domingo, 16 de septiembre de 2018

El olvido que me aguarda

Tamara de Lempicka


Intervalo

No pretendo llegar a ningún sitio,
y sin embargo escribo cada noche.
Decir es dirigirse a algún lugar,
marchar a alguna parte, a un destino
al que uno se encamina con palabras
crecidas, luminosas como el cielo
de originaria y blanca luz nocturna.
Mi meta no es llegar, pues, sino ir
no sé adónde, cuando se extingue el día.
Tras cumplir con las cargas de esta fecha,
el saludo al colega y al vecino,
la lección repetida tantas veces,
y los papeles del estudio, las tres
comidas, el paseo de la tarde,
y los preparativos de mañana;
tras terminar con cuanto ocupa un día,
en resumidas cuentas, tomo asiento
en mí y retorno al aire de la noche.
Tomo asiento a la orilla de mí mismo,
junto a un papel que nunca escribiré:
desde hace muchos años, sólo escucho.
Cambié las oraciones por silencio.
Me sumo así al olvido que me aguarda,
el olvido futuro de mis cosas,
en donde no hay placer ni daño alguno.
Qué calma, en el vacío de la noche,
la vacía oquedad de la conciencia.
No pretende decir y sin embargo,
no sé por qué, tal vez porque ama, sale
irremediablemente afuera, sale
y quiere todas las palabras pródigas,
no sé, "aguacero", "piel", "rompiente"... Sí,
una fuerza propicia e incomprensible,
palabras con que dice, una y otra
vez, "cuánta vida, cuánta vida, cuánta".


Antonio Moreno: Intervalo. (2007)

domingo, 2 de septiembre de 2018

Días de verano



La realidad es que para la inmensa mayoría de los habitantes del hemisferio norte nuestro verano no abarca el meteorológico: para nosotros el verano corresponde sin más a los meses de julio y agosto, meses típicos de las vacaciones escolares y laborales, aun cuando ahora la gente distribuye más sus días de asueto y hasta los toma en octubre o noviembre para irse a otros lugares y hacer viajes más económicos en temporada baja. Los días de verano son claros, calurosos e interminables, sobre todo en Galicia, donde no anochece hasta las 22:30h. 

Estos días recordaba los veranos de antaño. Ya toca la vuelta al trabajo y a los horarios y madrugones. El verano parece breve en exceso, los días pasan volando. Antes de que te des cuenta ya se han acabado las vacaciones, aunque no el verano en realidad. Sin embargo, los veranos de mi infancia eran interminables. Abarcaban toda la estación: comenzaban a mediados de junio y acababan a mediados de septiembre. Recuerdo sol, sol y sol. También para los hijos los horarios se relajaban, los niños nos pasábamos todo el día jugando en el campo, en nuestros descampados y explanadas y no nos recogíamos hasta que los gritos de nuestras madres reclamándonos desde las ventanas se hacían apremiantes y con notas de enfado. Recordad que en Galicia al principio del verano gracias o a pesar del desfase del huso horario no se hace de noche hasta las 22:30h. Y después de la cena ligera de leche con cola-cao y galletas volvíamos a juntarnos la tropa delante de casa. Recuerdo yo unas noches de bien pequeña tumbados en la hierba sobre arpilleras contemplando el cielo infinitamente estrellado. No he olvidado ese cielo. En los pueblos no había contaminación lumínica, las farolas alejadas o inexistentes, todo el firmamento a nuestro alcance.


Por el día nos juntábamos en los jardines particulares umbríos, juegos siempre en comunidad, eran otros tiempos. Cuando el calor apretaba, mamá nos llevaba por la tarde al río. La merienda sabía mejor en la ribera, el pan con chocolate, el queso con membrillo, todo sabía aún más rico tras el baño en el río.

El río era pequeño y manso, pero tenía su zona para los niños pequeños, otra para los que ya nadaban y una tras el recodo donde vociferaban y saltaban desde las rocas los adolescentes y adultos. No solíamos mezclarnos, aunque todos queríamos pasar a la siguiente fase y cambiar de zona. Mis recuerdos del río antes de saber nadar, es decir, antes de los seis años más o menos, era un minúsculo canal natural o desvío de agua del río hacia el molino, ya inutilizado para sus funciones desde hacía mucho tiempo. El caudal de ese ramal antiguo en verano no alcanzaría los 20cm. de altura. Suficientes para ahogarse una criatura, pero en esa zona todos estábamos bajo vigilancia. Lo que hacíamos era arrastrarnos con esa maravillosa y tierna barrigola que los niños conservan hasta los tres años sobre las piedrecitas del canal. El canal sigue existiendo y cuando lo veo me pregunto riendo cómo podíamos nadar allí. Ahora el agua me cubre el tobillo. En aquel entonces el río no estaba contaminado, el lecho era diáfano, se veían los cantos resbaladizos, marrones y verdosos, algas de río, pececillos y alguna vez, qué susto, a lo lejos alguna anguila, o quizá era una culebra de agua, pero siempre nos decían que eran anguilas. Era excepcional descubrirlas, porque en cuanto había jolgorio en las aguas se escondían, imagino. 


No siempre mi madre nos llevaba al río. Al menos a Mateo y a mí. De los primeros años de mis hermanos mayores no tengo conciencia, claro está, ignoro cómo fue, sería lo mismo, o quizás peor, para cuando nací yo mi madre ya se había relajado: como ya os he comentado en alguna ocasión fui hija tardía e inesperada. Cuando yo ocupaba el canal del molino, los dos mayores ya iban por su cuenta a la zona VIP, pero nunca nos dejaban a su cuidado, supongo que sabían que un mero descuido (tonteos con chicas, volteretas, zambullidas, retos, etc.) nos dejaba a Mateo y a mí en situación de alto riesgo. Creo que Mateo estuvo más tiempo del debido en el canal porque mamá no podía estar en dos zonas a la vez, y aunque desde el canal podía verlo nadar en la zona de flotadores, temía que ocurriese algo y no alcanzar a vigilarnos a los dos. 

El río se abría en un remanso, y era allí donde aprendíamos todos a nadar. Después la corriente hacía un recodo y llegaba a la zona de mayores, donde los mozos habían colocado un tablón que hacía las veces de trampolín. Allí el río era más profundo y no se hacía pie. La única roca bajo el agua en esa zona estaba más que localizada y controlada, era lo primero que te enseñaban al hacer la transición a esa parte del río. Servía de descanso y de resorte para nuevas zambullidas. Sólo asomaba a la superficie si el río iba muy bajo por la sequía. También allí había arena, aunque gruesa, una verdadera playa fluvial. Fue zona de ligoteo mientras el río se conservó limpio. Debí ser de las últimas generaciones que aún lo disfrutó en la adolescencia con esa limpieza. Allí estrené gafas y aletas de buceo, allí me bronceé con aceite de coco y de zanahoria. Allí estrené los biquinis color cielo, allí me hice fotos subida a los árboles (qué hubiera sido de mí si ya existiese instagram entonces jajaja), allí me lucí buceando y dando volteretas en una época en que las niñas parecían todas miedosas en el agua. También allí, pero tras hierbas altas, hubo los primeros nudistas, decían que de pueblos vecinos, aunque yo nunca coincidí con ninguno. Después, y en apenas tres o cuatro años, todo cambió. A los dieciocho años ya íbamos en coche a las piscinas de otros pueblos (el carnet de conducir es imprescindible en el rural, todo el mundo se saca el carnet en cuanto puede) y fuimos abandonando el río. Pero él también nos abandonó, cambió: estaba sucio, la hojarasca se depositaba en el lecho, los destrozos de las riadas de los inviernos no se arreglaban, los árboles caídos o arrastrados allí se quedaban en el fondo, siendo un peligro para el baño, el agua mudó a negruzca al no verse el fondo e irse estancando. Desaparecieron las truchas, hasta parecía que había más bichos, tábanos, moscardones... El río se murió. O lo matamos. 

Pero de niña, mamá sólo nos llevaba a la playa fluvial cuando sus propias ocupaciones se lo permitían, y en verano había muchas: madrugaba mucho para regar por la fresca las huertas. Entonces en el pueblo seguían utilizando el sistema de pozas, y la que le correspondía a ella tenía que ir a taparla de madrugada para que se acumulara el agua. La poza se nutría del agua de la montaña, del manantial natural. El agua se embalsaba en la charca natural gracias a que atrancaban su salida con tierra y trapos. Había quendas o turnos que había que respetar, y, cuando le tocaba, mamá la desatrancaba y regaba los tomates, las cebollas, las zanahorias, los pimientos, el maíz.... El riego no discurría sobre cemento, era un caminito sobre la propia tierra que marcaban con el azadón (a peta), por lo que el agua se iba filtrando camino a la huerta y llegaba mucha menos cantidad de la que salía desde la poza, ¡qué desperdicio de agua! Regaban así desde tiempos inmemoriables. Recuerdo a mi madre levantándose a las seis de la mañana para preparar la poza, después el calor era insoportable. Pero a veces le tocaba ir más tarde y regresaba sofocada y colorada a casa, ya sin ganas de comer, con deseos de dormir la siesta. Por supuesto, al acabar el riego, debía volver a atrancar la poza para el siguiente parroquiano. Algunos agricultores ya tenían motores que sacaban el agua del río, pero en mi familia no había gran producción, era para autoconsumo, así que no se gastaba dinero en utensilios modernos, todo se hacía a la vieja usanza, como siempre. A los pozos de barrena se apuntó casi todo el mundo, y las aguas frescas ya no llegaban al río, se fueron secando las fuentes.


En esas abrasadoras tardes de verano (el interior de Galicia tiene temperaturas extremas) yo suplicaba a mamá para que me llevase al río (se ve que era trabajo de madres, no recuerdo jamás a mi padre llevándome) y no siempre lo hacía porque estaba ocupada. O porque entonces, sospecho ahora yo, no se consideraba el ocio como un derecho. Demasiada fiesta era susceptible de atribuirse a la holgazanería, y no se pensaba en andar divirtiendo a los hijos: así se malcriaban. Eso pensaban entonces. En la actualidad el péndulo está en el otro lado: los padres ya son los secretarios de las actividades de su prole.

En verano otro motivo de disputa eran las siestas, odiaba hacer siesta. Mateo y yo jugábamos a lo bestia con guerras de almohadas hasta que mamá aparecía con la zapatilla en la mano y acabábamos debajo de la sábanas tronchándonos de risa. Si insistíamos en el bullicio, caía zapatilla en el culo, y ya dormíamos tranquilos tras la breve llorera. La verdad es que mamá amenazaba pero no pegaba. Si la zapatilla llegaba al culo no era fuerte, era como un ritual. Ellos tenían que descansar de aquellos madrugones. El calor apretaba. 

Verano también era la odisea de ir a la playa los domingos. Todos apretujados en el coche durante más de hora y media por la nacional, con pocas zonas de adelantamiento. Fuimos los típicos domingueros. ¡Y qué mérito mi madre!: el día anterior se lo pasaba cocinando pues llevábamos la comida: tortilla, empanada, filetes rebozados, ensaladilla rusa, tomates, pimientos fritos, queso, bebidas, chocolate para la merienda... La verdad es que no sé si a ella le compensaba. Ese día nos compraban un helado para cada uno. Y no había más en toda la semana. Hasta los once años fui muy mal comedora, pero mamá siempre me dice que en la playa comía de todo, hasta lo que habitualmente no me gustaba. Una vez instalados en la playa ella nos embadurnaba de crema, colocaba las toallas y se pasaba toda la jornada de pie vigilando nuestros juegos y baños; después montaba bajo los pinos la mesita con la comida (a esto sí la ayudaba mi padre), recogía todo... Y al regresar a casa, nosotros ya cayéndonos de sueño, todavía tocaba baños, la leche de cena, lavar los bañadores... ¡Qué mérito las madres! Mi padre es muy bueno, pero no hacía nada de las tareas del hogar, eran otras épocas. Con los años mejoró. Ahora hasta cocina y friega los platos. Quiero creer que tanta charla que le he dado desde la adolescencia con los derechos de la mujer también tiene parte en su cambio de actitud. ¡Sólo de pensar en el trabajo que suponía ir cada domingo a la playa a mí ya me dan ganas de quedarme en casa!


La adolescencia trajo, como he comentado, el progresivo abandono del río y el acercamiento a las piscinas de las villas. Íbamos siempre dos o tres amigas juntas y nos llevaban en coche los hermanos mayores, y en cuanto sacábamos el carnet de conducir le pedíamos el coche a nuestros padres que, por supuesto, no siempre nos lo dejaban, y no porque lo fuesen a utilizar. Ya he comentado que dosificaban sus permisos, a todas luces arbitrarios en nuestra opinión. Jamás se nos ocurrió a mis hermanos o a mí cogerles el coche si no daban permiso. Era inconcebible. 

Además de las escapadas a las piscinas, con el final de la adolescencia también llegaron las fiestas y verbenas populares. En aquella época confeccionábamos un calendario estival de eventos a los que acudir. Todos los fines de semana, y en ocasiones entre semana, había fiestas, la mayoría de tipo religioso (desde san Juan en junio, Santiago Apóstol, santa Ana, san Salvador, la Asunción, san Roque, san Bartolomé, san Benito de verano hasta los Milagros en septiembre), pero más tarde también empezaron a proliferar como setas en otoño las fiestas gastronómicas. Así que nuestro calendario estaba cubierto, aunque no siempre podíamos o nos dejaban ir. Recuerdo con divertimento aquellas fiestas, acababas aprendiendo a bailar pasodobles, merengue, salsa... bueno, al menos compartíamos esos bailes. Daba igual que después jamás fuésemos a garitos con esa música, en las verbenas populares nos mezclábamos todos. Las orquestas siempre tuvieron mucha aceptación en Galicia. Pueblos hay en los que sin apenas vecinos pagan mucho dinero entre todos para contratar una orquesta al menos el día del patrón.


Cuando a las tres o cuatro de la madrugada se acababa la música nos retirábamos a alguna bodega a preparar la queimada, esa bebida gallega hecha a base de aguardiente blanca en el que se queman granos de café , trozos de manzana y cáscara de limón. Nunca nos sabíamos el conjuro, pero improvisábamos. Ahora está escrito hasta en mandiles de cocina y trapos de secar. Muchos noviazgos se iniciaron en las bodegas mientras nuestros rostros se extasiaban bajo el resplandor azul de la queimada. Otros se rompieron. Algunos iniciaron sus primeros contactos sexuales al calor del fuego y de la bebida que se maceraba ardiendo. En las verbenas del pueblo natal se nos permitía regresar a casa de madrugada. Los mozos bebían mucho, es verdad.


Queimada galega


Días de verano, lo que recuerdo con melancolía, con envidia incluso (con la distancia que ofrece el paso del tiempo), era esa sensación de que entonces todo era posible. Cada salida, cada fiesta, cada día era la posibilidad de una aventura, de una emoción, un nuevo plan, algo digno de ser anotado en el Diario de la vida. Todo estaba al alcance de la mano, la atracción, el deseo, el amor, las noches interminables, las estrellas, el futuro. Todo eso se fue desvaneciendo poco a poco. Es lo que menos me gusta del paso del tiempo, de envejecer: que ya el camino está hecho, queda por detrás, hacia adelante cada vez menos y menos la opción de esperar algo bueno, de volver a experimentar esa sensación, esa adicta sensación de que todo es posible, ese vértigo al imaginar lo venidero. Y que sucediese, que realmente sucediesen cosas, cosas que ya no volverán a pasar. No me malinterpretéis, no volvería atrás, no volvería ni loca a la adolescencia, a vivir lo vivido. Hablo de poder mantener en la edad adulta esa esperanza, ese vértigo, esa ilusión. Y que no se quede sólo en eso, en ilusión, sino que se materialice. Aquí. Ahora. En verano. 

Praia  América. Nigrán. (Pontevedra) Galicia.  31-08-2018

Praia América. Nigrán. (Pontevedra) Galicia. Al fondo, Baiona.

Pronto empezará el otoño. Y ya sabéis lo que pienso del otoño.

Uol

domingo, 26 de agosto de 2018

La pregunta LVIII


¿Por qué?
Disfraza de escepticismo lo que es desconfianza.

Uol 

Escepticismo: s.m. Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo.


 

jueves, 9 de agosto de 2018

El hombre dulce


LLegó. Y se fue. El hombre dulce deja su sabor en tu boca. 
Recuerdas su esencia como las chuches de la infancia. Con cierta distancia y cierta añoranza. 
Uol 

James Spader

lunes, 23 de julio de 2018

Suicidio



Estoy muy segura de que a mis padres jamás se les pasó por la cabeza que un hijo suyo pudiese suicidarse. Estoy convencida de que esa posibilidad, por muy disgustados que estuviésemos  -¿y lo estábamos a sus ojos hasta ese punto?- jamás fue una probabilidad. Era algo inimaginable, impensable. Los padres de ahora están acojonados. 

Respecto a sus hijos mis padres tenían miedos, sí, pero eran otros: miedo a un accidente de coche cuando empezamos a ir con amigos a las fiestas veraniegas de los pueblos y los controles de alcoholemia eran algo insólito, las carreteras comarcales llenas de curvas y la responsabilidad del conductor post-adolescente, dudosa; miedo a que me tropezase con algún malvado, alguien que me engañase o se aprovechase de mí mientras fui muy jovencita (todos los padres siempre vigilantes sobre con quien nos relacionábamos). Quizás miedo a caer en las drogas. (Ese pavor a que nos echasen droga en la coca cola, y nuestras risas, sí, van a desperdiciarla en nosotras,  mucho antes de que fuese una realidad con la burundanga. Las risas de mis hermanos, sí, mami, nos van a dar caramelos drogados). Y, aunque nunca me lo dijeron abiertamente, supongo que con el primer novio sintieron temor a un embarazo no deseado mientras no tenía la vida encauzada y en una época (las aldeas siempre una década atrasadas) en la que la posibilidad de un aborto se consideraba algo no sólo traumático y horrible, sino también vergonzoso y grave pecado. Pero salvo todo esto, nada más les inquietaba sobre nuestra seguridad. Ni siquiera las enfermedades infantiles les angustiaban, todo se curaba con agua oxigenada, mercromina y una tirita. Y eso incluía cantazos en la cabeza, cortes de todo tipo, arañazos, caídas y tropelías varias de los niños más revoltosos. Nos caíamos, nos levantábamos. Algún costurón hubo en la pandilla, incluso alguna quemadura con petardos, pero nuestros padres no sólo no se angustiaban, sino que nos daban una colleja, por tontos. Apanda, nos decían. Y nos aguantábamos. Ellos lo habían pasado peor, de eso no se moría nadie.  Y hubo picotazos de abejas, rodillas con costras, cejas abiertas y algún brazo roto. Y no pasaba nada.  Yo era una buena niña, nunca me caí de gravedad y pedradas no me daban, ya sabéis que mis hermanos mayores eran tres torres, pero ellos tuvieron lo suyo. Jugábamos en la calle -en medio del campo más bien-, sin vigilancia, dentro de tuberías de cemento de las canalizaciones a medio hacer, en coches oxidados y abandonados en cunetas, en medio de huertas con pozos apenas tapados... cualquier cosa podía convertirse en peligrosa en nuestras andanzas en libertad, podíamos cortarnos con metales oxidados (y la amenaza de la gigantesca inyección del tétanos nos volvía precavidos), mordernos un perro, caernos con la bici haciendo derrapes... pero jamás nuestros padres pensaron que llegaría alguien y nos secuestrase o abusase de nosotros; estoy segura de que ni sabían que existían pedófilos o violadores de niños. Y si lo sabían, eso eran desgracias que sucedían en las grandes ciudades, donde se escondían personas perversas, no en pueblos donde todos nos conocíamos y no había mala gente.

En mi pueblo la desgracia era que la tierra no diese para comer, tener que emigrar. La gente era fuerte, resistente. Por tanto, la posibilidad de que ante un revés emocional uno de nosotros, un chico o chica del pueblo, se suicidase, era una opción inimaginable, algo propio de novelas románticas anticuadas donde damiselas desesperadas por amores imposibles o abandonos vergonzosos se tiraban al río.  No ahora, no en el pueblo, no en sus familias. Y, sin embargo, hubo casos, no en mi pueblo, pero sí en la provincia, salían en el periódico: una joven bebió pesticida líquido, un hombre se colgó de una viga en un galpón. En realidad había bastantes casos como para no considerarse anecdóticos, pero nuestros padres siempre encontraban causa a esos suicidios: trastornos mentales (sempre foi algo rara), alcoholismo, deudas... Eran meras suposiciones que ellos daban por veraces para no enfrentarse con esa realidad, así nada tenía que ver con ellos ni con sus familias. Y en corrillo y en voz baja todos en realidad hablábamos de la muerte espantosa, con dolores inimaginables, o el susto de los allegados al encontrar el cuerpo colgado. Algo de película de terror. 


Cuando he tenido penas de amor, rupturas de novios, preocupaciones laborales... siempre intenté ocultar a mis padres mi desazón, mi tristeza, mi desesperación. No por falta de confianza sino por responsabilidad. Si nada podían hacer por mí, ¿para qué amargarles la vida? ¿Acaso no tenían ellos sus propias preocupaciones? Los adolescentes de ahora les cuentan TODO a sus padres: sus enfados de diez minutos con las amiguitas de instituto, su rabia porque Jonathan o Kevin no les hacen caso o las han dejado por Jessica o Katia, que si el profe les tiene manía, que si Cristian ha dejado de seguirles en Instagram ... y allá que están los progenitores intentando solucionarles las amistades, la vida social, y hasta la amorosa, incluso llamando a los interfectos para pedirles cuentas, solicitándoles a las madres que sus niñas sean amigas de sus hijas o a ellos cuestionándoles que a ver por qué ya no quieren salir con su niña. Y al ver sus lloros y caras tristes, a los padres de ahora les entra el pavor, el horror de pensar que sus hijos se puedan suicidar.  A mí, si se enteraban de que me había enfadado con alguna amiga, porque contar no se lo contaba, me decían, déjate de tonterías, ya se os pasará. Entendían que esas desavenencias formaban parte del proceso de madurar, de la propia edad. Ahora todo es un drama, un trauma y un no vivir. 


Es terrible sentir ese miedo, ese miedo a que un hijo tuyo pierda el norte y ante un revés pueda llegar a quitarse la vida. Veo a madres husmear entre sus cosas, preguntarle todo el rato si está bien, temer incluso a recibir la llamada. Y eso porque el hijo y la novia han roto, porque su hija no ha aprobado el examen o ha visto a su novio con otra. Y a ver... son noviazgos  adolescentes, que te están dando ganas de decirle pero si vas a enamorarte diez veces más antes de los treinta. Pero claro, cada persona siente diferente. Y aunque los padres y madres actuales creen que conocen mucho más a su prole de lo que antes nuestros padres, resulta que no es cierto. Son ellos los que sienten pánico a ver tristes a sus hijos, empeñados desde la infancia en tenerlos entretenidos y contentos, chiquillos que no saben enfrentarse al disgusto, a las injusticias de la vida, a las frustraciones, al aburrimiento. Y cuando las cosas no salen como ellos quieren, viene el crujir de dientes y entonces aparece el miedo a que se maten a las primeras de cambio, porque en realidad no conocen a sus hijos, sus verdaderas debilidades y fortalezas. La comunicación es vital; la sobreprotección, un gran error. Y encima no da seguridad a los padres, al contrario, los confunde, los desconcierta, los llena de temor. Los adolescentes quieren normas, necesitan normas, aunque sea para saltárselas. Que me diga mi padre lo que tengo que hacer, le escuché a un adolescente hablando con otro en la marquesina del autobús mientras esperábamos su llegada. Para eso es mi padre, dijo. Aluciné por colores. Bueno, no, yo ya lo sé. Quienes no parecen saberlo son los padres y madres. Quieren ser coleguitas de sus hijos adolescentes. ¡Hay que joderse! 

A estas alturas ya conocéis mi miedo a enfermar, a la muerte. Pero esta fobia surgió al final de la veintena. En la adolescencia la muerte es algo abstracto, nos creemos inmortales. Así que la Uol adolescente reflexionó fríamente sobre el suicidio. No porque tuviese motivos para sentirme desesperada, sino como reflexión teórica. Y porque cuando me enrabietaba con mis padres (principalmente porque no me dejaban ir a alguna fiesta, decisiones en mi opinión arbitrarias, a aquella sí, a ésta no. Ahora pienso que los permisos eran en función de sus propias ocupaciones, porque no podían llevarme o para que no me acostumbrase a la jarana), llegué a decirles una vez que ojalá me muriese para verlos llorar tras mi ataúd, ya se arrepentirían de no haberme dejado ir a la fiesta (ojo, dije ojalá me muriese, no voy a matarme). Mi madre no me hizo ni puñetero caso, y mi padre respondió que no dijese tonterías. Ya os he dicho que los padres de antes no se dejaban intimidar por esas amenazas. Sabían cómo éramos sus hijos. Y añado que la posibilidad de un suicidio no era una opción plausible para ellos. Imposible.  Eso era de gente enferma. Estar enfurruñada nunca me duró más allá de una hora. A ellos, menos. Así que en realidad, básicamente, yo le daba vueltas en plan teórico a qué opción de suicidio sería la menos dolorosa. Ninguna me convencía: cortarse las venas, qué dolor, y en la bañera -que decían que con el agua caliente dolía menos-, qué trauma para el que te descubriera, ¡todo lleno de sangre! En la cama, peor, tendrían que tirar el colchón. Las pastillas, retortijones, debe doler, se decía que hacían lavado de estómago. Tirarse de un puente: jo, quedas destrozado, pobre familia para el reconocimiento. ¿Y si te arrepientes en pleno vuelo? Arrojarse al río o al mar, la sensación de explotar los pulmones debe ser un espanto. Y si no encuentran pronto el cuerpo... ¿es eso de que hablan de que están tumefactos, hinchados e irreconocibles por el agua? Ay, no, pobres mis padres. ¿Colgarse de una viga, de un árbol? No, que horror... Total, que ninguna opción me servía. Es difícil matarse, pensaba.



A los veinte años yo opinaba que los suicidas no estaban enfermos, sino que sabían muy bien lo que hacían. ¿Habrían valorado las opciones como mi yo adolescente? Seguro que sí, y aun así, lo habían hecho. En aquella época me parecía indigno quitarles el criterio de pensar que eran libres para tomar esa decisión. Los suicidas se mataban porque querían y punto. Al menos algunos (los que se mataban por amor, las chicas principalmente, me parecían parvas. Yo era muy intransigente con esas debilidades en la adolescencia. Que se maten ellos, encima  quedan libres para salir con otras mujeres, pensaba. ¡Serán bobas!). Si querían morir, ¿por qué los denostábamos diciendo que no sabían lo que hacían? Yo entonces aún creía que los humanos podíamos ser libres, que de facto éramos libres para tomar decisiones, incluso la de decidir morir. Ya podéis imaginar que a los treinta dejé de creer eso. Estamos condicionados por todo. Nuestras decisiones nunca son libres en strictu senso.  Más tarde se me planteó el tema de la eutanasia. ¿Si yo estuviese desahuciada y con dolor, querría morir? Sí. Un suicidio asistido. ¿Oxímoron? Sí. Pero, visto mis descartes adolescentes, alguien tendrá que ayudarnos, digo yo. En fin, éste es otro tema. 

A lo que iba, que estar disgustado, triste, deprimido  o enfadado un hijo o hija no era motivo de gran preocupación para los padres de antaño. A mis padres y a los de su generación no se les pasó nunca por la cabeza que un hijo suyo se pudiese suicidar. Los de ahora, repito, están muy asustados. 
 
Y lo peor del caso es que te contagian ese temor. También yo he sentido hace poco ese miedo a que alguien muy cercano haga una tontería. Así dicen los padres, a ver si hace una locura. Bofetadas debíamos darnos, ¿acaso no los hemos criado? ¿Acaso no los conocemos? Que sufran es parte de la vida y no se puede evitar. Ya hemos pasado por eso, ya hemos sufrido, sabemos que se pasa, todo pasa. Pero como siempre, generación tras generación, pensamos que ante esa tesitura, ante esa situación nosotros sabríamos reaccionar mejor, todo ese asunto lo sabríamos manejar mejor. ¡Qué tontería! Ellos también saben.

Uol