lunes, 13 de mayo de 2019

Una de esas noches


Hoy es una de esas noches.
Una de esas noches en las que podría irme y nadie lo sabría.

Me duele el pecho. Y un poco el alma.

He cumplido con mis obligaciones. Y con todo, mi mente valora que no es suficiente y envía a sus legiones a provocar el caos en mi organismo.
Les planto cara. Pero es una lucha desigual que sé de antemano que no puedo ganar a menos que me oculte, que les dé esquinazo. Y lo hago. La cobardía está muy infravalorada. Salva de caer en el hoyo, de perderse en el bosque. 

Siempre me traicionan, el cuerpo, el alma, la mente.
Siempre me traiciona la vida.
Pese a todo, insisto.
Es eso o cerrar los ojos para siempre.
Y no me han enseñado a hacerlo. Hasta en eso me siento traicionada.
Como una aturdida inconsciente, primero me escondo y después salto con una ridícula honda en la mano. Entre las risotadas vislumbro una mirada de digno orgullo, de reconocimiento ante la patética osadía. La busco.  Un espejo. Había un espejo.

Un día me encontrarán dormida como una fugaz flor marchita.

Ha funcionado. Con la pluma en la mano me han confundido con un faisán.

Hasta la próxima. 
Por qué no un urogallo?

Uol

miércoles, 24 de abril de 2019

Caminos trillados



CAMINOS TRILLADOS

Atrás quedaron los tiempos
en que ser valiente era noble causa.
La vida consistía entonces
en creerse original.

Hoy sólo unos pocos se salvan.

Los demás transitamos
los mismos caminos trillados,
idénticos derroteros.

La misma prudencia, los mismos ritos.
El mismo desencanto.
                                    La misma soledad.

Anay Sala: Ý (turno de réplica)

viernes, 12 de abril de 2019

Ocurrente



Estaba tomando una copa junto a Mericia para despedirnos hasta la vuelta de vacaciones cuando él traspasó el dintel del bar y se sacudió de la cazadora las inoportunas gotas de aquel chaparrón repentino (aunque del que habían comunicado las aplicaciones pertinentes que había un 65% de posibilidades de suceder). 


Le clavé la mirada y experimenté esa subida hormonal que siempre identifico con aquellas roldanas de los dibujos de Erase una vez el hombre que elevaban las vigas medievales hasta lo alto de la catedral, y que los hombres sabrán reconocer con los síntomas de una clara e involuntaria erección. 

Clavé, repito, mis pupilas en aquel ejemplar, y en el momento en que Mericia reorientaba su mirada hacia la dirección de la mía, exclamé: 

Baby, hoy no vamo'a dormí! 

La señora de enfrente fue bastante indulgente cuando mi amiga la alcanzó al escupir inesperadamente el generoso trago de gyn tonic que tenía en la boca.

Uol

Ocurrente: que tiene ocurrencias (ideas inesperadas).

jueves, 4 de abril de 2019

Elfo

Marco Hietala


Cuando lo vi, pensé en mesetas áridas arrasadas por el viento gélido; en glaciares y cascadas congeladas. Pero sobre todo y por encima de todo, vi en él la vívida representación de un elfo juguetón.

Busqué fotos, visioné actuaciones. En todas aparecía él, con su largo pelo lacio, dorado; con su barba trenzada, su mirada ahora seria, ahora pícara. Pero no es islandés, es finés. Da igual, quién sabe si sus ancestros llegaron desde la isla congelada a tierra firme. Un elfo dorado de apellido helado. No es descabellado.


Busqué su biografía. ¿Qué será tener un papá como él? ¿Que te vaya a recoger al cole un elfo dorado que encima toca la guitarra? 

Miro sus fotos públicas, comparo edades. No puedo dejar de mirarlo. Y vuelven a mi mente los lagos, los bosques húmedos, lava petrificada, los fiordos... los últimos rayos de sol antes del ocaso ocultándose en su cabellera rubia. Ese sol frío. ¿Puede una persona encarnar un paisaje, un clima, un país? 

Eso es para mí Marco Hietala, una isla helada en el mapa, una emoción, una luz suave, un deseo de tocar ese cabello, de trenzar esa barba. 

Irracional, lo sé.

Uol








miércoles, 13 de marzo de 2019

... Y finales




He vivido muchas vidas
y en cada una de ellas he sido feliz.
Ello no me exonera de haberme equivocado
e insistir.
Clara Lecuona


De hecho, me equivoco.
Insisto empecinadamente
en elegir
a quien no me conviene.

Oh! No penséis en hombres turbios,
con portuarios tatuajes,
colmillo retorcido
y pulsera de oro.

Esos hombres que no me convienen
son buenas personas,
comen los domingos con sus madres,
bajan la basura,
alguno hasta se plancha sus inmaculadas  camisas.
Dicen ser roqueros, o de estilo pop;
a ninguno le apasionaba el jazz,
pero sí la música étnica,
griega o eslava, a ser posible.
Hombres buenos que decían amarme
intensamente, desesperadamente,
muchos adjetivos acabados en -mente.
Y yo no los creía realmente,
pero los quería y cuidaba igualmente
(o eso pensaba yo).

Y esos buenos hombres
recogían sus petates
(los lienzos, los discos,
el bañador, las velitas...)
y desaparecían por el horizonte,
ofendidos y desesperados a la vez;
vociferando en silencio
que me amaban frustradamente,
inútilmente, perpetuamente.
Pero al poco recaían en esos amores
con otras sirenas más cercanas
y accesibles.
Y al cabo era yo la que los añoraba
pensando, veramente,
que la que los amaba era yo,
increíblemente.

Si las tentaciones son abalorios,
confeccioné un lindo collar
que no vislumbré en su complejidad
hasta ahora, que en mis manos
lo contemplo:
me habla de lo vivido
y de lo que fue cierto.
Ese collar es todo cuanto conservo.
Con él me adorno.
Me examino en el espejo
descendiendo él por el cuello hasta mi pecho.
Y yo me pregunto,
¿debo sentirme triste
porque es cuanto conservo?
Mas el arrepentimiento no me asalta
y sí el soberbio recuerdo
de tiempos pasados
que ya quedan lejos.

Soñé a mis trece que un día sería libre.
Y fue real el sueño.
¿Ataduras?
Todas aquellas de las que no puedo
(¿ni quiero?) desasirme, es cierto.
Y acaso son mucho más fuertes, duras 
y resistentes que todas aquellas sedas de las que me solté
o soltaron temerosamente.

Al final nada quedará,
no por sabido es menos sorprendente.
Y si una flor me acompaña
será este collar de abalorios
que me recuerda
 que no he soñado, 
que he vivido, que celebro.

Ya lo decía el poeta, o alguien, quien sea,
tened cuidado con lo que soñáis.
Parece amenaza. Lo es.
Porque los sueños se cumplen.
A la meta se llega.
Mira tus cartas, jugaste con ellas.
No eran nada malas, pero nada malas.
¡Mira lo que hiciste con ellas!
No te quejes ahora.
Tienes este maravilloso collar de abalorios.
Es único.
Es tuyo.
A modo de rosario lo llevarás en la mano
al cruzar la última puerta.
¡Sola!

Uol
(Desfogue en una horita tonta el miércoles de ceniza de 2019)

jueves, 7 de marzo de 2019

Principios...



DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS


He vivido muchas vidas
y en cada una de ellas he sido feliz.
Ello no me exonera de haberme equivocado
e insistir.

Las tentaciones son abalorios,
simbología de lo que en algún momento fui repetidas veces.
Al final solo he conservado una flor,
una pequeña flor que brilla
cuando en el cielo se abren las estrellas.
Ya lo he dicho:
lo diminuto se vuelve trascendente.

He declarado mi libertad de ser libre,
resguardo mi memoria en las raíces,
en el verde y leve color de los pétalos.
Miro hacia el cielo y burbujea,
acaso también soy yo una burbuja
y doy vida a todo lo que me conforta y salva.

Al final nada quedará
salvo esa flor, sobre la que detendré el camino.
Para morir de pie.
Única
Invencible
Maravillosa

¡Sola!

Clara Lecuona.





jueves, 14 de febrero de 2019

Amar




Uno nunca sabe por qué se enamora. ¿Por qué esa persona te gusta más que las otras? No siempre es algo físico, no corresponde a que sea más atractiva o mejor dispuesta. El amor a veces ni siquiera responde a la afirmación me gusta. Es algo más extraño y profundo. Mueve sensaciones dentro, sentimientos inexplicables. Yo he amado a hombres que se merecían el olvido antes de empezar, pero movían en mí sentimientos que supongo explicaría un psicólogo, pero que son explicaciones asépticas e inservibles para explicar el amor. El último, por ejemplo, inmaduro, veleta, simpaticón, simple. Si viviera y compartiera mi vida con él no lo soportaría ni un año, pero movía en mí una especie de sentimiento de protección y cariño al que me resulta difícil resistirme, una necesidad de querer. No sé. Soy muy independiente, me aterra la dependencia. No quiero ser una mujer madre, esa tendencia a cuidar y proteger al esposo: acaban siendo madres de sus maridos, y sin embargo, soy una gran protectora, quizás lucho contra ello por miedo a caer en ello, es bastante habitual en psicología. 


Soy de esas personas a las que le molesta el halago continuo, pero necesito advertir admiración en los ojos del amado. No necesito palabras públicas, sí hechos privados. Otras personas necesitan ese tipo de  palabras, el despliegue ante los demás más que el amor en si; necesitan que los demás sepan de ese amor. En la era del exhibicionismo, eso parece ser lo más importante: mostrar a los demás cuánto nos quieren o queremos. Será que soy de otra época, lo que por otra parte, es cierto. 

Lo que tengo claro es que para que ese amor funcione tiene que haber respeto, y cierta admiración. Si hay desprecio, nada funciona. Y cuando hablo de desprecio me refiero a esas pequeñas cosas que de pronto juzgamos como despreciables, no grandes sucesos que todos tenemos claro. Desprecio es pensar que tu pareja piensa con el culo; desprecio es pensar que menuda panda de tarados es su familia; desprecio es juzgar que cómo es que no ha cogido un libro en su vida; desprecio es pensar que menuda vaca que no hace deporte; desprecio es opinar que no sabe hacer bien esto o aquello; que ojalá se vistiese con el gusto de menganita o fulanito; que no entiendes que no se cuide como pepita o paquito; que ojalá tuviese más vacaciones o le gustase viajar o salir con los amigos... o sea, resaltar todo lo que no hace, no tiene, no demuestra, etc. Y eso pasa a menudo en millones de parejas. En millones de parejas las mujeres se convierten en asistentas de sus maridos: se encargan de su bienestar, sus comidas, su ropa, su comodidad. Y ellos fantasean con la mujer que era antes, joven y guapa. Y buscan aventuras para sentirse ellos lo que ya tampoco son: jóvenes y guapos. Y a muchas les duele más la traición y que los demás lo sepan que la pérdida en si (la otra cara del exhibicionismo). Muchos hombres dirán que no le han pedido nada de esto a sus mujeres. Pero lo esperan. Sé que los hombres no estarán de acuerdo conmigo, pero en una relación, la mujer siempre pierde. Sé que muchos piensan que no es cierto, porque lo interpretan con criterios económicos. Y no digo yo que no existan relaciones así, basadas en el puro interés económico; no niego que haya mujeres que cambian sexo por anillo. Pero quizás, porque yo nunca he encajado en esa clase mental, nunca me he identificado con eso. Mis amigas, en mi ambiente, todas trabajamos desde jovencitas, nunca nos planteamos no hacerlo, nunca ligamos por motivos económicos, nunca pensamos en un hombre que nos mantuviese. Sé que aún hay mujeres así, que dependen de la economía de sus maridos, que lo planifican incluso. También habría que preguntarles a esos hombres que se quejan de las mujeres interesadas en su cartera por qué eligen a mujeres dependientes, sin estudios ni trabajo. Me parece triste, nunca se sabe hasta qué punto ese amor es desinteresado, por lo que también comprendo a esos hombres que se sienten utilizados económicamente. Pero si tú te mantienes, seamos realistas, la mujer pierde con el matrimonio, a menos que tu interés sea tener familia, o sea, hijos. ¿Qué le aporta el matrimonio a una mujer independiente? Tiene que atender la casa, al marido, su ropa, sus camisas planchadas, llegar a tiempo para hacer la comida, la cena, y tenerlo contento, pensar que no te abandone... Una mujer sin marido no tiene esa carga. ¿Y el sexo? La verdad, a partir de cierto tiempo de matrimonio, el sexo cae drásticamente. Mientras que si te enrollas, aunque seas mayor, el sexo sigue activo. O sea, que por sexo tampoco gana. ¿Y la compañía, el cariño, el apoyo? Sí, eso es bonito. Pero para eso te tienes que llevar bien. Y eso se puede tener con amigos, amistades. Cuando las cosas se tuercen, las mujeres cuidan, los hombres huyen. Generalizo, lo sé. Pero mirad a vuestro alrededor. Enfermedad grave: la mujer se queda; el hombre huye. Hijos con problemas: la mujer cuida; el hombre se separa. Etc., etc. Ya sé, ya sé que no es en el 100% de los casos; dejémoslo en el 80%. Penoso, en todo caso. 

No sé, nos educan para vivir en compañía, nos educan en la protección y poco en querernos, en vivir. 

Querámonos. 

Yo me quiero. Y cuando amo, amo mucho. Quizás no lo entiendan. Que puedes amar sin necesidad de que te organicen la vida. En la época de inmiscuirse, no hacerlo está mal visto. Si das aire, lo interpretan como puerta abierta para hacer daño, para el engaño. Si restringes, eres controladora. Si no agobias, piensan que no te involucras. Si te involucras, piensan que corres. Quizás, como en todo, el equilibrio es lo ideal. Así que, si tienes la suerte de que has dado con la persona que te equilibra, y no te sientes miserable, no sufres por lo perdido, no sueñas con lo que te falta y no tienes (sexo, poder, dinero, tiempo...), date por satisfecho. Y mima a esa persona. Todo el año. No solo el 14 de febrero. Por amor, el sentimiento más inexplicable.

Pero si no es así, no seas cobarde, no te conformes. Por amor. A ti mismo. 

Uol