido en Ávila y había venido exprofeso desde Plasencia para la boda del colega. ¡Dijo que no estaba preparado para un banquete de boda gallega! ¡Me hizo reír un rato!


Al atardecer Mericia e Isaura regresaron, se unieron al grupo y pasamos el resto de la tarde juntos.

Marcos y yo desplegamos un cortejo sutil, que no escapaba a nadie del grupo, pero seguíamos en plan charla y casuales roces. Pero el vinito de la cena acabó por soltarme el corsé y empezó el ataque Uol. Sé que estábamos en un pub con pretensiones cerca de la playa, no era el de los sofás brillantes, y él estaba sentado en un taburete, yo de pie muy cerca. El resto se dedicaba a jugar al billar en una esquina, o hacían que jugaban, la verdad, no sabía que Isaura y Mericia tuviesen tales habilidades, supongo que me estaban echando un cable. Entonces Marcos me rodeó la cintura con su brazo y me aproximó a él para hablarme al oído, la música siempre está insoportablemente alta en los garitos nocturnos. Llevábamos un rato discrepando en si los hombres ya no abordaban a las mujeres como antes y si nosotras lo hacíamos ya más que ellos. En fin, algo osado debí decir porque me soltó:

―¿Tan segura estás?

Como respuesta desvié mi mirada por debajo de su cinturón:

―Lo malo y lo bueno de los hombres es que hasta cierta edad se os transparenta la intención.

Él no había cambiado la postura, pero vislumbré cierta incomodidad en su mirada. Entonces lo cogí de la mano:

―Vámonos, estoy harta de tener que descifrar mapas del tesoro.

No se hizo el remolón.







Nos fuimos a su habitación. Imagino que era más fácil colocar a uno que a dos. O que su colega trasnocharía más que mis amigas.

―¿Así que se nos transparenta la intención?

―¿Acaso no? ―y le toqué la indisimulable erección.

―¿Y esto qué es, señorita― dijo él haciendo lo propio sobre mi braguita―, sudores estivales?

―Eso es desbordamiento masivo por llevar desde las once de la mañana con ganas de follarte, amigo mío.

Fue un cuerpo a cuerpo. Empezamos algo a lo bruto y de hecho tiramos la lamparita de la mesilla que había entre las dos camas. Nos dio un ataque de risa que se acalló cuando su boca atrapó la mía. Cuerpos y lenguas retorciéndose en una especie de lucha. Sus manos... sentía sus manos en la espalda, en el culo, subiendo por la cintura, sobre las tetas. Un calor abrasador me vencía. Solo quería cabalgarlo y gritar. Pero él tomó el mando e impuso su ritmo. Quiso doblegarme. Me tumbó cuan larga soy y elevó mis brazos sobre mi cabeza. Su boca bajó desde los pechos al ombligo, de ahí a los muslos mientras yo me abría de deseo y gemía quedamente. Quise llevar su cabeza hasta mi coño, pero volvió a separarme las manos mientras susurraba no no no. Marcos no parecía tener prisa, me lamió entera y sólo cuando me oyó mascullar joder, ya, metió en mí su hermosa polla con un potente impulso, y me estremecí. Fue como recuperar una sensación antigua, una vuelta a casa. El esplendor, la plenitud. Lo atrapé con mis piernas y no dejamos de besarnos, de empujarnos. Cuando me giró y se colocó a mi espalda, sintiendo su peso, me mordisqueó el cuello y después me alzó, supe que Marquitos me iba a gustar mucho. Y que sólo faltaban unos minutos para yo que me derramara con un grito, el bramido de la tierra madre.
 

Cuando todo terminó, nos quedamos quietos uno al lado del otro, con los ojos cerrados. Hacía mucho calor en el cuarto. Entonces pensé en los hombres sobre los que había elucubrado y se habían cruzado en mi camino durante esos días: el barrigolas, el carnal, el místico, el flaquito y ahora... ¿qué era este quinto? ¿Sería el quinto de mi vida? Supongo que no.

Cuando me levanté de la estrecha cama, él se incorporó a medias y me dedicó una sonrisa que quise interpretar como cariñosa. Lo besé muy tierna en los labios.

Al cerrar la puerta de la 204 tras de mí, oí el rumor del ascensor que venía en camino y unas risas ahogadas.


Uol

jueves, 8 de septiembre de 2016

No hay quinto malo ( IV )



 
Camariñas (A Coruña) Galicia, España.
(Esta historia empieza aquí, sigue acá; y la tercera parte puedes leerlas pulsando aquí. )
  
Las Fiestas del Carmen en Camariñas nos permitieron contemplar desde el muelle la partida de los barcos engalanados con banderolas y flores para honrar a la Virgen marinera en su procesión por el mar. 

Hubo bailes de homenaje, hubo flores, música, algunas perlas antiguas al cuello en mujeres ataviadas con vestidos floripondios, algunos rancios como recién aireados de la naftalina, con corte y diseño pasados de moda; otros tan supuestamente modernos que recordaban a disfraces de carnaval. Hubo mucha peluquería y mechas rubias y gafas de sol ocultando ojeras en las jóvenes que se habían acostado ya de amanecida. Había muchachos en las puertas y terrazas de los bares con aspecto de no haber pasado por casa desde la tarde anterior y piropeaban a las quinceañeras ataviadas con shorts tipo braga que en grupitos pasaban corriendo camino a los barquitos. Se ríen tontamente, como se ríen las adolescentes piropeadas por pequeños gañanes emporrados y resacosos. Pasaron por nuestro lado hombres serios de camisa, pero sin corbata ni chaqueta, el calor es asfixiante y ya no se cuida el protocolo; vemos parejas de edad avanzada apoyándose mutuamente camino al puerto, ella perfumada, los labios rosas mal pintados porque apenas ve de cerca; él, recién afeitado, oliendo a Varón Dandy o a Floïd, el cinturón bien ceñido, los zapatos lustrados. Puedo imaginarme esta escena en tiempos de mantillas y sombreros. Y la única diferencia, exceptuando modas en el vestir y los ademanes, sería el antaño silencio respetuoso y la devoción religiosa. Pero no estoy lo suficientemente cerca de ellos para percibir los ojos húmedos de los fieles que lloran a sus muertos náufragos e imploran la protección para los vivos a la Patrona del mar, así que a lo mejor la devoción aparentemente no ha cambiado.

Camariñas (A Coruña) Galicia, España

Sólo somos meras espectadoras, suena la sirena largamente en el puerto anunciando el gran momento, la partida en procesión. Me pregunto si en días de temporal sonará esa sirena entre jirones de niebla y viento feroz advirtiendo del desastre, e imagino el temor que se apoderará de mujeres y niños sabiendo que los que aman están allá adentro, en mar abierto, océano implacable, luchando contra olas altas como muros que se les echan encima.

La procesión comienza, nosotras seguimos nuestro camino. En la playa de Traba pasamos la tarde casi en solitario, adormecidas y relajadas, sesteando, bañándonos y leyendo. 
 
Playa de Traba, Laxe (A Coruña) Galicia, España
Playa de Traba, Laxe (A Coruña) Galicia, España

Pero nuestra meta es otra, hacemos noche en Laxe porque al día siguiente queremos visitar la tierra de los percebeiros, cabo Roncudo y Corme Porto

Percebes

A mí -y ya sé que puede parecer un sacrilegio- no me entusiasman los percebes. Saben demasiado a mar, sueltan agua salada y casi no tienen chicha, al menos los que yo probé en un par de ocasiones, por lo que no echo de menos no comerlos a causa de su habitual precio alto, a veces desorbitado. No me extraña que alcancen esa cotización en el mercado: los percebeiros se juegan la vida para arrancarlos de las rocas. 
 
Percebes

Pero mi falta de apetencia gastronómica no quita para que admire la faena de estos hombres y mujeres que danzan una peligrosa coreografía con el mar. Las olas lanzan sus velos hacia las rocas, los percebeiros se echan unos pasitos hacia atrás sin perder el contacto visual, enamorados, subyugados. Las crestas se retiran dejando su huella de espuma y los hombres se abalanzan a recoger los frutos todos salpicaditos de sal. Así una y otra vez, hasta que los percebeiros se retiran, el mar ha dejado que le arrebaten sus joyas, el hombre no debe abusar de su generosidad. Pero en ocasiones, el océano exige su terrible tributo. Y arrastra hasta su fondo a aquellos confiados que en un descuido no han salvado ese paso atrás seguro de cha cha cha.

Percebeiros



Vídeo: percebeiros en acción. En Cariño - Ortegal (A Coruña) Galicia.





En todo eso pensaba yo camino de la Punta y del faro Roncudo después de tomar una cerveza en un bar del puertecito de Corme, de donde prácticamente nos echaron porque era hora de comer, estaban de fiestas y los encargados del bar tenían que comer y descansar, que la noche había sido larga y la que se avecinaba igual. Cosas así sólo pasan en Galicia: bares de comidas de los que te echan porque es hora de comer.

Imaginaba yo que el camino hasta el faro sería tortuoso y de gran desnivel sobre el mar, porque asociaba yo el trabajo de los percebeiros con lugares de difícil acceso (no sabía yo que a los mejores lugares de extracción deben llegar en barca), pero lo cierto es que la carretera no ascendía y apenas tenía curvas. Había, eso sí, muchas gaviotas y cuervos marinos (si es que lo eran, no entiendo de aves, bueno, ni de animales en general).
 
Faro do Roncudo. Corme (A Coruña) Galicia. España.
Faro do Roncudo, Corme (A Coruña) Galicia, España
El faro no es imponente como el de Cabo Vilán, en Camariñas, pero el otro lado de la costa es más agreste y estaba segura de que había nidos de aves marinas en las laderas y percebes creciendo despreocupados en las rocas, cada vez en lugares más difíciles, cada vez ese baile más arriesgado para lograr alcanzar el lugar virgen del expolio humano donde el marisco crece grande, grueso y confiado.

Vistas al noroeste desde el faro de Punta Roncudo. Costa da Morte. Galicia.

Nos sentamos en las rocas, deseaba ver aparecer entre ellas a un hombre revestido de la dignidad del percebeiro, con su neopreno como túnica sacramental, su red a la espalda, su rasqueta como cáliz de ofrenda. Pero nadie apareció, se ve que la caza había sido días antes para las fiestas y ahora estarían durmiendo la mona de la juerga de la noche anterior.

Percebeiro

Isaura y Mericia correteaban de acá para allá, hacían fotos y más fotos, hablaban de los muertos y las cruces en recuerdo de los difuntos. Bajé hacia la orilla, en sitio seguro; el mar, de todos modos, estaba en calma  total. Entonces llegó un coche, aparcó al lado del nuestro y de él se bajó un flaquito. No lo hacía yo percebeiro. Los imaginaba a todos fortachones y ágiles. No vestía neopreno ni llevaba el aparataje apropiado. Se dirigió al otro lado del faro y descendió entre las escarpadas rocas. ¿Qué iba a hacer? No parecía turista, vestía con ropa cómoda, pero no de pescador. No creo que fuese a recoger nasas o a pescar. Desapareció. ¿Un ornitólogo? ¿Un suicida?

Cruces en Punta Roncudo. Galicia.

Sentada en una roca pensé en los suicidas, en los hombres flacos de mi vida y en la fuerza indómita del mar. Algunos recordareis mi fascinación por los acantilados y el celo que debo mostrar al aproximarme a ellos por su oscuro poder de atracción hacia el abismo.
 
Faro de Punta Roncudo. Corme. Costa da Morte. Galicia. España.

Finalmente el flaquito llegó de nuevo al camino. Portaba en los brazos un pequeño cofre. Bueno, vale, era una especie de caja o embalaje para pescados y mariscos de color blanco azulado. Subió a su vehículo y partió.

Imaginé mi corazón dentro de esa caja, palpitando como la carne acuosa de un percebe. A la espera.
 (Esta historia acaba  Aquí)
Uol
Quen fora peixe! Ou mellor, percebe!

Corto documental dirigido por David Beriain sobre la historia de Serxio Ces, percebeiro de Cedeira, Galicia.
Preseleccionado para los Premios Goya 2012.