martes, 12 de marzo de 2013

Webcam



Al principio fue algo casual y no premeditado. Cuando él decidió tomar otro trabajo por las noches, que se presumía temporal pero que se alargó en el tiempo, ella empezó a navegar: eran muchas las horas de soledad. Cuando las niñas estaban acostadas, ella iniciaba búsquedas aleatorias con regocijo preadolescente, igual a como los niños de once años buscan la palabra puta por primera vez en el diccionario. Pollas grandes o hombres fuertes, glúteos tonificados (pero no, que aquí salían anuncios de venta de aparatos con tías en mallas), mulatos sexys. Después esas páginas ya le derivaban a eyaculación espectacular, 20 y más, nabos floridos, moteros cachondos, la manguera del bombero. Le daba la risa, pero se iba a cama húmeda e insatisfecha.


No recuerda cuándo dio con él por primera vez. Pero la foto tenía algo sutilmente perverso que la atrajo como la luz a la polilla. Entró. Aquella cámara fija. Se tocaba. Sólo eso. Muy lento a veces, lento y lento. Y ella quedaba hipnotizada mirando las habilidades del prestidigitador. Agitada otras, como si el día hubiese sido nefasto y necesitase descargar su furia en la rápida y agresiva eyaculación. 

No sabe por qué dejó de visitar otras páginas. Aquel hombre del que no sabía nada la atrapaba. Aquel hombre al que no se le veía la cara la desarmaba. Se sentía como una voyeur que echa moneda en una cabina peep show para que se abra para ella, acechando la pecera en que moraba, pez escurridizo, cebo marcado.


 Cada noche se conectaba a la webcam de aquel hombre moreno. El decorado era siempre el mismo. Tampoco variaba el ángulo de la cámara ni se ampliaba un centímetro más. Él no hablaba, se desnudaba despacio, dejaba caer la ropa, se sentaba en una especie de sillón, reclinado y relajado, y comenzaba a tocarse. Ella imaginaba que la miraba a ella, que era ella el objeto de esos desahogos, de ese deseo.  Imaginaba que se citaba cada noche con él, que eran sus ansias de ella las que hacían que él culminase su deseo, cada uno de sus gemidos o espasmos los provocaba ella, los convocaba ella, los absorbía ella, dedicados a ella. 


Poco a poco pasó de la mera excitación de contemplar a aquel ejemplar de hombre -sus evoluciones la humedecían y la impelían a tocarse a su vez hasta que el orgasmo se escapaba ronco de su boca-, a sentirse intrigada por él. Creyó llegar a percibir e identificar sus estados de ánimo por la forma en que se acariciaba, por la manera que abría las palmas de sus manos y dedos o pasaba las yemas por las venas de su pene hinchado. Pero iba más allá, la curiosidad por saber de él, de su vida y circunstancias comenzó a roerle las entrañas. Noche tras noche pagaba sus sucias monedas para alcanzar un trocito de cielo. Noche tras noche aguardaba a que dieran las doce y él entrase en su vida, clandestina pero metódicamente. Se le fue de las manos. Porque no tardó tiempo en preguntarse por él, por su vida. Y a falta de una información que no sabía dónde encontrar, le puso un nombre, le adjudicó un trabajo más convencional e incluso ciertos rasgos faciales. 


Se asustó. Lo necesitaba. Lo amaba. Sí, quizás fuese esa la palabra. Lo amaba. Decidió una noche que era suficiente. No se conectó. Y como al drogadicto al que le falta su dosis, esa noche no pudo dormir, temblaba de nervios y ansias en su cama solitaria.  Y como en cámara lenta las imágenes acudieron rebobinándose en su mente: sus manos morenas acariciando la base de su polla, sus dedos deslizándose despacio hasta el glande, que se abría perlado de humedad, como una flor anhelando el rocío de su boca. La soñaba lamiéndola; la pensaba llena en su boca, en su vientre, acogida por sus manos. Y era ella quien acariciaba sus testículos, quien presionaba y pasaba los pulgares por las gotitas que brotaban en su capullo, savia que ella bebía sedienta. Y el hombre salía de la pantalla y eran esas manos morenas, que ella ya conocía tan bien, las que buscaban sus senos, huérfanos de ellas desde el mismo día que las vio por primera vez. Y eran sus pulgares los que rozaban sus pezones afilados, su vientre plano, sus pliegues más íntimos, buscando su agua, sus ganas y gemidos. Y los ahogó con la almohada. No lo soportó.


Temblaba como una niña pillada en falta cuando regresó a él. Y diría… diría que él se había percatado de su ausencia y la esperaba. Sí, la añoraba y esperaba. Esa noche él se lo hizo lento, muy leeento, pausado y sensual, moviéndose como felino que ha detectado a su presa y la observa para comprobar cómo mejor abordarla, rendirla y conquistarla. Ella miraba extasiada la pantalla. Acercó su mano como niña de poltergeist y lo tocó. Se bebió sus propias lágrimas.


Entonces lo supo. Se dio cuenta. Había algo, había algo que lo hacía perversamente sensual y excitante. Algo que se le había escapado hasta ese preciso instante. La mano del hombre se movía como de costumbre, ahora era la izquierda, solía presionar con ella cuando la erección alcanzaba su culmen. Algo brillaba en su dedo. Lo supo, era deliciosamente perverso. Polla, mano, brazo, el reloj varonil, todo ello la excitaba, pero lo que más aquello: la alianza que brillaba en su dedo anular. Aquel hilo dorado lo humanizaba. Se sintió presa de un deseo irracional. Y cerró la web a pesar de que quedaba saldo en su programa.
 

Uol

Música: Try, by Pink



Vídeo subtitulado en español de Try, by Pink

 

viernes, 8 de marzo de 2013

Maricón


A poco que uno escarbe en su árbol genealógico se encuentra a un pariente maricón. Puede que no en primera línea, pero si te desvías hacia los laterales o ramas arriba seguro que aparece un primo segundo que aceitea o un tío-abuelo con más pluma que el papagayo verderol. 

By Ralf König


Eso pensé yo cuando los descubrí en la habitación de mi tío,  el hermano más joven de mi madre, que es sólo nueve años mayor que mi hermano el primogénito. Creo que ya os he contado que procedo de una numerosa familia. A mí nadie me esperaba. Hasta los casi cinco meses yo fui una menopausia precoz. No di lata a mi madre, ni náuseas ni vómitos. Lo sospechó mi padre, que se fijó en que las tetas de mi madre estaban más espléndidas que nunca. Eso dice él. Estoy segura de que mi madre lo sabía, claro, pero lo ocul todo lo que pudo, le daba vergüenza preñarse a los 42. Que fuera yo niña, le compensó de todo.  ¿No os lo he dicho? Me preceden tres varones. Mi llegada tampoco los entusiasmó. Cuando veo esa foto en concreto, me doy cuenta. Los tres rodean mi cuna. Yo tengo unos nueve o diez meses, estoy sentada allí dentro y con cara de susto. Mi hermano mayor, ya con horripilante bozo sobre el labio superior, me mira con una mezcla de resignación e inquina, con ese gesto de adolescente rabioso que intuye que en los próximos cinco o seis años tendrá que ocuparse de mí por las tardes en vez de darse el lote con alguna detrás del campanario. El mediano tiene tal cara de pillo que parece que va a hacer carrera como sádico. Su mano derecha se pierde dentro de la cuna. Ahora que he escaneado la foto descubrí al ampliarla algo que ya suponía. Sí, fijaos bien, en la esquina, fijaos como con sus deditos gordezuelos me pellizca la pierna, de ahí mi expresión aterrorizada. Otro que se sentía desplazado. Mi boca no se ve, porque el pequeño intenta arrancarme el chupete. Tiene casi seis años y ha vuelto a querer chupete. Así dicho parece que mis hermanos no me quieren. Nada más erróneo, me adoran. Yo fui su portera de fútbol a la que le tiraban la pelota de plástico a la cara, la vaquera atada al poste y ellos los indios que ululaban a su alrededor, la enferma a la que operaban, con la que practicaban peluquería, a la que hacían aguadillas, etc. etc. Bueno, sobre todo los pequeños. Para el mayor era un incordio, sin más. No, no es una película de José Luis López Vázquez, que ha sucedido ayer, como quien dice. Lo dicho. Pero pronto se hicieron todos mayores y dejaron de hacerme tan amoroso caso. Así que crecí algo salvaje y a mi aire. Pero no penséis que nadie me prestaba atención, al contrario, todo el mundo me echaba un ojo, pero yo estaba debajo de la mesa escuchando conversaciones de mayores, o en el pajar viendo como mi hermano se magreaba con alguna, o mirando los cromos guarretes del mediano. Os estaréis preguntando si todo lo que estoy contando es verdad. No importa mucho, es cierto. Lo que está claro es que si creéis que por todo esto me adentré precozmente en la vida, siento desilusionaros. Todos estaban en realidad pendientes de mí y con un ojo encima, padres, abuelos, un tío-abuelo soltero, tíos, tías, primos, primas… Y cuando me salieron las tetas, mis tres hermanos -que no son unos ogros, ya os he dicho que me adoran-, se convirtieron en mis adalides. Y en cuanto algún mozalbete se ponía garrulo conmigo, allá que se aparecían ellos tres, tres torres como tres castillos, que ya sabéis que procedo de una familia de altos, que mi primo el mayor  al que llaman el enano aún se lamenta de que en su cartilla militar le colocaron 179 cm de altura y no los 180 que él se atribuye, y ya os digo que es el bajito de la familia. 


Pero a lo que iba, que ya sé que si fuera esto un vídeo del youtube ya habríais dado a saltar la intro, pero es que no puedo evitar estos exordios, va en mi naturaleza. En fin, que aquel día descubrí en el cuarto de mi tío el menor aquellos cómics y me quedé colgada mirándolos. Y sí, lo pensé. ¡A ver si mi tío el guaperas y soltero es maricón! Entonces decían maricón, porque marica en el pueblo no se decía, claro, porque por estos pagos Marica es uno de los hipocorísticos de María, y al igual que hay un Bar Manolo, por decir algo, había muchos Bar Marica. Pero, claro, llegaron los de las villas y destrozaron a cantazos cuanto luminoso había con tal patronímico nombre entre insultos y groserías sin igual. ¡Para que digan de la brutalidad de los de pueblo! Y se acabaron los Bar Marica, que lleva a equívoco. Pero ya me he ido de nuevo por los cerros de Úbeda (saludos a los ubetenses si alguno me lee).

Mi tío me pilló tumbada en su cama y con los Ralf König en las manos, los ojos como platos. Llévatelos, si quieres, pero no se los enseñes a tu padre, me advirtió, ya sabes cómo es.

By Ralf König
Mi padre es un santo, a qué negarlo, pero es que aquella casa era un ir y venir de familiares que se instalaban y se desinstalaban como gitanos de romería, y yo creía que estaba un poco harto. Después me enteré que no, que a él aquella casa de sus suegros con familia que iba y venía según sus necesidades, le encantaba. El pobre era hijo único porque su madre se murió de una peritonitis no bien detectada.  Mi abuelo, su padre, se volvió a casar pero no tuvo más hijos, se ve que ella no podía y eso les trajo amarguras a ambos, así que papá estaba feliz con el ruido de cuñados, cuñadas y sobrinos a tutiplé.  Mi tío lo decía porque teniendo tres hijos varones que fueron bastante traviesos, a papá se le complicó lo de demostrar cierta severidad, y al menos ante los parientes lo fingía.


Eran media docena. ¿Son tuyos?, le pregunté intentando averiguar lo que me parecía evidente sin hacerlo directamente. No, son de Lolo, dijo. Los compró en Madrid. Están muy bien.

Lolo era su mejor amigo. ¿También él?
Ah…
− ¿Serás lo bastante mayor para entenderlos?

Bromeaba, claro.

Lo que yo no entendía era por qué en los Ralf König las mujeres heterosexuales estaban tan amargadas y las lesbianas eran tan feas, tan feas.

Lesbiana de Ralf König

− Tío, ¿tú conoces a alguna lesbiana?− le pregunté cuando se los devolví días después.
− Sí, a un par.
− ¿Del pueblo?
− No.
− ¿Y son feas?

Se echó a reír.

− Pues no, aunque Roxy es una bruta, no hay duda.
− En el tebeo son muy feas.
− Pero eso es una representación iconográfica, el dibujante representa un estereotipo. Tampoco sus maricas están bien excepto los bellos. Y además hay un juego de poderes que se establece entre gays y lesbianas. En el fondo se respetan, o eso creo. Pero discuten mucho y en apariencia König refleja que se llevan a matar. Sin embargo, ves que entre ellos hay muchos amigos.

− ¡Pero sí que odia a las mujeres hetero! Las pinta como unas amargadas, aburridas, conservadoras y fastidiosas.

Mi tío soltó una sonora carcajada.
− ¡Es que son la competencia!
− No entiendo.
− Para los gays todos los hombres son gays, sólo que no lo saben –volvió a reír−, y las mujeres heterosexuales les quitan a los mejores ejemplares. Eso dice Lolo.

Mi tío me miró divertido y creo que compasivo.

− No te preocupes, nena, no dejaremos que te conviertas en una mujer amargada y fastidiosa. Lo de aburrida lo tendrás que solucionar tú – y me guiñó un ojo.
− Ni conservadora –añadí levantando orgullosa la nariz.− ¿Y tú por qué no te has casado?− le pregunté.
− Aún no me he aburrido del sexo−respondió burlón.
− ¿Pero uno no se casa precisamente para tener sexo? −me sorprendí.

Él sonrió, misterioso, y me dijo lo que los adultos dicen cuando no quieren meterse en berenjenales:
−Ya lo entenderás algún día.

Tenía razón. Un día lo entendí.

By Ralf König


El caso es que mi tío el guaperas y Lolo iban de acá para allá en un Alfa Romeo de segunda mano y en el pueblo empezaron a murmurar.

− ¿Por qué no te echas novia formal de una vez? –le dijo mi abuela.
− Va siendo hora de que sientes cabeza –dictaminó mi abuelo.
− ¿Por qué no vas en serio con Tina?− mi madre, la celestina.
− Estás dando que hablar –mi tío-abuelo Ramón.
− ¿Y tú por qué no te has casado entonces, Moncho?−le replicaba mi tío.
− ¡Todo el mundo sabe que mi novia se murió de tisis cuando ya estaban publicadas las amonestaciones en la puerta de la iglesia! –el viejo se mosqueaba.
− ¡De eso hace sesenta años!
− ¡Qué sabrás tú! –se zafaba el tío-abuelo Moncho.

Yo no sabía qué pensar. Empecé a fijarme en Lolo. ¿Podía un hombre hetero tener un amigo marica? Se conocían desde niños y eran bastante parecidos. Cuanto más miraba para Lolo, más gay me parecía. Pero no me atreví. No se lo pregunté. Lo cierto es que eran amigos y se apreciaban, se querían, estaba claro. Mi tío siempre lo apoyaba en sus extravagantes proyectos (o a mí me lo parecían, quizás sólo repetía lo que escuchaba a mis abuelos).

Un día descubrí otros cómics y revistas que tenía mi tío. Y en ellos sólo había tetas y chochetes. Total, que no era maricón.

 
Mamen by Mariel y Manel Barceló



Mamen by Mariel y Manel Barceló


Mamen by Mariel y Manel Barceló

Con el tiempo Lolo se fue a Madrid y hace cinco años se casó con su pareja de toda la vida, un antiguo azafato de una aerolínea.




Después de muchas novias de quita y pon, mi tío el guaperas se arrejuntó finalmente con Eva y está hecho un adán. Es padre añoso de un nene que es un torete. Lolo es su padrino. A veces noto a mi tío sobrepasado, pero él me guiña un ojo.

Yo… intento no ser aburrida.





PD: Aprovecho para felicitar a todas las mujeres en nuestro Día Internacional. (¡A ver para cuándo el Día del Varón!  :P )


lunes, 4 de marzo de 2013

Oportunista


-¿Y Sebastián?
-Se ha ido a vivir con otra.
-¿Sigue sin piso?
-Sí.
-A ver si ésta...
-Lo dudo, acaban por darse cuenta.



Oportunista:  adj. Que practica el oportunismo. (Actitud que consiste en aprovechar al máximo las circunstancias para obtener el mayor beneficio posible, sin tener en cuenta principios ni convicciones)

jueves, 28 de febrero de 2013

Distancia

     Me lancé hacia ti como el borracho a la botella. Con la osadía del alcohol y la desesperación del deshauciado.
Pero estaba la barra del bar separándonos. Todo el aire separándonos.


Sólo veo gente extraña en los lugares del pasado. 
Y me pregunto ¿habrá algún otro sitio dónde vivir?

Uol

Música: Quiero beber y no olvidar, by Manolo Tena




lunes, 25 de febrero de 2013

Qué será...


Qué será ser tú.
Éste es el enigma, la atracción sobrecogedora
de conocer, el irresistible  afán de echar el ancla
en ti, de poseerte.

Qué será la perplejidad de ser tú.
Qué, el misterio, la dolencia de ser tú y saber.
Qué, el estupor de ser tú, verdaderamente tú y,
con tus ojos, verme.

Qué será percibir que yo te ame.
Qué será, siendo tú, oírmelo decir.
Qué, entonces, sentir lo que sentirías tú.

Ana Rossetti: Punto Umbrío  (1996)


Música: Meno Ektos by Eleftheria Arvanitaki.

jueves, 21 de febrero de 2013

Desencuentros

      Siempre he temido los malentendidos. Una palabra callada, una llamada no efectuada o perdida, una carta extraviada, un mensaje borrado... pueden cambiarte la vida. Eso he pensado siempre, no sé muy bien por qué. O quizás, sí, quizás es porque tuve que tomar decisiones muy pronto en la vida. Pero ¿quién no? No parece muy significativa la causa.

Un malentendido te lleva a doblar una esquina que no pensabas cruzar; un malentendido hace que calles, ofendida, una explicación que lo aclararía todo; un malentendido desencadena que no admitas una excusa. Y ese malentendido se mezcla como una pasta con el orgullo, y esa argamasa provoca que ya nada sea igual.

Muy peliculero, lo sé. ¿Por qué nació en mí este afán? Repito que no lo sé, pero en los
films donde tal cosa sucede (que son numerosos debido al buen juego que da, cinematográficamente hablando) me paso la película recriminándoles mentalmente a los personajes ¡no, no, no hagas eso, dile aquello! Pero ¿por qué te callas?, vete allí, díselo… con una impotencia que me hace retorcerme en el asiento. Mis acompañantes me dicen, cuando después comentamos el argumento y yo insisto en su torpeza, es que si no, no habría historia. ¡Vaya gracia! Tu vida al garete para que el guionista tenga su historia.


Pero no todo es negativo: esta obligación de huir del malentendido y del desencuentro me ha hecho directa, todo lo directa que quiero ser, que suele ser mucho. Mis amistades me dicen que en realidad soy opaca como cortina de Velux, lo que sugiere que soy directa de quita y pon, es decir, cuando me interesa, ¡menuda novedad!

Supongo que lo que me inquieta es que en el malentendido hay una evidente falta de control de tus decisiones, ofuscados como estamos ante una situación que nos desborda.

La última película que me ha hecho pensar en esto es Pollo con ciruelas, de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud. (Este enlace remite a un vídeo de Días de Cine y habla de la peli)

Pollo con ciruelas, de M. Satrapi y V. Paronnaud


No va de tiros.
No va de finales felices.

Va de la vida, a veces se ríe, a veces uno se retuerce en la silla; a veces se llora, se ama, se sueña, se espera, se odia, se desprecia y se libera. Pero toda la obra tiene un toque de humor que la hace grata.

Aunque al final os preguntaréis como yo ¿Por qué ella no dijo nada?

Y responderéis como yo: ya todo estaba perdido. 
¿O no? 

Uol

domingo, 17 de febrero de 2013

Verbena


     Hoy he experimentado un viaje en el tiempo. Me sucede a menudo, no creáis en lo inusitado del caso. En esta ocasión el prodigio vino de la mano de uno de mis tíos. ¿No os he contado que pertenezco a una populosa familia? Bueno, ya os iré contando; de ahí proceden la mayoría de mis historias. Ellos me consideran la cronista de la familia, la memoria con patas de la casa, ¡mal saben ellos dónde escribo yo sus memorias! En fin, deciros de momento que el mayor de mis tíos podría ser por edad mi abuelo y el más joven es apenas nueve años mayor que mi hermano primogénito.

El caso es que había ido con uno de mis hermanos a pasar el fin de semana al pueblo para visitar a mis padres, pero en la mañana del sábado mi hermano tuvo que regresar a su casa por un percance familiar (niño+bibicleta+cuesta abajo+bache=visita a emergencias), nada grave por fortuna. Como resultó que todo quedó en susto, sangre en rasponazos, parches cutáneos cicatrizantes y orgullo herido, no lo acompañé y me quedé en el pueblo, pero sin vehículo para el regreso. Uno de mis tíos intermedios se ofreció gustoso a traerme de vuelta a mi casa, dijo que así aprovechaba para visitar a un amigo e incluso ir de chatos con él.

El coche de mi tío tiene sus años, pero está curioso, pulcro para un vehículo en el que lo mismo suben personas que perros o sacos repletos de algo. Acorde con el coche está el equipo de música. ¡En fin, qué deciros a los que sois muy jóvenes! Mi tío tiene un radio-cassette. Fue subirme y sentir el impulso de empujar el cassete que había puesto. Quería saber qué cinta estaba escuchando él. Y entonces sucedió, el salto en el tiempo.



Me vi de pronto en la verbena del pueblo, de cualquier pueblo pequeño, cien vecinos bailando delante del palco de la música, que no era entonces un camión con escenario integrado, sino un palco con planchada de cemento y techo de uralita. Y dentro del palco cinco o seis músicos de camisa brillante, trompeta, saxo, batería, guitarra. Y la cantante/bailarina de rigor: minifalda de tubo, taconazos de plataforma, top de lentejuelas escotado, tetuda, maquillada como una puerta, haciendo gracias a los paisanos. Y me vi allí delante, con mis coletas, mis calcetines blancos hasta las rodillas, mis pulseras de plástico de colores, moviendo con el baile los volantitos del vestidito que seguro estrenaba para la ocasión y esquivando a los brutos de primos y amigos con sus petardos y su vocerío y sus carreras alrededor nuestra para darnos un inequívoco empujón de megustas/notesoporto.

Porque aquella canción, de la que hay versión actualizada, tiene ritmo y sonido de verbena de pueblo, de pueblo pequeño. Porque hoy suena esa canción en cualquier verbena; da igual que los jóvenes vayan a la disco más cool el sábado, el domingo estarán en la verbena de su pueblo bebiendo hasta ponerse morados para luego bailar agarrados entre ellos esta canción, borrachos y/o ciegos de porros. Y empujarán a las chicas en sus vueltas. Y las novias los agarrarán del brazo, ¡Cómo estás, Kevin! No te vuelvo a traer a mi pueblo; ¡Qué espectáculo estás dando, Brayan Michael, nos miran mis vecinos!

¡Y la letra! ¿Qué me decís de la letra? ¡¡¡¡Pá matarse!!!! La letra no tiene desperdicio. Estudio sociológico haría yo de esa letra ayyyyyyy… verbena, pura verbena. Mozos vociferando TE COMPRO TU NOVIAAAAAAAAAA!!!!!

Miré con cariño a mi tío. Contigo viajo en el tiempo, le dije. Creo que no entendió nada. Pero me sonrió.



Música: Te compro tu novia, de Ramón Orlando.
(Oídos delicados: abstenerse, no me hago responsable)