Ni en mis mejores pronósticos hubiese imaginado alcanzar 500.
Nunca. En realidad ni siquiera había pensado en llegar a ninguna parte, a ningún
número, a perdurar. Pero aquí estoy, escribiendo la entrada número 500 de este
blog. 500 títulos para 500 historias propias
y ajenas. Nunca planeé llegar a ningún sitio porque lo que se trataba era de caminar,
de saborear el paseo, de compartirlo con quien quisiese abordar mis letras o
las de otros que me emocionaron y que daba a conocer, como me las habían dado a
conocer a mí. He disfrutado. Con esas letras unidas. Palabra tras palabra,
eslabones engarzados de una cadena de buenas sensaciones. Me he reído, me he
motivado. He aguardado por comentarios deseados que han llegado o no; me he sorprendido
con lo inesperado de otros; he conocido diferentes interpretaciones, siempre
fruto de las distintas experiencias vitales de cada uno. Y el tiempo pasó.
500. Parecen muchas. Pero
tampoco son tantas para cinco años y medio. De nuevo el tiempo ha perdido su
sentido. Nunca he hablado aquí de esto, pero tengo con el tiempo una relación
peculiar (en realidad no soy nada original). Mi percepción del paso del tiempo
no se ajusta al calendario. Yo puedo
pensar en una persona durante años como otros invierten seis meses. No me
agobia aplazar metas porque el tiempo es infinito, llegará. O no. Y una mañana
me digo, obligándome a bajar a la tierra, que ha pasado un lustro, que ya está
bien, que hay que cambiar de hoja, que la libreta, que la página, el documento
en el que escribo está caduco, que hay que iniciar uno nuevo. Y me sorprende
que sea así, que sea necesario. Pero acabo arrumbando esa libreta en un estante,
sin decidirme a cerrarla con lacre. Está ahí, y me paseo por la casa y sé que
está ahí, a mi alcance, para abrirla y revivir sus historias. No me da miedo,
no me paraliza. No me condiciona. ¿O sí? Lo de pasar página lo comprendo. Lo
hago. Pero no me lo acabo de creer. La página es la misma, simplemente pasamos
al siguiente renglón. Ahora hasta la máquina se encarga de eso, uno teclea y el
procesador de texto, acorde con la justificación señalada, salta al siguiente
renglón. Como si la vida fuese así, y pudiésemos saltar de renglón a conveniencia.
No se puede, por mucho que algunos lo
intenten obsesivamente.
500. Y otras 191 en el
borrador. Que no deberían llegar al procesador. Porque sería repetirme. Porque
me repito, me repito. Y he acabado por parecer una mujer tristona y melancólica.
Y no lo soy. O no soy sólo eso. Y sé que
los incondicionales siguen esperado que me deje de conachadas y vuelva a las historias picantes y guarras, a esas que
deberían ser el leitmotiv de este blog.
Y se cansan. Y abandonan. O no, y permanecen en silencio aguardando la vuelta de
la Uol cachonda y alocada. Y Uol piensa que esas historias se repiten, que al final
follar, follamos todos más o menos de la misma manera, que lo que cambia es el
sentimiento; que por algún extraño misterio, la emoción y el deseo nos desborda
con unos sí y con otros no, ¿por qué? Si lo supiese estaría transformando el
hierro en oro, sería la alquimista que descubre la piedra filosofal. Nos enrocamos
en historias fallidas y no vemos a quienes nos desean y/o aman y nos
empecinamos, por contra, en batallas perdidas. Somos así, prestos a grandes obras
y a grandes catástrofes.
No conecto demasiado con
las personas excesivamente pragmáticas, pero al tiempo miro con cierta
condescendencia a las fantasiosas. Es difícil. Es difícil ser tan
imaginativamente realista. No poder mostrarse. El cuadro viene a ser picassiano.
Hay que reconstruir la perspectiva rota. Y eso cansa. Por suerte, ciertas personas
no necesitan realizar esa reconstrucción mental. Me ven al primer vistazo. Para
bien y para mal. Otras, en cambio, se cansan de mirar. ¿Y quién se lo puede
reprochar? El tiempo, ya he dicho, tiene distintas medidas para unos y otros. Yo también me canso a veces de mí misma. Y en
esas ocasiones me gustaría deslizarme en una melodía, ser nota clara. De ésas
ante las que nadie duda: alegre. O triste. O rabiosa. O sombría. O frívola. Comedia.
Drama. Denotativa. Y me lo han dicho, que me tengo en alta estima, que así no se puede, que pongo una barrera, que escondo mi soberbia tras la oda del derrotado, tras la lírica del vencido, tras el pranto al oprimido. Bueno, no me lo han dicho así, pero yo lo siento, lo huelo. Se percibe en la mirada cansada, hastiada. Y es cierto. Seguro que lo es.
500 entradas en este
blog. Se inició cuando dinamité una historia que me convertía en una persona desmotivada y egoísta. En este tiempo
he vuelto a desear, a amar, a ganar y a perder. Pero también a recibir en un
andén y a dejar partir, a despedir desde el puerto. Y a aspirar la brisa.
Debo un par de
historias. Porque las prometí. O porque me las han pedido. A ello me pongo.
Y serán alegremente
cachondas.
Después, no sé.
500 es tan buen número
como otro cualquiera. ¿No?







