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martes, 2 de junio de 2026

Detrás de la puerta

 


Decidió que detrás de la puerta ya no había nada que suscitase su interés. 

No se trataba de esquivarla, de pasar de largo y mirarla de reojo con prevención y recelo. Simplemente, para ella ese umbral ya no existía. No había nada. Y cuando uno decide algo, debe al menos intentar llevarlo hasta el final.

Inocentemente pensó que entornando esta puerta se abriría un sendero transitable que la acercaría a otro lugar. Pero ese lugar sólo existe en su imaginación. Un día cerró la puerta. No es trágico. Total, el sendero sigue en su imaginación. Puede recorrerlo siempre que quiera. La puerta no conduce a nada.

La cerró.


UolFree

jueves, 19 de noviembre de 2020

Jugar la partida

 

Quizás sí es cierto que con el tiempo nos volvemos cobardes: cuando tienes veinticinco años vas a pecho descubierto. Yo lo hacía. Pero eso no significó que lo valorasen, se ve que a los muchachos les advierten para que piensen que todo son imposturas; los aleccionan para desconfiar de las verdades, sobre todo de las que dicen las chicas, pues al parecer urdimos un papel que representamos y que no hay que creer demasiado. Yo no era así. Incluso a un novio le escribí un decálogo que incluía no sólo las cosas que me gustaban y algunas posibles virtudes sino, sobre todo, mis manías y defectos, para que no se viniese a engaño, para que me conociese de antemano. Así de radical era yo, un horror, lo sé, siempre hay que dejar espacio para el misterio y el descubrimiento. Yo pensaba que pese al decálogo todavía quedaba mucho margen para el misterio. Es que entonces me consideraba muy misteriosa. Hoy sé que solamente era miedosa. Y cobarde. 

Pero entonces yo me pensaba valiente, valiente y segura como para confesar los propios defectos y pecados. Sin embargo, con los años uno se vuelve cobarde; se da cuenta de que todas las bondades van borrándose como las anotaciones de un viejo ticket de compra, todas las lindezas estropeándose de forma irremediable, y eso nos vuelve cada vez más apocados: comenzamos a retrasar la partida. 

En la época del decálogo muy mal se tienen que dar los naipes para que no llegue a tus manos algún as o al menos una sota. Si la partida acaba mal te retiras del juego un tiempo, pero irremediablemente la vida te lleva de nuevo al tapete y un día estás barajando y mirando tus cartas con esperanza. ¿En qué momento el mazo oculta sus mejores triunfos para ti? Ni siquiera un mísero ocho de bastos para hacer un arrastre. Te quedas fuera de juego. Y es en esas circunstancias cuando decides no jugar. Ya no es divertido participar porque nunca ganas, nunca. Así que te retiras del tapete y casi casi de la vida. Buscas otras aficiones. Y están bien. Te dicen que están bien. Al principio tú no lo crees, pero con el tiempo te percatas de que sí están bien. Bueno, es algo, vida también. Pero, como los jugadores adictos a la vida, echas de menos aquella emoción, aquellas expectativas esperando que en el reparto de la suerte caiga en tus manos un as, un tres, un rey, un caballo, la sota de oros... Y comenzar, una vez más, la partida.

Uol


domingo, 25 de octubre de 2020

Non vou negalo

 


Non vou negalo, non.

Cando unha sente un alento xélido na caluga, os cairos da ansiedade roendo ante o gris da incerteza plena e diaria deste momento vital que nos está tocando aceptar; ante a cinza do esvaído horizonte, cando nin horizonte se albisca, entón, si, sobre todo entón, unha sente que non hai lugar máis fermoso no mundo (o lugar máis adecuado e conveniente para revivir) que enroscada entre as túas longas pernas, falándoche baixiño á orella baixo o tépedo edredón. Entrelazados, quentes e amorosos. Vivos.

Só así unha sente que vence ao Mal, ao malestar, ao mal de perder a opción de sentir, de facer bailar as sabas, de facer arder o edredón de plumas. 

A vida é posible baixo o cobertor, enroscados os dous. Si, meu neno, quero enroscarme entre as túas pernas, e susurrarche cousiñas á orella. 

Sentir, vencer á morte entre as túas pernas, sobre o teu peito. Xa.

Uol


No lo voy a negar, no.

Cuando una siente un aliento gélido en la nuca, los colmillos de la ansiedad royendo ante lo gris de la incertidumbre plena y diaria de este momento vital que nos está tocando aceptar; ante la ceniza del desvaído horizonte, cuando ni horizonte se vislumbra, entonces, sí, sobre todo entonces, una siente que no hay lugar más hermoso en el mundo (el lugar más adecuado y conveniente para revivir) que enroscada entre tus largas piernas, hablándote bajito a la oreja bajo el cálido edredón. Entrelazados, calientes y amorosos. Vivos.

Solo así una siente que vence al Mal, al malestar, al mal de perder la opción de sentir, de hacer bailar las sábanas, de hacer arder el edredón de plumas.

La vida es posible bajo la colcha, enroscados los dos. Sí, mi niño, quiero enroscarme entre tus piernas, y susurrarte cositas en la oreja.

Sentir, vencer a la muerte entre tus piernas, sobre tu pecho. Ya.


Uol

domingo, 7 de junio de 2020

Carga banzai


Era unha misión suicida, pero ela lanzouse igual. Banzai, banzai, banzai. 
No colmo do ridículo, só lle faltou cantar caraveliños baixo a túa ventá. 

             Pero non baixaches. 
                       Pero non baixaches.
                                 Non baixaches.
                                          Non baixaches.
                                                            NON 

Uol Free

lunes, 25 de mayo de 2020

Retirarse con elegancia



      E veña que hai que arriscarse, que hai que tirarse á piscina, que quen non arrisca non mama, que a vida é para os que se lanzan a campañas que semellan temerarias menos para os visionarios, que a gloria está reservada para os que ven máis alá e non só miran! 

Hai que foderse!
Ide pró carallo!

Todo iso é palabrería. É botar o carro diante dos bois, é empezar a casa polo tellado, é semellar unha tola pirada, unha desquiciada desesperada. Nin Estado de Alarma nin COVID-19 nin hostias benditas! 

O que queda, o que toca, meus, é retirarse con elegancia. 
E elegancia, queridos, non me falta!

Uol


sábado, 11 de abril de 2020

Sesgo de confirmación: árbore


Caracocha nun castiñeiro.

CANDO suceden as cousas, por que o fan? Non o sabemos. Por que os teus ollos, que xa coñecían e deixaron no cerebro a impronta do recordo, miran de pronto doutra forma? Tampouco o sabemos. Sucede. Todo sucede. Sen intervención ou con ela. Pero sucede. 
Visualiceino nun segundo. El era unha árbore protectora. 

Podería ter sido un carballo, robusto, alto, frondoso, respectable. 

Pero non. Porque lle vin a caracocha. E sentinme coma Benedicta refuxiándose dentro desa oquedade no medio da treboada. El era un castiñeiro con caracocha. Vinme e sentinme alí dentro del. Percibín o cheiro a madeira húmida, a froito goloso. Sentín coma todo o meu corpo, desde a cabeza aos pés, encaixaba á perfección naquel oco do seu corpo de madeira escura. Se el abría os brazos, eu cabía neles, toda eu, entre o seu queixo e os seus brazos, no seu abrazo, coma unha baga dentro da vaíña, coma a carne dentro da pel. El era o castiñeiro, o castiro que abría unha caracocha para que eu me refuxiara durante a treboada. Porque, meus, chovía a todo meter, caían chuzos de pé, golpeteando as follas, as pólas, as rochas, auga e máis auga a caer. 

E eu estaba á intemperie, enchoupada, percibindo cada pinga sobre a miña pel, cada ferida do corisco, cada ráfaga do vento. E alí estaba o castiñeiro, plantado e recio fronte a min. 

Eu xa pasara ao seu lado varias veces, moitas en realidade. Pero era primavera ou verán e o castiro reverdecía ocultando acaso a caracocha. Quizais eu miraba o ceo, as nubes, o chan; á ringleira de formigas coa súa pesada carga ao lombo; quizais eu percibía o cheiro do bosque umbrío, dos toxos, das xestas, do arume dos piñeiros. Quizais el estaba agochado tras carqueixas e matorrais. Sempre vira a súa follaxe alá arriba, pero era unha árbore, outra árbore. E eu observaba o río, as flores, os paxaros, os sendeiros coma meandros. 

Ata ese día. Por que? Quen sabe! Plantado fronte a min vin a súa caracocha, ese refuxio. Igual que o escultor ve a forma dentro do bloque de granito, do mármore, eu vin o meu contorno dentro do castiro, encaixado na caracocha. 

Penseino. 
Un pouco. 
Outro pouco. 
E outro. 
E refuxieime dentro. Sen preguntar, sen pedir permiso. 

Percibín alí dentro o arrecendo a madeira. Percibín o verdor, o frescor, pero tamén a solidez, a temperanza. 

E aquí estou, sen preguntar, sen permiso nin aquiescencia. Agardando. Agardando a que as pólas me oculten do mundo nun abrazo protector. Fronte ao mundo.

Uol
Benedicta Sánchez en O que arde, de Óliver  Laxe

CaracochaOco ou cavidade relativamente grande no toro dunha árbore.

El sesgo de confirmación o sesgo confirmatorio es la tendencia a favorecer, buscar, interpretar, y recordar, la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dando desproporcionadamente menos consideración a posibles alternativas. Se trata de un tipo de sesgo cognitivo y un error sistemático del razonamiento inductivo. Las personas muestran esta tendencia cuando reúnen o recuerdan información de manera selectiva, o cuando la interpretan sesgadamente. El efecto es más fuerte en publicaciones con contenido emocional y en creencias firmemente enraizadas. También tienden a interpretar que las pruebas ambiguas apoyan su postura existente.


sábado, 25 de enero de 2020

Ilusión



La ilusión se cuela en las entrañas como el agua de la lluvia entre las piedras. 
Que no se escarche, que no se hiele. Si se endurece tornará en diamante, hará crujir la piedra, la destruirá, estallará en mil pedazos. Así de fuerte es la ilusión y así de trágico el desengaño.

Uol

viernes, 26 de julio de 2019

El polvo de la venganza



No comprendía por qué seguía entrando a mirar mis estados. Y no era porque saltara su visita de alguno que le interesara al mío: es que a veces yo colgaba varias fotos y las miraba todas. ¿Qué pretendía? ¿Era mera curiosidad o quería que yo supiese que seguía mi rastro? ¿Y eso para qué? Ya nada podría reanudarse entre nosotros. Podría bloquearlo, es cierto, pero en su momento no consideré necesaria esa medida. De hecho, durante siete meses estuvo ausente de mi WhatsApp y de pronto un buen día apareció entre los que habían consultado mi estado; él, que nunca usa foto en el perfil; él, que se mantiene siempre lejano y distante. 

Se ve que el polvo de la venganza no fue suficiente. 



―Podrías venir algún día a una hora decente. Saldríamos a cenar fuera o a tomar una copa. 
―Ya sabes que hasta las nueve no llega Moncha y después son cien quilómetros. 

Moncha era la señora de la dependencia que atendía a su madre tres horas al día y que se quedaba algunas noches si él la contrataba por su cuenta, cobrando aparte, claro. 

―Ya. Siempre dices lo mismo. 
―Antes no te importaba no salir de casa. 
―Ni del colchón, lo sé. Pero la sensación de ser un mero desfogue empieza a hacer mella en mí. Y ya sabes que lo psicológico influye mucho en la libido. En realidad, todo está en la cabeza: la atracción y el deseo; el respeto y la lujuria. Y las ganas. 
―¿Y se te están pasando las ganas? 

Me la estaba jugando, lo sé, pero siempre he sido algo kamikaze, es mi naturaleza impulsiva. 

―Un poco sí. Es que el tonteo, la situación, pasear de ganchete juntando las cabezas en cómplice conversación, un vinito... todo provoca ese momento de lanzarse a la cama o al sofá. Y no que vengas ya en chándal porque ya te pongo yo el vino y hay confianza, que yo no te recibo en pantuflas de animalitos. 
―Jajajaja. Nunca he venido en chándal. 
―Ni yo soy el Everest. 
―¡Joder, es que vengo cómodo! 
―Porque ya ni te planteas salir. De antemano. 
―Ya sabes que apenas tengo tiempo de ocio. Tengo que darle el relevo a Moncha a las doce y media a más tardar, porque tiene que atender a su familia. Y menos mal que nos deja hecha la comida. Aquel día que me fui de aquí tan tarde me dijo que si iba a ser así siempre que no la llamase para pernoctar, que ella también tenía hijos que atender. 

Lo sabía. El resultado de tener hijos bien pasados los cuarenta acarreó que fuese ya huérfano de padre y que tuviese que atender a su madre, una octogenaria dependiente. Él lamentaba que esa misión tenía que haberle tocado con cincuenta años y no a su edad, cuando todos sus amigos vivían despreocupados, que es lo que le correspondía por edad. Además era hijo único. Me había confesado muchas veces que se sentía desbordado. 

―Lo sé, lo sé. Pero hombre, algún día en vez de cenar en casa podríamos salir. 
―Sí, sí. 

Pero solo sucedió una vez. 

Os preguntareis por qué no iba yo a su casa. A su casa. Con su madre. Allí

Un día me lo dijo. Que podíamos estar en el piso de arriba. La madre, en silla de ruedas, tenía ya adaptada la planta baja para su necesidades. 

Fui plenamente consciente de que lo sugirió porque sabía que me negaría. Sabe la mujer que soy yo. Sabía que jamás aceptaría. ¿Me presentaría como a una amiga que iba a pasar la noche o me colaría clandestinamente en el piso de arriba cuando su madre estuviese acostada? Demasiado bochornoso para mí. 

También me dijo una vez que el próximo fin de semana iríamos de rebajas juntos, como un plan común. (¿De compras?). Lo dijo para que yo estuviese toda la semana esperanzada. Ese finde no vino: Moncha no podía quedarse con su madre, tenía una comida familiar. 

Si no conociese realmente su situación familiar hubiese pensado que estaba casado y yo era su apaño (aunque por su profesión hubiese sido difícil justificar quedarse a dormir fuera de casa cada quince días mínimo), pero lo que llegué a tener claro es que tenía otros nidos pasajeros de fin de semana como el mío.

Y así estuvimos casi año y medio. 

Y un día me pareció tonto todo aquello. El folleteo se espaciaba, la conversación escaseaba y la historia no daba más de si, así que una tarde que me preguntó por WhatsApp si tenía plan le contesté que había quedado con mis amigas, y no volvimos a hablar de quedar, aunque seguíamos en contacto esporádico. 

A veces uno sabe que alguien se comporta con uno muy interesadamente, pero ignora las señales porque también saca un beneficio. Y cuando se acaba, se acabó. 

La vida transcurre queramos o no y este romance fue perdiéndose en la distancia de los días vividos, llenos de trabajo, clases de Pilates, spinning, cine, noches de copas con amigas, excursiones, senderismo, salidas a comer fuera y cuidar de los propios padres, cada vez menos opciones de rolletes ocasionales y mirada al frente.



Unos diez meses después de nuestra última noche pasional, él me telefoneó usando la videollamada, algo raro en su modus operandi, pues solo me mandaba WhatsApp y no era capaz ni siquiera de hacer una típica llamada telefónica. Me pilló por sorpresa y no la acepté. Sorprendida y a la vez acusando una boba vanidad me vi a mí misma hecha unos zorros, con el pelo en una coleta, vistiendo una camiseta vieja y con cara de sueño. Me recoloqué un poco y le mandé un WhatsApp preguntándole si le ocurría algo. Volvió a llamar y esta vez descolgué. Se interesaba por mí, daba vueltas y vueltas a la conversación sin llegar a nada. Al cabo de quince minutos colgamos. Me quedé mosca. Leí las noticias y até cabos. Al día siguiente por la noche, ya me había acostado, me mandó nuevos mensajes en plan picantón y recordando batallitas pasadas. Siempre hacía eso, recordar momentos sexuales pasados, como si los necesitase para entonarse. Me dijo que se acordaba mucho de mí. ¿Y por qué no has dado noticias en todo este tiempo?, le pregunté. Ya sabes dónde vivo, ¿por qué no has parecido aquí una mañana? Nos iríamos a comer por ahí, le dije con toda intención recordando que era algo que nunca habíamos hecho. Dijo que no sabía si sería bien recibido. Hombre, así no lo sabrás. A la tercera noche de mensajitos, se atrevió. Me dijo que para que no le echara en cara que solo me venía a ver los sábados, que se animaba a visitarme el próximo martes, que podíamos comer juntos. Y follar después, pensé yo. ¿Pero no trabajas?, le pregunté. Era septiembre. Dijo que aún tenía la primera semana de vacaciones, que podría recogerme a las dos. ¿Y tu madre? Con Moncha. Yo sabía a qué venía. Dos pájaros de un tiro. Pero solo iba a tener uno. Y ése solo iba a ser el que yo quería. Porque nunca había sido nada claro conmigo, porque siempre había doblez e interés en él. 


Para ser sincera, se comportó como siempre, lanzado, apasionado y picarón. Es de los que te hacen sentir que lo pones a cien en cero coma. La comida transcurrió extrañamente natural aunque nunca habíamos compartido mantel fuera de las paredes de mi cocina. Después se puso meloso y fuimos a mi casa. Siesta no dormimos aunque yo bebí tres copas de godello. Yo sabía lo que iba a pasar. El que no lo sabía era él. 

Follamos como locos, entre los efluvios del godello, mi ansia acumulada y su predisposición a la jarana. En esos diez meses había engordado unos quilitos que le sentaban de maravilla, pues tenía tendencia a adelgazar con el estrés. Además salía con un grupo de amigos a hacer bici. Tenía cuerpo de ciclista. Ahora es todo polla, pensé. Cuando deje la bici, se redondeará. Llegará un día en el que no se la verá, pensé yo rastreramente. Lo pasamos bien y me dejé llevar a pesar de que yo sabía cuál era el plan que él tenía y no me había comunicado. 

Fue entonces, después de desperezarnos, cuando le comuniqué será mejor que te vayas, ¿no? Se te va a hacer un poco tarde. 
―¿No quieres que me quede a dormir?, me preguntó extrañado. 
―Otro día, le dije. Mañana he quedado con un amigo para ir hasta Luintra para ver La Vuelta y quiero ir descansada. 

Se quedó lívido. No sé si porque comprendió que yo lo había pillado o porque su plan se había chafado. 

Sé que debería haberme sentido un poco ruin cuando salió por la puerta, pero no pude menos que considerar: si querías usar mi casa como hotel para ir a ver la etapa, haberlo dicho, ya que somos tan amigos, y no llamar de repente diciendo que me echas de menos y callar como un muerto para largarte al día siguiente a verla tú solo. Eso o págate un hotel, cabronazo. 

Y ése fue mi polvo de la venganza. 

Pero si pensáis que la cosa quedó así, os equivocáis. Me la devolvió, como ya mencioné al principio de todo. Pero ésa es otra historia que quizás os cuente otro día.

Uol

viernes, 8 de junio de 2018

Siete




Nací a media tarde. Hacía calor. Hoy hace siete años. Un escolar, diréis. Pues no, porque cada año de vida de nuestra especie corresponde a siete de vida humana. Casi como los perros. Así que, en realidad, no soy un picaruelo sino un adulto hecho y derecho. La edad media de vida que alcanzamos es una incógnita y depende en gran medida de lo sanos que estemos, la vitalidad depende de la alimentación, savoir faire y de los cuidados de nuestros progenitores, por lo que  mientras algunos a los dos años ya están muy debilitados, existen otros que alcanzan los diez. Nunca se sabe. Todavía no hay estudios científicos que demuestren la probable edad tope de nuestra raza, nuestros límites vitales. Pero en ello andan, estoy seguro. He leído algunos informes y parece que muchos estudiosos en distintos países se dedican a indagar sobre el asunto. A veces pienso que nos lo ocultan para que no suframos al conocer la fecha de nuestra mortalidad.

Por lo demás, existe cierta semejanza entre nuestro proceso evolutivo y el de los humanos, como ya advertiréis.  Yo tuve suerte. Sobreviví a mi infancia. La estadística confirma que  6 de cada 10 de los nuestros mueren durante el primer año de vida. Nos atacan enfermedades mortales, la más conocida es la pentabloggeritis displásica,  un verdadero síndrome que incluye dolencias como  el desinterés, la dejadez, la apatía, la desidia y la pereza. Cursan con dolor y mayor presencia de una u otra y acaban provocando la muerte vital. En ocasiones arrastran al coma. Y cosas del destino, en casos excepcionales puede llegar a producirse una súbita recuperación al cabo del tiempo, pero es tema que la ciencia médica aún no ha resuelto. Les llamamos los resucitados. Se han dado casos de muestras de repentino y extraordinario vigor productivo para acabar feneciendo apenas un par de meses después, un pequeño canto de cisne. 

Como he dicho, yo tuve suerte, porque durante ese primer año de vida mi madre me mantuvo fuerte y vigoroso alimentándome continuamente. Ella buscaba animosa y perseverante alimentos que mantuviesen alejada la pentabloggeritis displásica y me nutría con imaginación, anécdotas, recuerdos, vivencias y percepción de calle. Así fui saliendo adelante. Y es de aquella época de la infancia de donde conservo mis amistades más antiguas y fieles, poco importa que la vida nos haya alejado, perdidos en las bifurcaciones y meandros del destino. 

Los tres años siguientes fueron los de mi enérgica juventud, ah, no había día que no sucediese algo venturoso en mi espléndida lozanía, alegrías, fiestas, pasión, amor, también pesares e incertidumbres. Yo me sentía robusto, resistente, con las emociones a punto y el cuerpo presto. Sabéis de lo que hablo: esa percepción de poseer brío, ímpetu y resolución. Todo parecía factible, al alcance de la mano. En fin... vosotros tenéis un dicho que lo resume muy bien: Xuventude e leña verde, todo é fume. Porque el humo se disolvió inapreciable en la inmensidad del cielo internético y, como toda vida, llegan las atapas de la madurez y la vejez. 

Ya en la madurez sufrí un decaimiento al sexto año. Es lo normal en nuestra especie. Nos ataca otro síndrome que, si bien no es mortal de necesidad, nos deja debilitados en la salud, pero sobre todo, muy tocados anímicamente, se cierne sobre nosotros el abatimiento porque se vislumbra el final del camino. Uno nunca espera ser de esos privilegiados que alcanzan los diez u once años, verdaderos Matusalén. Cada vez que alguno alcanza el octavo o noveno año, la esperanza arraiga en nosotros y nos aferramos a ella esperando reunir las fuerzas suficientes para seguir alimentando la máquina, el motor que nos permita seguir vivos. El síndrome Retrorrepeticioncele acaba afectando, como he mencionado, a casi el ochenta por ciento de los nuestros, es por tanto usual y yo no fui ajeno a él. En mí se manifestó con una caída del tono vital, piel apagada y desgana y rutina alimenticia: hablaba siempre de lo mismo, cargaba las tintas en los recuerdos de mi juventud perdida y me quejaba. Creo que a vuestros abuelos les sucede algo parecido, batallitas les llamáis. Para superar el Retrorrepeticioncele los expertos aconsejan lecturas nuevas de géneros y/o autores  nunca elegidos en primera instancia; viajar, apuntarse a actividades lúdicas, tanto intelectuales como físicas, hacer spinnig, pilates, senderismo, acuagym, apuntarse a clubs de cata de vinos o manualidades. Con mi habitual escepticismo, entendí que lo recomendado era conocer gente nueva para generar experiencias, percepciones y vivencias nuevas que siguieran nutriendo a la máquina. Pero no fue tarea sencilla. Porque ya previsoramente llevaba realizando alguna de esas actividades sugeridas y el resultado era nulo. Puede que se endureciesen las piernas, pero la agenda telefónica no aumentaba. Sí es cierto que la percepción de calle volvía a nutrirse de circunstancias entrevistas, oídas y visualizadas, pero seguía faltando la pizca de sal que aportaría sabor al menú. A trancas y barrancas fue pasando el tiempo, y aquí me hallo. En mi séptimo año. Hoy es mi cumpleaños e inicio ese descenso imparable al infierno del síndrome del Animo albo o como decimos ahora de la Mente en Blanco. Poco a poco ya no se ocurre qué contar, qué decir que suene a novedoso, ya no se experimenta más que una repetición de lo ya vivido, pero a diferencia del Retrorrepeticioncele, ya ni ganas hay de contarlo, la mente se vacía poco a poco y un gran vacío blanco lo llena todo, cada oquedad, cada recuerdo, cada esperanza. 

Mis amigos más jóvenes me felicitan por haber alcanzado esta edad, ¡tantos han caído en el camino!, y se congratulan del fenómeno, pues como ya he dicho, les abre la puerta de la esperanza a ellos mismos. Los mayores me animan asimismo, y añaden que cada vez somos más los supervivientes, que diez años ya no es una fecha infranqueable, que en realidad hace tiempo que se ha superado y no de forma excepcional. 

Así que estoy en un momento de incertidumbre. El cuerpo me pide dejarme llevar, como hoja posada en las aguas finales y mansas de un río, insinuando que ya se verá qué sucede, si vivo o me apago. La mente mantiene cierta lucecita de bullicio por ahí escondida, indócil y expectante. Así que... ¡cualquiera sabe! En todo caso, gracias a todos por acompañarme en este periplo.

Uol 

(Para los que os incorporasteis más tarde, os dejo aquí mi nacimiento)


 

lunes, 7 de mayo de 2018

Encuentro casual



Hace tiempo que no me convocas para contarme una de tus historias, Lou. Así que debo inducir que se trata de algo importante. No, no creas, bueno, quizás... Tampoco es que tenga que tenerte al día de mis miserias y sequías. No soy el parte meteorológico.  Vale, lo que digas, desembucha. 

Tendría que remontarme a... No empecemos con tus digresiones, al grano, que te conozco. Es que los antecedentes son importantes. Vaaale. No pongas esa cara, está bien, abrevio, pero luego no empieces a interrogarme por cabos sueltos.  Uol resopló, como siempre. ¡Dudar así de su capacidad detectivesca! No tiene remedio.

Hacía un par de meses que no salía de juerga: temporada de trabajo, invierno lluvioso, pocas ganas y alicientes, pero sobre todo una amiga que estaba en fase pasional con su última conquista y que era con la que yo más salía habitualmente los fines de semana. Así que llevaba mucho tiempo sin verlo,  muchos meses en realidad. ¿A quién? Uol se embala. Te jodes, ahora no pienso aclararte nada. No haberte saltado el prólogo.  Uol finge enfurruñarse pero se recupera enseguida. ¡Buena es ella!  Ya, un fichaje al que controlas, pero con el que nunca has hablado. Y seguramente del tipo que te mira y remira y no dice esta boca es mía. Fichaje de lejos. Un lento.  Ya sabéis por qué a veces la estrangularía. Un tímido, precisé. De los que te ponen a cien, añadió ella, que me conoce mejor que yo misma. A mil, apostillé yo. Y sí, mirada clavada, pero nada más. Y no coincidimos en los bares más que de  pascuas en ramos. Casado o con pareja. Y sólo sale los viernes o sábados "de chicos", peña de pachanga o similar. Me largo, ya que lo sabes todo. No, no, no, porfi, cuéntame, please. Me pone Uol esos ojillos de  lánguida gatita escondiendo las uñas. Temo yo sus zarpazos más que el pastor un nublado. En fin, me ablando enseguida. 

Más bien creo que solamente coincidimos en ciertos locales, y que los encuentros quedan al albur del destino y la casualidad, y ésa no es muy amable conmigo últimamente. Un día lo vi en un bar de la zona de vinos con un par de amigos y una pareja con un bebé. Hablaban y en un determinado momento la pareja se despidió y él le dio un besito al bebé, que estaba en brazos de la chica. Imaginé que era la hermana, el cuñado y el sobrinito. Me pareció un hombre tierno y cariñoso. Ya está la peliculera ésta. Pero, chica, ¿por qué fabulas así? ¿Y tú por qué eres tan positivista?  No sé, en todo caso la casualidad y tú os lleváis extraordinariamente bien, porque te pasa cada cosa... No respondo y pongo mi cara de ultimátum. Ella bebe y calla, precavida.  

En resumen, después de meses en plan hogareño acudí a una cena con colegas del trabajo. El restaurante estaba ubicado en una parte de la ciudad que no suelo frecuentar. ¡Con decirte que tuve que buscar en el google maps el local y no lo encontraba porque no estaba registrado el nombre! Lo habían reformado hacía poco y les habían dado buenas referencias a la organizadora. Como no me gusta llegar tarde en plan reinona y tampoco puedo alegar tener que "acomodar o gando", suelo ser puntual. (Explicación para los no gallegos: acomodar o gando significa literalmente preparar al ganado para la noche: se encierra a los animales en el establo, se les echa hierba seca (xestas) para formar la cama, se les provee de forraje o comida, lo habitual. En sentido figurado, en Galicia decimos acomodar o gando, cuando las mujeres dejan a sus hijos cenados, en cama, y al marido también acomodado, es decir, con la intendencia doméstica solucionada porque tiene que salir. No digáis que no tiene su pullita la expresión).

Entré en el restaurante diez minutos antes de la hora. Lo vi frente a mí nada más atravesar el umbral. Literalmente me dio un vuelco el corazón. Creo que se  me dilataron hasta la pupilas. Y juraría que a él le pasó lo mismo, porque, no es ya que me reconociera, of course!, sino que pareció quedarse perplejo. Ya está ésta con sus fabulaciones. ¡Que te calles, coño! Uol  retrocedió. Sabe que si me cabreo puedo medirme con ella. Estaba sentado  a la barra, rodeado de amigos, algunos de pie. No había nadie de mi grupo y me fui a la otra esquina de la barra. Hacía una pequeña ele. Él giró la cabeza siguiéndome sin ningún disimulo. Me senté en un taburete, pedí una caña de 1906.  Un par de minutos después, dos de sus amigos giraron la cabeza hacia mí, ellos sí con disimulo. Pensé si él les habría comentado algo. ¡Anda ya!, explotó Uol. Son tíos. Ven a una mujer sola en una barra de bar y miran. Ni siquiera hace falta que estés buenorra, no te emociones.  Ya imagino, ya. Y gracias por el espejo.  Pero, sigue, sigue. Uol no se deja alcanzar por mis dardos. 


Yo ni siquiera saboreaba mi cerveza, como suele decirse unas me iban y otras me venían. ¡Anda que si un día publicase mis historias y me tuviesen que traducir a otros idiomas qué traballiño les daría a mis traductores con tanta frase hecha, dichos populares, jerga y expresiones coloquiales! ¿Pero a quién le iban a interesar tus relatos, tontiña? Claro, claro, si aún fuesen las tuyas, doña Uol, con tus conquistas y polvazos. Yo soy una dama y jamás contaría mis andanzas, Lou. Esta Uol siempre se sale con la suya.  A lo que iba, las miradas se cruzaron otra vez, y otra. Yo rezaba para que mis colegas se retrasasen. Sentada en aquel taburete no sabía qué hacer. Entonces él se levantó y le oí decir, se dirigía al camarero claro está, ponme un mencía, un Ladairo. ¿Cliente habitual? Entonces vi con sorpresa que cogía unas muletas.  Se dirigía al servicio.  


 Tenía un tobillo vendado, sin escayola, el pie al aire, sin calcetín. Pachanga futbolera de finde, ya te lo decía yo.  Ni me molesté en contestarle. El jersey se le subió un poco al apoyarse en las muletas, de ésas con apoyo en los antebrazos. Vi un poquito de su abdomen, así, lisito, con algo de vello, y salivé. Mi corazón tam tam tam tam llamando a Eros, llamando a Eros. ¿Qué hago, qué hago?  Uol ponía los ojos en blanco, harta de mi indecisión. Bebí otro trago y me armé de valor. Uol me miró con emoción. ¿Te marcaste un Uol?, me preguntó. Ni caso. Cuando regresó del baño me miró de nuevo, estaba en su trayectoria, y le pregunté con todo el morro. ¿Qué te ha pasado? Y él con toda naturalidad: rotura de ligamentos. Latoso, dije. Él se detuvo frente a mí y me lancé, perdona que te haya abordado así, pero es que tengo la sensación de conocerte de algo, me resultas familiar.  Sonrió tímidamente Pum Pum Pum. ¡Eeeh!!? ¿Le dijiste esa chorrada? Uol, la implacable. Entonces mi chico tímido me preguntó con la mirada algo baja ¿Le dices eso a todos los lesionados? No, respondí, sólo a los que tienen rizos, y ojos y nariz grandes. Se rió, algo ruborizado. ¿No creerás eso que dicen?, me preguntó. ¿Qué cosa? Que el tamaño de la nariz es proporcional a... otros tamaños. ¡Mira para el timidito!, se rió Uol. Déjame ver tu mano. Vaciló un segundo, pero se apoyó en el pie sano (¿cuál era el herido?, ay Dios, no recuerdo) y me la ofreció. La sujeté suavemente sobre mi palma. La amplitud de tu mano me dice que no iba a tener queja al respecto. Su carcajada brotó clara y espontánea. Me derretí allí mismo. Bueno, bueno, eso habría que verlo. Mi cara de boba respondió por mí. Pero en ese instante se abrió la puerta y entró la primera de mis colegas, toda sofocada, porque creía que llegaba la última. Era de las del sector gando. Él se retiró entonces a su lugar y yo me quedé mirándolo por encima del hombro de mi compañera, con una interrogación en la mirada, con una ilusión en el corazón. Él me devolvió la mirada y nació en mí una luz, una esperanza que... Olvídate, masculló Uol. Ya estás tú! Y tú con tus fantasías. Que te olvides, te digo. Es un tío, le dices eso y no te pide el número de teléfono ni una cita. Olvídate, está casado, tiene novia o es gay. Bueno, en los dos primeros casos hasta te pediría el teléfono, no te digo más. Uol y sus teorías. Oye, no todo el mundo es atrevido como tú. Yo no soy atrevida, veo la realidad, a todas horas, con todo el mundo. Estupideces. No era el momento, las circunstancias... La circunstancia es que le estabas ofreciendo tu cabeza en bandeja de plata y él se retiró a sus cuarteles de invierno, con sus amigotes, su pachanga traicionera  y su cerveza. Vino tinto. Lo que sea. Olvídate. No es para ti. En el mejor de los casos, es un indeciso.  No sé qué tiene Uol contra los indecisos que no los traga. Pero yo los comprendo muy bien.

Ni que decir tiene que me pasé la cena in albis, no me enteré de ná, ni siquiera cuando a los chupitos llegaron algunos jugosos cotilleos. Yo estaba con mi cojito bailando un agarrado de los de antes. Para bailes estaba él, el pata palo, ironizó Uol. Puta mierda, puta mierda, exploté yo. Esa boquita, Lou, me recrimió Uol.  Perdón, ya sabes que soy muy educada y con vocabulario más que extenso, pero no me digas que  para el caso, el registro vulgar es el más adecuado. Y fácil de comprender en su intenso matiz, se burló Uol concesiva.





Ay, amigos! ¿Qué pensáis de todo esto? Estoy que no vivo y Uol se burla de mí. ¿Es cierto que mi osada entrada en campo minado ha resultado en vano? ¿Crucé las líneas enemigas y sal los escollos sólo para descubrir que me pasé de frenada y vuelvo a estar en terreno neutral?

Uol