Mostrando entradas con la etiqueta Cavilaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cavilaciones. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de junio de 2026

Detrás de la puerta

 


Decidió que detrás de la puerta ya no había nada que suscitase su interés. 

No se trataba de esquivarla, de pasar de largo y mirarla de reojo con prevención y recelo. Simplemente, para ella ese umbral ya no existía. No había nada. Y cuando uno decide algo, debe al menos intentar llevarlo hasta el final.

Inocentemente pensó que entornando esta puerta se abriría un sendero transitable que la acercaría a otro lugar. Pero ese lugar sólo existe en su imaginación. Un día cerró la puerta. No es trágico. Total, el sendero sigue en su imaginación. Puede recorrerlo siempre que quiera. La puerta no conduce a nada.

La cerró.


UolFree

lunes, 14 de abril de 2025

Edad


-Pensé que con la edad desaparecerían los problemas o, al menos, no tendrían tanta importancia. Ya sabes, que pasaría de lo físico, de caer bien, de intentar estar en todos lados, de mantenerme al día de todo...

- ¿Y entonces?

- ¡Qué va! Se acumulan los problemas, van a más. No existe la edad de la calma. Todo empeora. 

- ¡Bendita juventud! 

- ¡Pero si te angustiaba el futuro!

- Pero era joven. Ahora es lo mismo pero en vieja, un horror.

- ¿Bebemos algo?

- El hígado también estará peor.

- Tú sí que sabes animar.

- Es la edad. 

Uol Free

martes, 18 de febrero de 2025

El Caradura


 - Me la he encontrado.

-¡Vaya!

- Después de cinco años me lo ha confesado, que no pudo con eso.

-...?

- Que en mi trabajo comentaban que yo siempre iba de sobrado atribuyéndome méritos, cuando en realidad no daba palo al auga y que me escaqueaba de todo. 

- ¡Se enteran de todo!

-¿Qué?

-¿Eh?

Uol Free

¿Soportaríais que ésa fuese la consideración que de vuestra pareja tuviesen en el trabajo?

Caradura, granuja, sinvergüenza, trepa, gilipollas, parásito, político ... Escaqueador profesional.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Silencio no val


SILENCIO NO VAL
Vexo desde a ventá unha ducia de chemineas a botar fume. Lembro o dito galego: casa fumegando, casa habitando. Certo que hai xente vivindo nesas casas, pero non se aprecia unha alma polas rúas, pola estrada. Que sucederá dentro desas casas nesta mañá de domingo invernal? Os velliños vendo a Santa Misa que retransmiten pola TV; a muller maior da casa preparando as viandas, que é domingo e sempre se pon na mesa algo máis elaborado, que pola semana non hai tempo, que hai que saír pitando no coche para ir traballar na cidade. O home, sabe Deus!, seguro que no único bar da aldea, xa botando un viño a 2 euros e pico, como encareceu a vida! Hai nenos? Se hai algún (en singular) estará co móbil ou coa tableta buscado palabras sucias, aínda que non lle fai falta, xa lle saltan os espantosos vídeos por non sei que cousa dos algorritmos. As casas, aínda que alberguen vidas, están en silencio, cada un no seu cuarto, ou todos xuntos pero sen falar, cadaquén coa vista posta nun aparello que solta unha luz azulada que nos deslumbra, que nos hipnotiza, que nos aparva e aílla.

Miro pola fiestra, a xanela, a ventá. Vexo chemineas fumegando, porque pese a que haxa calefacción de gasoil ou de pellets, aquí tense lareira ou cociña de ferro, a vella bilbaína, e préndese o lume no inverno, non se diga que non é casa habitada. Ninguén observa a fermosa paisaxe, árbores agochadas entre veos de néboa e brétema.

Eu miro pola fiestra e unha bágoa esvara pola fazula.

Gastarei algún día as bágoas?

Uol Free


jueves, 14 de noviembre de 2024

Tattoos

 


- Lo único positivo de no ligar ahora es no tener que descubrir  serpientes, dragones, cruces, cristos y vírgenes cuando se sacan la camiseta.

- A mí me da un parraque.

- Jajajaja

Uol

domingo, 18 de agosto de 2024

Falaz


Hacía tiempo que su ropa era un disfraz. Acaso antes lo definía, ahora era ya costumbre, hábito en los dos sentidos de la palabra. De este modo seguía atrayendo a la abeja incauta, deseosa de libar. Nada es lo que fue, pero uno no puede evitar caer en la rutina, es más cómodo que cambiar, que modificar los usos. 
Y allí seguía, con su impasible embuste, ajeno al fraude al que atraía.


Falaz: Que halaga y atrae con falsas apariencias.

Uol Free

jueves, 25 de julio de 2024

Aludida

 - ¡Mira que le echo cebos, pero siempre me escribe comentarios quien no me interesa! La otra nunca se da por aludida.
- Por eso yo me fui a negro.
- La misma mierda de siempre.
- ¿Pedimos otra?
- Muy fría, por favor.








jueves, 23 de febrero de 2023

Soledad

 


Cuando te percatas de que el tiempo que tienes hacia adelante ya es menor  que el que dejas atrás, se imponen ciertas reflexiones o ideas turbias en tu cabeza; se hacen hueco y buscan el cauce por el que fluir y dejar posos en las orillas, como sedimentos hediondos que no puedes más que oler e identificar.

A veces me siento sola; no la soledad de la tristeza, el aislamiento y el abandono (que vendrán tal vez en algún momento), sino la soledad de no tener con quien compartir planes. Como dijo una amiga, es jodido tener tiempo y dinero y no tener con quien compartirlos.

Cuando era muy joven ni me planteaba no tener planes. Ni os cuento la emoción de la llamada por teléfono de amigas, ligues o conocidos con los que intercambiaba número de teléfono.

Cuando era universitaria los planes se solapaban y no solo había de renunciar a algunos por faltarme el don de la ubicuidad, sino porque mi responsabilidad ante los estudios me impedía vivir una vida loca, porque aunque no faltan pecados e imprudencias en mi currículum, nunca podrían catalogarse de disparates, barbaridades o locuras peligrosas. O quizás, sí; tal como se cataloga ahora todo, quizás sí viví situaciones insensatas o arriesgadas. Con todo, ni nunca perdí el norte ni nunca me desvié de mi objetivo: ser independiente económicamente.  Yo quería tiempo y dinero. Más o menos, los tengo. Tiempo menos, la vejez de los padres se impone. Pero todavía dispongo de ciertos momentos para mí.

En el período entre los veinticinco y los treinta y cinco años, cuando algunos de mis amigos y conocidos iniciaban el camino de forjar una familia, yo tenía un grupillo de cuatro íntimos que seguíamos sin ver claro ese túnel. Ahora si teníamos dinero y tiempo y los barajábamos a discreción. Fueron épocas gloriosas de las que he hablado en este blog varias veces. No lo idealizo: había curro y había horarios, pero también noches de empalmada, fines de semana de excursiones, bebidoque o viajes. También sexo y amor. Junto o por separado. Bueno, yo amor platónico nunca he tenido. Si no veía perspectivas, cambiaba la dirección de mi mirada. He amado. He deseado. Y he recibido ambas cosas. Pero no he sido persistente. Me he escapado. El porqué no viene a cuento. Quizás un día os lo cuente. O quizás cada uno ya se haya hecho una idea después de años leyéndome, y tampoco voy yo ahora a desmontarle el cuarto oscuro donde me haya metido.

Lo cierto es que yo me decía a mí misma que era muy afortunada por seguir manteniendo ese grupo de amistades tan unido, en unión estable, firme, férrea y, sobre todo, con el mismo estatus e intereses después de tantos años. Y de pronto, sin anuncios, sin dramas, sin intuirlo, el grupo se disolvió. ¿Las razones? Traslados de ciudad por trabajo y/o amor; un desacuerdo  en un caso que hizo plantearme que quizás necesitaba poner algo de distancia y de lo que nunca volvimos a hablar. Pero seguía existiendo gente a la que me uní. Y otro amor, otro grupo. Sin embargo, ya no fue lo mismo. Madurar, se llama, al parecer. Yo no pienso que antes fuésemos inmaduros. Simplemente, no todo el mundo necesita los mismos asideros en la vida. Ningún planteamiento es mejor que otro. Cada uno se agarra a lo que le satisface. La verdad es que la familia exige tiempo y dedicación. Y es bueno y necesario que así sea.  Y te vas descolgando. E, incluso, tu pareja interpreta como falta de compromiso que tú no quieras más compromiso que el que tienes: deducen falsamente que es falta de amor. A lo mejor es cierto. No lo sé. ¡No sé tantas cosas! Yo no lo veía así. Y ese afán por un papel me fue desinflando a mí. Y lo dejé. Otra vez.  Aquí alguien pensará que tengo miedo al compromiso, que soy inmadura. Otra vez el concepto. Pero no. O sí. No lo sé.

El caso es que aquello que escuchaba de adolescente cuando hablaban de ciertas chicas independientes, "se le va a pasar el arroz", "hay que tener hijos para que te cuiden en la vejez", "es tan escogida que se va a quedar sola", todos ellos dichos horribles y que encierran un egoísmo extremo (¡Y falso!, que se lo digan a los ancianos arrumbados en residencias; y sí, ya sé que existen situaciones insostenibles en las que es imposible cuidarlos en casa, pero vete tú a decírselo al padre que quería tener hijos para que lo cuidasen). Esos dichos populares, digo, reflejan el miedo a la soledad. Y aquí vuelvo a lo mismo. No me siento sola, pero tengo tiempo y dinero y no tengo más que compañeras con las que tomar un café o unas cañas tras el trabajo. A veces, ir al teatro o al cine. Y sí, cenas del club de lectura o tardes de termas. No está mal, ¿no? Pero yo hablo de viajar, de salir de vinos y pinchos cualquier tarde, de aquella emoción cuando sonaba el telefonillo del portal y cualquier amigo se presentaba para arrancarte del aburrimiento. ¿Quién se presenta en estos tiempos de repente en el portal sin previo aviso por el whatsapp?

Y aquí estoy, reflexionando mientras se hace la paella (arroz con cosas, en realidad) tras un largo puente de Carnaval en el que no he tenido con quien salir disfrazada o andar de troula por el triángulo mágico (Laza, Verín, Xinzo) porque todo el mundo tiene sus propios planes. 

Alguien puede pensar que hablo desde la amargura. Y no. Yo no me siento así. Pero me gustaría volver a compartir un grupo como el de antaño. Y es tremendamente difícil. Supongo que para cuando me jubile. Igual para entonces vuelvo a reunir a almas solitarias con ansia por compartir. Aunque no sé. Igual para entonces el cuerpo ya no acompañará al ánima.

Por eso, ahora, en la orilla, ante el mar en calma de mi espíritu, es cuando me pregunto, la soledad elegida ¿es una conquista o una losa? Chi lo sà!

Uol



lunes, 3 de enero de 2022

Avec plaisir

 


 


A esa hora soía conectarse ou polo menos consultaba as notificacións que Twitter lle enviaba puntualmente. Tras o meu requerimento de se andaba por alí, respondeu co emoticono da cuartilla e o lapis. Non sempre me contestaba e eu supoñía que era debido a que estaba a cousas que requerían máis a súa atención. Noutras ocasións tardaba días en aparecer e sempre respondía con interese e afabilidade, coma se a falta de noticias non interferise para nada no noso intercambio de novas e opinións. Con el nunca se sabía. Ás veces parecía moi interesado na conversa e de pronto esvaecíase cunha despedida algo apresurada, como se tirasen por el forzas que eu nunca podería controlar ou nin sequera alcanzar a comprender. Nunca o facía de malos modos, nunca resultaba ofensivo, pero para a miña hiperdesenvolvida intuición era proba fidedigna de que marcaba distancias e non só iso, senón que quería resaltar que era o seu hábito e compracencia marcar esas distancias. Eu tampoco o tomaba a mal, ou polo menos convencíame de que non debía mostrar tomalo a mal. Cada persoa ten os seus ritmos e ninguén é culpable de que a algúns o hipoteticamente afectivo nos aprete o acelerador da vida coma se fose o sprint final dos douscentos metros.

Aquel día, cando mo dixo, eu podería contarvos que ía vestido cun batín de boxeador, o cabelo revolto, a expresión pícara (non, non coma Adam Driver en Annette, non con cinismo na voz, non coma a intervención ferinte dun cáustico cómico profesional); pero a imaxe que recreou a miña mente foi perturbadoramente burguesa, mais ao estilo burgués inquietante dun Buñuel millennial. Imaxinade un batín burgués sobre un corpo espido, os pés descalzos. Engadídelle un monóculo.

Tiña eu unha desas tardes de ánimo intraducible, oscilante entre a apatía, o aburrimento salpicado de pinceladas de soidade, presentindo os relampos de borrasca, é dicir, reflexións sobre que pinto eu aquí (aquí é no MUNDO), que función na vida, se todo vai ser traballar e total para que, se non serve de nada; se vivir vai ser camiñar por paraxes fermosas para despois mirar para o teito, varada no sofá coma unha balea agonizante, en fin... ESE ánimo.

Mirei a aplicación por puro hábito mecánico. Estaba. Resuminlle as nubes negras na cabeza. Díxome que non lle dera moitas voltas á chola. Acudín entón ao frigorífico e saquei o vaso de xeado de doce de leite. Mandeille unha foto. Vou pecar.

Foi entón cando él me escribiu: A pracer, querida, a pracer.

E no cerebro estouparon coma bombas de palenque o batín, o monóculo, a mirada revirada, a escena sensual, Catherine Deneuve, a calor, o querida...

Avec plaisir.

Uol Free






martes, 8 de junio de 2021

Diez


Diez.

¿Ya? ¿Una década? ¡Imposible!
Volver la vista atrás. ¿Por qué? ¿Para qué?
Esa inexplicable necesidad adquirida de hacer balance. ¿De qué ? ¿Para qué?
Esa voluble y caprichosa capacidad de alterar los recuerdos, de analizar a posteriori hechos, sucesos y palabras.
Esa rebelde y desenfrenada habilidad de crear necesidades, de amar, de imaginar, de soñar, porque sí, porque la vida es esto y sólo esto.

Diez años. Un suspiro.

¿Qué ha cambiado en mí? Nada. Algo. Todo. ¡Qué sé yo! ¡Y qué más da! ¡Qué absurdo querer analizarlo todo, sopesarlo todo, evaluarlo todo!

He vivido. He sentido. He gozado. He amado. He soñado. He sufrido. No creo que haya odiado, pero sí he sentido rabia, enfado, irritación sobre todo. A veces me he desesperado. Pero la vida seguía tirando de mí. Sigue tirando de mí. Siempre me ha llevado en volandas este deseo de vivir. Intensamente. Mientras viva.

Diez. Un suspiro.

Tu mirada me empuja por el tobogán a por otros diez más.
Para vivir viviendo. Con risas, con gozo, con sueños, con dolor también, cómo no.

Diez años.
616 entradas.
3378 comentarios.
276205 visitas.


Uol



jueves, 25 de marzo de 2021

Los malvados

 


Cuando has sido educada en el respeto a los demás, pero al tiempo en el orgullo de ser quien eres; en el respeto al trabajo y al esfuerzo y en el orgullo de defender lo propio; cuando en tu casa has visto la bondad y la compasión, pero también la crítica hacia lo superfluo si supone gasto de dinero y energías; cuando se valora la honradez, la lealtad, y al tiempo se celebra la alegría, el baile, las risas, la unión familiar, una crece fuerte en lo afectivo. Después, obviamente, la vida te hace ver otras familias, otras casas, otras realidades. Y eso es también vivir, ver que no todo es como una piensa.

En mi vida y hasta los once años no conocí la manifestación de la maldad. Los malvados eran los de las películas de la tele, los villanos, no había más. Claro que me enfadaba a veces con mi madre en ese tira y afloja de los recados y la desobediencia (¡a ver si pensáis que mi casa era el edén celestial!), pero no había maldad; claro que me peleaba con mis hermanos y solía salir perdiendo (yo soy la pequeña con tres hermanos grandotes), pero nunca hubo maldad. A los once años me enfrenté por primera vez al poder de los malvados, esos seres maquiavélicos (o simplemente estúpidos) que disfrutan (o eso parece) del poder de retorcerlo todo para provocar el caos y el desaliento, la incomprensión, porque es en ese revolutum donde ellos se sienten en su salsa, cómodos, porque si los demás buscan el porqué, ellos buscan el cómo; porque cuando los demás sufren, ellos gozan: maldad en estado puro.

La maldad que conocí a los once años, fuera de mi entorno familiar, me preparó seguramente para la vida, pero yo lo viví con desconcierto. No fue nada trágico, no temáis, pero de pronto aparecieron esas niñas que mentían para intentar fastidiarme, esa gente que por delante me decía una cosa y después aseguraba otra; esos adultos que me daban coba, pero después me desvalorizaban sin atender mis logros; esas personas que te alababan pero añadían un pero que intentaba anular todo lo anterior; esas nuevas compañeras que te decían o conmigo o contra mí, eso, eso, yo no lo había vivido antes. Podréis decir que, simplemente, había entrado en la adolescencia, con sus celos, sus rivalidades, sus inseguridades. Puede ser, pero repito, eso yo no lo había visto antes en el entorno de mis hermanos mayores.

Esas pequeñas maldades me prepararon para la vida, es cierto, y me convirtieron en una mujer que huye de los mentirosos, de los trepas, de los inútiles que prosperan con triquiñuelas y mentiras; eso hizo que aborrezca a los políticos (en general) y a los mandamases. Eso hizo que escape de cargos y mandos. Todos caen tarde o temprano en la autocomplacencia, en el mejor de los casos, y en corruptelas varias, en el peor. No es para mí. Lo sé porque una vez rocé esa idea de yo tengo más derecho. Me di cuenta entonces de lo sencillo que es autoengañarse y me horroricé. Poco tiempo después pude compensar esa acción y la resarcí ampliamente. Tampoco era nada grave, no creáis, pero para mí fue significativo. Desde entonces me reafirmo en la idea de que tengo por bandera la honestidad, tengo valores y pocas tragaderas. No sirvo para puestos de peloteo.

Hay otra maldad, la maldad de los grandes malvados. Emponzoñan el agua del pozo con su lengua, vierten veneno día a día a su alrededor; a veces de forma selectiva, a veces en explosión en cadena, alcanzando por igual a objetivos y a colaterales. El agua se vuelve turbia y turbia a cada paso. Y esos malvados no se percatan de que el agua de ese pozo que remueven con su mierda es la propia fuente en la que ellos han de beber. Y beben ese agua. Y se envenenan más, convirtiéndose en monstruos que ya no reconocen el agua limpia, el agua pura que sacia la sed y limpia el cuerpo. Viven emponzoñados. Y casi nada se puede hacer, porque el agua de ese pozo en el que se miran está turbia, refleja una imagen deformada, ya no ven su rostro, ya no hace de espejo, solo ven mierda y mierda por todos lados. Y ya creen que la mierda es de otros y no la suya, la que han vertido durante meses y años. Acaban por no comprender por qué la gente les rehúye, por qué pierden amigos, familiares, compañeros. Por eso muchos acaban por tener dos caras, para no caer en el riesgo de verse a sí mismos, como una gorgona que se horrorice de su propio rostro. Y es así como engañan a muchos. Y hasta a sí mismos.

¿Qué disfrute hay en herir, perjudicar, espantar, entorpecer, molestar a otro? ¿Qué carencias tapa esta actitud? ¿Qué les falta? ¿Qué les sobra? ¿Qué vida miserable viven?



Creo que sé de una persona que es un futuro malvado psicópata (que es otro tipo de malvado), de verdad. La mirada errática cargada de odio, de conspiraciones bullendo en su cabeza, fraguando mentiras que acallen su culpa, ya con problemas graves a su alrededor, queriendo vengarse de un mundo que no valora sus despóticas creencias, su arrogancia, su mediocridad.

Hoy lo he visto pasar y me ha lanzado una mirada cargada de loco odio.

Uol

viernes, 12 de febrero de 2021

Disfraz



     Estamos en vísperas del carnaval. Y digo carnaval, porque lamentablemente yo he vivido más el carnaval que O Entroido, que es el carnaval ancestral, el típico y genuino de Galicia, más primitivo, más enraizado en las costumbres de antaño, en la renovación de la vida, en la exaltación de lo primario. (Podéis recordar mi lance fou, vivido en Laza, clicando AQUÍ). Pero, por desgracia, en mi infancia y adolescencia yo no viví el carnaval ancestral. A mí me tocó el sucedáneo del disfraz trapalleiro, es decir, del disfraz hecho con la mezcolanza hilarante de ropas viejas o pasadas de moda; y en la adolescencia viví el carnaval con el disfraz del chino, que no resistía la pavesa de los cigarrillos en los apretones de las discos, cuando aún se fumaba en los locales. Y vive Dios que no sé cómo sobrevivimos a más que probables incendios. De algún abrigo hice duelo por llegar con un quemazo a casa.

Llega el carnaval, decía, y a mí me da por reflexionar sobre la querencia que yo tengo por el disfraz. Nunca he sido de comparsas ni coreografías. Veréis, para ciertas cosas soy terriblemente individualista. No me va ir en el mogollón, todos iguales y danzando a la vez. Si veis a un grupo con una mona vestida al revés y saltando como una loca, ésa soy yo. Acepto seguir una línea temática, pero no voy igual, no. No es por destacar, por parecer diferente, es mi forma del ver el mundo. Las masas me dan cosita. Y ya sé que pertenezco a la masa, pero una tiene derecho a soñar, ¿no?

A lo que iba, para mí el disfraz es el traje que me permite soñar. Yo me pongo un disfraz y me transformo, que supongo que es lo que les pasa a las actrices y actores, que mudan la piel con sólo un complemento. Por eso declaran que en los ensayos portan aunque sea una sola prenda del personaje, para sentirlo, para vivirlo, para crearlo. Yo hubiese sido una magnífica actriz (de carácter al menos) si no fuera por mi sentido del ridículo. Es un sentido del ridículo un tanto especial, porque no me importa ponerme un trapo en la cabeza, subirme a una silla y cantar la Traviata, pero no me gusta que se burlen de mí. Obviamente, no todo el mundo puede hacerme sentir ridícula (creo fervientemente en el refrán A palabras necias, oídos sordos), pero si se rompe esa escollera, el hundimiento es brutal. Así que el disfraz ha sido un buen artificio para transformarme y soltar las riendas del autocontrol. En Carnaval me he sentido libre en la piel de la desalmada seductora, de la garota brasileira, de Catwoman envuelta en látex, de la indomable pirata, de una Bonnie con boina y daga en la liga. En fin, lo opuesto a una tranquila y sensata ciudadana. Dicen que uno se disfraza de lo que es, de lo que se siente que uno es por dentro. No sé yo si tanto, pero lo cierto es que una vez vestido, el disfraz toma el mando. Y en mi caso nunca es para reproducir la realidad, sino para despegarme del suelo, flotar en un mundo paralelo, donde mi vida no está condicionada ni medida ni regulada ni marcada; donde puedo ser desobediente, libertaria, seductora, irónica, valiente, salvaje.

Decidme, ¿pudiendo sentir y experimentar esto, voy a disfrazarme de pingüino, oso o tortuga?

Uol

jueves, 31 de diciembre de 2020

2020

 


2020 

Resumir un año de mierda parece bien fácil: inmundo, nauseabundo, repulsivo, repugnante, asqueroso, desolador, doloroso, amargo... 

Las precisiones vienen después, con las sensaciones que esos adjetivos provocaron en mí: alarma, aprensión, ansia, cobardía, tristeza, sobresaltos, sustos, apatía, desesperación, recelo, escepticismo... 

Resumiendo: 

Enero 
Una mirada provocó un incendio y un like desencadenó una reacción nuclear en cadena, imparable y destructiva. El año prometía, era el 2020. 

Febrero 
Como antesala de lo venidero, el Carnaval pasó con más pena que gloria. Y es mucho decir, simplemente no hubo fiesta para mí. Ya no hay peña que me arrastre a la locura del disfraz, a la complicidad de los amigos con cerveza y vinos saltando en las ruelas estrechas. La Cuaresma se presentaba larga y gris. Lo que no imaginaba era cuánto. 

Marzo 
Y llegó La noticia. Los noticiarios diarios. La prensa. Pegada a la pantalla alucinando, sin creerlo y pensando todavía que serían quince días de confusión y alarma. 


Y el miedo me asaltó a traición, enseñándome los dientes noche tras noche, empatando con el día, sin ocultarse, sin sutilezas, mostrando arrogante sus colmillos. 

Y en medio de ese delirio y ese pavor, lancé mis naves al mar. Desde el otro lado del océano me respondió la luz del faro. Me dejé llevar por ese resplandor, esperanzada en salvarme. 

Abril
Encierro. Reinventándome en el trabajo. Disimulando el desconcierto. Animando sin creer en mi propio ánimo. Fingiendo entereza. Y no poder abrazar a los míos. Y la ronda de llamadas telefónicas nocturnas. Y las vídeollamadas de vez en cuando, notando mis ojeras aumentar. Y hablar sin ganas, porque lo único que mi garganta quiere es gritar. Y el espanto de los balcones. Y el horror de las sirenas a las ocho. 

Mayo 
Cada día esperando que cambien las normas, porque eso significaría que también cambia lo otro, las muertes, los enfermos, las quiebras, el dolor, la incertidumbre. 

Y el día 18 pude por fin abrazar a mis padres después de dos meses. Y me quedé con ellos quince días mientras trabajaba en remoto. Pude salir al campo, pasear a la vera del río, pude cocinar para ellos, darles mimos, serenarme poco a poco. 

Junio 
Intentar recuperar algunas actividades: ir al fisioterapeuta sin miedo, a las termas; entrar en un comercio... E ir haciéndose a la idea de lo plano, gris y árido que iba a ser el verano. 

Julio 
Sin planes, sin findes de playa, sin quedadas con amigas para ir al feirón a Portugal y comer un bacallau ao forno. Calor baldío. 

La luz del faro de marzo aparecía y desaparecía entre la niebla durante esos meses infernales. Fue un cabo que mantenía a flote mi ilusión por la vida. Y en julio orienté mi nave hacia esa luz, guiándome por su resplandor. Recalé a los pies del acantilado, aguardando no sé qué. Y la luz de repente se apagó. Remé torpemente hasta la orilla. La barca de madera flota a su pesar, ya sin rumbo, sin ansias, sin nada. 


Agosto 
Vacaciones sin planes para no traer el bicho a casa. Sin visitar amigas e ir de fiesta. Sin mar. Sin fiestas populares. Acompañando a papis en la casa familiar. Calor y más calor. Siestas con pesadillas. Lecturas compulsivas. Insomnio en las madrugadas. Y la fatiga de saber que de nuevo habrá que volver al trabajo, pero que no será igual, que no habrá reencuentros felices, ni brindis ni cenas con sobremesa parlanchina. Y saber que la luz del faro se extinguió. 

Septiembre 
Sigue la incertidumbre acerca del final de la pandemia. Siguen los muertos. Siguen las especulaciones acerca de la vacuna. Retorno al trabajo presencial, con más miedos y más dudas. Nada es igual. Y de nuevo sustos con la propia salud. La mente está cansada, extremadamente agotada de luchar contra la negritud del pensamiento, contra el desánimo, contra el deseo de dejarse ir como una balsa a la deriva. Luchar contra el deseo del abandono, contra ese desmoronamiento del ánimo que debo apuntalar con gran dificultad. Desear gritar, desear enloquecer y saber que no puedo, que no debo. ¡Con lo fácil que es dejarse ir! 


Octubre 
Los días discurren pese a todo. La familia se mantiene sana. Las tardes se dilatan largas, abrumadoramente tristes y solitarias. Algunos paseos y el calor de las termas. No mejoran los números, los fallecidos siguen aumentando con su tétrico goteo. Vacunas diferentes corren a la desesperada y yo desconfío de todo, de todos. Cierres perimetrales. Busco salvoconducto para atender a mis padres. Los bares cierran de nuevo, pero ya no los extraño: hace siete meses que no piso uno. Se habla ya de protocolo para la Navidad de este año. Hijos que no verán a sus padres. Suegros para los que no estarán. Nietos sin abrazos. Pienso que mis padres se morirían de pena si no estamos. Tristeza en estado puro. La tristeza mata. 

Noviembre 
Los descendientes planean venir a la casa familiar. Por amor a la familia gastarán en PCR por lo privado, harán aislamiento diez días y nueva PCR. Por ellos, por los abuelos, no se reunirán con amigos, perderán días de sus futuras vacaciones. Es el amor que se ha sembrado. No imaginan no ver a sus abuelos ni un día más. Casi un año. Pienso que será así a partir de ahora. La distancia. Las vidas en paralelo. Pena abrumadora. 

Diciembre 
El trabajo se ha sacado adelante. No hay muchas risas, es cierto, pero la vida se abre paso siempre. Mis padres no tienen miedo a nada. Están felices con nosotros alrededor; son gallinitas cluecas con los suyos. Yo miro el monte, el río, el cielo plomizo y pienso en mi soledad interior. Llueve y llueve este mes sin descanso y acaba con una nueva borrasca. Bella, se llama. Pero nada es bello y todo lo es. El monte, el río, los pajarillos buscando bichitos que comer; la leña, el hogar, los libros. Comer y comer. Y beber. Y las larguísimas tardes que devienen en noche sin darse uno cuenta. Horas y horas que llenar en el hogar familiar. Calor de hogar. Los miedos se aletargan, brotan a veces ante una tos espontánea. Se adormecen con la alegría de estar reunidos. ¿Hasta cuándo? Y se acaba un año. Un año de mierda. Sin luz, sin faro, sin risas, sin abrazos, sin escapadas, sin veraneo, sin reuniones, sin planes, sin bailoteo bajo luces de colores, sin brillo en los ojos, sin ilusiones. 

¿Podremos descontar este año de mierda del cómputo de la vida? 

¿Podremos recuperarlo alguna vez?

Uol

martes, 8 de diciembre de 2020

Vida tras las ventanas

 

En muchas ocasiones he llegado a una ciudad desconocida caída ya la noche. El autobús o el taxi me acercaba desde la estación o desde el aeropuerto a mi destino, al hotel o a casa de algún allegado. Cuando llegas a una ciudad desconocida una vez que la oscuridad ya se ha apoderado del horizonte, uno no puede de todos modos dejar de observarlo todo. Atisbando tras los vidrios del vehículo, lentamente aparecen polígonos silenciosos, suburbios, y finalmente la autopista va adentrándose en barrios periféricos de la urbe. Es extrañamente melancólico observar desde lo alto de puentes elevados en las circunvalaciones, las ventanas iluminadas en los edificios de estos barrios populosos. El silencio se apodera de todo, pero uno contempla esas ventanas iluminadas, y yo no puedo dejar de imaginar las vidas que discurren tras esas ventanas. Cortinas, alguna pobre lámpara, la esquina de una estantería, la blanquecina luz de los fluorescentes de las cocinas, la más cálida del salón; bombonas de butano o unas flores en balcones humildes. A veces la sombra de una cabeza, el brillo azulado de televisores encendidos; un hombre fumando, asomado en la galería de aluminio. Yo observo esos marcos de luz con curiosidad, mientras el autobús o el taxi avanza hacia el hotel o el hospedaje amigo y la calzada, devenida en calle, comienza a estar transitada. Las ventanas se ven más cercanas, más amplias, las luces más intensas, más nítidos los interiores, sobre todo en las ciudades norteñas europeas, donde escasean persianas y cortinas y optan por lamparillas y velas sobre alféizares, pues para ellos la luz diurna es vital y el ansia de ocultar la intimidad menos acuciante. Me imagino sus vidas. Fantaseo. O no me las imagino, quisiera conocerlas. ¿Qué hacen en su vida cotidiana mientras yo llego a un lugar desconocido? Me invade entonces -siempre me sucede- una conocida melancolía. La vida transcurre lejos de mí, en esos pisos donde vive gente que no sabe de mi existencia. Es la sensación absurda de que la vida es algo que sucede ajena a mí.

 Nunca pienso que acaso ellos ven pasar (el hombre que fuma en el balcón, la mujer que parece fregar los platos de la cena y alza la cabeza mirando en ese instante por la ventana) a una mujer, que vislumbran en la tenue ventana iluminada de un autobús, dirigiéndose a algún lugar; que acaso ellos también se imaginen mi vida, la visitante que de dónde vendrá o a dónde irá. Quizás ellos quisieran huir de esos pisos diminutos, de esas ventanas iluminadas que a mí, sin embargo, me evocan el hogar, el calor, la vida. 


He empezado a experimentar esa sensación arribando a mi ciudad. Soy yo ahora la que conduzco, soy yo ahora la que retorno a mi hogar. Y, sin embargo, sigo experimentando melancolía al observar las ventanas iluminadas. La vida está tras ellas. Y yo no sé dónde estoy ni a dónde voy.
Uol



domingo, 25 de octubre de 2020

Non vou negalo

 


Non vou negalo, non.

Cando unha sente un alento xélido na caluga, os cairos da ansiedade roendo ante o gris da incerteza plena e diaria deste momento vital que nos está tocando aceptar; ante a cinza do esvaído horizonte, cando nin horizonte se albisca, entón, si, sobre todo entón, unha sente que non hai lugar máis fermoso no mundo (o lugar máis adecuado e conveniente para revivir) que enroscada entre as túas longas pernas, falándoche baixiño á orella baixo o tépedo edredón. Entrelazados, quentes e amorosos. Vivos.

Só así unha sente que vence ao Mal, ao malestar, ao mal de perder a opción de sentir, de facer bailar as sabas, de facer arder o edredón de plumas. 

A vida é posible baixo o cobertor, enroscados os dous. Si, meu neno, quero enroscarme entre as túas pernas, e susurrarche cousiñas á orella. 

Sentir, vencer á morte entre as túas pernas, sobre o teu peito. Xa.

Uol


No lo voy a negar, no.

Cuando una siente un aliento gélido en la nuca, los colmillos de la ansiedad royendo ante lo gris de la incertidumbre plena y diaria de este momento vital que nos está tocando aceptar; ante la ceniza del desvaído horizonte, cuando ni horizonte se vislumbra, entonces, sí, sobre todo entonces, una siente que no hay lugar más hermoso en el mundo (el lugar más adecuado y conveniente para revivir) que enroscada entre tus largas piernas, hablándote bajito a la oreja bajo el cálido edredón. Entrelazados, calientes y amorosos. Vivos.

Solo así una siente que vence al Mal, al malestar, al mal de perder la opción de sentir, de hacer bailar las sábanas, de hacer arder el edredón de plumas.

La vida es posible bajo la colcha, enroscados los dos. Sí, mi niño, quiero enroscarme entre tus piernas, y susurrarte cositas en la oreja.

Sentir, vencer a la muerte entre tus piernas, sobre tu pecho. Ya.


Uol

martes, 8 de septiembre de 2020

Incertezas

 


DESTERRO

Síntome desterrado  dentro de min,

mesmo na fronteira do non ser

onde a melancolía se fai mágoa

e a única seguridade é a incerteza.

Até min chega o mundo externo

como un rumor apenas  perceptíbel.

Onde  está a beleza e a maxia,

fonda e escura, da palabra?

                                               Onde

a paisaxe que un ama e recoñece?

Nada queda xa dos libros sacros.

Un comeza a cavilar sobresaltado

se a vella, amada tribu, non será

só fileira de sombras e fantasmas.

 

Manuel María: Oráculos para cavalinhos-do-demo (1986)

 



miércoles, 22 de julio de 2020

Verano soñado



Desde que retiraron los periódicos de bares y terrazas siempre se llevaba consigo su libro electrónico (o en papel si no pesaba mucho) para poder disfrutar tranquilamente de su lectura mientras tomaba café o cerveza sin sentirse sola, cuestionada, incluso observada. Ese día también lo llevaba y estaba enfrascada en su lectura al tiempo que comprobaba de vez en cuando los mensajes de su WhatsApp cuando sintió su mirada. Le pareció extraño sentirse observada por primera vez desde hacía mucho tiempo. ¿Se sintió observada o simplemente al alzar los ojos vio que la miraba? Casualidad o no, lo cierto es que su corazón se desbocó, pensando -otra vez el sesgo de confirmación- que él sí la estaba observando desde lejos. Y surgió esa extrañeza que se origina cuando piensas que alguien observa cómo te estás comportando, que analiza tus gestos, tu forma de sentarte o cómo llevas puesta encima la cazadora. 

Después de ese día algunas mañanas esperaba desde su esquina a ver si volvían a cruzarse sus destinos, sus fortunas, y sí, sus pasos coincidieron en alguna otra ocasión, pero no sus miradas, confirmando que las casualidades solo se dan una vez, y comenzando así el lento camino, el descenso imparable hacia el olvido. 

Siempre soñó con un verano diferente, un verano lleno de pasión y ardor, sin preocupaciones familiares, sin tener que atender a nada más que a sus instintos; un verano de comidas y de cenas en pareja; de paseos y de tardes inolvidables sobre las sábanas; un verano de excursiones, de salidas a la playa; un verano de dos meses. Un verano de planes sin hora de regreso, sin llamadas intempestivas ni quejas familiares. Es triste cuando se tiene tiempo y dinero y no con quién. Pero ese verano, a pesar de las veces en las que estuvo enamorada, nunca se produjo como lo había soñado: o no había tiempo o no había dinero o no coincidían sus vacaciones o había que atender a la familia porque llegaban parientes o había que echar una mano. Lo cierto es que ese verano soñado, ese que se sueña en la adolescencia, nunca se produjo. Quizás, y a pesar de viajes y de excursiones y de amores (y los hubo, no sé por qué ahora no te parecen suficiente), a pesar, repito, quizás el verano soñado fuese uno de aquellos de la adolescencia, donde sí, cada plan era un mundo abierto, y no los de ahora, que deberían ser los que había imaginado en la adolescencia y que realmente no se han cumplido jamás. Es extraño querer algo y no poder torcer el destino; es extraño sentir la curiosidad y no poder satisfacerla; es extraño sentir un hilo de conexión con alguien que no es más que imaginario; es extraño saber de antemano que no hay batalla, que no hay posibilidad de lucha, que solo puede haber aceptación y resignación. Todo es extraño. 

¿Llegará algún día ese verano?

Uol


lunes, 8 de junio de 2020

Nueve



ETIMOLOGÍA
La palabra nueve viene del latín NOVEM y siguiendo las reglas de evolución fonética de palabras latinas la eme (m) final se pierde (NOVEM > nueve), como en fuerte (de FORTEM). En el paso del latín al castellano, la u breve tónica  diptonga de o a -ue (NOVEM > nueve), como en nuevo < NOVUM y huevo < OVUM. En gallego no llegó a diptongar, es una lengua más cercana en su evolución al latín. Por eso NOVEM origina nove; FORTEM > forte; OVUM > ovo; PORTAM > porta.

NUMEROLOGÍA
El significado del número 9 (nueve). El número 9 (nueve) es el signo de los ideales, el interés Universal y el espíritu de combate con fines humanitarios. Simboliza la Luz interior, priorizando ideales y sueños, vivenciados mediante las emociones y la intuición. Representa la ascensión a un grado superior de consciencia y la capacidad de desplegar amor a los otros. Es creativo, idealista, original y bondadoso.


¿Qué significa el número 9 en el amor? 

El número nueve (9), es un número que representa el misticismo, la sensibilidad de las personas y está cargado de sentimientos de compasión, sinceridad y bienestar. 

AHORA YA OS ESTARÉIS PREGUNTANDO a qué viene todo esto y si Uol ha perdido la chapleta. 
No, estoy muy lúcida (o al menos en el grado de costumbre). 

Es que hoy Programa de mano (libre) está de aniversario. Sííí... NUEVE AÑOS dándoos la chapa, vertiendo miel y hiel (mel e fel), contando mi vida, mis ensoñaciones, mis anhelos, mis deseos y mis decepciones. Y, sinceramente, no sé qué mierda contaros de este último año que ha cuajado en el noveno, así que me he puesto a examinar en el buscador nueve y me ha salido esta mierda. Nada de las nueve maravillas del mundo o las nueve estaciones o las nueve formas de encontrar el amor. El nueve es un número anodino y merdento. Pues eso, que no tengo nada más que contaros que ha sido un año pésimo. Empezó con una noticia alarmante que me tuvo inquieta, reflexiva y seguramente en schok. Para mi suerte no fue nada, pero algo cambió en mí. Cambió mi ya exacerbado sentido de la vida y de la muerte. Me dije a mí misma que si hasta ahora era Carpe Diem, ahora iba a ser Carpe por mis ovarios. Pero no pude, porque soy cobarde, soy cobarde. O quizá no tanto, pero la vida es la que es y otra vez la espada de Damocles pendiendo sobre mi cerviz, ya algo expuesta y ofrecida. Y después, todos lo sabéis, esta mierda de pandemia mundial de la que ya he hablado. Y nada mejora, aunque tampoco empeora. Esa merdenta medianía. 

Y bueno, aplicando el Carpe Diem me lancé kamikaze a lo banzai al abismo del ridículo. Pero no importa, no importa ya a estas alturas. Me sentí heroína con frase final lapidaria de cierre de película. Frase que no se me ocurrió, pero que sería al menos tan impactante como la de Scarlett O'Hara. Barrabasadas. Porque yo no soy Vivien Leigh y no tengo guionista, ni ocaso en rojo apabullante ni vestido de princesa. 

Lo dicho. Nueve. Que no es poco. 
Un abrazo, amigas y amigos bloggers!

Uol

Si alguien quiere saber cómo empezó todo puede pulsar AQUÍ.

domingo, 7 de junio de 2020

Carga banzai


Era unha misión suicida, pero ela lanzouse igual. Banzai, banzai, banzai. 
No colmo do ridículo, só lle faltou cantar caraveliños baixo a túa ventá. 

             Pero non baixaches. 
                       Pero non baixaches.
                                 Non baixaches.
                                          Non baixaches.
                                                            NON 

Uol Free

lunes, 25 de mayo de 2020

Retirarse con elegancia



      E veña que hai que arriscarse, que hai que tirarse á piscina, que quen non arrisca non mama, que a vida é para os que se lanzan a campañas que semellan temerarias menos para os visionarios, que a gloria está reservada para os que ven máis alá e non só miran! 

Hai que foderse!
Ide pró carallo!

Todo iso é palabrería. É botar o carro diante dos bois, é empezar a casa polo tellado, é semellar unha tola pirada, unha desquiciada desesperada. Nin Estado de Alarma nin COVID-19 nin hostias benditas! 

O que queda, o que toca, meus, é retirarse con elegancia. 
E elegancia, queridos, non me falta!

Uol