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martes, 22 de enero de 2019

Ellos


Comunican con los ojos.
Esas miradas profundas. Esas miradas que pasan del desgarro a la ternura.
Tendría que rebuscar en algún momento recóndito del pasado, de la infancia quizás, para comprender el origen de esa atracción, entender qué me transmite esa representación del hombre, ese arquetipo.
Quizás la fragilidad. La ternura. Nada conmueve igual que la ternura, ese dejarse caer. Intuir que no hay certezas absolutas. Dar la mano. Si hay dudas, hay oportunidad de crecer, de caminar.

Los miro y me pregunto si serán lo que trasmiten. Son actores, al fin y al cabo. Y buenos. Esto quiere decir que se transforman y adoptan las características del personaje que van a encarnar. Su carácter puede estar en las antípodas del papel. Y sin embargo... quiero creer que sí, que sus miradas son ciertas, que el fondo es suyo y no sólo la forma. Ahí está la magia del cine.

Ellos. Su piel ya curtida. Su mirada que sabe. La vida.

 Dedicado a Tomasz Kot y a Daniel Grao, actores
Uol
Tomasz Kot y Daniel Grao

Daniel Grao como Bernat Estanyol en la serie La catedral del mar



Tomasz Kot en Cold War


Cold War by Pawel Pawlikowski



miércoles, 23 de abril de 2014

Tal como éramos


Quizás porque todas nos hemos sentido alguna vez feas
en brazos de un hombre muy guapo.

Quizás porque algunas hemos renunciado a ese amor,

 pese a todo. 
Con mucho dolor.



Tal como éramos (The Way We Were)

A veces uno sabe que ya ha vivido eso, en alguna otra vida, y que volverá a vivirlo, a sentirlo.

Era un sábado y yo aún era muy joven y me quedaba los sábados por la noche viendo la tele. Y la pusieron, aquella película tan hermosa que me hizo llorar por lo que todavía no me había sucedido. Y lloré y lloré. Porque sabía que me sucedería. Y lloré más tarde, cuando efectivamente me sucedió. Y aún lloro hoy cuando escucho esa canción que me recuerda lo que fue inevitable. ¿Cómo podía yo tener nostalgia por un tiempo futuro, por lo que todavía no había sucedido?

Esa mujer comprometida, una mujer de un tiempo que parece lejano, comunista en USA, una mujer que decía lo que pensaba, que luchaba contra la hipocresía, contra las injusticias; que carecía de habilidades sociales, se toma todo demasiado en serio, a la tremenda; una mujer de físico anodino quizás, pero que es un volcán, puro amor, pura pasión. Esa mujer, esa mujer se enamora de un hombre. Pero él no es anodino, es un hombre muy guapo, de gran carisma, que sabe moverse en los ambientes, que tiene sus ambiciones, que quiere prosperar, dejarse mimar por la vida, busca el éxito. Son tan opuestos y, sin embargo, o precisamente por ello, se atraen, se desean, hacen todo lo posible por encajar como encajan sus corazones.
 
Pero amar no siempre es suficiente. Eso me lo dijo una vez un hombre que me amaba. Y es cierto. Porque la vida es mucho más complicada que encerrarse a gozar en un diminuto apartamento. Y hay que escoger. Y él no es capaz de estar luchando siempre, de enfrentarse siempre, él prefiere adaptarse, transigir, y ella no puede, no puede. 

Tanto dolor. Ese gesto de ella apartándole el pelo de la frente, desde el primer momento, ese deseo de tocarlo, ese gesto que nos trasmite el profundo amor que le tiene y que no puede contener ni refrenar. Ese gesto que se convierte en cotidiano. Ese gesto que no evita en la despedida final, cuando se reencuentran, cada uno con sus vidas rehechas, y que, sin embargo, trasluce que aún se aman, no han dejado de hacerlo y no han amado igual, sólo han elegido a alguien más cómodo, más fácil para sus vidas. 

Esa escena cuando él se gira en la cama la primera vez y la cubre con su cuerpo. Ella no se puede creer lo que le está pasando, él la ha elegido y es demasiado hermoso. Es demasiado hermoso ese cuerpo y es demasiado hermoso lo que le está sucediendo. Uno vive para un momento así, para desear un instante así en la vida. Uno no puede morirse sin sentirse alguna vez así. Uno no puede pasar por el mundo sin sentir así, al menos una vez en la vida. Sentirse diosa, sentirse única, sentir que ha merecido la pena nacer para un momento así. 

Y la separación, saber que es inevitable y sentir a la vez un dolor lacerante. Constatar que el momento Único ha pasado (¿verdad, mi pequeño?), que uno no puede dejar de ser quien es. Estás estupenda, te has vuelto a dejar el pelo rizado. Así es como lo llevo cuando puedo ser yo misma. 

Ella desaparece hacia su nueva vida, pero sabe que nunca podrá olvidarlo, nunca. Porque hay hombres y mujeres que se quedan impregnados en la piel, por siempre. 

Y mientras recuerdo, lloro con esta canción. ¿Qué puedo hacer? Soy demasiado emotiva. Y lloro cuando puedo ser yo misma.

Uol


Tal como éramos (The Way We Were) de Sydney Pollack (1973)

Música: Premio Oscar 1974 : a la mejor música (Marvin Hamlisch) y a la mejor canción ( Marvin Hamlisch, Alan Bergman y Marilyn Bergman)

Vídeo: Barbra Streisand interpreta el tema central de la película: The Way We Were.




Letra 
Tal como éramos (The Way We Were)

Los recuerdos iluminan los rincones de mi mente.
La llovizna empaña los recuerdos

de cómo éramos. 
Imágenes dispersas de las sonrisas que dejamos atrás,
sonrisas que nos dimos uno al otro 
por cómo éramos. 
¿Puede ser que todo fuera tan sencillo entonces, 
o que el tiempo haya reescrito cada línea?
Si tuviéramos la oportunidad de hacerlo todo de nuevo,
dime... ¿lo haríamos? ¿Podríamos? 
Los recuerdos pueden ser bonitos y, a la vez,
ser tan doloroso recordarlos 
que simplemente elegimos olvidar.
Por eso, las risas serán
lo que recordaremos 
cada vez que recordemos 
tal como éramos, 
tal como éramos.

Barbra Streisand, Tempus fugit


 Robert Redford, Tempus fugit


PD: ¡Feliz Día del Libro! Hace una semana he acabado de leer El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes. Me ha gustado. Me ha removido por dentro y me ha enrabietado (como casi siempre que me topo con la injusticia, la estupidez y el odio y las humillaciones).  Y me ha emocionado que existan niños que superan el ambiente adverso que los rodea. En nuestro mundo parece ya extraño que alguien se eleve sobre la estupidez que como un manto nos va cubriendo. El libro me ha recordado mucho a la película Silencio roto, (2001) de Montxo Armendáriz. Decidí, entonces, leer el primer volumen de esta serie (Episodios de una guerra interminable), Inés y la alegría, pero me está resultando más pesada, quizás por el estilo, con mucha información política de la época, parece más un documental ficcionado. Y de la ficción, me enerva y me atrae el personaje de Inés, no sé si la abofetearía por parva o le haría un altar. Almudena Grandes acaba de publicar el tercer volumen, Las tres bodas de Manolita. Imagino que lo leeré también. 
Bueno, no suelo hablar de libros, pero el Día lo merece.

¡Bicos a los que disfrutáis con la lectura!

jueves, 21 de febrero de 2013

Desencuentros

      Siempre he temido los malentendidos. Una palabra callada, una llamada no efectuada o perdida, una carta extraviada, un mensaje borrado... pueden cambiarte la vida. Eso he pensado siempre, no sé muy bien por qué. O quizás, sí, quizás es porque tuve que tomar decisiones muy pronto en la vida. Pero ¿quién no? No parece muy significativa la causa.

Un malentendido te lleva a doblar una esquina que no pensabas cruzar; un malentendido hace que calles, ofendida, una explicación que lo aclararía todo; un malentendido desencadena que no admitas una excusa. Y ese malentendido se mezcla como una pasta con el orgullo, y esa argamasa provoca que ya nada sea igual.

Muy peliculero, lo sé. ¿Por qué nació en mí este afán? Repito que no lo sé, pero en los
films donde tal cosa sucede (que son numerosos debido al buen juego que da, cinematográficamente hablando) me paso la película recriminándoles mentalmente a los personajes ¡no, no, no hagas eso, dile aquello! Pero ¿por qué te callas?, vete allí, díselo… con una impotencia que me hace retorcerme en el asiento. Mis acompañantes me dicen, cuando después comentamos el argumento y yo insisto en su torpeza, es que si no, no habría historia. ¡Vaya gracia! Tu vida al garete para que el guionista tenga su historia.


Pero no todo es negativo: esta obligación de huir del malentendido y del desencuentro me ha hecho directa, todo lo directa que quiero ser, que suele ser mucho. Mis amistades me dicen que en realidad soy opaca como cortina de Velux, lo que sugiere que soy directa de quita y pon, es decir, cuando me interesa, ¡menuda novedad!

Supongo que lo que me inquieta es que en el malentendido hay una evidente falta de control de tus decisiones, ofuscados como estamos ante una situación que nos desborda.

La última película que me ha hecho pensar en esto es Pollo con ciruelas, de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud. (Este enlace remite a un vídeo de Días de Cine y habla de la peli)

Pollo con ciruelas, de M. Satrapi y V. Paronnaud


No va de tiros.
No va de finales felices.

Va de la vida, a veces se ríe, a veces uno se retuerce en la silla; a veces se llora, se ama, se sueña, se espera, se odia, se desprecia y se libera. Pero toda la obra tiene un toque de humor que la hace grata.

Aunque al final os preguntaréis como yo ¿Por qué ella no dijo nada?

Y responderéis como yo: ya todo estaba perdido. 
¿O no? 

Uol

miércoles, 1 de agosto de 2012

Momento

     Y resulta que un día descubrimos que nos gustaría poder decir antes de buen sexo:
El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

Casablanca

¡Debe sentirse uno tan bien al percibir lo que sea que se siente en un momento así y que lleva al enamorado a decir esa cursilada! 

¿Por qué en los cataclismos queremos sentir amor y no deseo? ¿Es la necesidad de trascendencia? ¿De diferenciarnos de la parte animal? ¿De reivindicar el libre albedrío o el raciocinio? ¿Es el miedo al Más Allá insuflado en la infancia? ¿Es tanta película manipuladora?

Pero no me digáis que no tienen algo de cautivadoras esas palabras, el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos, mezcla de esperanza y desaliento, de melancolía futura y presentimiento nefasto. Nos enamoramos sabiendo que el derrumbe nos aplastará. Pero soñar por un instante que estamos a salvo, nos impregna de absurda felicidad. Porque al pronunciar esas palabras intentamos ahuyentar los malos augurios, deseamos un instante loco, un vuelco, una evasión; exactamente igual que un polvo salvaje.

Uol Free


jueves, 21 de junio de 2012

La silla de mimbre

     Desde Emmanuelle, esa silla de mimbre ha encarnado la lascivia, la lujuria en el ideario masculino. Sobre esa silla se han sentado sublimes posaderas apenas cubiertas por sedas semitransparentes. Mimbres trenzados dejados al natural o barnizados de blanco inmaculado, acúmulo de ácaros en todo caso. Desde los años 70 hermosas mujeres se han fotografiado en pose erótica en una silla de mimbre. Pero la saga la inició ella en una con respaldo de abanico; sentada allí se reclinaba indolentemente aquella mujer sensual que descubrió a los reprimidos españoles que las mujeres gozaban masturbándose, que llegaban al orgasmo sin la injerencia del pene y que se podía ser sexy con el cabello tan corto y las tetas pequeñas: Emmanuelle y su silla de mimbre; la hizo tan famosa que acabó dándole su nombre. Y desde entonces se han fotografiado sentadas en ella, mirando al objetivo con actitud lasciva, desde aspirantes a chica PlayBoy hasta pícaras folclóricas pasando por actricillas de telenovelas.


Sylvia Kristel es Emmanuelle

Miles de hogares en el mundo añadieron a sus salones la famosa silla o sillón Emmanuelle, quién sabe si arrastrados por la fantasía de contemplar a sus mujeres con las perlas y las enaguas tocándose hasta el frenesí como hacía en la pantalla Sylvia Kristel. Nada importaba la cierta incomodidad del asiento y la dificultad de la limpieza en una superficie trenzada. Nada importaba su incoherencia entre el resto del mobiliario: la silla de mimbre acabó teniendo su rincón kitsch con la mesita a juego y detrás, a modo de cuadro, un cartel de playa con palmera, hortera photocall de los 70 y que perduró en los primeros años 80.


Silla o sillón Emmanuelle

La actriz sucumbió al personaje, algo similar a lo sucedido con Maria Schneider y su papel en El último tango en París; mujeres devoradas por un papel que no consiguieron arrancar de la piel y que las persiguió siempre, abanderadas de una época de liberación sexual que, sin embargo, las discriminó para representar ningún otro personaje. Hipocresía burguesa en quienes cruzaban la frontera para ver a la Kristel gemir en un cine francés; qué  importaba no comprender el idioma, el idioma universal no necesita traducción. O la mantequilla de un Brando ajado y sexual. Eres buena para la silla (o la mantequilla), pero no para papeles serios, se les dijo a ambas. Y quizás fuese cierto, quizás no eran grandes actrices, pero nunca lo sabremos, no podemos confirmarlo.

El caso de Emmanuelle tiene su intríngulis: en los 70, como ahora, se estilaban las melenas foscas y los senos grandotes y algo caídos por su peso (ahora no pueden: llevan cemento armado dentro), los cuerpos voluptuosos, con grandes caderas y cintura fina. Emmanuelle era diametralmente opuesta al estereotipo de tía buena de la época: cabello cortito, senos breves, longilínea y frágil. Aunque este estilo ya había hecho un primer asalto en el 68 con el pelo de Mia Farrow en La semilla del diablo, pero se ve que la Farrow no tenía el sex-appeal de la Krystel, o todavía no era el momento adecuado, quién sabe. 
Mia Farrow

Hubo cantantes y actrices que aprovecharon el tirón para cortarse la pesada melena; al parecer, la mera contemplación del cabello cortito a lo chico con raya al lado provocaba en los hombres la asociación Emmanuelle y el consabido subidón. Cosas del cine y el inconsciente colectivo. Otras no se atrevieron a tanto y se quedaron en la foto con el sillón de mimbre. 

Rocío Dúrcal a lo Emmanuelle

Sara Montiel  y silla Emmanuelle

Las connotaciones sexuales de la silla Emmanuelle perduran en nuestros días y, aunque ha desaparecido de las casas con un mínimo sentido estético, sigue utilizándose como decorado para sesiones eróticas o pseudoeróticas. 

Sienna Miller y silla Emmanuelle

Y no sólo mujeres la han utilizado para esos fines; también varones se han dejado arrastrar por su poder hipnótico: no hay más que ver a Julio Iglesias, presumido seductor que alardeaba de latin lover y sus tres  mil conquistas. También él se dejó fotografiar en la silla de mimbre, la silla Emmanuelle.

Julio Iglesias y sillón Emmanuelle

El film Emmanuelle tuvo variopintas secuelas, imagino que sin la frescura de la primera. Incluso se hicieron versiones étnicas, como la Emmanuelle negra o asiática. Algunas ya eran declaradamente películas porno, pero que conservaban el nombre para arrastrar a los espectadores a las salas, sugestionados por la esencia de la primera.












Decidme, ¿hubo en vuestras casas una silla o sillón Emmanuelle? ¿Habéis protagonizado un asalto erótico en ella? ¿Os habéis fotografiado sentadas en este símbolo erótico enseñando el potorro o... quizás os lo han pedido y os moríais de la risa?  ¿Ni sabíais de su existencia? Contadme, necesito saber.


Cuatro meses después de escribir esta entrada, falleció Sylvia Kristel, nuestra Emmanuelle. (18-10-2012)
Descanse en Paz. 

Uol Free

jueves, 3 de mayo de 2012

El piano

The Piano (1993), de Jane Campion.
Reparto: Harvey Keitel, Holly Hunter, Sam Neill, Anna Paquin.
Música: Michael Nyman.

The Piano, by Jane Campion (1993)





Ser él, el hombre del sombrero. Girar la cabeza en la playa y sentir en su piel la pasión arrebatadora que la mujer desata sobre el piano. Desear ser el piano, morir por ser una y todas las teclas del piano. Sentir la presión de esos dedos que acarician, que golpean el teclado con sentimiento, con ardor, con pasión. Ser él y sentir ese deseo punzante al experimentar a través de la música el volcán que la mujer callada guarda. Ser él y presentir que aquella mujer pequeña y frágil esconde en su interior la pasión más exacerbada. Ser él y comprender que ya no podrá dormir sin anhelar la caricia de esos dedos en su espalda, como si de un teclado se tratara. Ser él y comprender que ya no vivirá más que para besar las yemas de esos dedos, para descifrar el enigma de su oscura mirada. Ser él y pretender arrancarle una sonrisa. Ser él y sentir por dentro el ansia de ser el centro de su mirada. Celarse del piano. Y amarlo, porque es el cauce de la pasión de la amada. Ser él, y sentir como al entrar en su cuerpo resuenan sinfonías varias.


Harvey Keitel, The Piano (1993)

      ¿Y qué será ser ella? ¿Cómo será experimentar sensaciones tan extraordinarias? Esa plenitud que llena, ese don para el que no se necesitan palabras. ¿Qué será ser Ada? Esa mujer pequeña, aparentemente corriente y, sin embargo, única y extraordinaria. ¿Cómo no envidiar esa capacidad de aislarse, de evadirse, de gozar con las notas del piano resonando en la cabeza? ¿Qué será ser Ada? La mujer que consigue que un hombre rudo e inculto enloquezca de deseo al escuchar su interpretación en la playa. ¿Cómo será lograr, sin pretenderlo, que brote de un ser la parte más sensible e ignorada? ¿Cómo no morir por ser como Ada? ¿Cómo no clamar a los cielos por desatar y experimentar una pasión tan arrebatada? Una vez, sólo una vez en la vida, lograr sentir lo que siente Ada.
Holly Hunter, The Piano (1993)





No te pierdas este vídeo:

viernes, 10 de febrero de 2012

Leyenda... rural

     Soy de pueblo, de pueblo pueblo, ciento y poco personas dispersas en unas casitas de piedra y pizarra que escarpan trabajosamente la ladera de una montaña no muy alta, pero instalada sobre una sierra ya alta de por si. Cada vez somos menos. La escuela se cerró antes de nacer yo y nuestro camino natural, sendero abajo hacia el valle, se iniciaba demasiado pronto para no sentirlo como algo predestinado. El instituto, a 25 km. de distancia, remachaba la puerta que impedía regresar. Nadie retornaba para hacer vida en el pueblo si se continuaba estudios. 


Yo hice lo que era Formación Profesional de Agropecuaria y Forestal. Ahora creo que se llama Gestión y Organización de los Recursos Naturales, qué fino suena. Puedes llegar a ser gestor cinegético, silvicultor o jefe de taller rural, qué coño es eso, qué mierda de inutilidad toda, en fin... Pero como iba diciendo, también yo estaba abocado a largarme del pueblo, buscaría trabajo en el valle. Es lo que deseábamos todos. Irnos a una ciudad con sus titis y sus discotecas y sus juergas y su actividad. Pero las cosas no salieron como las había planeado. En realidad yo quería estudiar Veterinaria, pero mis padres no se lo podían permitir y yo hacía mis cábalas imaginando que ahorraba mi sueldo de guarda forestal para cumplir mi sueño más adelante. A mí, en el fondo, el campo y los animales me gustan mucho. Lo que pasa es que el pueblo se me hacía muy pequeño y por entonces las comunicaciones eran pésimas, incluso en invierno quedábamos aislados una semana o más por las nieves y los hielos. Ahora es distinto, en veinte años todo ha cambiado. Los ocho niños que allí viven tienen internet y en nada se diferencian de los de ciudad, si no es por un sentido más desarrollado de lo oculto. Ellos aún saben mirar. 

Pero cuando apenas había comenzado mi penúltimo curso de FP-II, el tractor que manejaba mi padre en el empinado souto volcó, atrapándolo antes de que pudiera saltar, mientras el cargamento de ourizos de castañas se dispersaba a su alrededor. Dijeron que murió en el acto. Lo dudo. Quiero creer que su agonía fue corta y que le dio tiempo a mirar por última vez el límpido y azulísimo cielo que vio toda su vida sobre su cabeza. Regresé al pueblo antes casi de darme cuenta de que me había ido. 

Mis padres vendían miles de quilogramos de castañas a una empresa que fabricaba marron glacé. También tenían unas cien colmenas. Y estaban las ovejas. Después de todo, ¿no estudiaba yo todo lo que tenía que ver con el mundo agropecuario? ¿Para qué iba a trabajar por cuenta ajena cuando allí estaba todo por hacer y sería el dueño y señor? Mis amigos me dieron el doble pésame. Yo sufría, sufría por mi padre que había fallecido sin cumplir los cincuenta, avejentado pero feliz. Pero por encima de todo, sufría por mí, atrapado entre aquellas montañas, más lejos que nunca de mis amigos, esparcidos por villas y ciudades a la búsqueda de su futuro. 

Un día cumplí veinticinco años y me sentí mayor. Desde la muerte de mi padre me hice cargo de todo con la ayuda callada e inagotable de mi madre, resignada a la soledad a la temprana edad de cuarenta y dos años. Mi hermano muerto al nacer conllevó también la imposibilidad de volver a concebir, y por eso no tenía yo quien me aliviase de la carga que sobre mí recaía. No niego que pensé en venderlo todo, acabar mis estudios y llevarme a mi madre a vivir al valle. Era hermosa, mi madre, una lugareña blanca de ojos claros que de seguro podría volver a casarse si quisiera, pero la indeleble voluntad de mi padre y una fatalidad asumida me impidieron llevar a cabo esa idea, desechada muy pronto. 

Y llegó ese día de mi vigésimo quinto cumpleaños. Hasta entonces yo tenía la energía para trabajar deslomándome como un burro y bajar el sábado en el destartalado Land Rover hasta el valle, donde me emborrachaba con dos o tres conocidos y pillaba cacho si se terciaba. Alguna me ponía ojitos, que no soy mal parecido, pues imito a mi madre, pero en cuanto se informaban de dónde y cómo vivía, ninguna se quería atar. Todas ponían sus miras lejos de aquel valle, deseaban emigrar, quizás a la capital. La montaña ya les parecía lo último de lo último. 

Mi esperanza de encontrar compañera fija de cama caliente para los largos inviernos se tornaba remota y ya me veía a mi mismo como un solterón de aquellos desaliñados, abotargados y medio alcohólicos, puteros empedernidos que me encontraba a menudo los fines de semana en el valle. Un hombre solitario y huraño. 

Pero el destino, gran hijo de puta, volvió a hacer un quiebro y apareció Mikel. Supe de él antes de conocerlo. El hippy que había llegado al valle buscando una casa vieja. El greñudo fuma-porros que escapaba de la ciudad en camino inverso al emprendido en la comarca durante generaciones. A Mikel, hasta el valle le parecía demasiado urbano y el día de mi cumpleaños apareció en mi aldeíta de buena mañana. Yo acababa de ahumar unas colmenas y vestía el traje de apicultor cuando él se acercó.
−Tío, qué flipe, pareces un astronauta –se reía. 

Fue como una aparición. Supe que era él: todos los estereotipos del hippy (según los criterios arcaicos del valle) estaban encarnados en su figura. Ahora sería lo que llaman un perroflauta. Greñas largas y castañas, barba descuidada, ojos risueños y colocados, pantalones de rayas de colores, camiseta de algodón desteñida, sandalias de cuero en pies guarrísimos. 

−Soy Mikel –se presentó acercándose sin temor a las colmenas−. Qué guay, me encanta la miel. 

Así lo conocí, al loco, al chiflado, al irreverente, al sabelotodo de Mikel Ugarte Fontiñas. 

Le presté el viejo alpendre del carro que ya no se usaba. Le advertí que cuando llegase el invierno se moriría de frío en el desvencijado galpón, aunque secretamente pensaba que ya no estaría allí para entonces, se habría largado antes; éstos de ciudad mucho campo, mucho happy, pero en cuanto lo picase una avispa y sin un bar en quilómetros a la redonda, tomaría las de Villadiego olvidándose del fervor bucólico. Pero él se instaló sin apenas unos arreglos. Yo me tomé la molestia de revisar el tejadillo y taponé con cemento algunas uniones en el perpiaño de las paredes, llevado por una mezcla de piedad y curiosidad. Él armó un jergón en el suelo y allí se instaló. Ni que decir tiene que mi madre lo prohijó. Mikel era dulce y cariñoso y supongo que a mi madre le hacía pensar en el hijo perdido al nacer, así que lo atiborraba de comida que él agradecía con halagos sin fin, aunque era de escaso apetito y algo exquisito para la pitanza. 

No me contó al principio por qué vino hasta aquí. Todas las versiones ya las había escuchado yo en el bar, la panadería, la tienda y hasta en la consulta de la médica del valle. Todas falsas y todas reales. Yo no le pregunté. 

Mikel me seguía a todas partes, siempre con una sonrisa en los labios y la mirada obnubilada, pero observando todo y quedándose con detalles y sensaciones. Yo nunca había conocido a nadie como él. Los pringados de la FP no tenían su aspecto y el yonki del pueblo grande del valle era un tirado que no contaba para nosotros. Mikel era otra cosa. No era un colgado, era diferente. Yo lo intuía inteligente, con una sensibilidad inusitada para aquellos lares, y al tiempo había algo atractivo en él, desprendía calidez, algo blando y viril a la vez que hasta un bruto como yo percibía. En definitiva, caía bien. Nada me contó de sus planes ni de si pensaba demorarse en la montaña. Sólo se ofreció a ayudarme para pagar la comida que mi madre generosamente le daba. Ni que decir tiene que ella nada quería cobrarle, pero él se ofreció y a mí me pareció bien. 

−¿Y cómo te las arreglas? –me preguntó un día que me acompañó con las ovejas hasta un risco en la cara norte.
−Es fácil, las dejas sueltas por ahí y ya se arreglan solas. Y si no, está Sultán para vigilarlas. (Sultán era mi perro palleiro, sin raza conocida pero hábil con mis ovejas)
−Me refería a las titis –me desengañó Mikel−. ¿Cómo te lo montas?
−¡A buen sitio vienes si pretendes ligar! –lo desanimé yo−. Para eso, haberte quedado en Berriz.
−No, si lo digo por ti...
−Ya.
−En el valle me dijeron que te las llevabas de calle. 

Lo miré escéptico. 

−¡Que chorradas son ésas! ¿Eres sarasa o qué? Porque yo no tengo nada en contra de los maricones, pero a ver si me escarallas la fama, que ya es difícil catar hembra aquí para que a uno le echen mierda encima.
−Que no, tío, que no, no te mosquees. Es que conocí allí a una que se llama Toñi y me dijo que tenías fama de mete-saca.
−Pero ¿tú de qué vas? –me estaba enfadando de verdad –a ver si te rompo la cara.
−Joder, pero si lo que digo es bueno, que dice la Toñi ésa que tienes una tranca que ya quisiera yo para mí.
−¿A que te hostio?
−¿Pero es verdad o no?
−¿Tú eres idiota o la mierda que fumas te ha reblandecido el poco cerebro que tienes? −corté las preguntas con un gesto de amenaza.
−No se puede decir nada... – y Mikel se alejó unos metros y se tumbó al sol radiante de finales de junio. 

En realidad no estaba enfadado con él. Mikel era demasiado delicado y pacífico para que pudiese ofenderme, pero años de salvaje defensa de la hombría en el valle me habían hecho suspicaz a ciertos temas. Además, me mosqueaba cómo había conocido a Toñi (una botarate medio lela que trabajaba de pinche en la panadería acarreando sacas de harina) y por qué me habían mencionado. Así que me acerqué hasta él, que fumaba otra vez uno de sus interminables porros.

−¿Y de qué conoces tú a la Toñi?
−De por ahí... –era impreciso y vago como de costumbre.
−No hay muchos por ahí en el valle...
−Me entró en el Satán... –concretó al fin, mencionando el único bar del pueblo que alcanzaba la categoría de pub (pub de pueblo, of course)
−¿Y qué mierda teníais que hablar de mí?
−Tranqui, tío. Yo sólo le pregunté por alguna aldea de las montañas en las que viviese algún hombre joven, para coleguear y eso... Y me dijo que el único tío enrollado eras tú, que habías estudiado agricultura...
−Agropecuaria y forestales.
−Pues eso. Me dijo que habíais estado liados y me indicó dónde podía localizarte. Por eso vine, tío, no te mosquees, que yo soy legal.
−¿Y lo de la tranca te lo has inventado tú?
−Bueno... ja ja ja, no, es que al final nos enrollamos en la furgoneta del reparto y como le dije que no tenía ninguna intención de ser su novio ni el de nadie, me soltó que tú la tenías más grande ja ja ja. No hila muy fino la tía, ¿verdad?
−Es algo lela y no rige bien –confirmé –, pero por eso mismo no nos pasamos con ella.
−¿Pero te liaste o no?
−Bueno, sí, pero porque es una pesada, pero no permitimos que se pasen con ella. No es muy lista, ¿entiendes?, es algo retrasada.
Nos quedamos callados un rato. Los cencerros de las cabras sonaban y las ovejas balaban satisfechas de vez en cuando. Me ofreció de nuevo una calada y una vez más la rechacé. En mi trabajo hay que tener la cabeza lúcida.
−¿Y qué es eso del colegueo? ¿No me digas que has venido a este puto lugar para coleguear?
−Podría decirte que regreso a mis orígenes –mi cara escéptica le arrancó otra sonrisa cómplice −, pero la verdad es que estaba un poco harto del ambientillo.
−Harto.
−Sí... bueno y además quería saber si es cierta una cosa.
−¿Cuál? –pregunté intrigado por el tono misterioso y lascivo de su voz.
−Me preguntaba si aquí os hacéis un padre padrone.
− ¿Y eso qué es? ¿Alguna mariconada?
−No, hombre, la película, ya sabes, la de los hermanos Taviani.
− ¿Película? Yo no voy al cine, para una vez que bajo al valle no me voy a meter a ver una película, que idiotez, además para meterle mano a una tía ya no tienes que ir a lo oscuro.
−No me refiero a ir al cine, sino a la película ésa. 
Padre Padrone (1977)
−Como no te expliques...
−Ya sabes, dicen que en los pueblos apartados como éste... pues... ya sabes...
− ¿Qué? –no tenía ni la más remota idea de a qué se refería.
−Zoofilia.
−Tú estás enfermo, tío, como una puta regadera.
−Pues en la peli ésa, los pastores aislados se follan a la vaca subidos a una banqueta, tío, por eso le decimos hacer un padre padrone.
−¿Y tú qué quieres? ¿Follarte a mis vacas? –yo no sabía si reírme o hincharme a darle hostias. No me lo tomaba en serio y por eso todavía no le había roto los morros.
−Así dicho... oye, pueden ser las vacas de otro. 

Me eché a reír, reí hasta que me dolió el estómago. Él también, claro que él estaba colocado. Mis risas asustaron a las ovejas, que levantaron las orejas atentas. 

−¿Y las ovejas? ¿Quieres tirarte a las ovejas?
−Pero será más difícil, ¿no?
−Ja ja ja, la hostia, eres la hostia. Si al final vas a hacer buena pareja con la Toñi, dos tarados ja ja ja, tal para cual.
−Pero se puede hacer, ¿verdad? Un padre padrone, no se habla de otra cosa.
−Y después nos llamáis incivilizados a los de pueblo...
−¡Qué va! Si sois unos hachas, unos campeones, porque hay que tener güevos. ¿Estará blandita?
−Aggggg, tío, qué asco, estás enfermo, eres un puto enfermo, tío tarado, te largas hoy mismo, ¿me oyes?
−No, tío, no... –Mikel estaba en órbita total. ¿Cuántos porros llevaba hoy? –Está bien, nada de padre padrone, lo que tú digas, yo era por probar, pero no te preocupes, que respetaré a tus vacas, de verdad...
−Como una cabra, estás como una cabra. Anda, pásame una calada.
−Guay –el canuto estaba casi consumido −. No estás cabreado, ¿a qué no? No me tengo que ir, ¿verdad?
−Hummm...
−Mira esa nube... parece una vaca.. 

Ese verano me reí lo indecible con Mikel. Y lo desengañé de la leyenda rural del padre padrone, aunque no sé, no lo pude vigilar a todas horas, y una de mis dos vacas dejó de dar leche de repente, así que... nunca se sabe.
Padre Padrone