jueves, 22 de marzo de 2018

Sólo son ganas de llorar




El asalto

Cuando el dolor regresa,
de improviso,
y te asalta en el umbral de la nostalgia
y encañona tu sien contra el recuerdo
sabes bien que sólo puedes claudicar.

Son sus manos
las que hurgando en tus bolsillos
te devuelven viejos fríos del pasado.
Y el silencio deja paso a otro silencio
hasta que el dolor se aleja del lugar.

Sólo entonces
cuando el dolor se aleja,
te atreves a mirar en los bolsillos
y sientes una súbita vergüenza
y no aciertas con la llave en el portal.

Y de nuevo,
te impones la distancia,
la lógica febril, la compostura.
Y lo llamas cordura o equilibrio
cuando sólo son ganas de llorar.

Anay Sala: Medidas cautelares. Rúbrica Editorial, Barcelona, 2012

jueves, 15 de marzo de 2018

Esconder la cabeza


No nos engañemos: nadie quiere escuchar la verdad. Y menos de labios de la persona amada.
Uol 

jueves, 8 de marzo de 2018

Señora Milia, costurera



¡Si mamá Corona pudiese verme ahora! Ella siempre me miraba con un brillo especial, como si pudiese leer mi futuro, siempre confió en que yo me salvaría de la miseria que nos rodeaba. Yo entonces no era consciente de aquella realidad. Era una niña como todas, de ropa remendada y pies descalzos. Mamá Corona me recogía bajo su manto las noches de helada y viento. Rezaba o susurraba o hablaba con los muertos, no lo sé. Todavía siento sus manos ásperas y calientes palpando mis brazos, mi barriga, arropándome, haciendo cruces sobre mi frente, mirando las palmas de mis ateridas manos. Mamá Corona tenía manos encallecidas, pero yo no había conocido otras, para mí eran las manos más hermosas del mundo. No le diga esas cosas a la niña, le decía mi madre cuando mamá Corona me susurraba, Diolinda, miña nena, ti coñecerás mundo; estes non poderán contigo. Mamá Corona sólo tuvo una hija, mi madre, porque mi abuelo se fue a hacer las Américas y nunca regresó, condenando a mi abuela a ser otra viuda de vivo de las muchas que había entonces. No se le conoció otro hombre, aunque según me confesó poco antes de morir, los hubo, al menos dos, confesos. Pero su situación irregular impidió otra relación que no fuese clandestina. Y eso, contra todo pronóstico, acabó por alejarlos. También ellos querían familia y prole. Mamá Corona tuvo poco tiempo para hacer carantoñas y mimos a mi madre, si es que alguna vez los hizo, no fue nunca mujer de garatuxadas. Sus demostraciones de cariño hacia mí eran cuestión de piel, de miradas, de manos protectoras, nada de besuqueos ni pucheros, que eso me lo echaba en cara Silvano, que decía que yo era seca como una era de trigo. Mamá Corona no pudo atender apenas a mi madre, apremiada constantemente por la necesidad de conseguir jornales para sobrevivir. Del emigrante, como ya he dicho, nunca más se supo y la familia paterna se desentendió de la nuera y de la nieta, abrumados por sus propias necesidades, tampoco a ellos enviaba dinero. Quizás hasta miraban recelosos a la nuera: la consideraban culpable de aquella deserción.

A veces pienso que mi madre llegó a tener celos de mí, de esa atención que mamá Corona me prestaba y que a ella nunca concedió. Otras creo que simplemente nunca se llegaron a entender. Quizás mi madre le recordaba al marido huido. Y además eran muy diferentes, mi madre siempre le pareció asustadiza y débil, alguien que obedecía mansa y sumisa, boi de palla. 

Mi madre se casó muy pronto, era el sino de aquellos tiempos. Y mi padre se murió prematuramente, aplastado por un carro. Tres fotos tengo de él: la del reclutamiento, la de la boda y una en la que me tiene en brazos; yo, un revuelto de trapos; suerte que pasó un fotógrafo ambulante por el pueblo, retrató a casi todo el mundo; cada uno le pagó con lo que buenamente pudo: al parecer el hombre era de buen conformar. Dicen que esa cabecita soy yo. Seré, no se me ve apenas, una coronilla pelada.

Y de nuevo tres mujeres solas. Mi madre se empleó en casa de doña Emerenciana, la mujer del boticario de la villa aledaña. Aprendió a coser para reparar la ropa de los ocho hijos que aquella señorona paría sin cesar y que sobrevivían, magnífica raza, que decía su marido, orgulloso de tamaña rareza.

El empleo de mi madre alivió la situación en la casa y como yo era muy pequeñita, mamá Corona dejó los jornales y se ocupó de mí, sin melindres ni caprichos, pero inoculándome desde el primer día la clarividencia de las cosas obvias, la confianza en mi fuerza.

La historia se repetía, como he dicho, porque en mis primeros años de vida apenas veía a mi madre, que se pasaba los días y noches cuidando de aquellos niños belicosos e indistinguibles. Y si alguna vez me llevaba con ella, me tiraban de las trenzas y se reían de mis zapatos viejos, heredados de alguno de ellos. Así que yo prefería quedarme con mamá Corona en la casa y la huerta.

Un día mi madre llegó a casa llorando. Mamá Corona me mandó ir al gallinero a comprobar si había huevos, pero no había huevos, que ya los habíamos recogido aquella mañana. Mi madre lloraba y lloraba y mamá Corona decía algo de pillar a fouciña e cortalle os collóns a quen fixera falta. Durante un tiempo mi madre no fue a casa del boticario y una tarde, al regresar de jugar con mi amigo Delio, mamá Corona me llamó y me dijo que ahora tenía un hermanito y que tenía que quererlo y cuidarlo mucho. Después me mandó unos días para casa de los Novelle y yo me puse triste: pensé que mamá Corona querría ahora más a ese hermanito que a mí y que por eso me mandaba a casa de los vecinos. Delio me susurró con gran misterio que mi madre era una fresca y yo le pegué tres morradas, no sé muy bien por qué, algo en su tono no me gustó; y entonces Delio me pidió, arrepentido, que no me enfadase, que él no pensaba que mi madre fuese una fresca si siempre iba bien abrigada. Él no sabía que mi madre ya le había dado la vuelta al cuello y a los puños de aquel abrigo de paño gastado. Mi madre quiso que mi hermanito se llamase como su padre ausente, cosa que no gustó nada a mamá Corona, pero no hubo manera de hacerle cambiar de opinión y tuvo que conformarse. Eladito, pobriño, se murió de tosferina con apenas dos añitos. Mi madre lloró mucho. Mamá Corona se pasó meses enjugando los ojos con el borde del mandil. Yo sufrí mucho. Porque Eladio, Eladito, fue mi muñeco, niño más bueno, tranquilo y dócil nunca se había visto en aquella aldea de cabestros.

Cuando mamá Corona enfermó gravemente, yo ya era mozuela y varios me rondaban a pesar del carácter que decían que gastaba. Nunca entendí eso, debía ser porque no me gustaba que me empujasen contra los muros cuando se chocaban conmigo por el camino, o porque nunca respondí a las gracietas que me lanzaban cuando llevaba a las casas los encargos de ropa que le hacían a mi madre. Sólo con Delio tenía confianza. Y eso que fue motivo de alegrías en la infancia se tornó silencio pesado con la llegada de la juventud. Delio estaba raro. Mamá Corona lo vaticinó el día que cumplí trece años y mi vecino me trajo un cestillo repleto de moras; venía todo picado, se había metido en medio de las silvas. Mamá Corona me dijo, non lle deas esperanzas ó Baudeliño, que non é home para ti.

Delio no me soltó la mano durante el entierro de mamá Corona. Para él también había sido una especie de abuela. Nos daba de merienda trozos de pan de millo untados con nata de la vaca y espolvoreados de azúcar, buscaba manzanas sin dueño en los pomares, tazas de caldo que sabía a gloria; nos dio a probar por primera vez vino dulce...



La muerte de mi abuela me partió el corazón. Mi madre, que nunca se había recuperado de la pérdida de Eladito, se volvió aún más callada y huidiza.

Delio se me declaró poco después y yo le dije que estaba de luto, que ya hablaríamos. Y un día, enhebrando entre lágrimas una aguja  al recordar que había sido mamá Corona quien me había enseñado, decidí irme a París. Allí me emplearía de costurera, mi profesión y mi carta de libertad.

Mi madre estuvo conforme. Como cabeza de familia, dio su permiso, no sin preguntarme primero qué pasaba con Delio. Antes de que se vaia el, marcho eu, le respondí. Creo que lo entendió.

Y aquí estoy, doce años después, cosiendo y cosiendo en Chez Julie. Ayer madame Ailloud me informó de que a partir del mes que viene seré la encargada del pequeño atelier. Se retira la señora Bouffort y yo ocuparé su puesto. Es un gran honor, no dejo de ser una extranjera que nunca hablará parfaitement el idioma. Ahora soy madame Biancarelli. Me casé con un italiano a los tres años de llegar a París. Silvano y yo apenas estuvimos siete meses de novios. Se mostró muy interesado e insistente. Bambina por aquí, ragazza por allá. Yo hacía como que no le entendía y le respondía en un francés nunca del todo bien pronunciado. No creo que él se diese cuenta de ello, su pronunciación no era mejor. Recordé los consejos de mamá Corona y llegué a la conclusión de que era un buen hombre. Sólo le puse una condición: no dejaría el trabajo que tanto me había costado conseguir. Ni siquiera si teníamos hijos. Silvano aceptó, el dinero no sobraba precisamente. Y así pasé de ser mademoiselle Milia a madame Biancarelli.

Escribí a mi madre una carta anunciándole mi boda. Tardó meses en responder. Decía que se alegraba y que Baudelio había anunciado su compromiso días después de comentarle ella la noticia de mis esponsales.

A nuestra manera, Silvano y yo hemos sido felices. La vida no ha sido fácil, pero tampoco amarga. He cumplido el sueño de mi abuela: he dejado atrás caminos embarrados, pies descalzos, analfabetismo y pobreza. Lo que no le cuento a mi madre es que aquí también hay miseria, y niños de mirada triste que piden en las esquinas, mujeres que se ofrecen en las calles por unas monedas y hombres violentos que vociferan tras las paredes.

Silvano consintió en llamar Corona a nuestra hija a cambio de elegir el nombre si era niño. El segundo fue François, pero él lo llamó siempre Francesco. No hubo más. Fue días después del nacimiento de Francesco que Silvano me aclaró que siempre que susurraba Dio Dio Dio mientras hacíamos uso del matrimonio, no era mi nombre, sino que era exclamación de goce, llamaba a Dios. No supe qué decir o hacer. Alegrarme, supongo. Silvano resultó ser un hombre apasionado y hasta cariñoso, no tengo queja.

Esta mañana he recibido carta de don Eusebio, el cura que le escribía las cartas a mi madre y me las enviaba. Mi madre ha muerto. Y todo ha regresado a mí, mamá Corona, Eladito, Delio, la aldea, el pan de millo, el olor de la hierba, el regato, el caldo de mi abuela, el olor del orballo, su frescura, el verde infinito...  Corona ha notado mi tristeza, mi melancolía, y se ha abrazado a mi cintura, maman, lequel est le problème? ne pleure pas, ti amo, mamaíña. Así es la vida, mamá Corona, tienes una bisnieta que habla una extraña mezcla de francés, italiano y gallego.  Y lloré, lloré mucho rato con mi hija abrazada a mí, porque de pronto me he dado cuenta de que quería mucho a mi madre, y que, al fin y al cabo, soy y seré siempre  Diolinda Milia Pumar, hija de María Pumar, costureras y tenaces ambas.

Uol 

A todas las mujeres que han luchado y luchan por su sueño, su independencia, su trabajo y su futuro.

viernes, 2 de marzo de 2018

Sitiada





Con suerte, en la vida a veces una tiene la percepción de crecer libre y hermosa, sana y grácil. El objetivo, la meta, es crecer, elevarse sobre las propias limitaciones, sobre las miserias, ver el cielo, alcanzarlo, planear, volar, medrar. 

Son falsas  sensaciones. 

Son autoengaños. 

La realidad es que estamos sitiados.  

Sin percatarnos, la realidad va creciendo a nuestro alrededor, nos va atosigando, asfixiando, se va imponiendo. 

Como las ortigas a las berzas.

Uol

miércoles, 21 de febrero de 2018

Non bis in idem

¿Cuando hay reiteración deja de ser locura y pasa a considerarse inconsciencia?

Uol

miércoles, 14 de febrero de 2018

La pregunta LVI



― ¿Y por qué?
―A veces uno sabe que es un peón en el tablero de ajedrez y que será sacrificado al primer movimiento.
Uol

 

domingo, 4 de febrero de 2018

Batalla




No sé si a los hombres les pasa, últimamente no hablo de temas muy íntimos con los hombres, están a lo que están.

Pero lo cierto es que cuando te llaman para la próxima cita se te pone un nudo en la garganta. La revisión. La ecografía. La mamografía. 

No sé si a los hombres les pasa, porque no creo que los llamen sistemáticamente para hacerse una revisión. Bueno, supongo que la de la próstata: a partir de los 50 años. Pero las mujeres empezamos mucho antes, porque cada vez hay más cáncer de mama en jóvenes: chicas de apenas 25 años invadidas por este mal. Madres recién paridas, mujeres que pensaban tener un par de críos. Así que cuando el médico te dice que ya es hora de hacer una mamografía no te lo tomas a mal, pero cuando la mamografía te dice que es conveniente revisar cada año porque son poliquísticas te sorprendes. ¿Mis tetas?― piensas―; pero si mis tetas son preciosas, feitiñas, xeitosas. ¿Que tienen quistes? ¿Dónde? ¡Jamás los noté! Y después te dicen que nada, que todo bien, pero que mejor hacer ecografía cada seis meses. Y así pasa otro par de años, y de pronto te dicen que  hay que vigilarlas otro par de años más, porque hay microcalcificaciones. Joder joder joder. ¿Mis tetas? ¿Mis tetas preciosas y mimosas?  Ya sé que la visión que los hombres tienen de las tetas nada tiene que ver con la que tenemos las propietarias. Para la mayoría de los hombres las tetas femeninas son valoradas en función de su tamaño (o sea, grandes). A mí las tetazas siempre me han parecido muy animales, no sé, de hembra, poco elegantes, tetas de nutrir, no de gozar; tetas de difícil conservación; tetas que quedan bien si usas escotazos, pero horribles al soltar el sujetador. Es raro lo de las tetas, nunca les di la menor importancia, nunca me ponía escotes, nunca camisetas ajustadas. Para mí el mayor punto de atracción estaba en la mirada. Yo sabía si había tema por la mirada. Sabía si les gustaba por la mirada, por cómo me sostenían la mirada, no por hacia dónde la dirigían. Ya era veinteañera cuando descubrí que los ojos de los hombres se iban al escote. Otras mujeres lo aprendieron muy pronto. Sé de alguna que jamás usó cuello cerrado. No quiero ni imaginar esas tetas desparramadas en la desnudez, con tanto volumen, tan fellinianas

Ahora pensaréis, claro, lo dices porque las tienes pequeñas. No, son a la medida de  mi torso. Yo que sé, las tetas que gustan a los hombres empiezan a ser tetas irreales, los hombres piensan que las tetas son las operadas, tiesas, que no se mueven, apuntan al cielo incluso tumbadas. A mí no me gustan esas tetas, claro que me da igual; a mí me gustan mis tetas; las tetas de las demás me dan igual, no me erotizan, no soy lesbiana. A lo que iba (Ya sabéis los que me conocéis que  mi cerebro tiende a la digresión, enlazo temas y temas. ¡Lo que me cuesta disimular cuando hablo con alguien! ¿Se me nota?), la cuestión es que te entra un acojone y piensas ¿seré yo la siguiente diagnosticada? Una de cada 8 mujeres. En mi círculo ya ha habido casos. ¿Soy miserable por pensar, me salvaré en relación a esa estadística? De ocho amigas una tendrá cáncer de mama, ¿seré yo? ¿Y por qué no iba a ser yo?

Así que hoy es el Día Mundial contra el Cáncer, en general. Pero las mujeres al pensar en el cáncer pensamos en el de mama. Es cierto que peor pronóstico tiene el de ovarios o útero, pero como se habla menos de él, como que te da menos miedo. No fumo, no pienso en el de pulmón. El de colon se me antoja como de más edad. Y el de páncreas, uf, no tienes tiempo a decir mú. Pánico me da quedar parada con un ictus. Sola. En casa.

Este finde emitieron en la tele por la TV2 una peli (La soledad, de  Jaime Rosales), en la que la protagonista, la actriz Petra Martínez (qué voz tan peculiar, qué naturalidad, qué  cercanía, qué tablas) se moría de un ictus; eso parecía, estaba haciendo la cama y se queda quieta mientras somete la colcha bajo la almohada. No se le ve la cara. El espectador nota que le pasa algo; después se endereza, y acaba doblada y cayéndose al suelo, arrastrando las cobijas. Bueno, parece un final rápido, pero a continuación está un par de minutos moviendo una mano, un pie. ¿Qué siente? ¿Dolor? ¿Es un espasmo? ¡Cuesta tanto morirse!  Morir sola. ¿Y si la comen los perros? No tengo perros, es una expresión para decir que morirse solo es bien triste. Aunque la verdad es que todos morimos solos, nadie se muere por nosotros, nadie siente lo que sentiremos nosotros. Esa muerte inesperada puede ayudar a la familia (qué terribles las largas agonías) pero uno ¿se da cuenta? ¿Siente miedo, pánico?

Hoy es el Día Mundial Contra el Cáncer.

A veces me miro la palma de la mano, la línea de la vida está cortada. He mirado la mano de mis parejas: nunca tienen esa línea cortada.

La gente se cura del cáncer. Pero las personas cambian, y no me refiero a físicamente (que también) sino en su carácter. Siempre se dice que valoran de pronto el día a día, los buenos momentos, que aplican el carpe diem. Pero nunca hablan de los que se amargan, de los que vuelcan su tristeza y frustración en los demás, de los que se hacen insensibles. ¿Que le han diagnosticado cáncer? ¿Que es un chico joven? ¿Que pobre familia? Bueno, a todos nos toca. Y te parece que no se conmueven, que se han endurecido. Pero acaso  ¿no tienen derecho a no conmoverse? ¡Quién sabe lo que se siente! Pensar en la noche que algo te está royendo por dentro. Para enloquecer.

Debe ser durísimo escuchar ánimo todos los días, escuchar que la actitud es importante, que no debes dejarte hundir, que debes luchar, etc. etc. Como si eso fuese real. A ver, que no nos vendan la moto, lo que te salva es que los apellidos del bicho sean de buena familia y salvables y no los jodidos con boleto premiado y feo.  Si te toca el bueno, ya puedes no levantarte de la cama con depresión que te curarás. Si te toca el malo, ya puedes ser Miss Optimista: te jodes.

Dentro de unas semanas debo ir a esa cita. Me van a inspeccionar las tetas. Me pondré, igual que todos los días, mis encajes, pero no mis cremas: no se puede. Durante estas semanas pensaré, como siempre, si la suerte estará de mi lado, o si toda mi vida se ha desarrollado en función del día que me digan: tienes cáncer.

 Uol