viernes, 14 de septiembre de 2012

Pasado



RUÍNAS DEL PARAÍSO
             
                  1

Hay demasiado tiempo detrás de este tiempo.
Demasiado pasado: una losa de niebla.

Así
que tú sabrás  qué falso paraíso
te tienes que inventar
para que el tiempo pase
con los ojos vendados por delante de aquello
que has logrado salvar del laberinto
por el que el tiempo corre
como un lobo demente.
   
                  2

Levanta paraísos.

El pensamiento y la memoria
arrasan cualquier paraíso.

Levanta el espejismo minucioso:

caerá

como un telón ingrávido.

La ola de cristal rompe en la orilla.

Los días son cristales que se rompen.

Levanta paraísos.
Y míralos quemarse,
borrarse,
desplomarse en el aire.



APUNTE

Cuando el pasado adquiere
la densidad del mar y de las  nubes
es señal de que todo,
no sé, va ya perdiéndose:
tomarás posesión de lo arrasado,
de una turbia región que no es de nadie,
pues ni mares ni nubes tienen dueño
y quien mueve el pasado mueve el fondo
de un mar enrarecido
sobre el que pasan las  nubes
con formas de una nada minuciosa.

FELIPE BENÍTEZ REYES: El equipaje abierto.




jueves, 13 de septiembre de 2012

Claudicación


Enfadado:
− ¡Son un cóctel de hormonas!
− Sí, a veces te embriagan, otras te ciegan; en ocasiones te hacen delirar e incluso vomitar. Pero aquí estamos, apurando el vaso.

Hombres en barra de bar

Claudicación.1. f. Acción y efecto de claudicar.
  
Claudicar.
 1. intr. Acabar por ceder a una presión o una tentación.


Uol Free

martes, 11 de septiembre de 2012

domingo, 9 de septiembre de 2012

Sentirse sexy

No quedaba café. Rebuscó en el armarito, al menos algún sobrecito de Nescafé habrá por algún sitio, pero no, ni rastro. Pues, bueno, aunque sea un Cola-Cao. Es verdad, había agotado hasta la última cucharada en la leche de hace dos noches. Daba igual, ella esta mañana se sentía sexy y ni la falta de cafeína, lactosa, fructosa o lo que sea, le iba a borrar la sonrisa de la cara. 

Iba tan retrasada que no pudo lavarse la larga melena, así que la cepilló con energía esperando que no hubiese allí ningún residuo sospechoso, la mojó con agua y se hizo una cola de caballo. Hoy se sentía sexy y le daba igual la indumentaria que no eligió la noche anterior ni depositó sobre la silla, como hacía habitualmente. Hoy se sentía sexy y se puso el mismo vaquero del día anterior y rescató unas bragas limpias de la cesta de la ropa destinada a la plancha. Miró hacia el interior de su cuarto. El hombre desnudo respiraba profundamente. Sonrió. Sintió ganas de cantar. De puntillas logró alcanzar el jersey negro de la silla y las botas tiradas en el suelo 

No tenía café, era cierto, ni naranjas, ni una mísera galleta que mordisquear: su nevera era una estepa. De pie se tomó un yogur. El espejo del baño le dijo, es cierto, ha sucedido y está muy bueno. 

Cerró la puerta con cuidado. Portaba esa bolsa y la sonrisa instalada en el cuerpo. Hoy se siente sexy. Se nota, es cierto.

Uol Free

Sentirse sexy

viernes, 7 de septiembre de 2012

Disparidad

 1. f. Desemejanza, desigualdad y diferencia de unas cosas respecto de otras.
 
¿Le hará Flag Counter boicot de guerra fría a Rusia?
Porque el contador de blogspot dice una cosa y este gadget cuenta otra realidad.

Flag Counter señala estas visitas en total a día de hoy (desde enero 2012)

Blogspot indica estas visitas de Rusia sólo en el último mes

¿Censura? ¿No tienen un ábaco a mano?

Si esto sucede con las pequeñas cosas, ¿cuánto nos mienten y manipulan los poderosos en las vitales?

A veces es jodido pensar tanto. Las neuronas no consiguen desconectarse para dejarme descansar.
Ya sé que esto es un chorrada, lo siento: llevo noches sin dormir.

Uol Free

miércoles, 5 de septiembre de 2012

sábado, 1 de septiembre de 2012

El dandy

        Tenía un aire a lo Cary Grant, su misma mirada burlona, y pronto descubrí que idéntica lengua afilada. Claro que vestido de esmoquin de chaqueta blanca y en la Riviera francesa, ¿qué otra cosa cabía esperar? Explicar los sinuosos derroteros por los que yo me hallaba allí una tarde de finales de verano sería cuento largo, así que los obviaré; sólo señalaré que me sentía como mosca sobre merengue y deseando largarme cuanto antes de un ambiente tan rancio y semejante a un decorado de comedia de los años 50.

Cary Grant

      Mi acompañante quiso entrar en el casino y aunque le advertí que no tenía contactos y cash suficiente, lo cierto es que hizo algunas gestiones con ese fin. Yo me limité a esperarlo en los jardines delanteros del majestuoso edificio con mi vestido de gasa meciéndose por la brisa suave del atardecer, convencida de que estaría de vuelta en unos minutos y cenaríamos en algún bistrot cercano, y eso sería lo más cerca que estaríamos de pisar las mullidas alfombras del Casino de Montecarlo. 

Casino de Montecarlo, Mónaco

   Me senté en un banco de piedra sintiéndome algo irritada por el empecinamiento de Pau de jugarse los cuatro chavos que tiene en la ruleta. Pero me dio la risa cuando recordé que había alquilado un esmoquin que le quedaba grande. Pau con esmoquin, nadie me creería si lo contaba. Fue entonces cuando una voz sonó a mi espalda sobresaltándome. 

− ¿Le parece graciosa la vista? 
Me volví y allí estaba él, un dandy de los de antaño, un galán de los 50, con las sienes ya plateadas y con ceja erguida a lo David Niven pero más guapo. Un ligón profesional, vamos. 

David Niven

− Me lo está pareciendo ahora –señalé socarrona. 
− Sí que es divertida usted, chérie
− Me lo dicen muchas veces. 

Ahora fue él quien se rió. 

− ¿Y qué hace aquí tan sola? ¿Espera a alguien? 
− Pues sí. ¿Y usted, va al Casino? 
− El azar me ha traído otra cosa. Y yo sigo la estela de lo que me gusta. 
− ¿Y qué le gusta? 
− Las mujeres que ríen solas, por ejemplo. 
− Oh, es usted todo un galán. Ya sólo le falta el descapotable –me burlé. Aquella situación empezaba a hacerme gracia de verdad. 
− El vehículo lo tengo aparcado en esa calle lateral. Si le apetece y me acompaña, puedo enseñarle unas vistas maravillosas de verdad. 
(Eh, para el carro) Ya le he dicho que no estoy sola. Y además, caballero, es usted un completo desconocido. 
− ¿No se fía de mí? 
− ¿Debería? –me puse en pie para apartarme un poco de él, que se había sentado a mi lado. Empezaba a sentirme un poco sofocada. Miré hacia el Casino maldiciendo a Pau, que no aparecía. 
− Sólo pretendo enseñarle algo más de este lugar que un edificio donde las vanidades se arrastran todas las noches sobre un tapete verde. 
− Hum… −no pude añadir nada más porque en ese instante mi Samsung Galaxy S2 vibró. Me aparté y leí el whatsApp: “ha surgido un problem, nos vemos + tarde hotel”. Pero ¿qué diablos? sucede algo? que te ocurre? Miré de reojo a Cary Niven que me miraba arqueando la ceja y sonriendo ostentosamente. “No, no problem, me ha surgido algo. No te enfades. Nos vemos mañana”. Este cabronazo ya ha pillado, alguna camarera, seguro. Que te den! “Eso intento”. ¡Lo que faltaba! Mi cara debía ser un poema porque el dandy dijo: 
− Si su acompañante se encuentra indispuesto, yo reitero mis servicios. 

Me dieron ganas de estrangularlo. 
− No se moleste, conozco el camino. 
− La invito a cenar; de todos modos, cenar tiene que cenar. Conozco un pequeño restaurante sur la mer que le encantará y las vistas son magníficas. Si nos apresuramos veremos como cae el sol. 
− Lo dudo –aún seguía cabreada con Pau. 
− ¿Qué duda? –estaba desconcertado. 
− Que la puesta de sol sea magnífica. 

Alzó una ceja. 
− Probemos. 
Éste no sabe con quien juega, pensé. 
− ¿Y por dónde cae el restaurante?− por Dios, nena, ¿y tu exquisita educación de internado monjil? 
− Por la route de Nice. 
− Entonces no llegaremos a tiempo –objeté. 
− Ah, non, ma petite; es muy cerca, pero en esa dirección. 
Lo miré fijamente y la verdad es que me pareció inofensivo. Sonreía con dulzura y cierta ansiedad, y me pregunté si ensayaba sonrisas sinceras en el espejo. 

− ¿Y el descapotable? − Estaba muy vacilona yo. 
Ici –y señaló hacia la izquierda. 
Caminamos unos metros hasta una calle lateral y le dio al mando electrónico. 
¡Coño, era cierto! Un BMW cabrio de color blanquecino encendió las luces y tuve que dominar la necesidad de quedar boquiabierta. Vacilé y él se paró en seco. 
Alors? 
Entonces, como una ráfaga, un pensamiento me cruzó la mente. Cuando me abordó, yo estaba sola, arreglada y parada delante del Casino. 
− Oye, no habrás creído que… 
Quoi…? 
− Pues que te has equivocado, nene, que yo no soy una… 
Él me miraba francamente desconcertado. 
− No comprendo. 
− Que no soy una… cocotte
Quelle chose? 
Suspiré. Era guapetón aquel hombre. Nunca me había fijado en un hombre de su edad. No es que fuera muy mayor, pero yo estaba en otras cosas. Sólo había que ver al loco de Pau, que me había arrastrado por los cámpings de media Costa Azul con la excusa de los campos de lavanda, Van Gogh y los trigales para sus cuadros, y en realidad se estaba cepillando media campiña. Y yo a verlas venir. 
− Nada, nada. Ya te lo explicaré si hace falta – si me iba a subir al coche de un desconocido (perdona, mami, ya sé que me lo advertiste un millón de veces) por muy ostentoso que fuese, debía tutearlo. 

Me subí al descapotable, joder, asientos de cuero blanco. No es que a mí los coches me llamen mucho, la verdad, yo con mi utilitario voy sobrada, pero el coche era bonito, eso no se podía negar. Como sé que a los tíos sus coches se la ponen dura, decidí seguirle el juego: 
− Muy bonito, el coche –seguro que ahora me larga todos los detalles. 
− Serie 6 –dijo lacónico. 
− Bonito color. 
− Mineral White 
− Oh, vaya. – Se giró y sonrió. Creo que se burlaba un poco de mí. 
Al poco enfilamos la Avenue du Trois Septembre. La noche era cálida y yo iba mirando el mar a lo lejos, que desaparecía y aparecía según la carretera se internaba un poco o se acercaba a la costa. 

El restaurante era coqueto y pequeño, en un promontorio sobre el mar. Parecía una antigua capilla. Más abajo, cerca del agua, la piscina ovalada reflejaba luces turquesas. 
La vista era hermosa. Aunque los ocasos que yo conocía eran mil veces más hermosos, no me iba a poner quisquillosa ahora. Cenamos un pescado que no sé cómo se llamaba y bebimos un vino blanco muy fresco y sabroso. Después un tinto con los fromage

Philippe quería saber muchas cosas sobre mí y le conté algunas trolas, como que me había licenciado en arte y trabajaba como modelo ocasional de pintores. Creo que no me creyó ni media palabra de lo que dije. Ni siquiera que Pau y yo sólo éramos amigos. El dandy era agradable, tenía buena conversación y me rozaba delicadamente la mano o el brazo cuando se acercaba para aclararme alguna cosa. Yo me estaba poniendo piripi, dulcemente piripi. Y miraba sus ojos. Eran de color toffee, con unas motitas verdes si te fijabas mucho. Me gustaban: risueños, vivos, pícaros. Yo estaba algo nerviosa y movía demasiado las manos al hablar. Él me ayudaba cuando me faltaban palabras de mi francés algo oxidado. 

Con el café me pregunté a mí misma si realmente quería. Y sí, quería. Pero a mi manera. Philippe me preguntó si deseaba algún liqueur. Y yo asentí y lo besé en los labios, que resultaron cálidos y sabrosos, nada fríos, que no sé por qué pensaba yo que los hombres de su edad ya tenían los labios fríos. Al salir al aparcamiento me rodeó la cintura con su brazo, aún fuerte y fibroso, y sugirió ir al Hotel Cap Estel, donde se alojaba. 

− Ah, non, mon ami. Primero quiero ver el mar. 

Fuimos a un aparcamiento de playa cerca de Cap Estel. Aparcó el cochazo frente al mar. Fui juguetona, es cierto. Lo hice sufrir un poco. 

Me saqué la chaqueta, que me había prestado, y me senté sobre ella. Estiré las piernas sobre el parabrisas y me saqué las braguitas de encaje. 
− Oh, la la, te vas a enfriar, petite
− No creo, no le voy a dar tiempo. El panadero tiene que avivar el fuego del horno para hacer un lindo brioche
Je suis le boulanger? 
− Claro, mi panadero elegante y viril tiene que poner el horno a punto. 
Et bien? 
− Ven aquí. 
Mi dandy francés aquella madrugada aprendió los secretos de mezclar la harina, amasar, fermentar la barra de pan y llenar el horno. Bueno, seguro que ya lo sabía, pero se dedicó bien a ello como si fuese un inocente aprendiz. 

Amanece pronto en la Costa Azul, pero no llegamos a ver la alborada. 

Sonó el móvil. Era Pau. 
− ¿Qué tal? ¿Llegaste bien al hotel? Mañana te prometo una cena de tres tenedores. 
− No estoy en el hotel. Estoy en un BMW descapotable frente al mar con un dandy riquísimo que elabora vino en un Château y al que me he follado en los asientos de cuero; y ahora nos vamos a ir a su hotel, que está que te cagas. 
−Sí, claro, nena, y yo estoy con la Casiraghi. Nos vemos a la hora de comer. Bye. 

Hay hombres que no creen nada.

Uol Free

La Casiraghi