viernes, 3 de abril de 2020

Destello



Destello

                  
 Ah, dreams too bright to last!

                                   EDGAR ALLAN POE



Hay instantes que
        mientras duran
        mientras mueren
        y matan
Justifican
        una vida

        incluso esta

Luego está lo demás
                  el vacío
                  lo oscuro
                  el silencio
Lo que queda fuera
De los límites
Del filo
De los días
Que compartimos


Ballerina Vargas Tinajero: Antolejía. Poemas para limpiar el váter (2015)


domingo, 15 de marzo de 2020

Miedo




MIEDO 

Para las personas como yo, que tenemos pavor a las enfermedades potencialmente graves, no son buenos tiempos. 

El miedo llega a hacerme temblar como una hoja, me seca la boca, dispara mi corazón  y revuelve los ácidos de mi estómago. No me pasa siempre, por suerte. A veces transcurren años antes de que el miedo me asalte sin piedad. 

Las causas son en parte genéticas, en parte vitales, miedos de la infancia, sentido exacerbado de la responsabilidad. En fin, no sé si explican mucho el origen de este miedo, aunque pueden ayudar a entender el proceso. Nunca he tenido un ataque de pánico propiamente dicho (no he quedado paralizada), nunca he estado de baja por ansiedad, pero sí he pasado noches con los ojos en blanco esperando a la Parca o aferrada al amado si había suerte: los abrazos espantan a la muerte. Después, la normalidad. 

Pero... 
Pero te dicen que a este tipo de miedo no hay que escaparle, que lo mires a la cara, que dejes que se acerque. Yo intento evitarlo todo lo que puedo, con distracciones, canciones, respiraciones, refutaciones, órdenes... hasta que me rindo, no puedo, no puedo estar empujando la puerta con mis manos, con mi espalda 18 horas al día para evitar que penetre en mi cuerpo. Entonces veo cómo se acerca, es una ola grande que sabes que te derribará y te provocará golpes contra la arena. Pienso me tirará al fondo y ya está, después se retirará y emergeré viva, victoriosa. Pero tengo miedo. Mi razón me dice una cosa y mi cuerpo otra. 

Y emerges, sí, pero estás magullada y llena de arena y sal, pedazos de algas y conchas. 

La ola se va, pero tú tienes todo eso adherido a tu piel y no desaparece con un simple baño. 

Durante semanas, incluso meses, sientes esa arena pegada. Y te hace daño, te rasca. Es el recordatorio de ese pavor. 

Ahora estoy resistiéndome a dejarme atropellar por el miedo al coronavirus. ¿Fiebre? Bueno, no es tan terrible. ¿Tos? Pssss.... Pero la falta de aire, el ahogamiento, me espanta. Y por eso tengo miedo. 

Tengo que estar sola, mis padres son mayores. 

Y estando sola veo las olas al fondo acercarse, más cerca, más cerca. 

Sopeso si llorar un poquito. ¿Las lágrimas calientes aflojarán la presión del pecho, esta olla que pide reventar? 

Decido escribir esto. 

Sé que para mucha gente este tipo de miedo es incomprensible. Hasta que un día te sucede.

Escribir también desvía la atención del miedo. 

Y la música. 
Y una sonrisa. 
Y una mirada. 
Y una mano entre las tuyas. 

Si las tenéis, sentíos agradecidos. 

Porque yo hoy voy a coger mi espada y a luchar sola. 

Y tengo miedo. 


...

(Definitivamente voy a llorar y a esperar a que me derribe la ola)

Uol Free en tiempos del coronavirus

martes, 10 de marzo de 2020

Antes del daño




ANTES

Life is a pity.
Jack Kerouac



Es mentira
No es el tiempo
El que hace de nosotros
Lo que somos

Podríamos ser eternamente
El perro que no teme
La ola que no rompe
La lengua que no conoce lo amargo
La carne intacta
La mirada sin sombra
Que contempla sin saberlo
La última tarde de verano

Podríamos haber sido
Lo que ya no recordamos
Lo que fuimos
hace mucho

Antes del daño

Ballerina Vargas Tinajero, de Antolejía: Poemas para limpiar el váter (Ed.Liliputienses, 2015).

sábado, 29 de febrero de 2020

Aludido


ALUDIDO


Te preguntas si eres el aludido.
Pero no me preguntas a mí.
Te niegas a pensarlo siquiera,
que eres el aludido,
no a pensar en preguntarme
si lo eres o no.
Para eso hay que arriesgarse,
tirarse en plancha al agua fría,
cemento pulido
contra el que temes rebotar.
Tú, yo, todos.
Todos tememos esparcir los sesos
contra el suelo
por confiar.
Por confiar.

Avanzamos en los días
obviando continuamente
las olas que provocamos
tras nuestro quejumbroso andar;
niños indecisos, temerosos,
enrabietados porque la sombra
que se cruzó en nuestro camino
no es la que pintamos en el cuaderno escolar.
Y no vemos, no percibimos
la mirada anhelante de curiosidad;
la intriga, el deseo,
el afán.

Hot Stuff
Hot Stuff


¡Qué desconcierto no saber!
¡Qué desatino imaginar!
¡Qué cobardía no indagar!

Y así avanzan los días,
a trompicones inertes,
enmascarados de falsa productividad,
mientras se consume nuestro tiempo,
el que resta, el que se agota, el que no vuelve. 


Uol

domingo, 2 de febrero de 2020

02-02-2020



SI EN LO QUE RESTA

¿Si en lo que resta
no somos quienes seríamos;
si en lo que resta

no me anudo al cuello un pañuelo italiano
ni señalo, con un gesto, el espacio
que contemplar, si en lo que resta no me tomo un barco,
no me siento al sol, no salgo
al encuentro de tu cuerpo sin que me moleste
que las palabras no coincidan,
si en lo que resta no llego a saber
qué gusto tenía tu boca, si en lo que resta no te digo
nada que te haga sentir
que estás en una de aquellas películas, y es cierta;
si en lo que resta no amo una gran ciudad,
no me llevo a mí, a aquella, la que era linda,
a los nuevos barrios del tiempo, si en lo que resta no me                                                                   [
canto una canción 
ni lloro, ni te veo mirarme como diciendo:
"Ya sé, tu canción sigue siendo demasiado bella
para soportarla", y hay tiempo, o hay al menos la misma
sensación de que hay tiempo, y además
la sensación de que lo hubo, un alta mar
de tiempo donde ninguna orilla se divisa;
si en lo que resta no canto como cantaría, no dejo que mi                                                                                        [voz
gorjee e inunda la noche
hasta convertirla en otra cosa, en algo parecido a un pastel
de oro y dulces, un pastel para mirar,
si en lo que resta no te vuelves absoluto,
no te vuelves absoluto sólo por un instante
en que toda la belleza del Hombre se concentra en tu                                                                                       [imagen
y esa tu imagen puede ser tocada, tenida, mía
y entonces nada falta,
si en lo que resta
no flotamos durmiéndonos hasta nuestro fondo,
si, dulces moribundos, no borramos
el borde entre esta soledad
y el mundo, si en lo que resta no somos
ni nos acordamos de que aquí somos,
ni nos anoticiamos de que se nos es,
si en lo que resta no somos espléndidos,
si en lo que resta no somos quienes seríamos,
no damos con nuestro recuerdo del futuro,
no honramos aquella nostalgia del mañana;
si en lo que resta no nadamos hacia nosotros,
hacia aquellos que amábamos, hacia aquello en lo que                                                                             [devendríamos,
si en lo que resta no, entonces cuándo,
si no nosotros, entonces quién
nos consolará de estar tirados acá?

Beatriz Vignoli.

sábado, 25 de enero de 2020

Ilusión



La ilusión se cuela en las entrañas como el agua de la lluvia entre las piedras. 
Que no se escarche, que no se hiele. Si se endurece tornará en diamante, hará crujir la piedra, la destruirá, estallará en mil pedazos. Así de fuerte es la ilusión y así de trágico el desengaño.

Uol

sábado, 28 de diciembre de 2019

Retorno



Traducción al español al final.


RETORNO


― Regresou a filla da tecedeira, volveu a filla da Salvina! 
― Ai, ho! Que dis? Era unha nena cando marchou. 
― E a Salvina, retornou tamén? 
― Non se sabe. Viron a rapaza moi aquelada no velorio do Sinesio, que aínda eran parentes. Pero nada dixeron da Salvina. 
― Para que regresarían? Aquí nada deixaron.
― Muller... deixaron a terra, paréceche pouco? 
― E teñen parentes, o propio Sinesio mesmamente, non o esquezas, Bricio. 
― Para o que lles vai valer... para alá se foi, o pobre. 
― Ao mellor deixoulles a casa en herdanza e veñen reclamala. 
― Pouco sabes do conto, Ricardo. Sinesio non era dono da casa, tíñalla arrendada a un curmán do señor. 
―E como está a rapaza? Xa será unha moza. Andará alá á beira dos vinte anos, non é? 
― Vinte e tres, que é un ano máis nova có meu Oristilo, que algo xogaron na escola. 
― E vén casada ou solteira? 
― Xa estás de casamenteira, Lucila? 
― Vaites! Eu só o digo polo ben da rapaza, que para mal xa o pasou a Salvina. 
― Shisss, baixa a voz, que o aire ten orellas. 
― Boh! a estas alturas... 
― Iso nunca se esquece, Lucila. 
― O que pasou, pasou, e agora xa non ten remedio. Boeno, vou ir pola casa da fonte a ver se saben algo máis do conto. 
― Se che contan algo as comadres xa nolo dirás, eh? 
― Veremos. 



Alentina finxiu unha humildade ante as comadres que estaba moi lonxe de sentir. Finxiu tamén enxugar o pranto co paniño de encaixe ao que non sacacaron ollo as comadres no velorio do primo segundo da súa nai, o Sinesio. Ela apenas o lembraba, só tiña doce anos cando marchou coa nai a Uruguai e ao Sinesio apenas o frecuentaban. Foi realmente unha casualidade que cadrara o seu retorno coa morte do parente, pese a que esa coincidencia beneficiaba os plans da moza ao non ter que dar demasiadas explicacións sobre o inesperado regreso á terra. 



Quizás todos esqueceran, pensou Alentina, pero ela non, ela non esquecera nin unha soa das afrentas que recibira a súa nai. Pouco lle importaran as súas, as que ela mesma sufrira nas súas carnes, na súa persoa, as burlas dos cativos, os rabuñóns do Oristilo, as pancadas do Pepiño e os seus amigos, as humillacións do cura, as insinuacións noxentas e lascivas do tío Ochogavias, as miradas inquietantes do fillo do Viqueira, o da taberna. Pero tamén estaban as miradas fuxidías dos que calaban e non as defendían, a tía Basilisa, a señora Virgentina, o zapateiro Mitrio, a cociñeira do cura, a señora Macata. Todos calaban e torcían o fuciño. Pero ela non esquecera. Ela non. E chegara a hora. 

A inexorable ruina do señor Randulfe chegou por voltas e reviravoltas ao quincho da Quinta de Casa Azul, ás aforas de Montevideo. Alí traballaba un compatriota de Salvina, un home xa vello, emigrado a terras americanas antes de nacer Salvina. El mantiña esporádica correspondencia coa familia que, por cousas da vida, procedía dunha aldea cercana ás terras de Salvina, algo que ela nunca lle aclarou. Así soubo Alentina que o ricacho que desgraciara a vida da súa nai e a súa propia estaba a un paso de caer no oprobio de verse na rúa. Tal fora a mala cabeza daquel pérfido home, dalquel desalmado becho que ademais resultou despilfarrador e manirroto. O seu propio administrador fora roubándolle onza o onza os poucos cartos que había na saca. As eiras, o pombal, os cortellos e as bestas... todo se fora empeñando para manter a súa vida licenciosa e ociosa, e o banco xa non lle daba aire, pero máis que nada, o que o acabou de arruinar ao señorito foron as súas débedas de xogo, que acabaran por facerlle perder o creto e o honor. 

―Honor? Ese home nunca tivo honor, mi madre, nunca. Pero agora vai ver o que é estar en boca de todos, a falta de estima, de respecto. Quero verlle a cara cando morda a lama, cando se vexa no camiño á intemperie, cando todos lle volvan as costas, quero velo caer, madre. 

E así foi como Alentina embarcou cara á terra a enfrontarse ao seu pasado. 






Retornou soa. Once anos antes Salvina xuntara o pouco aforrado e coa axuda dunha tía monxa embarcara cara Uruguai. Alí a súa boa disposición e o seu carácter doce e humilde, a súa mirada baixa e agradecida, amén da carta de recomendación da tía monxa, foron tomadas en conta para traballar de gobernanta do señor da Quinta de Casa Azul. Alí tratárona ben e a rapariga Alentina puido aprender a ler e escribir, a bordar e ata a montar dacabalo como as señoritas. Tivo medo a nai de que Alentina trabucase os pasos ou que pensase que o bo trato a puña ao nivel do fillo do señor, pero Alentina nunca tivo esas aspiracións. E o que se fixou nela non foi Romualdo, senón un amigo seu que frecuentaba a casa. Juan Aguirre era fillo dun comerciante espilido que lograra levar á universidade ao seu primoxénito, e por iso Juan alternara con mozos de casas máis opulentas. Desde que coñeceu a Alentina, Juan Aguirre sentiuse atraído pola mirada brava e rebelde da rapaza, pola súa pel branquiña e o pelo negro, por ese riso tan pouco comedido que rebentaba na súa boca enchendo todo de sonidos alegres. Non se opuxo Juan Aguirre pai a esas relacións, e Alentina casou, convertíndose en esposa do recén licenciado avogado e en primeira nora do vello comerciante ben situado. 

Levaba Alentina un ano casada e xa preñada de tres meses cando Salvina, aínda muller de confianza do señor Torres Mansilla, soubo das novas sobre a precaria situación económica do antano próspero e déspota don Randulfe. 

Con garatuxas de por medio intentou Alentina convencer a Juan Aguirre sobre a conveniencia dunha viaxe á Terra Nai, pero o home non quixo saber nada de viaxe tan longa e pouco apropiada para unha muller preñada. Así que houbo esperar Alentina a dar a luz ao seu neno, outro Juan Aguirre, un pequerrechiño precioso que Salvina amou con loucura desde o mesmo momento do parto, provocando que por fin se decidira a deixar o traballo de gobernanta para pasar a ser a entregada avoa e neneira da criaturiña. Durante eses meses de espera tivo tempo Alentina de reflexionar sobre a maneira de dar a puntilla ao infame, ao abxecto home que desgraciara a vida da súa nai. 

―Seica casou cun avogado riquísimo, con casas e comercios. 
― E logo o home por que non veu con ela? Éche ben raro iso. 
― E ti que sabes! Disque tiña un preito moi importante que non podía deixar e deulle poderes á muller para comprar terras e casas aquí. 
― Aquí? 
― E xa ten un meniño! A Salvina é avoa. Disque ela vai casar cun conde. 
― Non paroles, Lucila, non paroles, que conde nin que carallo! A Salvina xa é vella, que vai casar! 
― Vella, vella... corenta anos terá, aínda lle pode dar un irmanciño a Alentina hahahaha! 
― Vaites, saca de aí, Ricardo, non sexas porcón. 
― Calade, ho! Pero que casa vai mercar? Que saibamos a monxa non tiña casa ningunha. 
― Pois eu penso que vai mercar a casa... do pai. 


― Estarás satisfeita: unha casa brasonada de 150 anos, dous pombais, tres cortellos, gando, eiras, unha fraga con dereito de paso de auga e caza... 
― Unha casa que cae a cachos, baleiros cortellos e eiras ermas; e caza a furto nas túas terras canto palanquín anda polos arredores, porque xa hai moito que che perderon o medo e o respecto. 
― E quen es ti para atuarme? Como te atreves? 
― Acaso non o sabes? 

Don Randulfe, co nariz azulado e o rostro cuberto de finas veas vermellas, produto do abuso do viño e da augardente, non respondeu. 

― Que vas facer con todo? Vas volver? 
― Nada teño que explicarche. E a min chégame con saber que ti non verás un peso do vendido. 
― Non sei de onde sacaches os cartos. En que malos pasos andariades ti e mais a pendanga de túa nai, fillas do demo? 

Alentina cruzoulle a cara a don Randulfe, que vello e decrépito abaneou e houbo caer. 

― Filla do demo, si, e alí retornará o demo: ao inferno de onde saíu. Ata nunca, don Randulfe. Arda vostede a gusto no averno. 


Ninguén viu dous días despois da comentada marcha do notario á cidade de Pontevedra como Alentina sorría dentro dunha carruaxe mentres miraba como as lapas consumían as nobres vigas do tellado da Casa do señor Randulfe. Oíanse os berros de impotencia dalgúns lugareños, que corrían espantados dun lado a outro vendo como o fume ascendía ao ceo e as labaradas arrasaban coas pedras centenarias. Cando o tellado caeu con estrépito, Alentina mandou ao cocheiro tomar a calzada de Vigo, de onde ao día seguinte partía o buque que a levaría de volta a Uruguai para reunirse cos seus. 

Silvas, hedras, herbas e musgo cobren as pedras negras da que un día foi casa nobre e fidalga. Cobras, ratos e lagartos son os únicos habitantes dos un día nobres salóns e estancias. Todo apodrece. 


Tamén a aldea que temía ao señor Randulfe apodrece baixo unha capa de olvido. Outras portas pecháronse, outras fiestras atrancáronse, outras pedras caeron. Todos foron perdéndose nos camiños da vida, nos camiños do esquecemento. A aldea morre.


Uol





RETORNO

― Regresó la hija de la tejedora, volvió la hija de la Salvina!
― Ay, vaya! ¿Qué dices? Era una niña cuando se marchó.
― Y la  Salvina, ¿retornó también?
― No se sabe. Vieron a la chica muy  engalanada en el velatorio de Sinesio, que aún eran parientes. Pero nada dijeron de la  Salvina.
― ¿Para que regresarían? Aquí nada dejaron.
― Mujer... dejaron la tierra, ¿te parece poco?
― Y tienen parientes, el propio  Sinesio incluso, no lo olvides,  Bricio.
― Para lo que les va a servir... para allá se fue, el pobre.
― A lo mejor les dejó la casa en herencia y vienen a reclamarla.
― Poco sabes del cuento, Ricardo.  Sinesio no era dueño de la casa, se la tenía arrendada a un primo del señor.
―¿Y cómo está la chica? Ya será una moza. Andará cerca de los veinte años, ¿no?
― Veintitrés, que es un año más joven que mi  Oristilo, que algo jugaron en la escuela.
― ¿Y viene casada o soltera?
― ¿Ya estás de  casamentera, Lucila?
― ¡Vaya! Yo solo lo digo por el bien de la chica, que para mal ya lo pasó la  Salvina.
―  Shisss, baja la voz, que el aire tiene orejas.
―  ¡Boh! a estas alturas...
― Eso nunca se olvida, Lucila.
― Lo que pasó, pasó, y ahora ya no tiene remedio.  Bueno, voy a ir por la casa de la fuente a ver si saben algo más del cuento.
― Si te cuentan algo las comadres ya nos lo dirás, ¿eh?
― Veremos.

Alentina fingió una humildad ante las  comadres que estaba muy lejos de sentir. Fingió también enjugar el llanto con el  pañuelito de encaje al que no  sacaron ojo las  comadres en el velatorio del primo segundo de su madre, Sinesio. Ella apenas lo recordaba, solo tenía doce años cuando se marchó con su madre a Uruguay y a  Sinesio apenas lo frecuentaban. Fue realmente una casualidad que hubiese coincidido su retorno con la muerte del pariente, pese a que esa coincidencia beneficiaba a los planes de la joven al no tener que dar demasiadas explicaciones sobre el inesperado regreso a la tierra.

Quizás todos habían olvidado, pensó  Alentina, pero ella no, ella no había olvidado ni una sola de las  afrentas que había recibido su madre. Poco le habían importado las suyas, las que ella misma había sufrido en sus carnes, en su persona, los recochineos de los niños, los  arañazos de  Oristilo, las  patadas de Pepiño y sus amigos, las humillaciones del cura, las insinuaciones  asquerosas y  lascivas del tío Ochogavias, las miradas inquietantes del hijo de Viqueira, el de la taberna. Pero también estaban las miradas  huidizas de los que callaban y no las defendían, la tía  Basilisa, la señora Virgentina, el zapatero  Mitrio, la cocinera del cura, la señora  Macata. Todos callaban y torcían el hocico. Pero ella no había olvidado. Ella no. Y había llegado la hora.

La inexorable  ruina del señor  Randulfe llegó por vueltas y entresijos al  quincho de la Quinta de Casa Azul, a las afueras de Montevideo. Allí trabajaba un compatriota de  Salvina, un hombre ya viejo, emigrado a tierras americanas antes de nacer  Salvina. Él mantenía esporádica correspondencia con la familia que, por cosas de la vida, procedía de una aldea  cercana a las tierras de  Salvina, algo que ella nunca le aclaró. Así supo  Alentina que el ricachón que había desgraciado la vida de su madre y la suya propia estaba a un paso de caer en el  oprobio de verse en la calle. Tal había sido la mala cabeza de aquel pérfido hombre,  de aquel desalmado  bicho que además resultó ser  despilfarrador y manirroto. Su propio administrador le había ido robando  onza a  onza el poco dinero que había en la saca. Las eras, el palomar, las cuadras y las bestias... todo se había ido empeñando para mantener su vida  licenciosa y  ociosa, y el banco ya no le daba aire, pero más que nada, lo que acabó de arruinar al señorito fueron sus deudas de juego, que habían acabado por hacerle perder el  crédito y el honor.

―¿Honor? Ese hombre nunca tuvo honor, madre, nunca. Pero ahora va a ver lo que es estar en boca de todos, la falta de estima, de respeto. Quiero verle la cara cuando muerda el barro, cuando se vea en los caminos a la intemperie, cuando todos le vuelvan la espalda, quiero verlo caer, madre.
Y así fue como  Alentina embarcó hacia su tierra para enfrentarse a su pasado. 

Retornó sola. Once años antes  Salvina había juntado lo poco ahorrado, y con la ayuda de una tía monja había embarcado con su hija cara a Uruguay. Allí su buena disposición y su carácter dulce y humilde, su mirada baja y agradecida, amén de la carta de recomendación de la tía monja, fueron tomados en cuenta para  trabajar de gobernanta del señor de la Quinta de Casa Azul. Allí la trataron bien y la muchacha  Alentina pudo aprender a leer y escribir, a  bordar y hasta a montar a caballo al estilo de las señoritas.  Tuvo miedo la madre de que  Alentina perdiese pie y que pensara que el buen trato la ponía al mismo nivel del hijo del señor, pero  Alentina nunca tuvo esas aspiraciones. Y el que se fijó en ella no fue  Romualdo, sino un amigo suyo que  frecuentaba la casa.  Juan Aguirre era hijo de un comerciante  espabilado que había logrado llevar a la universidad a su primogénito, y por eso Juan había alternado con jóvenes de casas más opulentas. Desde que conoció a  Alentina, Juan Aguirre se sintió atraído por la mirada brava y rebelde de la chica, por su piel  blanquita y el pelo negro, por esa risa suya tan poco comedida que reventaba en su boca llenando todo de sonidos alegres. No se opuso Juan Aguirre padre a esas relaciones, y  Alentina se casó,  convirtiéndose en esposa del  recién licenciado abogado y en primera nuera del viejo comerciante bien ubicado. 

Llevaba  Alentina un año casada y ya embarazada de tres meses cuando  Salvina, aún mujer de confianza del señor Torres Mansilla, supo de las noticias sobre la precaria situación económica del antaño próspero y  déspota don  Randulfe.
Con  arrumacos de por medio intentó  Alentina convencer a Juan Aguirre sobre la conveniencia de un viaje a la Tierra Madre, pero el hombre no quiso saber nada de viaje tan largo y poco apropiado para una mujer preñada. Así que hubo de esperar  Alentina a dar a luz a su niño, otro Juan Aguirre, un  pequeñuelo precioso que Salvina amó con locura desde el mismo momento del parto, provocando que  por fin se decidiese a dejar el trabajo de gobernanta para pasar a ser la entregada abuela y  niñera de la  criaturita. Durante esos meses de espera tuvo tiempo  Alentina de reflexionar sobre la manera de dar la puntilla al infame, al abyecto hombre que había desgraciado la vida de su madre.

―Dicen que se casó con un abogado  riquísimo, con casas y comercios. 
―  ¿Y por qué su marido no ha venido con  ella? Es bien raro eso.
― ¡Y tú qué sabes! Por lo visto tenía un pleito muy importante que no podía dejar y le dio poderes a la  mujer para comprar tierras y casas aquí.
― ¿Aquí?
―  ¡Y ya tiene un niño! La  Salvina es abuela. Por lo visto ella va a casarse con un conde.
― ¡No desbarres, Lucila, no desbarres, qué conde ni qué carajo! La  Salvina ya es vieja, ¡cómo se va a casar!
― Vieja, vieja... cuarenta años tendrá, aún le puede dar un hermanito a  Alentina  jajajajaja!
― ¡Vaya, cierra la boca, Ricardo, no seas  cerdo!
― ¡Callad! ¿Pero qué casa va a comprar? Que sepamos la monja no tenía casa ninguna.
― Pues yo pienso que va a comprar la casa... de su padre.


― Estarás satisfecha: una casa  blasonada de 150 años, dos palomares, tres cuadras, ganado, eras, un bosque con pleno derecho de paso de agua y caza...
― Una casa que se cae a pedazos, vacías las cuadras y yermas las eras; y caza furtivamente  en tus tierras cuanto  granuja anda por los aledaños, porque ya hace mucho  tiempo que te han perdido el miedo y el respeto.
― ¿Y quién eres tú para tutearme? ¿Cómo te atreves?
― ¿Acaso no lo sabes?

Don  Randulfe, con la nariz  azulada y el rostro cubierto de finas venas rojas, producto del abuso del vino y del aguardiente, no respondió.
― ¿Qué vas a hacer con todo? ¿Vas a regresar?
― Nada tengo que explicarte. Y a mí me llega con saber que tú no verás un duro de lo vendido.
― No sé de donde sacaste el dinero. ¿En qué malos pasos andaríais tú y la  pindonga de tu madre, hijas del demonio?

Alentina le cruzó la cara a don  Randulfe, que viejo y decrépito se tambaleó y a punto estuvo de caer.
― Hija del demonio, sí, y allí retornará el demonio: al infierno de donde salió. Hasta nunca, don  Randulfe. Arda usted a gusto en el averno.

Nadie vio dos días después de la comentada marcha del notario a la ciudad de Pontevedra como  Alentina sonreía dentro de un carruaje mientras contemplaba como las llamas consumían las nobles vigas del tejado de la Casa del señor  Randulfe. Se oían los gritos de impotencia de algunos  lugareños, que corrían espantados de un lugar a otro viendo como el humo ascendía al cielo y las llamaradas arrasaban con las piedras centenarias.  Cuando el tejado cayó con  estrépito,  Alentina mandó al  cochero tomar la calzada de Vigo, de donde al día siguiente partía el buque que la llevaría de vuelta a Uruguay para reunirse con los suyos.

Silvas,  hiedras, hierbas y  musgo cubren las piedras negras de la que un día fue casa noble e hidalga. Culebras, ratones y lagartos son los únicos habitantes de los un día nobles salones y estancias. Todo se pudre.

También la aldea que temía al señor  Randulfe  se pudre bajo una capa de  olvido. Otras puertas se cerraron, otras ventanas  se atrancaron, otras piedras cayeron. Todos fueron perdiéndose en los caminos de la vida, en los caminos del olvido. La aldea se muere.

Uol