lunes, 12 de noviembre de 2018

Orballo


Chove mainamente, coma unha acaricia, como o trémulo agarimo das ás da bolboreta sobre os meus dedos.

Chove humidamente, destilando unha cortina tenue que acaricia a miña face alzada ao ceo.

Chove timidamente, coa cautela de quen non quere molestar; coa consideración de quen ten a gala a mesura, a prudencia, a cortesía.

As fontes ao meu redor repiten o doce son, fanlle os coros ás pinguiñas que descenden preguiceiras, caladas.

Orballa e eu sinto todas esas pingas dentro de min, coma unha flor que mira ao ceo, corola que recibe agradecida o elixir da vida, da felicidade.

Uol

Música: Erik Satie, Gymnopédie nº1

martes, 30 de octubre de 2018

Martillo pilón




Fue en la última visita a mi tío querido, el más joven de los hermanos de mi madre, del que ya os he hablado aquí en otra ocasión. 
―¿Oye, y al final en qué se ha matriculado Daniel? 
―Una ingeniería. 
―¡Qué bien! ¿En Vigo? 
―Sí. 
―Estarás contento, ¿no? 
―Lou, un jubilado no debería tener un hijo imberbe que comienza la universidad. 
―¡Anda ya, si estás estupendo! 
―¡Y una mierda!
―¡Quéjate, quéjate!
Humm... 
―¿En qué piensas? 
―En que es él ahora quien empieza la fase martillo pilón.

Uol

Vídeo: Martillo pilón versión mi tío:




Martillo pilón, modelo mi primo:

jueves, 18 de octubre de 2018

Incompatibilidad

¿Eres alondra o búho?




―¿Y por qué? 
―Él siempre estaba cansado por la noche y yo estoy comatosa a las siete de la mañana. 
―Un matutino y una vespertina. 
―Pues sí, alondra y búho. Clara incompatibilidad. 
―Mujer, existen las siestas. 
―Postergar el sexo para las posibles tardes de domingo es reducir mucho las posibilidades. 
―Ya verás cómo no dices eso dentro de diez años. Firmarías ahora mismo por esa frecuencia dentro de diez años. 
―Que no, que tenemos biorritmos diferentes. ¿Cómo alguien puede querer sexo dormido y con legañas sabiendo que en media hora tienes que estar duchado y salir pitando al trabajo? Eso es pura descarga, nada más. Yo necesito ir calentándome durante el día, la pila se recarga con la energía de las situaciones del día y se desborda a la noche. 
―¿Y él? 
―Se duerme en el sofá. 
―Al menos sabes dónde está. El mío trajina con el ordenador quizás chateando sabe Dios con qué extraña con la fantasía de querer follar y nunca hace nada, al menos conmigo no. 
―Somos el día y la noche. Distintas necesidades, distintos caracteres, distintos planteamientos, quizás hasta sueños y ansias. 
―¿Y entonces? 
―El camino se bifurca. 
―¿Os separáis? 
―En realidad hemos caminado por vías paralelas. 
―Es triste. 
―Lo es, sí. A veces amar no es suficiente. 
―Lo triste es que dentro de quince años para vosotros eso ya no tendría ninguna importancia. 
―¿Me dices que debo vivir quince años en el desaliento y la insatisfacción sólo para que me compense para entonces? 
―Así dicho... La parejas que lo soportan son las que perduran. 
―¿Y por qué hay que perdurar? 
―¿Para no estar sola en la vejez? 
―¡Qué bonito! 
―Míralo bien, a los sesenta y pico la libido estará por los suelos. Seguro que ya te dará igual que él esté cansado por la noche porque también lo estará por la mañana. Los encuentros serán así... cuando surja, alguna vez. Tú tampoco tendrás ganas por las noches. 
―¿De verdad? Entonces se acaba, se acaba del todo. 
―Eso parece. Es inevitable. 
―¿Y la gente no se desespera? 
―Te estás olvidando de que el cuerpo se rinde, ni te darás cuenta, es como con las arrugas, aparecen sin darte cuenta, es inevitable. El cuerpo, en general, ya no demanda pasión. O muy de pascuas en ramos. 
―Estoy segura de que la mente no se resigna, no olvida. Quiero decir que la ideíña no desaparece. 
―Todos vivimos de recuerdos. Pablito y yo no parábamos y ahora... si nos damos un piquito ya es mucho. Claro que lo echo de menos, pero, no sé, no me imagino la vida sin él. 
―¡Es que lleváis juntos desde el instituto! No conozco a ninguna otra pareja como vosotros. Dime, ¿nunca te apeteció follarte a otro? ¿Soñar en cómo te trataría otro en la intimidad? 
―Alguna vez sí. Pero, sabes, me daba una pereza horrible. Lo reconozco, nunca he tenido grandes expectativas al respecto. No sé, no soy como tú. Lo que tenía me bastaba, era suficiente para mí. Nunca me he planteado si podría ser mejor. Siempre he sido poco imaginativa. Pero me sentía feliz, así que no he echado de menos otra cosa, otro hombre. Ni siquiera otro tipo de hombre. 
―Eres muy afortunada. 
―No lo sé. Seguro que me he perdido mucha pasión en mi vida, otras emociones, pero no cambiaría lo que tengo por nada. Soy así. Ya está. ¿Y tú? 
―No sé, supongo que estaría diciendo lo mismo si hubiera sido compatible. 
―¿Tu insatisfacción es por la falta de compatibilidad? 
―¿No lo crees así? 
―Te cansas enseguida... 
―¡Pero si soy constante, voluntariosa, incluso muy disciplinada para según qué cosas! 
―Menos en el amor. Ahí te rindes enseguida. No he conocido mujer que le dejara la puerta abierta a la siguiente con la facilidad que tú. Te sacabas de en medio a la menor duda. He visto piltrafillas defender con ahínco a su hombre, pero tú... huyes, te vas. Tienes miedo a luchar. O a perder. 
―¿Y por qué debo ser yo la que luche? ¿Por qué no ellos? ¿Por qué siempre se espera que sea la mujer la que luche por su hogar, por su nido? ¿Por qué no demuestra ese hombre lo que yo valgo para él? 
―Pues no lo sé, pero si un hombre no siente, no percibe que su novia lucha por él, que lo necesita, se resquebraja, su virilidad se resiente, echa cuentas y piensa que esa mujer no lo quiere. Debe ser algo trasmitido en los genes para la perpetuación de la especie. 
―¡Y una mierda! Son muy cómodos. Que se maten las tontitas por mí, que se peleen, que se me disputen. 


―A algunas mujeres también les pone eso, que los machos se peleen por ella. 
―No a mí. 
―Eso es lo malo. 
―¿Qué cosa? 
―Que no trasmites necesidad. 
―¿Cómo? 
―Pues eso, Lou, los hombres, así en general, necesitan creer que los necesitamos, debe ser que arrastran aquella impronta de que son los proveedores de la manada. A los más evolucionados se les llena la boca diciendo que quieren mujeres independientes y seguras, pero no es cierto. En el fondo necesitan creer que es tu roca, tu refugio, tu amarre. Da igual que ganes una pasta gansa, incluso más que él, que si ve tu debilidad, que te refugias en su resolución, que tiras de él para solucionar problemas, si te descubre débil, entonces se sentirá seguro, el león de la manada. Hay mujeres especialistas en alentar esa creencia, lo saben hacer genial, ese teatrillo de la debilidad, de hacerles creer que la idea es suya, que son ellos los que deciden, pero la realidad es que son ellas las que hacen lo que les da la puta gana; algunas hasta se aprovechan y los manipulan, pero les hacen creer que son ellos los que llevan el timón. Hay docenas de dichos populares que se centran en esa idea: fingir que es él el que manda. Las madres de antes se lo decían clarito a sus hijas casaderas: que él piense que es el que decide, y tú lleva el mando de todo de forma sutil, oculta. Tenían que ocultarlo porque si no, entonces, si era evidente, la sociedad se mofaba de ellos y les llamaban calzonazos. Aún hoy. Aún hoy si una mujer se impone en el matrimonio, sus conocidos dicen de él con desprecio que se deja mangonear, que es un calzonazos, que es ella la que lleva los pantalones en casa. Lo critican cuando en realidad, en la mayoría de las ocasiones, si ella no tomase las riendas esas casas serían un caos total. Tú jamás has fingido. Y ellos lo notan. Se alejan emocionalmente de tu falta de necesidad. 
―Pues yo cuando he hablado de esto con conocidos siempre me dicen que ellos están encantados de que las mujeres seamos tan independientes, que ellos estarían encantados de ser unos mantenidos
―Siempre saltan a lo de ser mantenidos. Asocian la independencia de la mujer, su autonomía, con mantenerlos a ellos y no dar golpe. ¡Tienen una cara dura! Hay sociedades en las que la mujer lo hace todo, son el único sostén de la familia, las ves todo el día trajinando de aquí para allá, con los hijos, con las compras, la comida, la limpieza de la casa, a veces hasta pedir fiado o trabajar muchas horas de asistentas, hablar con los maestros, ayudar a las vecinas... y ellos todo el día reunidos en la terraza del bar, bebiendo y mirando pasar el tiempo. Son unos verdaderos mantenidos y encima se creen superiores a ellas y las desvalorizan, no les tienen respeto ninguno y después, con toda la hipocresía del mundo dicen tenerlas en un altar, que son el centro del hogar, la reina de la casa. Hostias les daba yo. 


―Y lo que duele es que esos hijos, que han visto a sus madres esclavizarse por ellos, reproducen lo mismo y desprecian a sus madres también. ¿Cómo es posible? ¿No han visto el sacrificio de sus madres, cómo los aman y se preocupan por ellos? Y las hijas a heredar el papel servil de sus madres. No se rompe el círculo de opresión. 
―Duele e indigna.
―¿Sabes lo que no acabo de entender, Mary? La mentalidad de esas otras mujeres que a sabiendas se supeditan a su marido. Ellas no son ningunas apocadas, pero lo hacen. Ellos suelen ser hombres brillantes, artistas. Sólo se dedican a sus ideas, a su arte,  la literatura,  la escultura, a brillar. Ignoran la cotidianidad del hogar, de la vida en general. Esas mujeres parecen anularse. Deben llevar el peso de todo porque ellos viven aislados en su mundo, incluso lo declaran abiertamente, que no saben ni lo que cuesta un café, ni en qué curso van sus hijos; dicen que es su mujer quien lleva las cuentas de la casa, hasta sus contratos, exposiciones y las fechas de sus obligaciones laborales. Parecen inútiles para todo aquello que no sea su pasión artística. Leo en las entrevistas que les hacen que dan las gracias a sus esposas, puesto que les sacan de delante cualquier contratiempo para que se centren sólo en su labor, en su arte. Dime, Mary, ¿cómo lo soportan ellas, ser siempre las que van arreglando y recogiendo todo en sus vidas? ¿Cómo se siente ser la segundona, la que vive en la sombra, la que nunca se lleva los honores, la que nunca es lo primero? ¿Consiguen ser felices así? ¿Nunca desean ser alguien? ¿Cómo soportan esa vida de ser la secretaria? Dime, ¿cómo no se sienten un cero a la izquierda? Ya sé, ya sé que se habla siempre de la admiración, de la idealización, los ven como a dioses. Pero yo leo esas entrevistas y me irrito, no lo entiendo, ellas dejan su trabajo, su vida, dejan todo por quedar en la sombra, esperando que él baje a la tierra, sabiendo que a ellos nada les importa más que su arte, su gloria. Viven para eso. Quizás incluso para alimentar su ego.  Y ellos sólo declaran: no sabría hacer nada sin ella, me permite centrarme en lo mío. Ha sido una gran compañera. ¿Compañera? Criada, asistenta, secretaria, amante. ¿Y eso es suficiente para llenar una vida? No lo entiendo, de verdad no lo entiendo.

―Para algunas personas admiración y amor es lo mismo, las dos caras de la misma moneda.. 
―¿Pero la admiración debe conllevar que te anules? ¿Qué tipo de mujeres son?
―Todas somos distintas, Lou. Nadie te pide que tú hagas lo mismo. Tú te sentirías anulada. Yo también, ¡divos a mí! Pero ellas no. Se sienten necesitadas. Volvemos a lo mismo de antes. Necesidad.
―Mary, ¿y tú has hecho eso alguna vez, ocultar que llevas las riendas? 
―Por supuesto. En nuestro caso es una impostura que los dos hacemos. Es como una farsa. Pablo sabe que soy totalmente autónoma, pero finge tragarse el paripé de que lo necesito y me salva del caos. Y yo simulo creer que él es mi roca. 
―Pero lo es. 
―Lou, cariño, ¿de los dos cuál crees que sobreviviría mejor si nos divorciamos? 
―Tú, sin duda. 
―Pues eso. 
―Pero antes has dicho que no imaginas tu vida sin él. 
―Y es cierto. A estas alturas Pablo es como una parte de mi cuerpo. Si me cortan el brazo, ¿puedo vivir? Sí, pero notaría la falta. Mucho. 
―El amor debe ser eso. 
―Sí, debe. 
―¿Y entonces? ¿Qué hago yo con mi compatibilidad? 
―Si ya lo sabes, Lou, tía, si ya lo sabes...

Uol

miércoles, 10 de octubre de 2018

Señor cura



Esta historia brotó en mi lengua natal. Así la siento. En castellano tiene otro ritmo, otra cadencia. Las traducciones son imprescindibles, pero ciertos matices se diluyen. Estoy convencida de que podréis entender el texto en gallego. De todos modos, he hecho una versión en español que pongo al final.

SEÑOR CURA


―Papá, por que tes máis botóns na petrina ca min? 

―Porque son maior e teño o pito máis grande. 

―Pois logo como o terá o señor cura! 



―Ave María Purísima. 

―Sen pecado concibida. 
―E en que ofendiches ao Noso Señor, Marisiña? 
―O de sempre, don Agenor, meu pai berra comigo porque non fago todas as tarefas e eu rosmo polo baixo. 
―Xa, rapaza, xa, tes que ser máis dilixente. 
―É que meu pai é un brután, señor cura. 
―Non rosmes, Marisiña. Unha rapaza debe obedecer aos seus pais. E que máis? 
― Siseille dúas perras gordas á mamá. 
―E logo para que as querías? 
―Era a festa na aldea de miña nai. 
―E fuches ao baile? 
―Fun 
―E bailaches o agarrado? 
―Claro, don Agenor. 
―Co mozo? 
―Si... 
―E apretouse a ti? 
―... 
―Responde. 
―Eu son unha rapaza seria. 
―Frotouse contra ti? 
―Un pouco. 
―E despois? 
―Despois? 
―Fostes ao eido? 
―Eu non quería. 
―Pero fuches. 
―E que podía facer? É o meu mozo. Pronto imos casar. 
―Confesa os teus pecados, Marisiña. Que fixestes? ¿Tocoute? 
―... 
―Tocouche os peitos? 
―Tocou. 
―E deixácheste? 
―É meu mozo. 
―E tocouche por riba da roupa ou por debaixo? 
―Por debaixo. É que Melecio é moi home. 
―Moi home, si, pero está a ofender ao Noso Señor e ti caes en grave pecado de luxuria. E que máis che fixo? Tocouche as túas partes? Meteuche os dedos? Confesa todo! 
―Ai, iso non, don Agenor, que Melecio respéctame moito! 
―Xa, xa, xa, iso decides todas e despois hai que casarvos a toda présa para que non se vos note o pecado. 
Diolofaghamellor!, non diga iso, don Agenor, eu son unha rapaza seria. 
―Anda, anda, deixa de persignarte e marcha e reza catro Ave Marías e tres Pai Nosos. Xa falarei eu con Melecio 
―Non, non, señor cura. Non volvo pecar, non volvo. 
―Pois que sexa certo, Marisiña. 



―Ave María Purísima. 
―Sen pecado concibida. 
―E en que ofendeu ao Noso Señor, dona Élida? 
― Falei mal da miña sogra. Esa muller sácame de quicio, don Agenor. Sempre se mete nas miñas cousas. 
― Debe ter paciencia, dona Élida. A Virxe valora os nosos sacrificios. 
―Certo, certo. 
― E do asunto do seu home...? 
―Ai, don Agenor, non cambia de opinión. Meu home é un xudas, un librepensador. Di que el vai votar a quen lle dea a gana. 
―Pero non ve que a súa alma está en perigo? Debe vostede traelo ao rego, ao bo camiño, dona Élida, debe consagrarse a salvar a súa alma das lapas do inferno, do oprobio, do rexeitamento social. 
―É moi teimudo, padre Agenor, non me fai caso e... ademais está o de... 
―Non me diga que segue a pedirlle esas indecencias! 
―Eu xa non sei como paralo! Empeza e segue e dálle e... despois xa... 
―E que lle pediu esta vez? 
―Ai, non me faga contarllo, padre Agenor, porque se me vai a alma. 
―Debe contarmo todo, dona Élida! Como quere que o Noso Señor a perdoe? 
―Dame moito apuro. Euloxio ponse toliño e báixame a cabeza para que lle... xa entende... Ben, ao mellor non sabe, como vostede é cura... 
―Non debe, resístase, dona Élida. O sacramento non todo o desculpa. Por que cede? 
―Vaia, eu... meu home é moito home, don Agenor, e unha... a carne é débil, Deus me perdoe. 
―Por iso Deus a castiga e non lle concede o don dos fillos. 
―Non me mortifique, don Agenor, xa sabe o que eu sufro por non darlle herdeiros ao meu home. 
―Pois rece máis e non ceda ás lubricidades de don Euloxio e xa verá como preña! 
―Deus o queira! 
―E agora marche e rece dous rosarios e ofreza dúas Misas polas ánimas do purgatorio. 
―Como vostede mande, padre Agenor. 



―Ave María Purísima. 
―Sen pecado concibida. 
―E volves estar aquí, Vidalia? 
―Estou. 
―E para que vés se volves pecar? Non tes remedio, rapaza. Dis que te arrepintes e volves andar no muíño cos homes a che facer porcalladas, mala pécora. 
―E como sabe vostede iso, padre Agenor? 
―Logo non sabes que os homes tamén se confesan? Arrepíntense de caer nas túas malas artes, demo de muller. 
―E logo por que veñen? Eu non os chamo. 
―Pois viste con decencia, recolle os cabelos e deixa de menear o cu e xa verás como non acoden a ti como as moscas ao mel. 
―E de que ía vivir eu entón, padre Agenor? Teño que manter a miña nai eivada e ao neno. 
―Aínda che han facer máis, malpocada. Marcha, marcha e paga catro Misas. Deixa os cartos no peto das Ánimas. 
―Catro? E non serán moitas? 
―Son cartos do demo. Non valen nada. 
―Pois non o parece, padre Agenor. 
―Cala, cala, pendanga, non sabes o que dis, arrepíntete dos teus pecados como fixo María Magdalena. 




Laus tibi, Christe
― Hoxe debería ser un día de gran felicidade. Hoxe a Nosa Señora debería estar feliz coas nosas boas obras nun día tan sinalado no que conmemoramos a Visitación que lle fixo á súa curmá, santa Isabel. Hoxe celebramos que a Virxe María levaba no seu santo seo ao Noso Señor, que veu a este mundo para salvarnos do pecado, cando se encamiñou á cidade de Judá onde vivía a súa curmá Isabel co seu esposo Zacarías. E ante a chegada de María exclamou Isabel, tal como acabamos de ler nos santos Evanxeos: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. E digo debería ser un día feliz para a Nosa Señora, pero o certo é que non o é: A Virxe María anda este días moi atribulada, co corazón ferido polas gravísimas ofensas desta parroquia. E aínda que Ela é unha nai, aínda que roga por nós ante o Noso Señor, os pecados son de tan alta ignominia que nin a compaixón da mesmísima Madre de Dios pode interceder ante Cristo para lavar tan vergonzosas manchas. Fillos desta terra, como deixades que as vosas almas se arrastren polo lameiro de impudicia? Como consentides que as vosas fillas caian no grave pecado da concupiscencia? As mesmas que deberían tomar exemplo da Nosa Purísima Nai! Dela que aceptou humilde os designios do Noso Señor! A Virxe ten atravesado o corazón cos puñais dos vosos pecados, pecados que son froito destes tempos... estes tempos de libertinaxe... onde as parellas andan a agocharse tralos matos, tralos valos das eiras para deixarse levar pola impudicia, pola máis vergonzosa luxuria. Eses mesmos que finxen ante os demais un amor puro, pero que se deixan levar polo pecado da carne. E non faltan tales pecados dentro do mesmiño seo dos fogares cristiáns, onde se antepoñen as tentacións do demo antes do deber de forxar un fogar digno, un fogar puro e cristián que debe ser reflexo do fogar cristián de María e Xosé, un amor recatado e decente, un amor entregado a Deus. Contención, esposos, contención, non convirtan as súas esposas en legais concubinas. Vixíen tamén as tenras pólas do fogar, enderecen os moles troncos da súa prole antes de que sexa tarde e o verme da deshonestidade destrúa a súa casa e a maledicencia convirta as súas vidas nun inferno, antesala do que, de non correxirse, virá co postreiro alento. E agora recemos todos... Credo in unum Deum, Patrem omnipoténtem... 



― Non te aplicas como debes, Monchiño. Dime a túa avoa que es un lacazán e que xa se che escaparon as ovellas tres veces. Despois vaslle co conto de que a que falta a comeu o lobo. Pero non hai tal, Moncho, non hai aquí máis loubán ca ti. Que o Nicanor devolveulle a ovella á túa avoa. Por riba faslle pasar un mal rato á vella, condenado rapaz! Vas por mal sendeiro, Monchiño, xa o falamos moitas veces. E non rectificas! Queres acabar coma teu pai? Queres ser un lampantín, un calaceiro, un borracho ao que xa non lle fían en ningures e ante o que pechan as portas con noxo? Va que non, Monchiño? Tes que facer acto de contrición. Ven aquí á miña beira. Aos nenos coma ti hai que endereitalos. E non protestes. Por riba que eu fago tanto por ti para salvarte de te convertires nun facinoroso! Ven aquí que xa sabes como desagraviar ao Noso Señor. 


― Pero é certo o que din, Ermitas? 
―E que din? 
―Que atoparon morto na sacristía a don Agenor. 
Diolofaghamellor! E logo deulle un mal? 
―Ca! Seica tiña un tallo e botaba o sangue coma un porco na matanza. 
¡Alabado sea el Santísimo! Que me dis? 
―Como cho conto, Ermitas. 
―E como foi? Foi mala morte logo? 
―Da peor. Seica botou as tripas e todo. 
―Roubaron na igrexa entón? Ai, señor, e non levarían a custodia? 
―Disque non falta nada, nin unha candea da patroa. 
―Logo non o entendo! Quen lle quería tan mal ao señor cura? 
―A Garda Civil andou a trompadas cos de sempre e nada. Non sae o matarife. 
―Xente de tan mal xorne non hai na parroquia, han de ser de fóra. 
―Non che sei, Ermitas. Agora anda a parella a dicir na taberna que os asasinos foron uns anarquistas deses que viñeron da vila para captar incautos. 
―Ai, ho! E que mal lles fixo o cura, digo eu? 
―Meu home di que lles botan as culpas por andaren a facer ruído
―E será... 
―O raro... 
―Que? Fala, Dosinda! 
―Seica non só lle faltaban as tripas no bandullo ao párroco. 
―Vaites! Que queres dicir? 
―O Nemesio foi o que lle acudiu primeiro, e non deixou pasar a ninguén, pero Manoliño, que viña cando el para tocar a misa de sete, dixo despois que don Agenor tiña a boca chea de sangue. 
―Ai, ho! Pois de darlle unhas morradas, claro está. 
―Seica tiña algo metido na boca. 
―Na boca? 
―O Manoliño estaba branco coma a cera, malpocado, déronlle na taberna uns grolos de augardente porque non piaba. E foi cando dixo que don Agenor tiña a colloada metida na boca, Dios me perdone, que o caparan coma a un porco. 
¡Virgen Santísima
―O que oes! 
―Imos buscar ao Manoliño, a ver se o que conta é certo. 
―Escusas, da taberna sacouno Nemesio e non se lle viu o pelo desde onte. 
Señoras, que hacen aquí paradas? Circulen, circulen si no quieren ir al cuartelillo! 

Uol

Traducción al español por la propia UolFree:

Señor cura

―Papá, ¿por qué tienes más botones en la petrina que yo? 
―Porque soy mayor y tengo el pito más grande. 
―¡Pues entonces cómo lo tendrá el señor cura! 


―Ave María Purísima. 
―Sin pecado concebida. 
―¿Y en qué ofendiste a Nuestro Señor, Marisiña? 
―Lo de siempre, don Agenor, mi padre me chilla porque no hago todas las tareas y yo murmuro por lo bajo. 
―Ya, muchacha, ya, tienes que ser más diligente. 
―Es que mi padre es un bruto, señor cura. 
―No protestes, Marisiña. Una muchacha debe obedecer a sus padres. ¿Y qué más? 
― Le sisé dos perras gordas a mamá. 
―¿Y para qué las querías? 
―Era la fiesta en la aldea de mi madre. 
―¿Y fuiste al baile? 
―Fui 
―¿Y bailaste el agarrado? 
―Claro, don Agenor. 
―¿Con tu novio? 
―Sí... 
―¿Y se apretó a ti? 
―... 
―Responde. 
―Yo soy una chica seria. 
― ¿Se frotó contra ti? 
―Un poco. 
―¿Y después? 
―¿Después? 
―¿Fuisteis a la era? 
―Yo no quería. 
―Pero fuiste. 
―¿Y qué podía hacer? Es mi novio. Pronto vamos a casarnos. 
―Confiesa tus pecados, Marisiña. ¿Qué hicisteis? ¿Te tocó? 
―... 
―¿Te tocó los pechos? 
―Los tocó. 
―¿Y te dejaste? 
―Es mi novio. 
―¿Y te tocó por encima de la ropa o por debajo? 
―Por debajo. Es que Melecio es muy hombre. 
―Muy hombre, sí, pero está ofendiendo a Nuestro Señor y tú caes en grave pecado de lujuria. ¿Y qué más te hizo? ¿Te tocó tus partes? ¿Te metió los dedos? ¡Confiesa todo! 
―¡Ay, eso no, don Agenor, que Melecio me respeta mucho! 
―Ya, ya, ya, eso decís todas y después hay que casaros a toda prisa para que no se os note el pecado. 
― ¡Dios no lo quiera!, no diga eso, don Agenor, yo soy una muchacha seria. 
―Anda, anda, deja de persignarte y márchate y reza cuatro Ave Marías y tres Padre Nuestros. Ya hablaré yo con Melecio. 
―No, no, señor cura. No vuelvo a pecar, no vuelvo. 
―Pues que sea cierto, Marisiña. 



―Ave María Purísima. 
―Sin pecado concebida. 
―¿Y en qué ofendió a Nuestro Señor, doña Élida? 
― Hablé mal de mi suegra. Esa mujer me saca de quicio, don Agenor. Siempre se mete en mis cosas. 
― Debe tener paciencia, doña Élida. La Virgen valora nuestros sacrificios. 
―Cierto, cierto. 
―¿Y del asunto de su marido...? 
―Ay, don Agenor, no cambia de opinión. Mi marido es un judas, un librepensador. Dice que él va a votar a quién le dé la gana. 
―¿Pero no ve que su alma está en peligro? Debe usted traerlo al redil, al buen camino, doña Élida, debe consagrarse a salvar su alma de las llamas del infierno, del oprobio, del rechazo social. 
―Es muy terco, padre Agenor, no me hace caso y... además está lo de... 
―¡No me diga que sigue pidiéndole esas indecencias! 
―¡Yo ya no sé cómo pararlo! Empieza y sigue y dale y... después ya... 
―¿Y qué le pidió esta vez? 
―Ay, no me haga contárselo, padre Agenor, porque se me parte el alma. 
―¡Debe contármelo todo, doña Élida! ¿Cómo quiere que Nuestro Señor la perdone? 
― Me da mucho apuro, padre. Eulogio se pone encendido y me baja la cabeza para que le... ya entiende... Bien, a lo mejor no sabe, como usted es cura... 
―No debe, resístase, doña Élida. El sacramento no todo lo disculpa. ¿Por qué cede? 
―Vaya, yo... mi marido es muy hombre, don Agenor, y una... la carne es débil, Dios me perdone. 
―Por eso Dios la castiga y no le concede el don de los hijos. 
―No me mortifique, don Agenor, ya sabe lo que yo sufro por no darle herederos a mi esposo. 
―¡Pues rece más y no ceda a las lubricidades de don Eulogio y ya verá como preña! 
―¡Dios lo quiera! 
―Y ahora márchese y rece dos rosarios y ofrezca dos Misas por las ánimas del purgatorio. 
―Como usted mande, padre Agenor. 



―Ave María Purísima. 
―Sin pecado concebida. 
―¿Y vuelves a estar por aquí, Vidalia? 
―Estoy. 
―¿Y para qué vienes si vuelves a pecar? No tienes remedio, moza. Dices que te arrepientes y vuelves a estar con los hombres en el molino haciendo porquerías, mala pécora. 
―¿Y cómo sabe usted eso, padre Agenor? 
―¿Acaso no sabes que los hombres también se confiesan? Se arrepienten de caer en tus malas artes, demonio de mujer. 
―¿Y entonces por qué vienen a mí? Yo no los llamo. 
―Pues viste con decencia, recoge los cabellos y deja de menear el culo y ya verás cómo no acuden a ti como las moscas a la miel. 
―¿Y de qué iba a vivir yo entonces, padre Agenor? Tengo que mantener a mi madre inválida y al niño. 
―Aún te han de hacer más, miserable. Márchate, márchate y paga cuatro Misas. Deja el dinero en el cepillo de las Ánimas. 
―¿Cuatro? ¿Y no serán muchas? 
―Es dinero del diablo. No vale nada. 
―Pues no lo parece, padre Agenor. 
―Calla, calla, pendanga, no sabes lo que dices, arrepiéntete de tus pecados como hizo María Magdalena. 



Laus tibi, Christe
― Hoy debería ser un día de gran felicidad. Hoy Nuestra Señora debería estar feliz con nuestras buenas obras en un día tan señalado en el que conmemoramos la Visitación que le hizo a su prima, santa Isabel. Hoy celebramos que la Virgen María llevaba en su santo seno a Nuestro Señor, que vino a este mundo para salvarnos del pecado, cuando se encaminó a la ciudad de Judá donde vivía su prima Isabel con su esposo Zacarías. Y ante la llegada de María exclamó Isabel, tal como acabamos de leer en los Santos Evangelios: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. Y digo debería ser un día feliz para Nuestra Señora, pero lo cierto es que no lo es: La Virgen María está estos días muy atribulada, con el corazón herido por las gravísimas ofensas de esta parroquia. Y aunque Ella es una madre, aunque ruega por nosotros ante Nuestro Señor, los pecados son de tan alta ignominia que ni la compasión de la mismísima Madre de Dios puede interceder ante Cristo para lavar tan vergonzosas manchas. Hijos de esta tierra, ¿cómo dejáis que vuestras almas se arrastren por el lodazal de la impudicia? ¿Cómo consentís que vuestras hijas caigan en el grave pecado de la concupiscencia? ¡Las mismas que deberían tomar ejemplo de Nuestra Purísima Madre! ¡De Ella que aceptó humilde los designios de Nuestro Señor! La Virgen tiene atravesado el corazón con los puñales de vuestros pecados, pecados que son fruto de estos tiempos... estos tiempos de libertinaje... donde las parejas se esconden tras los matorrales, tras los muros de las eras para dejarse llevar por la impudicia, por la más vergonzosa lujuria. Ésos mismos que fingen ante los demás un amor puro, pero que se dejan arrastrar por el pecado de la carne. Y no faltan tales pecados dentro de incluso el mismo seno de los hogares cristianos, donde se anteponen las tentaciones del demonio antes del deber de forjar un hogar digno, un hogar puro y cristiano que debe ser reflejo del hogar cristiano de María y José, un amor recatado y decente, un amor entregado a Dios. Contención, esposos, contención, no conviertan a sus esposas en legales concubinas. Vigilen también las blandas ramas del hogar, enderecen los tiernos troncos de su prole antes de que sea tarde y el gusano de la deshonestidad destruya su casa y la maledicencia convierta sus vidas en un infierno, antesala del que, de no corregirse, vendrá con el postrero aliento. Y ahora recemos todos... Credo in unum Deum, Patrem omnipoténtem... 



― No te aplicas como debes, Monchiño. Me dice tu abuela que eres un vago y que ya se te escaparon las ovejas tres veces. Después le vas con el cuento de que la que falta se la comió el lobo. Pero no hay tal, Moncho, no hay aquí más lobo artero que tú. Que Nicanor le devolvió la oveja a tu abuela. ¡Encima le haces pasar un mal rato a la vieja, condenado chiquillo! Vas por mal sendero, Monchiño, ya lo hablamos muchas veces. ¡Y no rectificas! ¿Quieres acabar como tu padre? ¿Quieres ser un holgazán, un badulaque, un borracho al que ya no le fían en ninguna parte y ante el que cierran las puertas con asco? ¿A qué no, Monchiño? Tienes que hacer acto de contrición. Ven aquí a mi vera. A los niños como tú hay que enderezarlos. Y no protestes. ¡Encima que yo hago tanto por ti para salvarte de que te conviertas en un facineroso! Ven aquí que ya sabes cómo debes desagraviar a Nuestro Señor. 



―¿Y es cierto lo que dicen, Ermitas?
― ¿Y qué dicen? 
―Que encontraron muerto en la sacristía a don Agenor. 
― ¡ Dios no lo quiera! ¿Y entonces le dio un mal? 
―¡Ca! Al parecer tenía un tajo y echaba sangre como un cerdo en la matanza. 
― ¡Alabado sea el Santísimo! ¿Qué me dices? 
―Como te lo cuento, Ermitas. 
― ¿Y cómo sucedió? ¿Fue una mala muerte? 
―De la peor. Parece que echó las tripas y todo. 
―¿Robaron en la iglesia entonces? Ay, señor, ¿ y se llevarían la custodia? 
―Por lo visto no falta nada, ni siquiera una candela de la patrona. 
― ¡Entonces no lo entiendo! ¿Quién le quería tan mal al señor cura? 
―La Guardia Civil estuvo a golpes con los de siempre y nada. No aparece el matarife. 
― Gente de tan mala entraña no hay en la parroquia, tienen que ser de fuera. 
―No lo sé, Ermitas. Ahora anda la pareja diciendo en la taberna que los asesinos fueron unos anarquistas de ésos que llegaron desde la villa para captar incautos. 
―¡Sí, claro! ¿Y qué daño les hizo el cura, digo yo? 
― Mi marido dice que les echan las culpas por estar haciendo ruido. 
― Y será... 
―Lo raro... 
―¿Qué? Habla, Dosinda! 
―Dicen que no sólo le faltaban las tripas en la barriga al párroco. 
― ¡Vaya! ¿Qué quieres decir? 
―Nemesio fue el que acudió primero, y no dejó pasar a nadie, pero Manoliño, que venía con él para tocar a misa de siete, dijo después que don Agenor tenía la boca llena de sangre. 
―¡Pues vaya! De darle puñetazos, claro está. 
―Parece que tenía algo metido en la boca. 
―¿En la boca? 
―Manoliño estaba blanco como la cera, pobrecillo, le dieron en la taberna unos tragos de aguardiente porque no piaba. Y fue cuando dijo que don Agenor tenía los cojones metidos en la boca. Dios me perdone, que lo caparan como a un cerdo. 
― ¡Virgen Santísima! 
―¡Lo que oyes! 
―Vamos a buscar a Manoliño, a ver si lo que cuenta es cierto. 
― Excusas... de la taberna lo sacó Nemesio y no se le ha visto el pelo desde ayer. 
Señoras, ¿qué hacen aquí paradas? ¡Circulen, circulen si no quieren ir al cuartelillo!



Uol 

jueves, 27 de septiembre de 2018

In aeternum


In aeternum tereiche en conta
aquela festa,
entre o millo,
cando, fillo de puta,
me prometiches amor eterno
e non este mexón.

Raúl Gómez Pato: Choiva, vapor e velocidade. Ed. Positivas (1999)

domingo, 16 de septiembre de 2018

El olvido que me aguarda

Tamara de Lempicka


Intervalo

No pretendo llegar a ningún sitio,
y sin embargo escribo cada noche.
Decir es dirigirse a algún lugar,
marchar a alguna parte, a un destino
al que uno se encamina con palabras
crecidas, luminosas como el cielo
de originaria y blanca luz nocturna.
Mi meta no es llegar, pues, sino ir
no sé adónde, cuando se extingue el día.
Tras cumplir con las cargas de esta fecha,
el saludo al colega y al vecino,
la lección repetida tantas veces,
y los papeles del estudio, las tres
comidas, el paseo de la tarde,
y los preparativos de mañana;
tras terminar con cuanto ocupa un día,
en resumidas cuentas, tomo asiento
en mí y retorno al aire de la noche.
Tomo asiento a la orilla de mí mismo,
junto a un papel que nunca escribiré:
desde hace muchos años, sólo escucho.
Cambié las oraciones por silencio.
Me sumo así al olvido que me aguarda,
el olvido futuro de mis cosas,
en donde no hay placer ni daño alguno.
Qué calma, en el vacío de la noche,
la vacía oquedad de la conciencia.
No pretende decir y sin embargo,
no sé por qué, tal vez porque ama, sale
irremediablemente afuera, sale
y quiere todas las palabras pródigas,
no sé, "aguacero", "piel", "rompiente"... Sí,
una fuerza propicia e incomprensible,
palabras con que dice, una y otra
vez, "cuánta vida, cuánta vida, cuánta".


Antonio Moreno: Intervalo. (2007)

domingo, 2 de septiembre de 2018

Días de verano



La realidad es que para la inmensa mayoría de los habitantes del hemisferio norte nuestro verano no abarca el meteorológico: para nosotros el verano corresponde sin más a los meses de julio y agosto, meses típicos de las vacaciones escolares y laborales, aun cuando ahora la gente distribuye más sus días de asueto y hasta los toma en octubre o noviembre para irse a otros lugares y hacer viajes más económicos en temporada baja. Los días de verano son claros, calurosos e interminables, sobre todo en Galicia, donde no anochece hasta las 22:30h. 

Estos días recordaba los veranos de antaño. Ya toca la vuelta al trabajo y a los horarios y madrugones. El verano parece breve en exceso, los días pasan volando. Antes de que te des cuenta ya se han acabado las vacaciones, aunque no el verano en realidad. Sin embargo, los veranos de mi infancia eran interminables. Abarcaban toda la estación: comenzaban a mediados de junio y acababan a mediados de septiembre. Recuerdo sol, sol y sol. También para los hijos los horarios se relajaban, los niños nos pasábamos todo el día jugando en el campo, en nuestros descampados y explanadas y no nos recogíamos hasta que los gritos de nuestras madres reclamándonos desde las ventanas se hacían apremiantes y con notas de enfado. Recordad que en Galicia al principio del verano gracias o a pesar del desfase del huso horario no se hace de noche hasta las 22:30h. Y después de la cena ligera de leche con cola-cao y galletas volvíamos a juntarnos la tropa delante de casa. Recuerdo yo unas noches de bien pequeña tumbados en la hierba sobre arpilleras contemplando el cielo infinitamente estrellado. No he olvidado ese cielo. En los pueblos no había contaminación lumínica, las farolas alejadas o inexistentes, todo el firmamento a nuestro alcance.


Por el día nos juntábamos en los jardines particulares umbríos, juegos siempre en comunidad, eran otros tiempos. Cuando el calor apretaba, mamá nos llevaba por la tarde al río. La merienda sabía mejor en la ribera, el pan con chocolate, el queso con membrillo, todo sabía aún más rico tras el baño en el río.

El río era pequeño y manso, pero tenía su zona para los niños pequeños, otra para los que ya nadaban y una tras el recodo donde vociferaban y saltaban desde las rocas los adolescentes y adultos. No solíamos mezclarnos, aunque todos queríamos pasar a la siguiente fase y cambiar de zona. Mis recuerdos del río antes de saber nadar, es decir, antes de los seis años más o menos, era un minúsculo canal natural o desvío de agua del río hacia el molino, ya inutilizado para sus funciones desde hacía mucho tiempo. El caudal de ese ramal antiguo en verano no alcanzaría los 20cm. de altura. Suficientes para ahogarse una criatura, pero en esa zona todos estábamos bajo vigilancia. Lo que hacíamos era arrastrarnos con esa maravillosa y tierna barrigola que los niños conservan hasta los tres años sobre las piedrecitas del canal. El canal sigue existiendo y cuando lo veo me pregunto riendo cómo podíamos nadar allí. Ahora el agua me cubre el tobillo. En aquel entonces el río no estaba contaminado, el lecho era diáfano, se veían los cantos resbaladizos, marrones y verdosos, algas de río, pececillos y alguna vez, qué susto, a lo lejos alguna anguila, o quizá era una culebra de agua, pero siempre nos decían que eran anguilas. Era excepcional descubrirlas, porque en cuanto había jolgorio en las aguas se escondían, imagino. 


No siempre mi madre nos llevaba al río. Al menos a Mateo y a mí. De los primeros años de mis hermanos mayores no tengo conciencia, claro está, ignoro cómo fue, sería lo mismo, o quizás peor, para cuando nací yo mi madre ya se había relajado: como ya os he comentado en alguna ocasión fui hija tardía e inesperada. Cuando yo ocupaba el canal del molino, los dos mayores ya iban por su cuenta a la zona VIP, pero nunca nos dejaban a su cuidado, supongo que sabían que un mero descuido (tonteos con chicas, volteretas, zambullidas, retos, etc.) nos dejaba a Mateo y a mí en situación de alto riesgo. Creo que Mateo estuvo más tiempo del debido en el canal porque mamá no podía estar en dos zonas a la vez, y aunque desde el canal podía verlo nadar en la zona de flotadores, temía que ocurriese algo y no alcanzar a vigilarnos a los dos. 

El río se abría en un remanso, y era allí donde aprendíamos todos a nadar. Después la corriente hacía un recodo y llegaba a la zona de mayores, donde los mozos habían colocado un tablón que hacía las veces de trampolín. Allí el río era más profundo y no se hacía pie. La única roca bajo el agua en esa zona estaba más que localizada y controlada, era lo primero que te enseñaban al hacer la transición a esa parte del río. Servía de descanso y de resorte para nuevas zambullidas. Sólo asomaba a la superficie si el río iba muy bajo por la sequía. También allí había arena, aunque gruesa, una verdadera playa fluvial. Fue zona de ligoteo mientras el río se conservó limpio. Debí ser de las últimas generaciones que aún lo disfrutó en la adolescencia con esa limpieza. Allí estrené gafas y aletas de buceo, allí me bronceé con aceite de coco y de zanahoria. Allí estrené los biquinis color cielo, allí me hice fotos subida a los árboles (qué hubiera sido de mí si ya existiese instagram entonces jajaja), allí me lucí buceando y dando volteretas en una época en que las niñas parecían todas miedosas en el agua. También allí, pero tras hierbas altas, hubo los primeros nudistas, decían que de pueblos vecinos, aunque yo nunca coincidí con ninguno. Después, y en apenas tres o cuatro años, todo cambió. A los dieciocho años ya íbamos en coche a las piscinas de otros pueblos (el carnet de conducir es imprescindible en el rural, todo el mundo se saca el carnet en cuanto puede) y fuimos abandonando el río. Pero él también nos abandonó, cambió: estaba sucio, la hojarasca se depositaba en el lecho, los destrozos de las riadas de los inviernos no se arreglaban, los árboles caídos o arrastrados allí se quedaban en el fondo, siendo un peligro para el baño, el agua mudó a negruzca al no verse el fondo e irse estancando. Desaparecieron las truchas, hasta parecía que había más bichos, tábanos, moscardones... El río se murió. O lo matamos. 

Pero de niña, mamá sólo nos llevaba a la playa fluvial cuando sus propias ocupaciones se lo permitían, y en verano había muchas: madrugaba mucho para regar por la fresca las huertas. Entonces en el pueblo seguían utilizando el sistema de pozas, y la que le correspondía a ella tenía que ir a taparla de madrugada para que se acumulara el agua. La poza se nutría del agua de la montaña, del manantial natural. El agua se embalsaba en la charca natural gracias a que atrancaban su salida con tierra y trapos. Había quendas o turnos que había que respetar, y, cuando le tocaba, mamá la desatrancaba y regaba los tomates, las cebollas, las zanahorias, los pimientos, el maíz.... El riego no discurría sobre cemento, era un caminito sobre la propia tierra que marcaban con el azadón (a peta), por lo que el agua se iba filtrando camino a la huerta y llegaba mucha menos cantidad de la que salía desde la poza, ¡qué desperdicio de agua! Regaban así desde tiempos inmemoriables. Recuerdo a mi madre levantándose a las seis de la mañana para preparar la poza, después el calor era insoportable. Pero a veces le tocaba ir más tarde y regresaba sofocada y colorada a casa, ya sin ganas de comer, con deseos de dormir la siesta. Por supuesto, al acabar el riego, debía volver a atrancar la poza para el siguiente parroquiano. Algunos agricultores ya tenían motores que sacaban el agua del río, pero en mi familia no había gran producción, era para autoconsumo, así que no se gastaba dinero en utensilios modernos, todo se hacía a la vieja usanza, como siempre. A los pozos de barrena se apuntó casi todo el mundo, y las aguas frescas ya no llegaban al río, se fueron secando las fuentes.


En esas abrasadoras tardes de verano (el interior de Galicia tiene temperaturas extremas) yo suplicaba a mamá para que me llevase al río (se ve que era trabajo de madres, no recuerdo jamás a mi padre llevándome) y no siempre lo hacía porque estaba ocupada. O porque entonces, sospecho ahora yo, no se consideraba el ocio como un derecho. Demasiada fiesta era susceptible de atribuirse a la holgazanería, y no se pensaba en andar divirtiendo a los hijos: así se malcriaban. Eso pensaban entonces. En la actualidad el péndulo está en el otro lado: los padres ya son los secretarios de las actividades de su prole.

En verano otro motivo de disputa eran las siestas, odiaba hacer siesta. Mateo y yo jugábamos a lo bestia con guerras de almohadas hasta que mamá aparecía con la zapatilla en la mano y acabábamos debajo de la sábanas tronchándonos de risa. Si insistíamos en el bullicio, caía zapatilla en el culo, y ya dormíamos tranquilos tras la breve llorera. La verdad es que mamá amenazaba pero no pegaba. Si la zapatilla llegaba al culo no era fuerte, era como un ritual. Ellos tenían que descansar de aquellos madrugones. El calor apretaba. 

Verano también era la odisea de ir a la playa los domingos. Todos apretujados en el coche durante más de hora y media por la nacional, con pocas zonas de adelantamiento. Fuimos los típicos domingueros. ¡Y qué mérito mi madre!: el día anterior se lo pasaba cocinando pues llevábamos la comida: tortilla, empanada, filetes rebozados, ensaladilla rusa, tomates, pimientos fritos, queso, bebidas, chocolate para la merienda... La verdad es que no sé si a ella le compensaba. Ese día nos compraban un helado para cada uno. Y no había más en toda la semana. Hasta los once años fui muy mal comedora, pero mamá siempre me dice que en la playa comía de todo, hasta lo que habitualmente no me gustaba. Una vez instalados en la playa ella nos embadurnaba de crema, colocaba las toallas y se pasaba toda la jornada de pie vigilando nuestros juegos y baños; después montaba bajo los pinos la mesita con la comida (a esto sí la ayudaba mi padre), recogía todo... Y al regresar a casa, nosotros ya cayéndonos de sueño, todavía tocaba baños, la leche de cena, lavar los bañadores... ¡Qué mérito las madres! Mi padre es muy bueno, pero no hacía nada de las tareas del hogar, eran otras épocas. Con los años mejoró. Ahora hasta cocina y friega los platos. Quiero creer que tanta charla que le he dado desde la adolescencia con los derechos de la mujer también tiene parte en su cambio de actitud. ¡Sólo de pensar en el trabajo que suponía ir cada domingo a la playa a mí ya me dan ganas de quedarme en casa!


La adolescencia trajo, como he comentado, el progresivo abandono del río y el acercamiento a las piscinas de las villas. Íbamos siempre dos o tres amigas juntas y nos llevaban en coche los hermanos mayores, y en cuanto sacábamos el carnet de conducir le pedíamos el coche a nuestros padres que, por supuesto, no siempre nos lo dejaban, y no porque lo fuesen a utilizar. Ya he comentado que dosificaban sus permisos, a todas luces arbitrarios en nuestra opinión. Jamás se nos ocurrió a mis hermanos o a mí cogerles el coche si no daban permiso. Era inconcebible. 

Además de las escapadas a las piscinas, con el final de la adolescencia también llegaron las fiestas y verbenas populares. En aquella época confeccionábamos un calendario estival de eventos a los que acudir. Todos los fines de semana, y en ocasiones entre semana, había fiestas, la mayoría de tipo religioso (desde san Juan en junio, Santiago Apóstol, santa Ana, san Salvador, la Asunción, san Roque, san Bartolomé, san Benito de verano hasta los Milagros en septiembre), pero más tarde también empezaron a proliferar como setas en otoño las fiestas gastronómicas. Así que nuestro calendario estaba cubierto, aunque no siempre podíamos o nos dejaban ir. Recuerdo con divertimento aquellas fiestas, acababas aprendiendo a bailar pasodobles, merengue, salsa... bueno, al menos compartíamos esos bailes. Daba igual que después jamás fuésemos a garitos con esa música, en las verbenas populares nos mezclábamos todos. Las orquestas siempre tuvieron mucha aceptación en Galicia. Pueblos hay en los que sin apenas vecinos pagan mucho dinero entre todos para contratar una orquesta al menos el día del patrón.


Cuando a las tres o cuatro de la madrugada se acababa la música nos retirábamos a alguna bodega a preparar la queimada, esa bebida gallega hecha a base de aguardiente blanca en el que se queman granos de café , trozos de manzana y cáscara de limón. Nunca nos sabíamos el conjuro, pero improvisábamos. Ahora está escrito hasta en mandiles de cocina y trapos de secar. Muchos noviazgos se iniciaron en las bodegas mientras nuestros rostros se extasiaban bajo el resplandor azul de la queimada. Otros se rompieron. Algunos iniciaron sus primeros contactos sexuales al calor del fuego y de la bebida que se maceraba ardiendo. En las verbenas del pueblo natal se nos permitía regresar a casa de madrugada. Los mozos bebían mucho, es verdad.


Queimada galega


Días de verano, lo que recuerdo con melancolía, con envidia incluso (con la distancia que ofrece el paso del tiempo), era esa sensación de que entonces todo era posible. Cada salida, cada fiesta, cada día era la posibilidad de una aventura, de una emoción, un nuevo plan, algo digno de ser anotado en el Diario de la vida. Todo estaba al alcance de la mano, la atracción, el deseo, el amor, las noches interminables, las estrellas, el futuro. Todo eso se fue desvaneciendo poco a poco. Es lo que menos me gusta del paso del tiempo, de envejecer: que ya el camino está hecho, queda por detrás, hacia adelante cada vez menos y menos la opción de esperar algo bueno, de volver a experimentar esa sensación, esa adicta sensación de que todo es posible, ese vértigo al imaginar lo venidero. Y que sucediese, que realmente sucediesen cosas, cosas que ya no volverán a pasar. No me malinterpretéis, no volvería atrás, no volvería ni loca a la adolescencia, a vivir lo vivido. Hablo de poder mantener en la edad adulta esa esperanza, ese vértigo, esa ilusión. Y que no se quede sólo en eso, en ilusión, sino que se materialice. Aquí. Ahora. En verano. 

Praia  América. Nigrán. (Pontevedra) Galicia.  31-08-2018

Praia América. Nigrán. (Pontevedra) Galicia. Al fondo, Baiona.

Pronto empezará el otoño. Y ya sabéis lo que pienso del otoño.

Uol