martes, 22 de mayo de 2018

El vientre de un arquitecto


Volver atrás. Recuperar aquellas sensaciones. Quiero. 

Pero ya nada es igual. 

Mis cicatrices no son marcas de nada. Míralas. ¿Para qué sirven? Para nada valen. El precio que pagué por ellas ha sido un despilfarro, qué derroche de sentimientos. Vanos. Todo vano.  Pudriéndose. Efímero. Inerte. 

Mira mis escarificaciones. Tú las hiciste, las diseñaste incluso. ¿Y para qué?  Marcas que ya no significan nada, sin sentido, perdido todo fundamento. Que las borre el viento, hojarasca a su merced, arrebolada, ilusoria. Pero no puede ser, aquí están, indelebles, imborrables, recordándome una y otra vez lo que fui y ya nunca seré. Triste recordatorio de una vida malograda, desperdiciada en sentir lo suficientemente profundo como para ganar una nueva pústula, el estigma que me señala como una estúpida loca que busca en el espejo siquiera el tenue rastro de lo que un día fue la vida.

Uol

Música: Wim Mertens, banda sonora de El vientre de un arquitecto de Peter Greenaway.


lunes, 7 de mayo de 2018

Encuentro casual



Hace tiempo que no me convocas para contarme una de tus historias, Lou. Así que debo inducir que se trata de algo importante. No, no creas, bueno, quizás... Tampoco es que tenga que tenerte al día de mis miserias y sequías. No soy el parte meteorológico.  Vale, lo que digas, desembucha. 

Tendría que remontarme a... No empecemos con tus digresiones, al grano, que te conozco. Es que los antecedentes son importantes. Vaaale. No pongas esa cara, está bien, abrevio, pero luego no empieces a interrogarme por cabos sueltos.  Uol resopló, como siempre. ¡Dudar así de su capacidad detectivesca! No tiene remedio.

Hacía un par de meses que no salía de juerga: temporada de trabajo, invierno lluvioso, pocas ganas y alicientes, pero sobre todo una amiga que estaba en fase pasional con su última conquista y que era con la que yo más salía habitualmente los fines de semana. Así que llevaba mucho tiempo sin verlo,  muchos meses en realidad. ¿A quién? Uol se embala. Te jodes, ahora no pienso aclararte nada. No haberte saltado el prólogo.  Uol finge enfurruñarse pero se recupera enseguida. ¡Buena es ella!  Ya, un fichaje al que controlas, pero con el que nunca has hablado. Y seguramente del tipo que te mira y remira y no dice esta boca es mía. Fichaje de lejos. Un lento.  Ya sabéis por qué a veces la estrangularía. Un tímido, precisé. De los que te ponen a cien, añadió ella, que me conoce mejor que yo misma. A mil, apostillé yo. Y sí, mirada clavada, pero nada más. Y no coincidimos en los bares más que de  pascuas en ramos. Casado o con pareja. Y sólo sale los viernes o sábados "de chicos", peña de pachanga o similar. Me largo, ya que lo sabes todo. No, no, no, porfi, cuéntame, please. Me pone Uol esos ojillos de  lánguida gatita escondiendo las uñas. Temo yo sus zarpazos más que el pastor un nublado. En fin, me ablando enseguida. 

Más bien creo que solamente coincidimos en ciertos locales, y que los encuentros quedan al albur del destino y la casualidad, y ésa no es muy amable conmigo últimamente. Un día lo vi en un bar de la zona de vinos con un par de amigos y una pareja con un bebé. Hablaban y en un determinado momento la pareja se despidió y él le dio un besito al bebé, que estaba en brazos de la chica. Imaginé que era la hermana, el cuñado y el sobrinito. Me pareció un hombre tierno y cariñoso. Ya está la peliculera ésta. Pero, chica, ¿por qué fabulas así? ¿Y tú por qué eres tan positivista?  No sé, en todo caso la casualidad y tú os lleváis extraordinariamente bien, porque te pasa cada cosa... No respondo y pongo mi cara de ultimátum. Ella bebe y calla, precavida.  

En resumen, después de meses en plan hogareño acudí a una cena con colegas del trabajo. El restaurante estaba ubicado en una parte de la ciudad que no suelo frecuentar. ¡Con decirte que tuve que buscar en el google maps el local y no lo encontraba porque no estaba registrado el nombre! Lo habían reformado hacía poco y les habían dado buenas referencias a la organizadora. Como no me gusta llegar tarde en plan reinona y tampoco puedo alegar tener que "acomodar o gando", suelo ser puntual. (Explicación para los no gallegos: acomodar o gando significa literalmente preparar al ganado para la noche: se encierra a los animales en el establo, se les echa hierba seca (xestas) para formar la cama, se les provee de forraje o comida, lo habitual. En sentido figurado, en Galicia decimos acomodar o gando, cuando las mujeres dejan a sus hijos cenados, en cama, y al marido también acomodado, es decir, con la intendencia doméstica solucionada porque tiene que salir. No digáis que no tiene su pullita la expresión).

Entré en el restaurante diez minutos antes de la hora. Lo vi frente a mí nada más atravesar el umbral. Literalmente me dio un vuelco el corazón. Creo que se  me dilataron hasta la pupilas. Y juraría que a él le pasó lo mismo, porque, no es ya que me reconociera, of course!, sino que pareció quedarse perplejo. Ya está ésta con sus fabulaciones. ¡Que te calles, coño! Uol  retrocedió. Sabe que si me cabreo puedo medirme con ella. Estaba sentado  a la barra, rodeado de amigos, algunos de pie. No había nadie de mi grupo y me fui a la otra esquina de la barra. Hacía una pequeña ele. Él giró la cabeza siguiéndome sin ningún disimulo. Me senté en un taburete, pedí una caña de 1906.  Un par de minutos después, dos de sus amigos giraron la cabeza hacia mí, ellos sí con disimulo. Pensé si él les habría comentado algo. ¡Anda ya!, explotó Uol. Son tíos. Ven a una mujer sola en una barra de bar y miran. Ni siquiera hace falta que estés buenorra, no te emociones.  Ya imagino, ya. Y gracias por el espejo.  Pero, sigue, sigue. Uol no se deja alcanzar por mis dardos. 


Yo ni siquiera saboreaba mi cerveza, como suele decirse unas me iban y otras me venían. ¡Anda que si un día publicase mis historias y me tuviesen que traducir a otros idiomas qué traballiño les daría a mis traductores con tanta frase hecha, dichos populares, jerga y expresiones coloquiales! ¿Pero a quién le iban a interesar tus relatos, tontiña? Claro, claro, si aún fuesen las tuyas, doña Uol, con tus conquistas y polvazos. Yo soy una dama y jamás contaría mis andanzas, Lou. Esta Uol siempre se sale con la suya.  A lo que iba, las miradas se cruzaron otra vez, y otra. Yo rezaba para que mis colegas se retrasasen. Sentada en aquel taburete no sabía qué hacer. Entonces él se levantó y le oí decir, se dirigía al camarero claro está, ponme un mencía, un Ladairo. ¿Cliente habitual? Entonces vi con sorpresa que cogía unas muletas.  Se dirigía al servicio.  


 Tenía un tobillo vendado, sin escayola, el pie al aire, sin calcetín. Pachanga futbolera de finde, ya te lo decía yo.  Ni me molesté en contestarle. El jersey se le subió un poco al apoyarse en las muletas, de ésas con apoyo en los antebrazos. Vi un poquito de su abdomen, así, lisito, con algo de vello, y salivé. Mi corazón tam tam tam tam llamando a Eros, llamando a Eros. ¿Qué hago, qué hago?  Uol ponía los ojos en blanco, harta de mi indecisión. Bebí otro trago y me armé de valor. Uol me miró con emoción. ¿Te marcaste un Uol?, me preguntó. Ni caso. Cuando regresó del baño me miró de nuevo, estaba en su trayectoria, y le pregunté con todo el morro. ¿Qué te ha pasado? Y él con toda naturalidad: rotura de ligamentos. Latoso, dije. Él se detuvo frente a mí y me lancé, perdona que te haya abordado así, pero es que tengo la sensación de conocerte de algo, me resultas familiar.  Sonrió tímidamente Pum Pum Pum. ¡Eeeh!!? ¿Le dijiste esa chorrada? Uol, la implacable. Entonces mi chico tímido me preguntó con la mirada algo baja ¿Le dices eso a todos los lesionados? No, respondí, sólo a los que tienen rizos, y ojos y nariz grandes. Se rió, algo ruborizado. ¿No creerás eso que dicen?, me preguntó. ¿Qué cosa? Que el tamaño de la nariz es proporcional a... otros tamaños. ¡Mira para el timidito!, se rió Uol. Déjame ver tu mano. Vaciló un segundo, pero se apoyó en el pie sano (¿cuál era el herido?, ay Dios, no recuerdo) y me la ofreció. La sujeté suavemente sobre mi palma. La amplitud de tu mano me dice que no iba a tener queja al respecto. Su carcajada brotó clara y espontánea. Me derretí allí mismo. Bueno, bueno, eso habría que verlo. Mi cara de boba respondió por mí. Pero en ese instante se abrió la puerta y entró la primera de mis colegas, toda sofocada, porque creía que llegaba la última. Era de las del sector gando. Él se retiró entonces a su lugar y yo me quedé mirándolo por encima del hombro de mi compañera, con una interrogación en la mirada, con una ilusión en el corazón. Él me devolvió la mirada y nació en mí una luz, una esperanza que... Olvídate, masculló Uol. Ya estás tú! Y tú con tus fantasías. Que te olvides, te digo. Es un tío, le dices eso y no te pide el número de teléfono ni una cita. Olvídate, está casado, tiene novia o es gay. Bueno, en los dos primeros casos hasta te pediría el teléfono, no te digo más. Uol y sus teorías. Oye, no todo el mundo es atrevido como tú. Yo no soy atrevida, veo la realidad, a todas horas, con todo el mundo. Estupideces. No era el momento, las circunstancias... La circunstancia es que le estabas ofreciendo tu cabeza en bandeja de plata y él se retiró a sus cuarteles de invierno, con sus amigotes, su pachanga traicionera  y su cerveza. Vino tinto. Lo que sea. Olvídate. No es para ti. En el mejor de los casos, es un indeciso.  No sé qué tiene Uol contra los indecisos que no los traga. Pero yo los comprendo muy bien.

Ni que decir tiene que me pasé la cena in albis, no me enteré de ná, ni siquiera cuando a los chupitos llegaron algunos jugosos cotilleos. Yo estaba con mi cojito bailando un agarrado de los de antes. Para bailes estaba él, el pata palo, ironizó Uol. Puta mierda, puta mierda, exploté yo. Esa boquita, Lou, me recrimió Uol.  Perdón, ya sabes que soy muy educada y con vocabulario más que extenso, pero no me digas que  para el caso, el registro vulgar es el más adecuado. Y fácil de comprender en su intenso matiz, se burló Uol concesiva.





Ay, amigos! ¿Qué pensáis de todo esto? Estoy que no vivo y Uol se burla de mí. ¿Es cierto que mi osada entrada en campo minado ha resultado en vano? ¿Crucé las líneas enemigas y sal los escollos sólo para descubrir que me pasé de frenada y vuelvo a estar en terreno neutral?

Uol

sábado, 28 de abril de 2018

Volar

Volar, volar, volar.  

Hay quien lo hace físicamente y quien lo hace con la mente. Todos los días. A todas horas. Viajar a ese sitio donde la vida no es perfecta, simplemente ES. Un mundo paralelo donde las hojas son violetas, al violín le brotan hiedras mientras es tañido y un saltimbanqui vuela, se eleva, goza.

Mi temor es quedarme prendida en ese mundo para siempre. No desear retornar a esta dimensión, negarme a regresar, a volver.

Pero después me asalta una duda: si la vida es vuelo, ¿dónde posarse?

Uol 

  
Vídeo: HEADWAY ( Nicolas ROMIEU - Yohann GRIGNOU )

domingo, 15 de abril de 2018

Renacer



Riberas del Miño. Auria.








Cada gota se va perdiendo en su inevitable caída. Se evaporan unas, se malogran otras apenas se han formado. Es su sino. Unas llegan a meta, otras se pierden por el camino, alguna jamás llegará a iniciar la ruta. 

Y aquí abajo, mientras tanto, miramos al cielo. Queremos agua, necesitamos agua. Ahora ya nos sobra, ahora ya no la queremos. Siempre insatisfechos los humanos, siempre pidiendo lo contrario de ayer; siempre echando  las cuentas de la lechera; siempre pensando que no tenemos lo que nos merecemos. Y cuando lo tenemos, nos sobra. Como el agua, como la lluvia. 

Empiezo a aborrecer las metas. Sobran las metas. No hay metas, sólo camino. 

Quizás es que he alcanzado una edad en la que lo único que importa es el camino. Porque el camino, quizás, ya no conduce a ningún sitio en concreto. Sólo al goce de caminar.

Uol Free

Renacer: 1.Volver a nacer. 2. Volver a tomar fuerzas o energía.

Vídeo: Auria alcanzada por la primavera.

jueves, 22 de marzo de 2018

Sólo son ganas de llorar




El asalto

Cuando el dolor regresa,
de improviso,
y te asalta en el umbral de la nostalgia
y encañona tu sien contra el recuerdo
sabes bien que sólo puedes claudicar.

Son sus manos
las que hurgando en tus bolsillos
te devuelven viejos fríos del pasado.
Y el silencio deja paso a otro silencio
hasta que el dolor se aleja del lugar.

Sólo entonces
cuando el dolor se aleja,
te atreves a mirar en los bolsillos
y sientes una súbita vergüenza
y no aciertas con la llave en el portal.

Y de nuevo,
te impones la distancia,
la lógica febril, la compostura.
Y lo llamas cordura o equilibrio
cuando sólo son ganas de llorar.

Anay Sala: Medidas cautelares. Rúbrica Editorial, Barcelona, 2012

jueves, 15 de marzo de 2018

Esconder la cabeza


No nos engañemos: nadie quiere escuchar la verdad. Y menos de labios de la persona amada.
Uol 

jueves, 8 de marzo de 2018

Señora Milia, costurera



¡Si mamá Corona pudiese verme ahora! Ella siempre me miraba con un brillo especial, como si pudiese leer mi futuro, siempre confió en que yo me salvaría de la miseria que nos rodeaba. Yo entonces no era consciente de aquella realidad. Era una niña como todas, de ropa remendada y pies descalzos. Mamá Corona me recogía bajo su manto las noches de helada y viento. Rezaba o susurraba o hablaba con los muertos, no lo sé. Todavía siento sus manos ásperas y calientes palpando mis brazos, mi barriga, arropándome, haciendo cruces sobre mi frente, mirando las palmas de mis ateridas manos. Mamá Corona tenía manos encallecidas, pero yo no había conocido otras, para mí eran las manos más hermosas del mundo. No le diga esas cosas a la niña, le decía mi madre cuando mamá Corona me susurraba, Diolinda, miña nena, ti coñecerás mundo; estes non poderán contigo. Mamá Corona sólo tuvo una hija, mi madre, porque mi abuelo se fue a hacer las Américas y nunca regresó, condenando a mi abuela a ser otra viuda de vivo de las muchas que había entonces. No se le conoció otro hombre, aunque según me confesó poco antes de morir, los hubo, al menos dos, confesos. Pero su situación irregular impidió otra relación que no fuese clandestina. Y eso, contra todo pronóstico, acabó por alejarlos. También ellos querían familia y prole. Mamá Corona tuvo poco tiempo para hacer carantoñas y mimos a mi madre, si es que alguna vez los hizo, no fue nunca mujer de garatuxadas. Sus demostraciones de cariño hacia mí eran cuestión de piel, de miradas, de manos protectoras, nada de besuqueos ni pucheros, que eso me lo echaba en cara Silvano, que decía que yo era seca como una era de trigo. Mamá Corona no pudo atender apenas a mi madre, apremiada constantemente por la necesidad de conseguir jornales para sobrevivir. Del emigrante, como ya he dicho, nunca más se supo y la familia paterna se desentendió de la nuera y de la nieta, abrumados por sus propias necesidades, tampoco a ellos enviaba dinero. Quizás hasta miraban recelosos a la nuera: la consideraban culpable de aquella deserción.

A veces pienso que mi madre llegó a tener celos de mí, de esa atención que mamá Corona me prestaba y que a ella nunca concedió. Otras creo que simplemente nunca se llegaron a entender. Quizás mi madre le recordaba al marido huido. Y además eran muy diferentes, mi madre siempre le pareció asustadiza y débil, alguien que obedecía mansa y sumisa, boi de palla. 

Mi madre se casó muy pronto, era el sino de aquellos tiempos. Y mi padre se murió prematuramente, aplastado por un carro. Tres fotos tengo de él: la del reclutamiento, la de la boda y una en la que me tiene en brazos; yo, un revuelto de trapos; suerte que pasó un fotógrafo ambulante por el pueblo, retrató a casi todo el mundo; cada uno le pagó con lo que buenamente pudo: al parecer el hombre era de buen conformar. Dicen que esa cabecita soy yo. Seré, no se me ve apenas, una coronilla pelada.

Y de nuevo tres mujeres solas. Mi madre se empleó en casa de doña Emerenciana, la mujer del boticario de la villa aledaña. Aprendió a coser para reparar la ropa de los ocho hijos que aquella señorona paría sin cesar y que sobrevivían, magnífica raza, que decía su marido, orgulloso de tamaña rareza.

El empleo de mi madre alivió la situación en la casa y como yo era muy pequeñita, mamá Corona dejó los jornales y se ocupó de mí, sin melindres ni caprichos, pero inoculándome desde el primer día la clarividencia de las cosas obvias, la confianza en mi fuerza.

La historia se repetía, como he dicho, porque en mis primeros años de vida apenas veía a mi madre, que se pasaba los días y noches cuidando de aquellos niños belicosos e indistinguibles. Y si alguna vez me llevaba con ella, me tiraban de las trenzas y se reían de mis zapatos viejos, heredados de alguno de ellos. Así que yo prefería quedarme con mamá Corona en la casa y la huerta.

Un día mi madre llegó a casa llorando. Mamá Corona me mandó ir al gallinero a comprobar si había huevos, pero no había huevos, que ya los habíamos recogido aquella mañana. Mi madre lloraba y lloraba y mamá Corona decía algo de pillar a fouciña e cortalle os collóns a quen fixera falta. Durante un tiempo mi madre no fue a casa del boticario y una tarde, al regresar de jugar con mi amigo Delio, mamá Corona me llamó y me dijo que ahora tenía un hermanito y que tenía que quererlo y cuidarlo mucho. Después me mandó unos días para casa de los Novelle y yo me puse triste: pensé que mamá Corona querría ahora más a ese hermanito que a mí y que por eso me mandaba a casa de los vecinos. Delio me susurró con gran misterio que mi madre era una fresca y yo le pegué tres morradas, no sé muy bien por qué, algo en su tono no me gustó; y entonces Delio me pidió, arrepentido, que no me enfadase, que él no pensaba que mi madre fuese una fresca si siempre iba bien abrigada. Él no sabía que mi madre ya le había dado la vuelta al cuello y a los puños de aquel abrigo de paño gastado. Mi madre quiso que mi hermanito se llamase como su padre ausente, cosa que no gustó nada a mamá Corona, pero no hubo manera de hacerle cambiar de opinión y tuvo que conformarse. Eladito, pobriño, se murió de tosferina con apenas dos añitos. Mi madre lloró mucho. Mamá Corona se pasó meses enjugando los ojos con el borde del mandil. Yo sufrí mucho. Porque Eladio, Eladito, fue mi muñeco, niño más bueno, tranquilo y dócil nunca se había visto en aquella aldea de cabestros.

Cuando mamá Corona enfermó gravemente, yo ya era mozuela y varios me rondaban a pesar del carácter que decían que gastaba. Nunca entendí eso, debía ser porque no me gustaba que me empujasen contra los muros cuando se chocaban conmigo por el camino, o porque nunca respondí a las gracietas que me lanzaban cuando llevaba a las casas los encargos de ropa que le hacían a mi madre. Sólo con Delio tenía confianza. Y eso que fue motivo de alegrías en la infancia se tornó silencio pesado con la llegada de la juventud. Delio estaba raro. Mamá Corona lo vaticinó el día que cumplí trece años y mi vecino me trajo un cestillo repleto de moras; venía todo picado, se había metido en medio de las silvas. Mamá Corona me dijo, non lle deas esperanzas ó Baudeliño, que non é home para ti.

Delio no me soltó la mano durante el entierro de mamá Corona. Para él también había sido una especie de abuela. Nos daba de merienda trozos de pan de millo untados con nata de la vaca y espolvoreados de azúcar, buscaba manzanas sin dueño en los pomares, tazas de caldo que sabía a gloria; nos dio a probar por primera vez vino dulce...



La muerte de mi abuela me partió el corazón. Mi madre, que nunca se había recuperado de la pérdida de Eladito, se volvió aún más callada y huidiza.

Delio se me declaró poco después y yo le dije que estaba de luto, que ya hablaríamos. Y un día, enhebrando entre lágrimas una aguja  al recordar que había sido mamá Corona quien me había enseñado, decidí irme a París. Allí me emplearía de costurera, mi profesión y mi carta de libertad.

Mi madre estuvo conforme. Como cabeza de familia, dio su permiso, no sin preguntarme primero qué pasaba con Delio. Antes de que se vaia el, marcho eu, le respondí. Creo que lo entendió.

Y aquí estoy, doce años después, cosiendo y cosiendo en Chez Julie. Ayer madame Ailloud me informó de que a partir del mes que viene seré la encargada del pequeño atelier. Se retira la señora Bouffort y yo ocuparé su puesto. Es un gran honor, no dejo de ser una extranjera que nunca hablará parfaitement el idioma. Ahora soy madame Biancarelli. Me casé con un italiano a los tres años de llegar a París. Silvano y yo apenas estuvimos siete meses de novios. Se mostró muy interesado e insistente. Bambina por aquí, ragazza por allá. Yo hacía como que no le entendía y le respondía en un francés nunca del todo bien pronunciado. No creo que él se diese cuenta de ello, su pronunciación no era mejor. Recordé los consejos de mamá Corona y llegué a la conclusión de que era un buen hombre. Sólo le puse una condición: no dejaría el trabajo que tanto me había costado conseguir. Ni siquiera si teníamos hijos. Silvano aceptó, el dinero no sobraba precisamente. Y así pasé de ser mademoiselle Milia a madame Biancarelli.

Escribí a mi madre una carta anunciándole mi boda. Tardó meses en responder. Decía que se alegraba y que Baudelio había anunciado su compromiso días después de comentarle ella la noticia de mis esponsales.

A nuestra manera, Silvano y yo hemos sido felices. La vida no ha sido fácil, pero tampoco amarga. He cumplido el sueño de mi abuela: he dejado atrás caminos embarrados, pies descalzos, analfabetismo y pobreza. Lo que no le cuento a mi madre es que aquí también hay miseria, y niños de mirada triste que piden en las esquinas, mujeres que se ofrecen en las calles por unas monedas y hombres violentos que vociferan tras las paredes.

Silvano consintió en llamar Corona a nuestra hija a cambio de elegir el nombre si era niño. El segundo fue François, pero él lo llamó siempre Francesco. No hubo más. Fue días después del nacimiento de Francesco que Silvano me aclaró que siempre que susurraba Dio Dio Dio mientras hacíamos uso del matrimonio, no era mi nombre, sino que era exclamación de goce, llamaba a Dios. No supe qué decir o hacer. Alegrarme, supongo. Silvano resultó ser un hombre apasionado y hasta cariñoso, no tengo queja.

Esta mañana he recibido carta de don Eusebio, el cura que le escribía las cartas a mi madre y me las enviaba. Mi madre ha muerto. Y todo ha regresado a mí, mamá Corona, Eladito, Delio, la aldea, el pan de millo, el olor de la hierba, el regato, el caldo de mi abuela, el olor del orballo, su frescura, el verde infinito...  Corona ha notado mi tristeza, mi melancolía, y se ha abrazado a mi cintura, maman, lequel est le problème? ne pleure pas, ti amo, mamaíña. Así es la vida, mamá Corona, tienes una bisnieta que habla una extraña mezcla de francés, italiano y gallego.  Y lloré, lloré mucho rato con mi hija abrazada a mí, porque de pronto me he dado cuenta de que quería mucho a mi madre, y que, al fin y al cabo, soy y seré siempre  Diolinda Milia Pumar, hija de María Pumar, costureras y tenaces ambas.

Uol 

A todas las mujeres que han luchado y luchan por su sueño, su independencia, su trabajo y su futuro.