sábado, 31 de agosto de 2019

Juzgar




Nos pasamos la vida juzgando, opinando, valorando no sólo las actitudes y aptitudes de los demás, sino sobre todo, su vida y decisiones. No solemos pararnos a pensar que los demás hacen lo propio con nosotros. En este último caso siempre esgrimimos el argumento de la ignorancia de los otros para saber lo que nos conviene, o el más visceral de que quién son ellos para opinar. Paralelamente, hay personas que se pasan la vida tocándote... la paciencia, y como coletilla intrascendente, a continuación te sueltan perdón. Un perdón, como digo, de boca pequeña, un perdón de frase hecha en la que no se repara. Te dan bofetadas con un perdón detrás. Así día tras día. 

Muchas personas (quizás vosotros mismos) desempeñan, además, profesiones que implican hacer valoraciones sobre el trabajo, la dedicación o las habilidades de los demás, incluso sobre las decisiones que toman sus subalternos. ¡Qué difícil es! Pero después lees los tuits del personal que pulula por la red y te das cuenta de que parece que no: parece que todos llevamos dentro un juez incorporado, conectado a orejas y boca pero sin pasar el cable por el procesador del cerebro. Bueno, ya lo sabéis, siempre se ha dicho que en este país todos somos jueces, árbitros, economistas y profesores. (Jueces... da piolla, decimos en mi tierra, que viene a ser algo así como profesores do carallo -o cualquier otra profesión-, que viene a ser algo así como calla la boquita, zapatero a tus zapatos, ¿cuándo te has sacado tú el título, licenciado Vidriera? ¿Dónde aprendiste todo, bachiller Sansón Carrasco? 

Ya he dicho por aquí en alguna ocasión que no me cuesta pedir perdón, lo difícil es darme cuenta a veces de que he errado, de que he hecho daño. ¡Alto! ¡Claro que sé cuando he hecho daño! Cuando ha sido intencionado, lo sé. Ay, esas palabras como torpedos bajo la línea de flotación. No, no hago daño tramando y maquinando maldades. Mis daños son más de andar por casa, explosiones impulsivas verbales. Y aquí va mi justificación (ésa -cualquier ésa- que todos nos creemos como excusa): mis ataques son más bien defensas. Ataco cuando me siento atacada. Mi carácter me impide ser cándida sumisa, resignada mártir, sufrida víctima. Ésta es mi excusa: pensar que sólo hago daño porque me lo han hecho primero.

La sociedad camina en esta vía: el maltratador ha sido primero maltratado; al ladrón lo obliga la miseria; al desinteresado, la falta de oportunidades; al indolente, lo absurdo de la feroz competencia; al aburrido, al insulso, lo necio del obligado hedonismo. Para todos tenemos excusa, justificación. Porque, también tenemos que justificar (asombraos) si somos aburridos, sosainas, haraganes o conformistas. 

Todos tenemos un alto concepto de nosotros mismos. Vale, por supuesto existen personas con la autoestima por los suelos, pero incluso la mayoría de esas personas lo esconden con un fingido hago lo que me da la gana. Así que estaréis pensando que yo creo que no me cuesta perdonar, que yo no hago daño y los malos son los otros; y que sólo por decir eso se me ve el plumero de que me lo tengo muy creído. Y tenéis razón, no os habéis equivocado. Yo creo que, en esencia, soy buena persona. Craso error.  Soy persona. Punto. 

¿Y a qué viene toda esta pobre disertación? Pues a los propósitos de Año Nuevo. Sí, no habéis leído mal: para mí los propósitos de Año Nuevo son en septiembre, después del verano, -sigo teniendo en mi cabeza el ritmo escolar-. Además soy septembrina hasta la médula: sufro la melancolía del final del verano y me recargo avanzado el otoño; creo en las posibilidades del otoño, ya os lo he comentado por aquí-. Así que ya veis, he hecho ¡oh lalá, un propósito de Año Nuevo! He decidido dejar de poner mi rasero como medida para valorar el comportamiento de los demás (de mis demás, claro está, porque demás hay millones que a mí ni me van ni me vienen, o me caen lejos y poco puede importar mi rasero o mi opinión al respecto, o no tienen repercusión alguna en mi vida. Habría que preguntarse hasta qué punto esos demás ajenos influyen en nuestras vidas, pero ya estoy cayendo en otra digresión. Quizás debería ampliar el propósito de Año Nuevo a evitar digresiones -y de paso paréntesis-, volver al tronco e impedir que unas ideas me lleven a otras y éstas a otras hasta que el ovillo se enrolla del todo). 

Llegado a este punto, si seguís leyendo y no os habéis marchado a cocer lentejas y colgar de paso un cuadro por puro aburrimiento, estaréis juzgando que yo debo de ser rigurosa con mi rasero. Esta tía debe creerse doña perfecta. Seguro que es de las que piensa que los demás hacen todo mal. Debe ser insoportable, un sufrimiento vivir a su lado, compartir experiencias. Una mujer de ésas de las que se dice no hay quien la aguante. Porque... ¿qué mierda de propósito de Año Nuevo es ése? 

He aquí el quid de la cuestión. Estoy hecha un lío. ¿Porque si soy exigente, severa y rigurosa en mis juicios, en mi trato con los demás, cómo casa esto con el hecho de que paso de lo que hagan, que ando a mi bola, que no impongo mi criterio, que suelo ceder y después hago lo que yo creo, que no doy la matraca (Really?), que me desentiendo y allá se las den todas, con su pan se lo coman y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga?

¿Será entonces que soy inflexible en mi mente pero poco estricta en la vida real? ¿O será que en el fondo ese desentenderse esconde un cierto desprecio que escondo bajo el trampantojo del pasotismo? ¡Menudo cacao!


En todo caso, éste es mi propósito de Año Nuevo: mejorar mi tolerancia hacia las elecciones de los demás aunque a mí me parezcan despropósitos; ser generosa en mis apreciaciones sobre vidas antagónicas a la mía; dejar de ponerme yo en ese lugar, cuando es evidente que no es el mío. Seguir viviendo bajo mi máxima de vive y deja vivir, pero sin el menor tufillo de menosprecio hacia esos otros vivires.

Uol 

lunes, 19 de agosto de 2019

Tan ricamente...


GORE

Tengo un problema
y tomo conciencia:
mi corazón es estéril e irradia ondas sonoras.
Mis huellas digitales –tengo testigos-
se están resquebrajando desde que era pequeñita
y podía sentarme en el carrito del supermercado.
No me sale amar
(dios sabe que he intentado)
pero la piel es una necesidad,
como la sangre para un vampiro,
alimenta mi soledad y al mirarme suspiro:
por qué soy totalmente esa parte de mí que nadie puede ver?

Tilsa Otta: Mi niña veneno en las baladas del recuerdo (2004)



PD. veraniega: Que no, que no escribo porque estoy aquí, sola, tan ricamente...
(Ah, y lo de que no me sale amar... falso como latón dorado, no hagáis caso. Estoy a la espera del otoño y su efecto love on fire  jajaja) 



Playa América. Nigrán (Pontevedra) Galicia. España.









viernes, 26 de julio de 2019

El polvo de la venganza



No comprendía por qué seguía entrando a mirar mis estados. Y no era porque saltara su visita de alguno que le interesara al mío: es que a veces yo colgaba varias fotos y las miraba todas. ¿Qué pretendía? ¿Era mera curiosidad o quería que yo supiese que seguía mi rastro? ¿Y eso para qué? Ya nada podría reanudarse entre nosotros. Podría bloquearlo, es cierto, pero en su momento no consideré necesaria esa medida. De hecho, durante siete meses estuvo ausente de mi WhatsApp y de pronto un buen día apareció entre los que habían consultado mi estado; él, que nunca usa foto en el perfil; él, que se mantiene siempre lejano y distante. 

Se ve que el polvo de la venganza no fue suficiente. 



―Podrías venir algún día a una hora decente. Saldríamos a cenar fuera o a tomar una copa. 
―Ya sabes que hasta las nueve no llega Moncha y después son cien quilómetros. 

Moncha era la señora de la dependencia que atendía a su madre tres horas al día y que se quedaba algunas noches si él la contrataba por su cuenta, cobrando aparte, claro. 

―Ya. Siempre dices lo mismo. 
―Antes no te importaba no salir de casa. 
―Ni del colchón, lo sé. Pero la sensación de ser un mero desfogue empieza a hacer mella en mí. Y ya sabes que lo psicológico influye mucho en la libido. En realidad, todo está en la cabeza: la atracción y el deseo; el respeto y la lujuria. Y las ganas. 
―¿Y se te están pasando las ganas? 

Me la estaba jugando, lo sé, pero siempre he sido algo kamikaze, es mi naturaleza impulsiva. 

―Un poco sí. Es que el tonteo, la situación, pasear de ganchete juntando las cabezas en cómplice conversación, un vinito... todo provoca ese momento de lanzarse a la cama o al sofá. Y no que vengas ya en chándal porque ya te pongo yo el vino y hay confianza, que yo no te recibo en pantuflas de animalitos. 
―Jajajaja. Nunca he venido en chándal. 
―Ni yo soy el Everest. 
―¡Joder, es que vengo cómodo! 
―Porque ya ni te planteas salir. De antemano. 
―Ya sabes que apenas tengo tiempo de ocio. Tengo que darle el relevo a Moncha a las doce y media a más tardar, porque tiene que atender a su familia. Y menos mal que nos deja hecha la comida. Aquel día que me fui de aquí tan tarde me dijo que si iba a ser así siempre que no la llamase para pernoctar, que ella también tenía hijos que atender. 

Lo sabía. El resultado de tener hijos bien pasados los cuarenta acarreó que fuese ya huérfano de padre y que tuviese que atender a su madre, una octogenaria dependiente. Él lamentaba que esa misión tenía que haberle tocado con cincuenta años y no a su edad, cuando todos sus amigos vivían despreocupados, que es lo que le correspondía por edad. Además era hijo único. Me había confesado muchas veces que se sentía desbordado. 

―Lo sé, lo sé. Pero hombre, algún día en vez de cenar en casa podríamos salir. 
―Sí, sí. 

Pero solo sucedió una vez. 

Os preguntareis por qué no iba yo a su casa. A su casa. Con su madre. Allí

Un día me lo dijo. Que podíamos estar en el piso de arriba. La madre, en silla de ruedas, tenía ya adaptada la planta baja para su necesidades. 

Fui plenamente consciente de que lo sugirió porque sabía que me negaría. Sabe la mujer que soy yo. Sabía que jamás aceptaría. ¿Me presentaría como a una amiga que iba a pasar la noche o me colaría clandestinamente en el piso de arriba cuando su madre estuviese acostada? Demasiado bochornoso para mí. 

También me dijo una vez que el próximo fin de semana iríamos de rebajas juntos, como un plan común. (¿De compras?). Lo dijo para que yo estuviese toda la semana esperanzada. Ese finde no vino: Moncha no podía quedarse con su madre, tenía una comida familiar. 

Si no conociese realmente su situación familiar hubiese pensado que estaba casado y yo era su apaño (aunque por su profesión hubiese sido difícil justificar quedarse a dormir fuera de casa cada quince días mínimo), pero lo que llegué a tener claro es que tenía otros nidos pasajeros de fin de semana como el mío.

Y así estuvimos casi año y medio. 

Y un día me pareció tonto todo aquello. El folleteo se espaciaba, la conversación escaseaba y la historia no daba más de si, así que una tarde que me preguntó por WhatsApp si tenía plan le contesté que había quedado con mis amigas, y no volvimos a hablar de quedar, aunque seguíamos en contacto esporádico. 

A veces uno sabe que alguien se comporta con uno muy interesadamente, pero ignora las señales porque también saca un beneficio. Y cuando se acaba, se acabó. 

La vida transcurre queramos o no y este romance fue perdiéndose en la distancia de los días vividos, llenos de trabajo, clases de Pilates, spinning, cine, noches de copas con amigas, excursiones, senderismo, salidas a comer fuera y cuidar de los propios padres, cada vez menos opciones de rolletes ocasionales y mirada al frente.



Unos diez meses después de nuestra última noche pasional, él me telefoneó usando la videollamada, algo raro en su modus operandi, pues solo me mandaba WhatsApp y no era capaz ni siquiera de hacer una típica llamada telefónica. Me pilló por sorpresa y no la acepté. Sorprendida y a la vez acusando una boba vanidad me vi a mí misma hecha unos zorros, con el pelo en una coleta, vistiendo una camiseta vieja y con cara de sueño. Me recoloqué un poco y le mandé un WhatsApp preguntándole si le ocurría algo. Volvió a llamar y esta vez descolgué. Se interesaba por mí, daba vueltas y vueltas a la conversación sin llegar a nada. Al cabo de quince minutos colgamos. Me quedé mosca. Leí las noticias y até cabos. Al día siguiente por la noche, ya me había acostado, me mandó nuevos mensajes en plan picantón y recordando batallitas pasadas. Siempre hacía eso, recordar momentos sexuales pasados, como si los necesitase para entonarse. Me dijo que se acordaba mucho de mí. ¿Y por qué no has dado noticias en todo este tiempo?, le pregunté. Ya sabes dónde vivo, ¿por qué no has parecido aquí una mañana? Nos iríamos a comer por ahí, le dije con toda intención recordando que era algo que nunca habíamos hecho. Dijo que no sabía si sería bien recibido. Hombre, así no lo sabrás. A la tercera noche de mensajitos, se atrevió. Me dijo que para que no le echara en cara que solo me venía a ver los sábados, que se animaba a visitarme el próximo martes, que podíamos comer juntos. Y follar después, pensé yo. ¿Pero no trabajas?, le pregunté. Era septiembre. Dijo que aún tenía la primera semana de vacaciones, que podría recogerme a las dos. ¿Y tu madre? Con Moncha. Yo sabía a qué venía. Dos pájaros de un tiro. Pero solo iba a tener uno. Y ése solo iba a ser el que yo quería. Porque nunca había sido nada claro conmigo, porque siempre había doblez e interés en él. 


Para ser sincera, se comportó como siempre, lanzado, apasionado y picarón. Es de los que te hacen sentir que lo pones a cien en cero coma. La comida transcurrió extrañamente natural aunque nunca habíamos compartido mantel fuera de las paredes de mi cocina. Después se puso meloso y fuimos a mi casa. Siesta no dormimos aunque yo bebí tres copas de godello. Yo sabía lo que iba a pasar. El que no lo sabía era él. 

Follamos como locos, entre los efluvios del godello, mi ansia acumulada y su predisposición a la jarana. En esos diez meses había engordado unos quilitos que le sentaban de maravilla, pues tenía tendencia a adelgazar con el estrés. Además salía con un grupo de amigos a hacer bici. Tenía cuerpo de ciclista. Ahora es todo polla, pensé. Cuando deje la bici, se redondeará. Llegará un día en el que no se la verá, pensé yo rastreramente. Lo pasamos bien y me dejé llevar a pesar de que yo sabía cuál era el plan que él tenía y no me había comunicado. 

Fue entonces, después de desperezarnos, cuando le comuniqué será mejor que te vayas, ¿no? Se te va a hacer un poco tarde. 
―¿No quieres que me quede a dormir?, me preguntó extrañado. 
―Otro día, le dije. Mañana he quedado con un amigo para ir hasta Luintra para ver La Vuelta y quiero ir descansada. 

Se quedó lívido. No sé si porque comprendió que yo lo había pillado o porque su plan se había chafado. 

Sé que debería haberme sentido un poco ruin cuando salió por la puerta, pero no pude menos que considerar: si querías usar mi casa como hotel para ir a ver la etapa, haberlo dicho, ya que somos tan amigos, y no llamar de repente diciendo que me echas de menos y callar como un muerto para largarte al día siguiente a verla tú solo. Eso o págate un hotel, cabronazo. 

Y ése fue mi polvo de la venganza. 

Pero si pensáis que la cosa quedó así, os equivocáis. Me la devolvió, como ya mencioné al principio de todo. Pero ésa es otra historia que quizás os cuente otro día.

Uol

martes, 2 de julio de 2019

Pedras

Falsamente atribuído a Pessoa


Pedras
no caminho?
Guardo todas,
um dia 
vou construír
um castelo.

Mulierem vincit. 
Nam nunc.
Deinde usque ad tempus.
Uol

miércoles, 19 de junio de 2019

sábado, 8 de junio de 2019

Ocho




Ocho. Ya son ocho. 

Como predije, en el transcurso de este año, caí en el síndrome del Ánimo albo. Ya está, no pasa nada. Era previsible. 

Pero no voy a hablar de eso sino de qué han supuesto estos ocho años.

Cuando inicié este cuaderno, mi relación de pareja saltaba por los aires. No por ello, ciertamente. Fue una coincidencia. O más bien me puse a ello porque me aburría. Estaba hastiada, necesitaba una motivación. Algo solitario, pero al tiempo que fuese una ventana abierta. En realidad, una mirilla en la puerta. Yo me asomaría a ella, pero desde fuera no me verían. Eso pensaba entonces. La ruptura no fue especialmente dolorosa. Mis sentimientos hacía tiempo que habían cambiado. No me sentía plena ni feliz. Dejarlo marchar fue una liberación, aunque el hecho de distanciarnos no estuvo exento de melancolía por los sentimientos perdidos, añoranza por lo que ya no sería.

Hubo un momento en el que pensé que gracias a este cuadernillo conocería a gente, personas con intereses parecidos a los míos. Pronto me percaté de que era una idea estúpida. Uno no se puede acercar a otra persona desde el anonimato, desde el velo, desde el misterio. 

Me he sentido satisfecha escribiendo desde mi cueva (que es confortable, en realidad, y nada oscura). He gozado, me he reído, he sufrido insomnio enfrascada en alguna historia que bullía en mi cabeza y he dejado que el tiempo transcurriese raudo. Fui consciente de la irrealidad en la que uno puede caer a través de las palabras que de los demás llegas a recibir. Pero la realidad siempre se me ha impuesto, una es como es. Y yo nunca he fantaseado más que despierta en la cama y ante el papel (o la pantalla). Así que no perdí la perspectiva. Me dediqué a rememorar historias pasadas, viví unas nuevas y seguí con mi vida. No me puedo quejar. Desde aquella pasada ruptura he vuelto a amar. Y a desear. Y a deleitarme con pequeñas locuras, cuando incluso no lo creía posible. He tenido una buena vida en estos ocho años, que han incluido enamoramiento, desencanto, arrebatos pasionales, nuevas ilusiones y decepción. Nada nuevo bajo el sol. 

Este año me he sentido apática a la hora de seguir escribiendo en mi cuaderno. No sé por qué. Ni me han abandonado las musas ni la ilusión. Simplemente, no me apetece. Tampoco es que nuevas actividades hayan substituido a este cuaderno. En ese caso tampoco serían incompatibles, toda la vida he compaginado intereses varios. Es más bien una sensación de inefectividad: la emoción de observar por la mirilla resulta que me acabó por aburrir. No hay interactuación, no hay reciprocidad. Se pierde el impulso.

Con todo, hay días en el que una imagen, contemplar una escena en la calle, en el autobús, en el cine, me provocan una oleada de ideas burbujeantes. Recuerdo el cuaderno y sus hojas satinadas. Pienso en mi boli de punta media. Y entonces creo que aún es posible. Así que... quién sabe, ¿por qué no?

Uol



lunes, 13 de mayo de 2019

Una de esas noches


Hoy es una de esas noches.
Una de esas noches en las que podría irme y nadie lo sabría.

Me duele el pecho. Y un poco el alma.

He cumplido con mis obligaciones. Y con todo, mi mente valora que no es suficiente y envía a sus legiones a provocar el caos en mi organismo.
Les planto cara. Pero es una lucha desigual que sé de antemano que no puedo ganar a menos que me oculte, que les dé esquinazo. Y lo hago. La cobardía está muy infravalorada. Salva de caer en el hoyo, de perderse en el bosque. 

Siempre me traicionan, el cuerpo, el alma, la mente.
Siempre me traiciona la vida.
Pese a todo, insisto.
Es eso o cerrar los ojos para siempre.
Y no me han enseñado a hacerlo. Hasta en eso me siento traicionada.
Como una aturdida inconsciente, primero me escondo y después salto con una ridícula honda en la mano. Entre las risotadas vislumbro una mirada de digno orgullo, de reconocimiento ante la patética osadía. La busco.  Un espejo. Había un espejo.

Un día me encontrarán dormida como una fugaz flor marchita.

Ha funcionado. Con la pluma en la mano me han confundido con un faisán.

Hasta la próxima. 
Por qué no un urogallo?

Uol