Olvidados
al
borde del sendero, del camino, sueñan los bancos de madera por aquellos que un
día folgaban en su asiento. Ya los niños chicos no se encaraman a ellos; ya no
escuchan la pausada charla de los ancianos con sus cuitas y sus añoranzas de la
juventud pasada. No pueden imaginarse el sonido del acordeón y el pandero de las
fiestas que narran con repentino fulgor en la mirada.
Se pudren a la vera del
paseo los humildes bancos de madera. Ya no se sientan en el respaldo y posan
sus pies en el asiento los mozuelos fumado cigarrillos robados de los bolsillos
paternos. No hurtan besos los enamorados, no se magrean los lanzados. Ni
siquiera pernoctan sobre ellos al raso vagabundos y desharrapados. Duermen su
sueño los bancos en veredas, en sendas, en caminos de tierra donde no ha poco
practicaban carreras los escolares, donde bajaban el colesterol los jubilados.
Los pueblos se mueren.
No hay vida en trochas y atajos. La maleza invade estación tras estación vías, corredoiras, caminos antaño de carros...
Nadie se preocupa de desbrozar, de cortar la hierba, las silvasy zarzas que todo
invaden, colonizan, atascan.
Los pueblos se mueren. Las
inversiones mienten: ya pueden abrir zonas de senderismo, vías de trekking, salas de jubilados. Los bancos
abandonados hablan. Y sueñan con compañeros más ruidosos que sus nuevos amigos
los tojos, espinos, hierbajos. Sobre ellos crecen, los abrazan; en ellos se
enroscan como dulces amados, pero tampoco cantan.
Olvidados al borde del
sendero, sueñan los bancos de madera en servir de descanso a caminantes y
paisanos. Los pueblos se mueren: los bancos
hablan.
No recuerdo al lado de qué canal estaba,
pero entramos en aquel café de mesas de madera, sillas con cojines y lamparitas
en las ventanas. Yo les aclaraba a Isaura y Mericia que en esta ocasión no me estaba
sintiendo tan fascinada por los hombretones holandeses como la primera vez que
fui a Amsterdam, cuando si no ligué fue porque parecía una oligofrénica con
problemas para cerrar la boca y mantener la saliva dentro.
Lo vi nada más entrar.
Estaba sentado a una de las mesas conversando con otro hombre menos vistoso. Él
levantó la mirada, la pinta de turistas no nos la sacaba nadie a pesar de que no
nos ataviamos como tales. Hice maniobras para quedar frente a él y evitar que
Isaura o Mericia me desplazasen quedando de espaldas.
El holandés ya tenía algunas
canas en las sienes y estaba claro que era un hombretón alto y fuerte, de ésos
que de joven, madre mía, tenía que hacer girar cabezas de mujeres y hombres a
su paso. Rostro masculino, una belleza indudable, pero nada blanda, nada de
calendario gay, con ojos verdosos, cabello castaño, piernas largas -mucho fémur
se veía-, pies grandes -un 46 mínimo- calzados con zapatos de estilo deportivo. Manos grandes,
muy grandes, sin anillos ni pulseras. Vestía una americana negra sobre camiseta
de algodón grisácea, pantalón vaquero claro. Estaba de vicio. Me muero, me muero, les decía a mis
amigas, que, claro, se percataron al minuto cero de hacia dónde se me iban los
ojos. Está bueno, consensuaron, pero
a ellas creo que les siguen gustando más los yogurines, porque me lo dejaron.
No te digo yo que no, pero este hombre, ay dios, era un ídem hecho carne, acorde para mi tamaño y edad. El hombretón se dio
cuenta al minuto y medio de que me lo comía con los ojos, y aunque no comprendiese
ni papa de lo que decíamos, sí que era evidente mi amore súbito a tenor de las risitas tontas que se nos escapaban. ¡Menuda
imagen de bobas debíamos dar!; menos mal que en el café podían pensar que las extranjeras
éstas eran españolas o italianas ruidosas, ¡qué se podía esperar de los
incivilizados del sur! Tuve que poner orden.
Él hablaba muy relajadamente con
su amigo, colega o lo que fuese. Y yo lo escaneaba con los ojos con escaso
disimulo y por eso recuerdo hasta su vello dorado. Me lo como, me lo como. Creo que si en ese momento él me tomase de
la mano y me arrastrase a un cubículo, iría como oveja al degüello, y mira que
en realidad soy miedoseta y precavida. Dile
algo, me decían mis amigas. ¡Como si yo hablase holandés o hiciese algo más
que mascullar tres palabras mal pronunciadas de inglés! Tomamos nuestras cervezas
y yo arre que arre, loca de deseo. Él se sabía objeto de mis miradas y me las
devolvía, no sé si por la curiosidad, por la extrañeza del flechazo o por
vacilarme. La cerveza se acababa y yo no quería irme de allí.
Entoncesocurrió. El holandés
cachas, atractivo, hombretón, de aspecto serio -¿qué edad tendría? ¿Cuarenta y
cinco? ¿Cincuenta?-, se sacó la chaqueta de traje negra, y la camiseta gris
dejó al descubierto sus brazos. Un par de tatuajes resaltaron en uno de aquellos
bíceps que me confirmaron que ese hombre había sido un adonis y que no sólo se
conservaba, sino que ejercía. Me volvió a mirar y entonces leí claramente el
mensaje en sus pupilas: mira, niña, que
conmigo no se anda con chiquitas.
Me fui de aquel bar de
los canales enloquecida de deseo.
Sólo el azar me dio la piel que amé y sólo el azar —o el cansancio— extinguió el fuego. Lo que siguió no fue el azar, es lo que sigue siempre, la lenta pesadilla del olvido y luego cierto desprecio por ese que fui yo y que amaba y también por el que soy ahora, el mismo que no sabe por qué amo. Sólo la carne se equivoca. Darío Jaramillo Agudelo:Sólo el azar.
Música: I´m Into You (vídeo subtitulado en español , perteneciente al álbum Thinking in Textures (2012) , de Chet Faker
Son muchas las cosas
que te voy a hacer. Te voy a envolver en el algodón de mis abrazos, vas a estar
tan cómodo y confiado que te hundirás poquito a poco en la dulce placidez que
invita al sueño, al dormir más profundo y confiado; ajeno a tensiones, al estrés
despiadado, lejos de la angustia de tomar decisiones que uno no quiere asumir. Vas a probar la dulce medicina de mis besos,
aquella que cual opio narcotizante te hará olvidar penas y dolores. Querrás
abandonarte una y otra vez a su anestésica sensación.Y al rato, el salto a la excitación, a la
intriga, a ese desespero por entrar en el laberinto, cruzar sus lindes sin
saber qué vas a encontrarte, esa impaciencia, el ardor gustoso, ese dejarse ir.
Sí, cariño, te voy a hacer muchas cosas que enardecerán tus instintos: las que
piensas y otras. Sentirás que mueres y resucitas cada día, creerás de pronto que
la vida está hecha a tu propia medida, que es posible explotar de plenitud.
Pero, amor, has de
saber que también gritarás de frustración y arrasará tu ánimo la incomprensión;
que te voy a desconcertar mañana y pasado, cuando ya creías que lo sabías todo
de mí. Has de tener claro que los días azules se encapotan de repente con el
revoloteo furioso de mis párpados, que las nubes grises desparramarán sobre tu
cabeza las iras que has creado a tu alrededor sin saberlo, tormenta que
desencadenas sin sospechar por qué. Y cuando el sol encuentra finalmente hueco,
te preguntarás, amor mío, a dónde se ha ido la borrasca, incluso te
cuestionarás si realmente una vez descargó su torrentera sobre ti, despojado,
sin impermeable ni paraguas. Amor, cuando pienses que has llegado a meta, te
darás cuenta de que ni siquiera acabas de salir de boxes. Todo eso te haré, te
advierto.
Has de saber, amor mío,
que tras la cumbre, el descenso se vuelve arrebolado, desquiciado, inesperado.
Desde la cima todo es posible y la inevitable bajada te inducirá a pensar que
has de volver a escalar. Te invadirá la nostalgia del horizonte que lograste
entrever allá arriba, reiniciarás la caminata por bosques umbríos, no sabes si
te atraen o te asustan, tan oscura puede ser la hojarasca. Avanzas, hay claros
bucólicos, el dulce locus amoenus. Te
regodearás en ellos, pero el impulso te lleva al ascenso, y sigues, incesante, el
camino; cruzas senderos por claros suaves y por otros llenos de maleza. El
recuerdo de la felicidad experimentada al hacer cumbre te vuelve arriesgado,
valiente y tenaz. Allá arriba, ¡ah!, allá arriba uno se siente el rey del
mundo, el poderoso Hacedor. Duermes. En tu sueño has caído sin hacer cumbre,
has regresado a la casilla de partida, como una burla de los dioses. Sísifo enardecido,
persiste. Eso me dices todo el tiempo, amor mío, dices, no desfalleceré, no volveré mi mirada atrás, seguiré tu rastro.
Pero te advierto,
cariño mío, que la pereza acabará derrotándote; que llegará el día que
prefieras emputecerte en los lupanares del puerto de la prefectura de Shizuoka antes
que subir al Monte Fuji.Las cosas son
así, mi niño, debes saberlo, te lo advierto. Porque las cosas que te voy a hacer son también éstas
y no sólo aquellas otras. Por tanto, vida, mira bien los mapas, comprueba las
señalizaciones, mide tus fuerzas.
Después, no digas que
no lo sabías, que ni lo imaginabas.
INVENTARIO DEL INSOMNE Cuando me paro a hablar de mí conmigo oigo el hondo vacío del pasado: una llave de plomo cae al agua. Y si quiero cifrar en la memoria una sola presencia permanente en la niebla confusa de mi vida, allí apareces tú, la más sombría, la que nunca se entrega, la que huye. La que arroja la llave y, cerrando unas puertas invisibles, me condena a vivir entre estos muros, oyéndome mi voz, la que me dicta lo que nunca seré, la equivocada travesía de mí conmigo mismo. Felipe Benítez Reyes: El equipaje abierto.(1996)