jueves, 8 de marzo de 2018

Señora Milia, costurera



¡Si mamá Corona pudiese verme ahora! Ella siempre me miraba con un brillo especial, como si pudiese leer mi futuro, siempre confió en que yo me salvaría de la miseria que nos rodeaba. Yo entonces no era consciente de aquella realidad. Era una niña como todas, de ropa remendada y pies descalzos. Mamá Corona me recogía bajo su manto las noches de helada y viento. Rezaba o susurraba o hablaba con los muertos, no lo sé. Todavía siento sus manos ásperas y calientes palpando mis brazos, mi barriga, arropándome, haciendo cruces sobre mi frente, mirando las palmas de mis ateridas manos. Mamá Corona tenía manos encallecidas, pero yo no había conocido otras, para mí eran las manos más hermosas del mundo. No le diga esas cosas a la niña, le decía mi madre cuando mamá Corona me susurraba, Diolinda, miña nena, ti coñecerás mundo; estes non poderán contigo. Mamá Corona sólo tuvo una hija, mi madre, porque mi abuelo se fue a hacer las Américas y nunca regresó, condenando a mi abuela a ser otra viuda de vivo de las muchas que había entonces. No se le conoció otro hombre, aunque según me confesó poco antes de morir, los hubo, al menos dos, confesos. Pero su situación irregular impidió otra relación que no fuese clandestina. Y eso, contra todo pronóstico, acabó por alejarlos. También ellos querían familia y prole. Mamá Corona tuvo poco tiempo para hacer carantoñas y mimos a mi madre, si es que alguna vez los hizo, no fue nunca mujer de garatuxadas. Sus demostraciones de cariño hacia mí eran cuestión de piel, de miradas, de manos protectoras, nada de besuqueos ni pucheros, que eso me lo echaba en cara Silvano, que decía que yo era seca como una era de trigo. Mamá Corona no pudo atender apenas a mi madre, apremiada constantemente por la necesidad de conseguir jornales para sobrevivir. Del emigrante, como ya he dicho, nunca más se supo y la familia paterna se desentendió de la nuera y de la nieta, abrumados por sus propias necesidades, tampoco a ellos enviaba dinero. Quizás hasta miraban recelosos a la nuera: la consideraban culpable de aquella deserción.

A veces pienso que mi madre llegó a tener celos de mí, de esa atención que mamá Corona me prestaba y que a ella nunca concedió. Otras creo que simplemente nunca se llegaron a entender. Quizás mi madre le recordaba al marido huido. Y además eran muy diferentes, mi madre siempre le pareció asustadiza y débil, alguien que obedecía mansa y sumisa, boi de palla. 

Mi madre se casó muy pronto, era el sino de aquellos tiempos. Y mi padre se murió prematuramente, aplastado por un carro. Tres fotos tengo de él: la del reclutamiento, la de la boda y una en la que me tiene en brazos; yo, un revuelto de trapos; suerte que pasó un fotógrafo ambulante por el pueblo, retrató a casi todo el mundo; cada uno le pagó con lo que buenamente pudo: al parecer el hombre era de buen conformar. Dicen que esa cabecita soy yo. Seré, no se me ve apenas, una coronilla pelada.

Y de nuevo tres mujeres solas. Mi madre se empleó en casa de doña Emerenciana, la mujer del boticario de la villa aledaña. Aprendió a coser para reparar la ropa de los ocho hijos que aquella señorona paría sin cesar y que sobrevivían, magnífica raza, que decía su marido, orgulloso de tamaña rareza.

El empleo de mi madre alivió la situación en la casa y como yo era muy pequeñita, mamá Corona dejó los jornales y se ocupó de mí, sin melindres ni caprichos, pero inoculándome desde el primer día la clarividencia de las cosas obvias, la confianza en mi fuerza.

La historia se repetía, como he dicho, porque en mis primeros años de vida apenas veía a mi madre, que se pasaba los días y noches cuidando de aquellos niños belicosos e indistinguibles. Y si alguna vez me llevaba con ella, me tiraban de las trenzas y se reían de mis zapatos viejos, heredados de alguno de ellos. Así que yo prefería quedarme con mamá Corona en la casa y la huerta.

Un día mi madre llegó a casa llorando. Mamá Corona me mandó ir al gallinero a comprobar si había huevos, pero no había huevos, que ya los habíamos recogido aquella mañana. Mi madre lloraba y lloraba y mamá Corona decía algo de pillar a fouciña e cortalle os collóns a quen fixera falta. Durante un tiempo mi madre no fue a casa del boticario y una tarde, al regresar de jugar con mi amigo Delio, mamá Corona me llamó y me dijo que ahora tenía un hermanito y que tenía que quererlo y cuidarlo mucho. Después me mandó unos días para casa de los Novelle y yo me puse triste: pensé que mamá Corona querría ahora más a ese hermanito que a mí y que por eso me mandaba a casa de los vecinos. Delio me susurró con gran misterio que mi madre era una fresca y yo le pegué tres morradas, no sé muy bien por qué, algo en su tono no me gustó; y entonces Delio me pidió, arrepentido, que no me enfadase, que él no pensaba que mi madre fuese una fresca si siempre iba bien abrigada. Él no sabía que mi madre ya le había dado la vuelta al cuello y a los puños de aquel abrigo de paño gastado. Mi madre quiso que mi hermanito se llamase como su padre ausente, cosa que no gustó nada a mamá Corona, pero no hubo manera de hacerle cambiar de opinión y tuvo que conformarse. Eladito, pobriño, se murió de tosferina con apenas dos añitos. Mi madre lloró mucho. Mamá Corona se pasó meses enjugando los ojos con el borde del mandil. Yo sufrí mucho. Porque Eladio, Eladito, fue mi muñeco, niño más bueno, tranquilo y dócil nunca se había visto en aquella aldea de cabestros.

Cuando mamá Corona enfermó gravemente, yo ya era mozuela y varios me rondaban a pesar del carácter que decían que gastaba. Nunca entendí eso, debía ser porque no me gustaba que me empujasen contra los muros cuando se chocaban conmigo por el camino, o porque nunca respondí a las gracietas que me lanzaban cuando llevaba a las casas los encargos de ropa que le hacían a mi madre. Sólo con Delio tenía confianza. Y eso que fue motivo de alegrías en la infancia se tornó silencio pesado con la llegada de la juventud. Delio estaba raro. Mamá Corona lo vaticinó el día que cumplí trece años y mi vecino me trajo un cestillo repleto de moras; venía todo picado, se había metido en medio de las silvas. Mamá Corona me dijo, non lle deas esperanzas ó Baudeliño, que non é home para ti.

Delio no me soltó la mano durante el entierro de mamá Corona. Para él también había sido una especie de abuela. Nos daba de merienda trozos de pan de millo untados con nata de la vaca y espolvoreados de azúcar, buscaba manzanas sin dueño en los pomares, tazas de caldo que sabía a gloria; nos dio a probar por primera vez vino dulce...



La muerte de mi abuela me partió el corazón. Mi madre, que nunca se había recuperado de la pérdida de Eladito, se volvió aún más callada y huidiza.

Delio se me declaró poco después y yo le dije que estaba de luto, que ya hablaríamos. Y un día, enhebrando entre lágrimas una aguja  al recordar que había sido mamá Corona quien me había enseñado, decidí irme a París. Allí me emplearía de costurera, mi profesión y mi carta de libertad.

Mi madre estuvo conforme. Como cabeza de familia, dio su permiso, no sin preguntarme primero qué pasaba con Delio. Antes de que se vaia el, marcho eu, le respondí. Creo que lo entendió.

Y aquí estoy, doce años después, cosiendo y cosiendo en Chez Julie. Ayer madame Ailloud me informó de que a partir del mes que viene seré la encargada del pequeño atelier. Se retira la señora Bouffort y yo ocuparé su puesto. Es un gran honor, no dejo de ser una extranjera que nunca hablará parfaitement el idioma. Ahora soy madame Biancarelli. Me casé con un italiano a los tres años de llegar a París. Silvano y yo apenas estuvimos siete meses de novios. Se mostró muy interesado e insistente. Bambina por aquí, ragazza por allá. Yo hacía como que no le entendía y le respondía en un francés nunca del todo bien pronunciado. No creo que él se diese cuenta de ello, su pronunciación no era mejor. Recordé los consejos de mamá Corona y llegué a la conclusión de que era un buen hombre. Sólo le puse una condición: no dejaría el trabajo que tanto me había costado conseguir. Ni siquiera si teníamos hijos. Silvano aceptó, el dinero no sobraba precisamente. Y así pasé de ser mademoiselle Milia a madame Biancarelli.

Escribí a mi madre una carta anunciándole mi boda. Tardó meses en responder. Decía que se alegraba y que Baudelio había anunciado su compromiso días después de comentarle ella la noticia de mis esponsales.

A nuestra manera, Silvano y yo hemos sido felices. La vida no ha sido fácil, pero tampoco amarga. He cumplido el sueño de mi abuela: he dejado atrás caminos embarrados, pies descalzos, analfabetismo y pobreza. Lo que no le cuento a mi madre es que aquí también hay miseria, y niños de mirada triste que piden en las esquinas, mujeres que se ofrecen en las calles por unas monedas y hombres violentos que vociferan tras las paredes.

Silvano consintió en llamar Corona a nuestra hija a cambio de elegir el nombre si era niño. El segundo fue François, pero él lo llamó siempre Francesco. No hubo más. Fue días después del nacimiento de Francesco que Silvano me aclaró que siempre que susurraba Dio Dio Dio mientras hacíamos uso del matrimonio, no era mi nombre, sino que era exclamación de goce, llamaba a Dios. No supe qué decir o hacer. Alegrarme, supongo. Silvano resultó ser un hombre apasionado y hasta cariñoso, no tengo queja.

Esta mañana he recibido carta de don Eusebio, el cura que le escribía las cartas a mi madre y me las enviaba. Mi madre ha muerto. Y todo ha regresado a mí, mamá Corona, Eladito, Delio, la aldea, el pan de millo, el olor de la hierba, el regato, el caldo de mi abuela, el olor del orballo, su frescura, el verde infinito...  Corona ha notado mi tristeza, mi melancolía, y se ha abrazado a mi cintura, maman, lequel est le problème? ne pleure pas, ti amo, mamaíña. Así es la vida, mamá Corona, tienes una bisnieta que habla una extraña mezcla de francés, italiano y gallego.  Y lloré, lloré mucho rato con mi hija abrazada a mí, porque de pronto me he dado cuenta de que quería mucho a mi madre, y que, al fin y al cabo, soy y seré siempre  Diolinda Milia Pumar, hija de María Pumar, costureras y tenaces ambas.

Uol 

A todas las mujeres que han luchado y luchan por su sueño, su independencia, su trabajo y su futuro.

10 comentarios:

  1. Eres una gran escritora. Me quito el sombrero ante este relato literariamente tan bueno y humanamente tan conmovedor, incluso añadiría que históricamente tan verdadero. Enhorabuena.
    Esta guerra, ha sido, es y será siempre más todavía que entre hombres y mujeres, entre ricos y pobres. Pero quien va a tener los cojones de declarar el Día del Pobre, el ÇDía del Esclavo, o ni siquiera el Día de la Persona Explotada.
    Vuelvo a repetir que la escritura es fantástica, vergüenza me da mi blog ahora, puede que hasta lo deje una temporada.

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    1. Bueno bueno bueno, ¡qué exagerado! Gracias por los halagos, pero ya habíamos hablado en tu blog del hábito de andarse alabando en los respectivos blogs.
      La vanidad es mala consejera. Escribí sobre esto en mi entrada "Vanidad"
      ( https://programademanolibre.blogspot.com.es/2014/03/vanidad.html ).

      Lo que me alegra es que te guste el relato, y por supuesto tomo como arrebato la peregrina idea de que deberías dejar descansar tu blog. Cada uno escribe de lo que quiere y como quiere y puede. ¿Vale?

      La pobreza... es terrible, pero si encima eres mujer y pobre, ya es lo peor de lo peor, pura desesperación.

      ¡Un abrazo!

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  2. No me sorprende lo bien que se te da inventar historias, ya llevo leídas unas cuantas. Pero al principio he creído que era autobiográfica.

    Espero que este mundo vaya avanzando en el trato igualitario. Ha sido un gran día.

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    1. Muchas gracias, Cristian.
      Todas esas mujeres tienen algo mío, sin duda.
      Bicos!

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    1. Que tú me lo digas, poeta...
      Bico y abrazo!

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  4. Coincido con el autor del primer comentario en la hermosura de tu relato, literaria y humana.
    Fiel retrato de una época no tan lejana, y que hoy mismo se repite en versión corregida y aumentada.
    Y enhorabuena por la increíble movilización que habéis conseguido las mujeres. No será en balde. Despertaremos, quiero pensar.
    Feliz noche
    Un abrazo

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    1. Gracias, Vlixes!
      Tienes toda la razón, es un retrato en sepia de un problema actual.
      Las mujeres movemos el mundo, porque la sociedad está organizada desde el núcleo del hogar. Pero mientras existan mujeres poco formadas, habrá esquemas injustos y desiguales que se repitan y enquisten.
      Y después está el tema de la trata de personas y las torturas que se están infringiendo en los prostíbulos. Mientras existan personas que crean que ejercen libremente y también consumidores, poco hay de hacer.
      Concienciación!
      Bicos!

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  5. Léote de cando en cando, sempre con moito agrado. Pero neste caso, decidinme a comentar, porque o teu relatoconmoveume especialmente. Ademáis da calidade e do sentimento que contén, é unha auténtica recreación dun mundo ao que me sinto moi apegado por orixes, ao tempo que unha delicada, pero non por iso menos rotunda exposición da inxustiza, aliada á pobreza que no mundo da aldea, mais sendo muller, se podía sufrir.

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    1. Moitas grazas, Euclides (escollido adrede o alcume, imaxino), pola túa atención e palabras.
      O mundo rural é o meu. O mundo deste texto, coñecido. Esas mulleres, as que me rodearon e aínda me inspiran. Tiven sorte de ter bos exemplos. De loita, de conciencia, de esforzo, de vontade, de aforro, pero tamén de bondade, de afecto, de humildade.

      Grazas de novo por acercarte, e que non sexa de raro en raro.
      Unha aperta.
      (Igual che presta ler o relato A nena do soportal: soño de nadal)

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