martes, 13 de diciembre de 2011

La sirenita

         Era el último tramo del trayecto previsto. No todos extendían el camino hasta el mar, pero a él le parecía impensable no cumplir con el último ritual, llegar al Finisterrae. Pero la tormenta se había desatado encima apenas a unos cinco quilómetros de la meta. El viento arreciaba y arrastraba agua que caía con fuerza e intensidad. No tenía donde refugiarse y decidió continuar hasta su destino. La noche cayó al tiempo que percibía el olor marino. Empapado y ya desanimado, vio de pronto alzarse la torre en lo alto del promontorio y la luz del faro estalló ante sus ojos. Empujó la puerta pero estaba cerrada, la golpeó y tocó el timbre que descubrió, pues percibió luz en lo alto de la torre. Al poco le franquearon la entrada. Una mujer de rostro asustado lo contemplaba como quien ve un fantasma. Iba a decir algo cuando se fue la luz dentro de la torre y el generador silbó al activarse. Entonces la mujer lo tomó de la mano y lo introdujo algo bruscamente en el cuarto que cobijaba el arranque de la escalera hacia el mirador de la torre. 


    Tenía una mirada alucinada, parecía un espectro, con la negra melena desaliñada. Me despojó de la mochila y el impermeable empapado y yo me dejé hacer sin preguntar nada, tenía la sensación de estar en medio de una escena cinematográfica. Era muy guapa, de grandes ojos negros y el deseo desbordaba su mirada. Yo tenía las manos muy frías y ella las cobijó en sus axilas. Aquello me pareció raro y tierno a la vez. No sabía qué hacer, ella me besó y tiró de mí escaleras arriba. Fue el polvo más alucinante de mi vida. Sexo con una hermosa desconocida en lo alto de un faro en plena tormenta, con el viento y la lluvia golpeando los vidrios y su mirada felina prendida en la mía. Sexo sin preguntas, sólo goce. 
      Pero las preguntas llegaron después. Y las formulé yo, sorprendentemente. 
      Ahora ella viene a verme, después de meses de correos-e y videollamadas. 


       Se preguntaba si sería lo mismo. Ahora era ella la que estaría fuera de su ambiente. Aquellos meses de charlas pretendían mantener conectado el fino hilo que los ligaba al recuerdo de aquellos días ajenos a su realidad en el faro atlántico. A ella no le parecía conveniente mantener una relación epistolar, pero no había otra manera, ¿cómo justificar la visita si no había una continuidad en su relación? ¿Podía decirle, oye, Anker, que me voy a echarte un polvo, que el invierno se me cae encima? Estoy desconocida, pensó. Pero hasta ahí llegó toda reflexión; los besos, la piel de Anker, sus habilidosas manos y su polla siempre dispuesta eran argumentos indiscutibles.


           

        Los días previos ella consultó la previsión meteorológica, esperanzada ante el recibimiento de una ciudad nevada, pero la temperatura mínima no iba a bajar de tres grados positivos y no se esperaban lluvias. 

     Anker la esperaba puntual en el aeropuerto y la sala de llegadas fue testigo de besos alegres y desenfadados. No hubo resquemor, no hubo indecisión, no hubo dudas ni incertidumbre después de casi nueve meses. Nada parecía haber cambiado, excepto el tatuaje que el danés se había hecho en el brazo. Ella lo había descubierto cuando le arrancó la ropa en un arrebato similar al de la primera vez. Sin planearlo parodiaron aquel primer contacto: la llegada del joven al faro tras el Camino, pero ahora con premeditación y teatralidad, siguiendo un guión que ambos conocían.

 ¡Ah, de la torre! Abrid a este pobre caminante que se presenta humilde en esta santa casa.
 Decidme, ¿qué pretendéis? ¿cuáles son vuestras intenciones?
       Busco cobijo, la noche es boca de lobo y de buen cristiano es alojar a un peregrino que apela a la bondad de vuestro corazón.
        ¿Expiáis pecado acaso?
 Todos somos pecadores, aunque seguro vuestra escasa edad os ha impedido cometer pecado alguno.
  (Gentil es el mozo y educado parece) Os ofrecería cobijo, mas estoy sola en este mi castillo y mi buen nombre protejo con ahínco. 
 (Hermosa es la doncella, ¡pardiez si no aprovecho ocasión tan venturosa e hinco yo otra cosa en honradez tan trabajosa!) Nada debéis temer, mi señora, que soy caballero que en nada puede ofenderos. Pero si es por pudor, poca cosa necesito, la cuadra de las acémilas será mi cuarto esta noche, y quizás una taza de sopa ardiente que calme el frío de este mi cuerpo doliente.
    (¡Qué labia tiene el doncel! Nada me fío de él, pero es apuesto y gallardo y harta estoy de insulsos caballeros honrados) Pasad, pues, al hogar. Yo mismo os serviré un potaje caliente y una hogaza de pan, que nunca una Ordóñez ha dejado al raso a un cristiano desamparado.
        Muy honrado, señora.
        ¿Y vuestro caballo?
  Robármelo han a diez leguas de aquí, pero bien hecho está si por ello mis pasos me han traído hasta vós.
  ¿Dónde habéis aprendido galanuras tales? (Nuestra Señora me asista, qué cuerpo tiene el tal, despojado de la capa parece colosal)
  En corte vikinga he morado y allí he aprendido costumbres singulares (qué piel, qué labios, qué senos se intuyen bajo el manto labrado).
    Acercaros a la lumbre, pero... ¡el Señor nos valga!, estáis empapado, sacaos las calzas, mester es que a secar las pongamos, no vaya a ser que los humores fríos atrapen vuestras médulas vitales.
    Ni un segundo me tardo, vuestras palabras son órdenes celestiales. (Picarona me va pareciendo la dama, qué extraño)
     Estáis helado (el diablo me confunda, qué brazos, qué cuello de toro, qué manos...); yo os ayudo sin reparo.
−  ¡Qué delicadas vuestras manos! Y qué sedosas las guedejas que de la toca caen enmarcando rostro tan claro.
        Atrevido sois, mas dejadme que el calor de mis manos devuelvan el color a vuestros labi...
        ¿Decíais?
  Que unas friegas os doy para desentumecer vuestros brazos que, de paso, os digo, qué fuertes son, qué torneados, qué bravos.
  Vós también estáis fría, ¿no tenéis acaso acomodo más cálido?
      A mis aposentos, pasad, romero norteño, que descubrir quiero... el resto del paño.
        (Vencida la tengo, pardiez, ya es mía esta gacela sin amo). Vuestro soy y mostraros quiero, lo que para vós guardo.
        ¿De qué se trata?
        Vuestra mano dadme y tocad sin reparo.
 ¡Cielos, tremendo tamaño! (Más cerca quiero verlo, esto perderlo no pienso). Prieto estáis bajo calzas mojadas, mejor las ropas quitad y meteos en la cama.
        (Con tino habla la desvergonzada) Así lo haré, señora, mas a vós también os estorban las sayas. Venid a mi vera, señora, que muerto de amor me tenéis al contemplar hechuras tan placenteras.
  Mi boca llama a vuestros labios; apagad esta sed que tengo desde que al portón de mi torre os habéis acercado. (Qué locura, qué arrebato, perdida estoy, me lanzo a sus brazos)  ¿Qué dulce néctar habéis depositado en mis labios que sólo quiero perderme en la fuerza de vuestro abrazo?
    Es la pasión que inunda nuestro ánimo. Señora, os lo pido, ¡dejad que os muestre cuánto os amo!
        ¿Y puedo yo ahí besaros?
        No solo podéis, sino que debéis, es manjar grato para paladar tan delicado (loco estoy, no me lo creo).
        ¡Hummm!  Sabroso sois, ¡yo me relamo!
    Chupe, fermosa mía, chupe y verá que regalo.
     (Nunca tal cosa vi, parece de caballo) ¿Así le complace, mi doncel gallardo
  Lo hacéis muy bien (Parece que ha practicado).
        ¿Y no tengo yo semejantes regalos?
     (Curiosa es, no puedo negarlo) Tumbaos, pues, y relajaos.
        Ayyyy, mi caminante eslavo, cosquillas me hacéis, voy derecha al infierno malo.
  (Ésta, de la cabeza, me arranca los pelos ralos) Calmaos, calmaos, que aún no he rematado.
        ¿Más hay... y no me habéis contado?
 En vós quiero entrar, mas no quiero deshonraros (a ver si obligado me veo después a remediar lo pasado).
    Permiso ya os he dado, dejaos de lindezas, caballero, que está el caldo esperando el nabo.
−  (Loco me tiene, es dulce y perversa la damisela). Aquí empuño mi ariete para derribar la puerta cerrada. (Suave está la condenada, más mojada que de fraile copa sagrada)
        Oh, mi señor, qué dulce muerte, qué goce, qué éxtasis siento en mi vientre, no ceséis ni un momento en clavarme vuestro miembro lozano.
        Pronto, señora, descargaré lo que para vós he guardado.
        Detente, valiente, que aún no es momento de dejaros.
  ¿Cansada no estáis, mi señora? (Lo que aguanta la doña es cosa maligna, ¡está claro!)
        Seguid, seguid, que ya noto que sube algo desde abajo y en la cabeza me estalla tal arrebato.
        (Si salgo de ésta, pardiez, me hago monje franciscano) Me voy, mi señora, ya el éxtasis alcanzo. AHHHHHHHHH
        AGGGGGGGGGGG....
 (Rosada está como granada en pleno verano).
        Ahora a Santa Teresa comprendo...
        (¡Y yo al diablo!)
      Besadme de nuevo, mi dueño. Estoy feliz como gata en el tejado.
        (Gata era, me queda claro, pero también hermosa y amorosa; perdido me veo en este lugar apartado) Todos los de mundo pienso yo daros, si consentís, señora, en que sea vuestro esclavo.
        Sea, si permitís que yo la vuestra, mi amo.



− ¿Me he dormido?
− Un buen rato.
− Hummm...
− ¿No quieres ver la sirenita antes de irte? 

− Psss...
− ¡Pero si es un monumento nacional! 
− La verdad es que ya la conozco. Hace tres años me hice una caminata infame y casi ni la descubro en esa orilla sucia de ramas y piedrajos. ¡Es enanita! ¡Al fondo sobresalen chimeneas! ¡No sé a que viene tanto revuelo!
¡Oh! 
−En realidad pensaba visitarla de nuevo, pero porque imaginaba que con nieve se vería más bonita e idílica. 
− Hum! 
− Ya que no ha nevado ¿por qué no jugamos en vez de visitar la sirenita? 
− ¿Jugar, a qué? 
− Yo soy la sirenita y tú el náufrago de un barco.


Uol Free

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Reencuentro
El Faro

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Agenda

Tryllekunstneren har til at kneppe mig. Det er fantastisk. Det kommer til at være sammen med mig. I et par dage vil være her. Det er vanvittigt. Vil du kneppe sneen! Det er en vanvittig lækkert! Et par dage mere og kneppede.
(La maga viene a follar conmigo. Es alucinante. Viene para estar conmigo. En unos días estará aquí. Es una loca. Quiere follar sobre la nieve! Es una loca deliciosa! Unos días más y joderemos.)

Uol Free

lunes, 28 de noviembre de 2011

Reencuentro

Faro de Fisterra


−Hello!
−Hola! Ayer te estuve esperando hasta las once.
−Lo siento, ya sé que para ti es tardísimo, pero no pude conectarme antes. Cuando llegué a casa ya no estabas.
−Bueno, ¿y qué has decidido? ¿Vienes?
−Sí, finalmente me han concedido el día en el trabajo y puedo hacer puente.
−¿Puente?
−Ya sabes, empato el fin de semana con el siguiente festivo tomándome el lunes. Hasta ayer no supe si me lo daban.
−¿Saldrás el viernes?
−Sí, llegaré al CPH a las 22:10h.según el horario previsto.
 −De acuerdo, te recogeré en el aeropuerto.
−Más te vale, Anker, porque si me encuentro sola a esas horas y con un metro de nieve te maldeciré.
−Ja ja ja, no temas, me muero por tu visita; no me acabo de creer que vengas aquí.
−Te lo prometí; además, me hace mucha ilusión y no veas las ganas que tengo de verte e hincarte el diente.
−¿Hincarte el diente?
−Darte un buen repaso ja ja ja. Besarte, tocarte, amarte.
−¡Ah! ok, ok, ja ja ja, ya entiendo. Kneppe.Yo también. ¡No sabes cuánto! Se me hacía eterna la espera.
−¡Y a mí, Anker, y a mí! ¡Cuatro días para nosotros solos! No pienso salir de la casa ja ja ja
−¿No? ¡Pobre de mí, Gud! Pues yo pensaba ser un buen anfitrión y enseñarte la ciudad...
−Bueeeeno... de acuerdo, pero el domingo por la tarde o el lunes.
−Ok Ok, ya veremos.
−Ja ja ja, sí, ya veremos. Te llamo ese jueves para confirmar el vuelo en cuanto imprima la tarjeta de embarque. ¿Te parece?
Ja, perfekt. Te quiero, niña, mañana seguimos hablando, ok?
−Sí, conserva tus energías para mí, ¿de acuerdo?
−Ja ja ja, claro, selvfølgelig!
−¿Qué?
−Que sí, preciosa, por supuesto.
−Un beso, te quiero.
Kys para ti también. FarvelBye.
Bye.
Puerto Nyhavn


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El Faro 
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La sirenita

miércoles, 16 de noviembre de 2011

PELIRROJAS

Dicen que sólo el 0,7% de la población tiene el pelo rojo. Es un gen que se pierde al combinarse con otros. Mal asunto en una época donde la mezcla intercultural y racial es habitual, incluso deseable. Pero hay millones de mujeres que se tiñen el pelo de color cobre, desean ser pelirrojas. No sé de hombres que hagan lo mismo. ¿Será porque en el ideario masculino las pelirrojas somos apasionadas y volcánicas en el sexo? 
      Yo soy pelirroja, genes celtas, of course! Lo raro es que en este instante soy la única de mi familia. Mi bisabuela también lo era. No soy la primera a la que le suceden este tipo de saltos genéticos en su árbol genealógico. 

Ser pelirroja es mi cruz. Soy una pelirroja típica, eso incluye cejas y pestañas, piel de alabastro y pecas. Sí, también mi vello púbico es rojizo, ya sé que os lo estabais preguntando. Mis ojos, en cambio, no son grises, eso al menos compensaría mi tribulación; pero son del mismo color panocha que las pilosidades de mi cuerpo.


Ya sé que las miles y miles de mujeres que se tiñen de color caldera la cabeza e incluso las cejas no entenderán mi queja. Ya tengo por delante la etiqueta de apasionada, los hombres se acercarán a mí para iniciar la conquista; sólo tengo que menear mi abundante cabellera ondulada a lo Gilda y los hombres caerán rendidos a mis pies. Ya. Seguro. Soy pelirroja y bien parecida. Tengo buen cuerpo. No va por donde pensáis mi escepticismo. 

    Desde hace siglos se ha marcado a las pelirrojas. Se las ha estigmatizado desde los primeros tiempos. Las de cabello rojo eran malas mujeres. La escasez de ese color supongo que las hacía únicas y especiales. Así, pintaron a María Magdalena como a una putilla de cabello rojo que tentó al mismísimo Hijo de Dios. Desde entonces no hemos levantado cabeza. La Inquisición también colaboró en fijar esta idea en la iconografía mental e hizo su trabajito: se dedicó a quemar en la hoguera nuestras blancas y pecosas carnes, pues nuestro pelo rojo no era más que la marca del trato carnal con el mismísimo diablo. Claro que primero las violaban para ver si la leyenda que ellos mismos se encargaban de propagar era cierta, quizás así podrían exorcizar al demonio a través del sometimiento del cuerpo de las pobres infelices. Es lo que tenían aquellos curitas sádicos y libidinosos, que eran hombres lascivos, reprimidos e hipócritas. De ahí que las madres obligaran a ocultar los cabellos pelirrojos de sus hijas con pañuelos para no delatarse, no fuera a ser que se las llevaran o las acusaran a ellas mismas de tener hijas del demonio, tanto valía para quemar la madre como la hija. En resumen, las pelirrojas eran brujas que lascivamente fornicaban con Satán o directamente eran hijas de Lucifer. Bonito 
La joven de la Perla de Vermeer
panorama. Así durante siglos. Si hasta la criada de Vermeer ocultaba su mata roja por vergüenza y el artista se la meneaba sin descanso. Bueno, eso es lo que han intentado hacernos creer, todo por explicar el misterio de la joven, otra calumnia más sobre las pelirrojas. 



A los pintores, en cambio, les encantaba dibujar Magdalenas semidesnudas y arrepentidas (¡ay, esa censura eclesiástica, cuánto hizo discurrir!), con su hermosa y espesa mata de pelo rojo y rizo cayendo sobre el torso y apenas ocultando los senos gráciles o llenos, según la moda del momento. A la otra María, a ésa no la pintaban pelirroja, no. La madre de Dios era inmaculada, ¡cómo iba a ser pelirroja! 
Magadalena penitente de Giampietrino


La que no se libró de la representación fue Eva. Sí, que mayor pecadora que ella, la que con su sabia curiosidad e inteligencia nos expulsó del paraíso, que de paso, menuda mierda de Edén, todo el día pasmando con risa boba, dando saltitos entre las flores del jardín y sin hacer otra cosa que dar gracias a Dios. Eva fue otra magnífica y putísima pelirroja. Y si no la ponen en plan zoofilia con la serpiente es porque ya era demasiado, pero la consabida escena fijó otro estigma para mis congéneres: la de la pelirroja boba. Eva fue boba porque se dejó seducir por las promesas de la serpiente. ¿Aún pensáis que no tengo razones para quejarme por ser pelirroja?
Eva, por Durero
Adán y Eva, por Tamara de Lempicka
    Los cómics han retomado el tópico sobre la fogosidad insaciable de las pelirrojas ya popularizada y extendida hasta la saciedad por el cine. Si hasta un pobre dibujo se queja de que sus excelencias no son tales, es que la han dibujado así. Pobre Jessica Rabit, yo te comprendo. A nadie le gusta que su carta de presentación sea: soy pelirroja y por ello, un putón verbenero. 
Jessica Rabit
     ¿Y que me decís de los video-juegos? Las heroínas sangrientas de este milenio, las corta-cabezas, las brujas lúbricas que decapitan, ensartan y mutilan son pelirrojas en cueros.

¿Comprendéis ahora mi desconsuelo? 
      Pero he decidido que nunca más un fulano va a abordarme preguntándome si tengo la pelambrera de abajo de color rojo. Lo malo es que no me decido entre las dos opciones que valoro. Quizás vosotros podáis ayudarme: 

a) Me cubro el pelo para siempre con una toca. Sí, me meto a monja de clausura. 

b) Viajo hasta algún lugar recóndito del planeta donde acaso mi cabello me convierta en reina de tribu analfabeta. 

Pensándolo bien, las dos son buenas. Me han dicho que el confesor del convento de las Agustinas del Santo Martirio está cañón y tiene un hisopo que vale un potosí. Y en la tribu siempre puedo instaurar como prueba de hombría para todos los varones en su paso a la edad adulta yacer con la reina pelirroja y dejarla satisfecha. ¿Qué? ¿No soy pelirroja? Pues eso.

Uol Free

viernes, 14 de octubre de 2011

El buscador de setas

Vilalba
No tenía ganas ningunas de levantarme aquella mañana. Sábado de resaca. Lo único que pretendía era dormir hasta avanzada la mañana y a continuación desayunar en la terraza del bar de abajo con los periódicos desperdigados entre migas de tostadas con mermelada de naranjas amargas. Pero todo se torció cuando Pepe me llamó a las nueve para recordarme que les había prometido a los chicos una cena a base de estupendas setas otoñales. No os lo he dicho, pero soy un micólogo casi profesional. Así que en ésas estaba ahora por presumido, buscando níscalos, boletus, cantarelas y russulas. Quizás podría haberlas solicitado a algún colega de la asociación micológica a la que pertenezco, pero decidí que mis amigos de juergas y pesares bien merecían mi esfuerzo. Además había retrasado ya muchas veces la invitación; justificada en ocasiones porque no era época; por desidia en otras, y últimamente por mis problemas con Marifé. Total, que me levanté con un careto que me hizo recordar que los cuarenta están rozándome la coronilla cada vez más rala y tras una ducha más bien fría para despejarme, subí al coche y me fui hasta mi bosque favorito, una zona de castaños, robles, chopos y nogales. Un rincón paradisíaco a la orilla de un pequeño río que últimamente estaba tomado por excursionistas. Sólo deseaba que en esta época del año, el lugar estuviese solitario.

Como para compensarme, el día era magnífico. Había lloviznado durante la noche pero ahora el sol lucía en lo alto y la mañana era fresca y luminosa, condiciones ideales para la búsqueda de los hongos con los que agasajar a mis amigos. En la pequeña explanada que hacía las veces de aparcamiento antes de introducirse en el sendero del bosque  sólo había un solitario Land Rover antiguo. Pensé que otro colega solitario se me había adelantado pero no me inquieté, la zona era fructífera y podía abastecer a muchos amantes de las setas. Me dirigí a una zona particularmente húmeda y umbría que conocía bien, imaginando que el competidor andaría por zonas más evidentes y conocidas. Pronto encontré unas magníficas Amanitas caesareas que pasaron a mi cesta. Seguí buscando y sucesivamente fueron cayendo Russulas vescas, ideales para hacer unos revueltos, y Cantharellus cibarius. Con mi cesta bien aprovisionada y sin el menor indicio de la presencia del conductor del Land Rover, me acerqué hasta el río para dar un paseo por el caminito que sigue paralelo a su curso, con tramos de madera y puentecillos artesanales.

 
Sólo llevaba diez minutos paseando, al tiempo que pensaba en las discusiones continuas que Marifé y yo habíamos protagonizado en los últimos tiempos y que habían acabado con nuestra relación de ocho años, cuando escuché que me chistaban. Miré hacía el bosque e incluso al río pero no vi a nadie. Iba a reanudar el paseo, ya en dirección al aparcamiento cuando oí de nuevo chistar y  unas risas de mujer. Me acerqué a un casi invisible desvío y allí, al pie de un castaño, rodeada de hierbas húmedas, hojarasca, castañas caídas y setas diminutas estaba sentada una preciosa mujer. Lo que me hizo pensar que yo había abierto la puerta a una inesperada alucinación fue que la mujer estaba completamente desnuda. Miré a mi alrededor, con ojos y boca desorbitados, pensando que aquello era una broma pesada o estaba siendo víctima de un programa de esos pesados de cámara indiscreta. Pero no se veía a nadie más. 


−Acércate − me dijo. Yo también recolecto setas−  e indicó las que había tronchadas a su alrededor.

−¿Se encuentra bien? ¿Le ha pasado algo? – le pregunté pasando por alto su absurda información.

−No, ¿qué me iba a pasar? Este lugar es asombroso. ¿Has visto que colores? Ocres, marrones, dorados, verdes... Todo está húmedo... como yo.


Me dio la risa, no lo pude evitar. Me pregunté si la mujer estaría colocada, pero no lo parecía. Hablaba articulando bien. Y me miraba tan lascivamente que me sentí como Pulgarcito perdido en el bosque y atrapado por los encantos de una lúbrica hada.


Me acerqué. La mujer era de edad indeterminada; su cuerpo correspondía a una mujer  muy joven, pero su mirada contradecía esa impresión.


−Es peligroso estar... así en medio del bosque – dije por decir algo, no sabía cómo reaccionar ante una situación tan extraordinaria.

−¿Pero qué me podría pasar? – alegó con gesto inocente.


Aquello me puso caliente a más no poder, si es que podía estarlo más de lo que estaba desde el instante que la descubrí, expuesta y desnuda bajo el castaño.


− ¿El Land Rover es tuyo?

−Humm.... sí, en estos tiempos viajar en escoba llama mucho la atención.


Desistí de tratar de comprender la situación o de hacerla razonar. La tía podría haberse escapado del loquero pero estaba buenísima, sus intenciones estaban claras y yo no iba a ser el gilipollas honrado que la llevase por el buen camino.

Me senté a su lado y le aparté el cabello rojizo del cuello. Tenía ojos de gata: grises y bordeados de pestañas claras; la piel, muy blanca. Realmente parecía un duende del bosque, una ninfa perdida, una moura de mis relatos infantiles, cualquier cosa menos una loca asesina.

Ella sonreía, mimosa y provocativa. La besé. Me sentí transportado. Me eché sobre ella y la magreé, salido como un perro. Se dejaba hacer, lánguida y sensual. Sus pechos tenían las areolas de color rosa muy pálido y gimió cuando mis labios se apoderaron de los pezones enhiestos. Fue entonces cuando me aferró con sus piernas torneadas y me mordió el hombro. Le besé el cuello, olía a verde, a hierba, a plantas silvestres. Descendí hasta su ombligo, pequeño, infantil. Sentía sus dedos perdidos en mi cabello. Su coño era tan pálido como su piel anfibia, sin vello. Su entrada, rosada, estaba por el contrario, cálida y húmeda, como una pequeña cueva acogedora. La lamí y relamí mientras  la ninfa arqueaba la espalda y alzaba la pelvis. Ronroneaba como una gata, se frotaba contra mí, apretándose con firmeza. Me quité la ropa. Ella no parecía notar la incomodidad del suelo, húmedo y lleno de hierbajos. Su ropa no estaba a la vista. Me subí encima de ella, que me recibió abriendo con ansia sus piernas largas. Es extraño, un minuto antes pensaba hacerle una docena de cosas bien guarras y ahora lo único que deseaba era sentirme dentro de ella, morder su lengua, sorber su saliva, besar sus pecas. Ella se acoplaba a mis envites, perfectamente compenetrados ambos. Sentía su calor allá abajo. Mi polla se deslizaba dentro de su coño bien lubricado, mi deseo alcanzaba cotas incontrolables. Quería darle vueltas, quería tomarla por la espalda, quería hundir mis dedos en su cintura, pero no cambié de postura, obnubilado por la intensidad de sus ojos grises que me hipnotizaban. La follé intensamente pero como un perfecto novio enamorado. ¿Por qué? No lo sé. Quizás no quería perder el contacto de su mirada; tenía miedo a que se volatilizara; quizás quería que ella me observase bien, que no olvidase mi cara resacosa, con barba de dos días y ojeras azuladas. Quizás temía despertar en medio de mi cama y que todo fuese un sueño lúbrico con polución incorporada. Pero ella se asía a mi trasero y lo arañaba y pedía más. Sí, pequeña, musité, te daré cuanto pidas, y la besaba.

Cuando acabé, ella tenía prendidas en el cabello rojizo hojitas de helecho, la espalda cruzada de rascazos y las mejillas encendidas por su orgasmo. La fina piel del escote también estaba sonrosada. Se sentó sobre mí y me miró divertida. 


−Se ha dado bien la jornada, ¿eh? Muchas setas has encontrado.

−He encontrado una de la que desconocía la especie, es única, nunca vista antes por estos parajes.

−¿Y estás seguro de que no es venenosa?

−Es deliciosa. Y no como éstas y señalé las que ella había tronchado−. Son Amanitas muscarias, tóxicas.

− Lo sé –dijo. Y se rió.


Uol Free

miércoles, 5 de octubre de 2011