Tenía un paquete de
post-it amarillos y con ellos le enseñaría el camino. Él era mi caballero andante y
rendiría su espada ante mí, o me la entregaría o me la ofrecería, daba igual,
pero era para mí. Ya sé que pensáis que ni caballero andante ni gaitas ni qué
niño muerto, pero qué, ¿me lo vais a discutir? He dicho que era mi caballero
andante y no hay más que hablar. Mío. A mi servicio, igual que en plena época
del amor cortés, y en eso estábamos, en pleno cortejo amoroso. Yo creía
entonces que planificar una velada amorosa con fanfarria, cascabeles y toda la
parafernalia era algo que hacían todas las parejas, y, enamorada como estaba,
perduraría per saeculan saeculorum, amén. Resultó que no, y ojalá lo hubiese
aprendido antes, o mejor que no, o me hubiese perdido yo toda una serie de
veladas planificadas con fanfarrias y cascabeles y velitas y aceites, y a estas horas
estaría resentida por no haber gozado de tales festejos, una amargada, hablando
en plata.
Así que allí me hallaba
yo, con el mazo de post-it en una mano, el rotulador en la otra y la cabeza
pergeñando qué escribir en los cuadrados amarillos, mientras mi cuerpo ya
respondía solazándose de lo que se avecinaba. ¡Ay, este cuerpo mío siempre de
avanzadilla! El cerebro ordenando a la vanguardia adentrarse en territorio del
ensueño, a la tropa asegurar posiciones hilando sensaciones, advirtiendo a la
retaguardia que se espabile para no perder el rancho.
Mi caballero andante
tendría que superar unas pruebas si quería cobrarse el premio, eso estaba
claro. Y el premio era yo. O no, no no no no no. El premio era que la dama
rindiese su corazón al caballero, que ella, o sea yo, anudase mi cinta a su
lanza; yo, su estandarte, su emblema, su gonfalón, su pendón, ¡uy, pendón!,
bueno sí, qué coño, su pendón, también eso. Ya os he dicho que era yo entonces
una joven enamorada y entregada, que hasta planificaba veladas con mucha
fanfarria y cascabeles y atrezzo y
velitas perfumadas y ungüentos y jengibre cual hurí del jardín de las delicias. Y
ahora estaba con los post-it en la mano pensando qué órdenes escribir a mi
caballero para que subyugase a la dama, o sea a mí, me yo conmigo.

El caballero desciende
del corcel en las estribaciones de la cordillera que, cual mujer tumbada,
aparece accesible pero retadora ante su vista. Contempla al fondo las cumbres,
las vaguadas, quién sabe si se halla alguna laguna escondida a la vista. El
caballero, mi caballero, saca yelmo con cimera, que es él muy pavo, y ante los
pies de la sierra exclama "Pueda yo alcanzar cumbres tan elevadas y clavar
mi espada entregada". El primer post-it lo pego en mi pie derecho El caballero avanza a pie y bebe para tomar
fuerzas en las pocitas que allí manan. Él besa los deditos de mis pies, lo
ha comprendido perfectamente, mi cuerpo se estremece; pasa la lengua por el
empeine, rodea el tobillo y asciende muy lentamente. El post-it ha volado por los
aires, dinamitado, y mi caballero ha
avistado a lo lejos una nueva banderola que reclama su atención. Está adherida
a mi rodilla. Subir la montaña ha supuesto empeño, y alcanzada esta primera
cumbre, El caballero se inclina y, dando
gracias al cielo, besa el suelo. Sus labios hacen ventosa en mis rodillas,
me hacen cosquillas, me mordisquean. Plantado allí, ve mi caballero la vega que
allá abajo verdea frondosa y húmeda, y se le enciende la mirada y se propaga el
fuego. El descenso es rápido, va ligero, pero la quebrada lo desvía cual
desfiladero a un lateral, y por allí hace sus descansos ronroneando y frotando
el cabello negro de su hermosa cabeza contra mis ingles después de leer El caballero cepilla el caballo y le da de
beber. Pero es pronto para que un semental tan joven esté cansado, y el
caballero decide curiosear en la laguna. Por su cuenta y riesgo se asoma al
manantial, pero pegado en el interior del muslo descubre una nueva misiva Tente, insensato, quien bebe de esta fuente
ya nunca dejará de asomarse a su brocal. Tengo sed, dice, y se asoma al
abismo. Y bebe. Y bebe. Y vuelve a beber. Y la laguna se hace más húmeda, más
profunda y brotan arroyuelos que impregnan las tierras bajas. Y las fallas
internas comienzan su lento pero inexorable camino hacia el derrumbe de la
cueva. Más el caballero alza la vista y ve a lo lejos otro valle y unas suaves
colinas. Allá encamina sus pasos.
Un suave otero le
permite contemplar el panorama. Subido al caballo, majestuoso y altivo,
distingue una pocita diminuta. Trota alegre el corcel, que hociquea en el hoyo.
La lengua entra y sale del ombliguito y las sensaciones provocan una suave marea,
llanura ondulante y gozosa.

Y
brotarán de los volcanes nubes piroclásticas que aturdirán al caballero, pero
de su persistencia dependerá que florezcan nenúfares de ensueño. Y mi hombre se encarama a mis senos y su calor
y su aroma lo perturban, lo aturden, puro flujo volcánico, colada piroclástica
que le quema el rostro. Mas persevera con sus labios y nacen de las montañas
dos perfectas frutas rojas que él saborea con tanto ardor que los volcanes se
tambalean y amenazan con una nueva explosión. Previsto está que la lava queme
su lengua, pero avista un nuevo post-it en el cuello que él arranca de un
bocado.

Si hasta aquí habéis llegado, sabed,
caballero, que casi habéis coronado. Saciad vuestra sed en este pozo, que de la
gloria os halláis a un paso. Desciende mi amante ávido hasta mi boca y
bebiendo me da de beber, pues es aljibe que se renueva si la polea canta. Mi
tesoro, señora, mi tesoro, me susurra en la oreja. El tiempo apremia. No existe
el tiempo para los que aman, le digo, pero comprendo sus ansias. También mi capa
freática va en aumento, acuífero que se desborda, manantial imparable. Y para
allá que galopa mi caballero, libre y ardiente, loco y fiero. Y espada en mano,
ante tórrida gruta desciende. Quien en
esta cueva entra, no una sino mil veces se adentra, siempre incandescente y siempre
tributo deja con su simiente. Y mi amado penetra al llamado del tesoro, que
brilla ígneo y reluciente. Y tal como vaticinaba la leyenda amarilla, entra y
sale, sale y entra, provocando nuevos quiebros en las fallas subterráneas, desmoronamientos
de sucesivas placas, destrucción volcánica que nos aplasta, que nos arrastra en
rugidos violentos.

Mi caballero se deja caer
sobre mis pechos, los nenúfares apuntan al cielo. Busca en mi boca la humedad
que no halla en ellos. Mi tesoro se ha quedado dentro, me dice. Más tarde, a
por él regreso. Me río, niña feliz, juguetona, relamiéndome, pues sé que
buscará una y otra vez incansable su premio. Quedas nombrado caballero, le digo.
Y tú mi dama, dice antes de ocultar su
rostro en el hueco de mi cuello.
El suelo es un manto
amarillo de post-it, despojos de una feliz batalla. Sujetos con una goma los vi
un día, dentro de una caja.
Uol