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sábado, 16 de noviembre de 2019

Xuntos






―Ven aquí.
―Que queres?
―Ven!
―Que?
―Que veñas!
―Que pasa, ho?
―Quero darche un bico.
―Eh?

―Quero bicarche os olliños, quero bicarche o nariz, quero bicarche as meixelas. 
―Ai, ho! 
―Senta ao meu lado neste sofá que tan ben nos coñece. Fóra chove, oito graos, a tarde está agrisallada. Case non escampou en todo o día, pero non é mala xornada: é unha tarde de outono case invernal, unha coma tantas outras en Auria. A tarde e a noite fundidas sen transición, un gris chumbo, un gris cinza, un gris que me arrastra aos teus brazos, os teus brazos tan fortes e sanadores para min. Que vida pode haber más alá deses brazos que me acollen, que me quentan, que me curan, que me apaixonan? 
―Ven acó, miña rula. 
―Cando sinto os teus brazos rodeando o meu van e abandono a miña cabeza no teu pescozo, sinto que entro noutra galaxia, afrouxan os tendóns, os músculos, a presión nos sens, os pinchazos no peito. Eu quero perderme nese abrazo, neses bicos, nesa calor medrando no meu corpo, nos nosos corpos, nas nosas veas, na pulsátil pulsación do sangue a bombear tac tac tac cara a tódolos órganos, cara á túa polla, cara á miña vaxina enchendo o meu clítoris. Quero envorcarme neste enorme sofá acolledor e voluptuoso; quero rebozarme como croqueta na túa saliva; quero enlamarme nos teus efluvios de home. Quero que a noite non chegue nunca, ou que chegue e nos arrase, que nos leve por diante, que nada importe ou que importe todo, pero que ese todo sexa estar pegados, xuntos, lapas neste inverno adiantado, nesta tarde agónica, neste mundo que nos afoga. Soamente quero acabar os meus días apreixada ás túas pernas, aos teus beizos, enganchada ao teu corpo, ao teu sexo, machihembrada e feliz. Que se cabe o mundo, que se afunda todo, que cona me importa! 
Ven e rematemos xuntos antes de que o ocase chegue!

Uol

viernes, 12 de abril de 2019

Ocurrente



Estaba tomando una copa junto a Mericia para despedirnos hasta la vuelta de vacaciones cuando él traspasó el dintel del bar y se sacudió de la cazadora las inoportunas gotas de aquel chaparrón repentino (aunque del que habían comunicado las aplicaciones pertinentes que había un 65% de posibilidades de suceder). 


Le clavé la mirada y experimenté esa subida hormonal que siempre identifico con aquellas roldanas de los dibujos de Erase una vez el hombre que elevaban las vigas medievales hasta lo alto de la catedral, y que los hombres sabrán reconocer con los síntomas de una clara e involuntaria erección. 

Clavé, repito, mis pupilas en aquel ejemplar, y en el momento en que Mericia reorientaba su mirada hacia la dirección de la mía, exclamé: 

Baby, hoy no vamo'a dormí! 

La señora de enfrente fue bastante indulgente cuando mi amiga la alcanzó al escupir inesperadamente el generoso trago de gyn tonic que tenía en la boca.

Uol

Ocurrente: que tiene ocurrencias (ideas inesperadas).

jueves, 4 de abril de 2019

Elfo

Marco Hietala


Cuando lo vi, pensé en mesetas áridas arrasadas por el viento gélido; en glaciares y cascadas congeladas. Pero sobre todo y por encima de todo, vi en él la vívida representación de un elfo juguetón.

Busqué fotos, visioné actuaciones. En todas aparecía él, con su largo pelo lacio, dorado; con su barba trenzada, su mirada ahora seria, ahora pícara. Pero no es islandés, es finés. Da igual, quién sabe si sus ancestros llegaron desde la isla congelada a tierra firme. Un elfo dorado de apellido helado. No es descabellado.


Busqué su biografía. ¿Qué será tener un papá como él? ¿Que te vaya a recoger al cole un elfo dorado que encima toca la guitarra? 

Miro sus fotos públicas, comparo edades. No puedo dejar de mirarlo. Y vuelven a mi mente los lagos, los bosques húmedos, lava petrificada, los fiordos... los últimos rayos de sol antes del ocaso ocultándose en su cabellera rubia. Ese sol frío. ¿Puede una persona encarnar un paisaje, un clima, un país? 

Eso es para mí Marco Hietala, una isla helada en el mapa, una emoción, una luz suave, un deseo de tocar ese cabello, de trenzar esa barba. 

Irracional, lo sé.

Uol








martes, 22 de enero de 2019

Ellos


Comunican con los ojos.
Esas miradas profundas. Esas miradas que pasan del desgarro a la ternura.
Tendría que rebuscar en algún momento recóndito del pasado, de la infancia quizás, para comprender el origen de esa atracción, entender qué me transmite esa representación del hombre, ese arquetipo.
Quizás la fragilidad. La ternura. Nada conmueve igual que la ternura, ese dejarse caer. Intuir que no hay certezas absolutas. Dar la mano. Si hay dudas, hay oportunidad de crecer, de caminar.

Los miro y me pregunto si serán lo que trasmiten. Son actores, al fin y al cabo. Y buenos. Esto quiere decir que se transforman y adoptan las características del personaje que van a encarnar. Su carácter puede estar en las antípodas del papel. Y sin embargo... quiero creer que sí, que sus miradas son ciertas, que el fondo es suyo y no sólo la forma. Ahí está la magia del cine.

Ellos. Su piel ya curtida. Su mirada que sabe. La vida.

 Dedicado a Tomasz Kot y a Daniel Grao, actores
Uol
Tomasz Kot y Daniel Grao

Daniel Grao como Bernat Estanyol en la serie La catedral del mar



Tomasz Kot en Cold War


Cold War by Pawel Pawlikowski



domingo, 2 de julio de 2017

El holandés





No recuerdo al lado de qué canal estaba, pero entramos en aquel café de mesas de madera, sillas con cojines y lamparitas en las ventanas. Yo les aclaraba a Isaura y Mericia que en esta ocasión no me estaba sintiendo tan fascinada por los hombretones holandeses como la primera vez que fui a Amsterdam, cuando si no ligué fue porque parecía una oligofrénica con problemas para cerrar la boca y mantener la saliva dentro.

Lo vi nada más entrar. Estaba sentado a una de las mesas conversando con otro hombre menos vistoso. Él levantó la mirada, la pinta de turistas no nos la sacaba nadie a pesar de que no nos ataviamos como tales. Hice maniobras para quedar frente a él y evitar que Isaura o Mericia me desplazasen quedando de espaldas. 

El holandés ya tenía algunas canas en las sienes y estaba claro que era un hombretón alto y fuerte, de ésos que de joven, madre mía, tenía que hacer girar cabezas de mujeres y hombres a su paso. Rostro masculino, una belleza indudable, pero nada blanda, nada de calendario gay, con ojos verdosos, cabello castaño, piernas largas -mucho fémur se veía-, pies grandes -un 46 mínimo- calzados con zapatos de estilo deportivo. Manos grandes, muy grandes, sin anillos ni pulseras. Vestía una americana negra sobre camiseta de algodón grisácea, pantalón vaquero claro. Estaba de vicio. Me muero, me muero, les decía a mis amigas, que, claro, se percataron al minuto cero de hacia dónde se me iban los ojos. Está bueno, consensuaron, pero a ellas creo que les siguen gustando más los yogurines, porque me lo dejaron. No te digo yo que no, pero este hombre, ay dios, era un ídem hecho carne, acorde para mi tamaño y edad. El hombretón se dio cuenta al minuto y medio de que me lo comía con los ojos, y aunque no comprendiese ni papa de lo que decíamos, sí que era evidente mi amore súbito a tenor de las risitas tontas que se nos escapaban. ¡Menuda imagen de bobas debíamos dar!; menos mal que en el café podían pensar que las extranjeras éstas eran españolas o italianas ruidosas, ¡qué se podía esperar de los incivilizados del sur! Tuve que poner orden. 
Él hablaba muy relajadamente con su amigo, colega o lo que fuese. Y yo lo escaneaba con los ojos con escaso disimulo y por eso recuerdo hasta su vello dorado. Me lo como, me lo como. Creo que si en ese momento él me tomase de la mano y me arrastrase a un cubículo, iría como oveja al degüello, y mira que en realidad soy miedoseta y precavida. Dile algo, me decían mis amigas. ¡Como si yo hablase holandés o hiciese algo más que mascullar tres palabras mal pronunciadas de inglés! Tomamos nuestras cervezas y yo arre que arre, loca de deseo. Él se sabía objeto de mis miradas y me las devolvía, no sé si por la curiosidad, por la extrañeza del flechazo o por vacilarme. La cerveza se acababa y yo no quería irme de allí. 

Entonces ocurrió. El holandés cachas, atractivo, hombretón, de aspecto serio -¿qué edad tendría? ¿Cuarenta y cinco? ¿Cincuenta?-, se sacó la chaqueta de traje negra, y la camiseta gris dejó al descubierto sus brazos. Un par de tatuajes resaltaron en uno de aquellos bíceps que me confirmaron que ese hombre había sido un adonis y que no sólo se conservaba, sino que ejercía. Me volvió a mirar y entonces leí claramente el mensaje en sus pupilas: mira, niña, que conmigo no se anda con chiquitas. 

Me fui de aquel bar de los canales enloquecida de deseo.

Uol 


Al holandés ya lo había mencionado en No hay quinto malo (II)

viernes, 7 de octubre de 2016

Plan B



Él sólo pretende conquistarla, salvar su resistencia, llevársela a la cama, acariciar aquella piel que parece suave y sin imperfecciones, follar, eso es todo.

Ella sabe lo que él pretende,  y no le parece mal. Porque lo que ella quiere es gozar y largarse después de desinflar el ego de aquel prepotente.

Ninguno sabe qué ha sucedido en realidad. Se han mirado largamente. Ella era una pieza de caza; él una muesca en su culata, un fulano al que bajar los humos. Pero a él le invadió una extraña laxitud, sintió una exasperante ternura cuando vio aquellos labios carnosos que temblaban con el deseo; ella sintió pereza de largarse de la cama en cuanto recuperó la respiración, le pareció que la mirada de él era suave, incluso tierna.

No tenían Plan B.

Así que, sin saber qué hacer o decir, se tomaron de la mano bajo las sábanas. 

Uol 

jueves, 8 de septiembre de 2016

No hay quinto malo ( IV )



 
Camariñas (A Coruña) Galicia, España.
(Esta historia empieza aquí, sigue acá; y la tercera parte puedes leerlas pulsando aquí. )
  
Las Fiestas del Carmen en Camariñas nos permitieron contemplar desde el muelle la partida de los barcos engalanados con banderolas y flores para honrar a la Virgen marinera en su procesión por el mar. 

Hubo bailes de homenaje, hubo flores, música, algunas perlas antiguas al cuello en mujeres ataviadas con vestidos floripondios, algunos rancios como recién aireados de la naftalina, con corte y diseño pasados de moda; otros tan supuestamente modernos que recordaban a disfraces de carnaval. Hubo mucha peluquería y mechas rubias y gafas de sol ocultando ojeras en las jóvenes que se habían acostado ya de amanecida. Había muchachos en las puertas y terrazas de los bares con aspecto de no haber pasado por casa desde la tarde anterior y piropeaban a las quinceañeras ataviadas con shorts tipo braga que en grupitos pasaban corriendo camino a los barquitos. Se ríen tontamente, como se ríen las adolescentes piropeadas por pequeños gañanes emporrados y resacosos. Pasaron por nuestro lado hombres serios de camisa, pero sin corbata ni chaqueta, el calor es asfixiante y ya no se cuida el protocolo; vemos parejas de edad avanzada apoyándose mutuamente camino al puerto, ella perfumada, los labios rosas mal pintados porque apenas ve de cerca; él, recién afeitado, oliendo a Varón Dandy o a Floïd, el cinturón bien ceñido, los zapatos lustrados. Puedo imaginarme esta escena en tiempos de mantillas y sombreros. Y la única diferencia, exceptuando modas en el vestir y los ademanes, sería el antaño silencio respetuoso y la devoción religiosa. Pero no estoy lo suficientemente cerca de ellos para percibir los ojos húmedos de los fieles que lloran a sus muertos náufragos e imploran la protección para los vivos a la Patrona del mar, así que a lo mejor la devoción aparentemente no ha cambiado.

Camariñas (A Coruña) Galicia, España

Sólo somos meras espectadoras, suena la sirena largamente en el puerto anunciando el gran momento, la partida en procesión. Me pregunto si en días de temporal sonará esa sirena entre jirones de niebla y viento feroz advirtiendo del desastre, e imagino el temor que se apoderará de mujeres y niños sabiendo que los que aman están allá adentro, en mar abierto, océano implacable, luchando contra olas altas como muros que se les echan encima.

La procesión comienza, nosotras seguimos nuestro camino. En la playa de Traba pasamos la tarde casi en solitario, adormecidas y relajadas, sesteando, bañándonos y leyendo. 
 
Playa de Traba, Laxe (A Coruña) Galicia, España
Playa de Traba, Laxe (A Coruña) Galicia, España

Pero nuestra meta es otra, hacemos noche en Laxe porque al día siguiente queremos visitar la tierra de los percebeiros, cabo Roncudo y Corme Porto

Percebes

A mí -y ya sé que puede parecer un sacrilegio- no me entusiasman los percebes. Saben demasiado a mar, sueltan agua salada y casi no tienen chicha, al menos los que yo probé en un par de ocasiones, por lo que no echo de menos no comerlos a causa de su habitual precio alto, a veces desorbitado. No me extraña que alcancen esa cotización en el mercado: los percebeiros se juegan la vida para arrancarlos de las rocas. 
 
Percebes

Pero mi falta de apetencia gastronómica no quita para que admire la faena de estos hombres y mujeres que danzan una peligrosa coreografía con el mar. Las olas lanzan sus velos hacia las rocas, los percebeiros se echan unos pasitos hacia atrás sin perder el contacto visual, enamorados, subyugados. Las crestas se retiran dejando su huella de espuma y los hombres se abalanzan a recoger los frutos todos salpicaditos de sal. Así una y otra vez, hasta que los percebeiros se retiran, el mar ha dejado que le arrebaten sus joyas, el hombre no debe abusar de su generosidad. Pero en ocasiones, el océano exige su terrible tributo. Y arrastra hasta su fondo a aquellos confiados que en un descuido no han salvado ese paso atrás seguro de cha cha cha.

Percebeiros



Vídeo: percebeiros en acción. En Cariño - Ortegal (A Coruña) Galicia.





En todo eso pensaba yo camino de la Punta y del faro Roncudo después de tomar una cerveza en un bar del puertecito de Corme, de donde prácticamente nos echaron porque era hora de comer, estaban de fiestas y los encargados del bar tenían que comer y descansar, que la noche había sido larga y la que se avecinaba igual. Cosas así sólo pasan en Galicia: bares de comidas de los que te echan porque es hora de comer.

Imaginaba yo que el camino hasta el faro sería tortuoso y de gran desnivel sobre el mar, porque asociaba yo el trabajo de los percebeiros con lugares de difícil acceso (no sabía yo que a los mejores lugares de extracción deben llegar en barca), pero lo cierto es que la carretera no ascendía y apenas tenía curvas. Había, eso sí, muchas gaviotas y cuervos marinos (si es que lo eran, no entiendo de aves, bueno, ni de animales en general).
 
Faro do Roncudo. Corme (A Coruña) Galicia. España.
Faro do Roncudo, Corme (A Coruña) Galicia, España
El faro no es imponente como el de Cabo Vilán, en Camariñas, pero el otro lado de la costa es más agreste y estaba segura de que había nidos de aves marinas en las laderas y percebes creciendo despreocupados en las rocas, cada vez en lugares más difíciles, cada vez ese baile más arriesgado para lograr alcanzar el lugar virgen del expolio humano donde el marisco crece grande, grueso y confiado.

Vistas al noroeste desde el faro de Punta Roncudo. Costa da Morte. Galicia.

Nos sentamos en las rocas, deseaba ver aparecer entre ellas a un hombre revestido de la dignidad del percebeiro, con su neopreno como túnica sacramental, su red a la espalda, su rasqueta como cáliz de ofrenda. Pero nadie apareció, se ve que la caza había sido días antes para las fiestas y ahora estarían durmiendo la mona de la juerga de la noche anterior.

Percebeiro

Isaura y Mericia correteaban de acá para allá, hacían fotos y más fotos, hablaban de los muertos y las cruces en recuerdo de los difuntos. Bajé hacia la orilla, en sitio seguro; el mar, de todos modos, estaba en calma  total. Entonces llegó un coche, aparcó al lado del nuestro y de él se bajó un flaquito. No lo hacía yo percebeiro. Los imaginaba a todos fortachones y ágiles. No vestía neopreno ni llevaba el aparataje apropiado. Se dirigió al otro lado del faro y descendió entre las escarpadas rocas. ¿Qué iba a hacer? No parecía turista, vestía con ropa cómoda, pero no de pescador. No creo que fuese a recoger nasas o a pescar. Desapareció. ¿Un ornitólogo? ¿Un suicida?

Cruces en Punta Roncudo. Galicia.

Sentada en una roca pensé en los suicidas, en los hombres flacos de mi vida y en la fuerza indómita del mar. Algunos recordareis mi fascinación por los acantilados y el celo que debo mostrar al aproximarme a ellos por su oscuro poder de atracción hacia el abismo.
 
Faro de Punta Roncudo. Corme. Costa da Morte. Galicia. España.

Finalmente el flaquito llegó de nuevo al camino. Portaba en los brazos un pequeño cofre. Bueno, vale, era una especie de caja o embalaje para pescados y mariscos de color blanco azulado. Subió a su vehículo y partió.

Imaginé mi corazón dentro de esa caja, palpitando como la carne acuosa de un percebe. A la espera.
 (Esta historia acaba  Aquí)
Uol
Quen fora peixe! Ou mellor, percebe!

Corto documental dirigido por David Beriain sobre la historia de Serxio Ces, percebeiro de Cedeira, Galicia.
Preseleccionado para los Premios Goya 2012.