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| Caballo pío |
Es pardo moteado. Uno
más. Sin embargo, algo hay en su porte que lo hace elegante, que consigue que
te fijes en él, aunque quizás sea la mezcla de orgullo, rabia y lealtad que
desprende su paso acompasado, el modo en que levanta la cabeza y mira a lo lejos,
hacia el final del camino que se dirige al mar; o posiblemente el trote alegre
y desenfadado con el que se separa de la manada para subir a la loma donde el
viento hace ondear sus crines como banderola en día de fiesta. Sólo es un pardo
moteado más que se mueve ligero por los
márgenes de la manada. Su instinto le dicta que siga a sus iguales, pero él
siente que le cansa y hasta aburre la monótona vida en la yeguada. No obstante,
obedece a lo que se espera de él, excepto en esas pequeñas excentricidades que
los demás toleran (como al caballo loco de ajedrez que se lanzó desde el
tablero al precipicio de la mesa) porque no pone en peligro la supervivencia
del grupo. Cosas de la edad, ya se sabe, mucho brío y poca cabeza. Será como
todos al final y se impondrá la cordura, el instinto impondrá su ley. La ley de
la naturaleza: pertenecer al grupo, luchar por el grupo, justificar al grupo. Y
él nada dice, sigue a la manada, siempre desde una desdeñosa distancia, mas
siempre y a la vez, respondiendo a lo que se espera de él.
Y llegó la época del
apareamiento. Y el pardo moteado admiraba a las yeguas más hermosas, más
majestuosas, porque amaba lo hermoso, como amaba sentir la lluvia en el lomo y
el olor de la verde hierba o el sabor del suave tojo blando apenas nacido. Mas
solía imponerse el jefe de la manada, el macho que marcaba su dominio. Y el
pardo moteado se retiraba a la loma, ni dolido ni rabioso, consciente de que su
lugar en el grupo no era de privilegio sino un peón más que protegía a la yeguada.
Otras hembras hubo y se sintió pleno igual, decidió guardar sus ansias de
belleza para el golpeteo rítmico de la granizada contra las hojas o el sonido
del arroyo con el deshielo. Ni abandonaba la manada ni establecía verdaderos
lazos con sus integrantes. En ocasiones se alejaba unos días y siempre llegaba
hasta aquel acantilado verde sobre el mar. Sus ollares abiertos al máximo para
aspirar el olor salobre que ascendía hasta su lugar, sus crines alborotadas por
el persistente viento, la mirada persiguiendo a las gaviotas que planeaban
sobre su estampa, sus orejas atentas al graznido de los cuervos marinos, los
belfos torcidos en una irónica sonrisa. Todo su ser deseando trotar sobre la
arena húmeda, anhelando olfatear las algas finas y oscuras, hundir su cuerpo en
la belleza de poniente. Sin embargo, sus sueños eran irrealizables. Tan próximos
que los contemplaba, pero no podía alcanzarlos, no podía tocarlos, lograrlos; aparentemente
al alcance de sus patas y, sin embargo, ni el mayor salto del que era capaz
podría salvar tanta distancia entre su realidad y sus sueños. Era como una
imagen en un arroyo: en cuanto acercaba sus belfos, el cuadro se desvanecía; la
hermosura del mundo que contemplaba se
borraba en segundos ante sus ojos. El otro lado, el otro lado del espejo. El
salto de fe. Se decía. Algunos caballos viejos lo susurraron en sus orejas. Pero
nadie regresaba de ese viaje.
Una hermosa tarde de finales
de verano, haciendo senderismo por la zona, Antón Castro vio asombrado como un
caballo pardo moteado galopaba decidido y alegre hacia el borde mismo del acantilado.
No estaba encabritado, no parecía asustando o loco. No portaba silla ni arreos.
No estaba desbocado o huyendo de algo. Galopaba veloz hacia la meta. Y saltó.