sábado, 11 de octubre de 2014

El indiano (III parte y final)

(Esta historia comienza aquí y la segunda parte puedes leerla acá)


―¿Has venido?
―Es evidente.
―¿Quieres aprender?
―¿Tiene algo que enseñarme?

Don Pedro rió y sacó un brandy.

―De las mujeres he aprendido muchas cosas. A lo mejor yo puedo enseñártelas a ti.

Irimia bebió el brandy, hubiese preferido el anís.

―Nunca me casaré contigo.

Don Pedro alzó las cejas.

―No he regresado a mi tierra para buscar esposa, aunque sé que todos lo esperan.
―Mejor.
―¿Puedo preguntarte qué te desagrada de mí? No soy un anciano. Soy muy rico y no tan inculto como algunos piensan. Tus padres estarían encantados si te pidiera como esposa― don Pedro sentía verdadera curiosidad. Intuía que Irimia no mentía, que no era una estrategia calculada.
―Eres un muy buen partido, es cierto. Pero no es lo que yo quiero.
―¿Y qué quieres?
―Sentir.

Irimia alzó su vestido. Se puso de espaldas y sacó las enaguas, deslizó las bragas hasta el suelo, pero se dejó puestas las medias oscuras. Don Pedro se extasió ante las posaderas de la joven, tan redondas y plenas, tan blancas como lunas llenas.


En Cuba había aprendido las virtudes de la lentitud. Y aunque el deseo espoleaba su impaciencia, se tomó su tiempo para besar a Irimia en el cuello turbador, en los párpados temblorosos, en los labios entreabiertos. Después se desnudó y a Irimia el indiano ya no le pareció tan enclenque. Tenía brazos resistentes que la alzaron hasta un diván, su sexo grueso florecía entre el vello denso y rizado. Sintió deseos de saborear aquel falo prohibido. Don Pedro se lo ofreció exultante y ella lo aceptó gozosa. Lo introdujo en su boca y lo chupó como a un caramelo. 



―¡Oh, Irimia!, así mismo es, lámelo, chúpalo, aprétalo entre tus labios.

El indiano gemía. La apartó un poco.

―Espera, espera, golosa. Tenemos tiempo. Quiero probar tus pechos.
―¿Y a mí, puedes tocarme y chuparme?
―¡Oh, Irimia! ¿De dónde sales tú? Claro que puedo, en realidad debo si quieres sentir el goce total. O al menos eso me decían las mujeres allá en Cuba.

Irimia se estremeció de placer cuando los dedos expertos del indiano la tocaron en lo más íntimo, buscando, explorando, hundiéndose en su carne tibia. Ella a su vez volvió a introducir el pene de don Pedro en su boca, necesitaba sentirla llena mientras su cuerpo se esponjaba y lo sentía tensarse en lo más hondo, una ola que buscaba una roca en la que estrellarse, un rugido que pedía gruta por la que salir. Irimia experimentó el goce. Gritó. Las rocas fueron rebasadas por el mar. Después el indiano la penetró con ímpetu una y otra vez y ella sintió crecer la marea, oleadas de placer buscando la arena.



―¿Qué voy a hacer contigo, Irimia?
―¿Es que podemos hacer más cosas?
―Jajaja, sí, unas cuantas más. Pero no me refería a eso.
―Ya sé que no te referías a eso. Pero tenemos un acuerdo.
―Si tus padres se enteran... Eres una señorita de buena familia.
―¿Se lo vas a decir tú? Sigo siendo una señorita. ¿O ya no lo crees?
―Siempre serás una dama.

Don Pedro le acariciaba el cabello, desnudos los dos.

―Puede haber consecuencias.
―Dijiste que sabías cuidarte.
―Sí, pero... nunca se sabe. Me pones loco, y tú eres joven y sana.
―Calla, ni lo mientas.
―Irimia, si eso sucediera, yo...
―¡Que calles te digo!

El indiano obedeció. Estaba inquieto. Llevaban meses de intensa relación clandestina. Sabía a lo que se arriesgaba la muchacha y no acababa de comprenderlo, no en este país ni entre las de su clase. Irimia podía ser dulce e inocente y al rato salvaje y desinhibida. No había doblez en ella. Y él... él empezaba a sentirse responsable. Responsable de su suerte y... enamorado.



Desde su regreso a tierras patrias, el indiano don Pedro se sentía un hombre tocado por los dioses, premiado después de una vida dura y complicada, afortunado y feliz, cuando de repente se enteró en el Casino: Irimia Tuy de Osorio estaba prometida con el hijo del socio catalán de don Telmo. La boda se celebraría el próximo otoño y vivirían en Barcelona, donde el joven se haría cargo de alguno de los negocios de la familia. Don Pedro se sintió enloquecer. De pronto se percató de que no quería compartir a Irimia, que no quería verla casada con otro, que lo único que deseaba en este mundo era hacerla señora de la casona, que por nada del mundo renunciaría a ella, que no soportaría verla partir.


―Mi padre lo organizó―. Irimia estaba pálida pero entera.
―Le pediré tu mano. Aún estamos a tiempo.
―No puedes hacer nada. Está todo apalabrado. Son negocios. Además... te dije que nunca me casaría contigo.

Don Pedro palideció, pareció encogerse dentro del traje blanco.

―Pero...
―No te preocupes, Pedro, estaré bien.
―¿Y yo? ¿Cómo voy a estar yo? ¿Es que acaso no me amas? ¿Y por qué no quieres casarte conmigo? ¿Por qué? ¿Te sirvo para fornicar pero no para marido?―don Pedro estaba fuera de si.
―¿Pero tú te estás oyendo? Hablas... hablas como...
―¿Como qué, di, como qué?― el indiano la zarandeaba.
―Me voy, Pedro, ya no puedo volver a verte. Ya es tarde para todo, ya es tarde. Te deseo que seas feliz. Guiomar es buena chica, te dará hijos robustos que herederán tu apellido y tu hacienda.
―¿Qué  apellido? Mi padre hacía toneles de vino, mi madre vendía cirios, ¿qué mierda de apellido? No te vayas, Irimia, no tienes derecho a irte así. No me dejes.―El indiano tenía los ojos inyectados en sangre―. No quiero hijos que no sean tuyos. Dile a tu padre que ya estás prometida conmigo.

Irimia lloraba.

―Ya es tarde, Pedro. Elegiste el día que me enviaste aquella nota. Elegiste. Y yo también lo hice cuando acudí a tu reclamo. Pero el trato se cumplió. Puedes estar satisfecho porque sentí. Sentí para toda una vida. Y ahora adiós.

Isla Pancha, Ribadeo (Lugo), Galicia, España.

La casona se cerró el día que encontraron a don Pedro entre las rocas de Isla Pancha. Unos primos suyos de los que nunca se supo antes reclamaron la mansión indiana.

Uol 
Isla Pancha, Ribadeo (Lugo), Galicia, España.


Indiano, adj. Se usa también como sustantivo. Dicho de una persona: Que vuelve rica de América.

(Nota: esta historia es de ficción, inspirada en una mansión indiana que existe en realidad en Ribadeo (Lugo). Es la llamada Torre de los Moreno, que fue propiedad de dos hermanos retornados de Cuba, indianos ricos que mandaron construir esa mansión. También es real el doctor Coronado Interian, descubridor del paludismo en Cuba. Otras casas indianas que aparecerán ilustrando el relato están ubicadas en otras zonas de Galicia. También existió el cura Basilio Álvarez, fundador del sindicato labriego Acción Gallega y promotor de la revolución agraria de principios del siglo XX en Galicia. El poeta Ramón Cabanillas escribió beligerantes poemas apoyando al cura revolucionario y animando a la rebelión)

lunes, 6 de octubre de 2014

El indiano (II parte)

(Esta historia comienza aquí)



―Es adorable, es encantador―Guiomar suspiraba.
―Sí, claro, un gatito sin uñas.
―¡Qué sabrás tú, si no has cruzado palabra con él! Te digo que es muy educado y parece que te cautiva al hablar con ese deje suave que se le ha pegado en aquellas tierras. Además ¡es tan apuesto, le sienta tan bien el sombrero!
―Pues vaya, ¡un sombrero!―se burló Irimia.
―Te mira a los ojos al hablar, así como muy profundamente, y me preguntó mi opinión, ¡dos veces!
―¡Oh, vaya, qué considerado! Guiomar, esas noveluchas que lees a escondidas te están afectando el cerebro.
―Ay, Irimia, qué rara eres, parece que no tengas corazón.

Irimia se calló, ofendida, qué sabía su prima de su corazón, pero nada dijo. Tampoco ella misma sabía explicar qué sentía a veces, la rabia que nacía en ella, o la dulzura y el cariño ante cosas insignificantes, como las cerezas que robaba para ella el pequeño  Agapito. No sabía por qué apreciaba a Secundino, el mozo de cordel, o a Tonecho, el ceramista, que de niña le dejaba jugar amasando aquel barro oscuro y denso a escondidas de sus padres. No sabía por qué le gustaba el dulce de membrillo que le regalaba Generosa, la lechera que abastecía a la casa, y aborrecía las carantoñas y los tocinillos de cielo de doña Lurditas, que sabían falsas, amargas como la hiel. Pero nada de esto podía explicarle a su prima. Guiomar era un cielo, pero no la comprendería.

Casa fidalga en Salvaterra do Miño (Pontevedra), Galicia, España.
La indiferencia de don Telmo hacia el indiano era claramente calculada. El fidalgo sabía que las matronas de la villa caerían con sus niñas sobre don Pedro como una plaga. Entre tanta mocita casadera y a pesar de pertenecer a una de las mejores familias, Irimia sería una más. Si la reservaba, si la mostraba lejana, quizás excitaría el interés del indiano. Don Telmo era hombre, sabía lo que significa una pieza de caza que parece inalcanzable. Lo malo es que Irimia... a veces don Telmo dudaba. ¿Por qué Irimia no era como su prima? Callada, modosa, por Dios, una señorita. ¿Y por qué parecía siempre que acababa de saltar un vallado? ¿No debería hacer con su aspecto lo que se supone que hacen las mujeres para estar bellas? Echarse polvos de arroz o qué sé yo. Había en Irimia algo rebelde, indomable, que don Telmo intuía en su propio apasionamiento, pero no le gustaba que lo heredase una hembra. Pero Dios le había concedido tres hijas y si quería nietos bien posicionados en la sociedad debería casarlas bien, incluso tener yernos avispados y emprendedores. A don Telmo no le iban mal las cosas porque no dependía del campo y de sus arrendados, había diversificado sus inversiones. Pocos lo sabían en la villa, pero se había asociado con unos catalanes que habían montado por la costa fábricas de conserva y de salazón. Pronto entraría en el negocio de los astilleros. Sólo su abogado lo sabía, ni siquiera  doña Xilda, su mujer, estaba al tanto de todo, para qué, era mujer y se iría de la lengua en el confesonario, sólo le faltaba que la curia quisiera sangrarlo más con interminables peticiones, bastante le sacaban los cuervos a su esposa. Para Rosaura y Celeste buscaría maridos economistas o abogados que le ayudasen con sus futuros prósperos negocios, pero para Irimia, la primogénita, quería un título. Lo malo es que sus amigos estaban todos arruinados, así que cambió de parecer, dinero americano le vendría bien, porque, en realidad, sí necesitaba capital para sus futuras expansiones. A veces don Telmo hacía el cuento de la lechera, pero al final pensaba que todo iba a salir bien. No meter todos los huevos en la misma cesta, era su lema, se lo enseñó su ama de cría. Aquella mujer, Sagrario, le enseñó todo cuanto sabe de práctico en la vida, también a cómo se corteja a una mujer. Don Telmo fantaseaba de muchacho con los pechos de Sagrario, soñaba que mamaba de sus grandes tetas que, al fin y al cabo, ya le habían amamantado. A Sagrario la había desgraciado con quince años un afilador orensano que estaba de paso en la villa y que la embaucó con frases galantes y un pañuelo de seda, quién sabe de dónde lo había sacado, acaso era robado, y del hombre  nunca más se supo.  Sagrario lo amamantó a él y al hijo del afilador, porque su madre no quiso o no pudo hacerlo. Aquel hermano de leche murió de escarlatina a los dos años, él mismo se libró de milagro, designios de Dios, y desde entonces y hasta los siete años durmió en la misma habitación que Sagrario. A esa edad lo arrebataron de su lado. Don Froilán, su padre, un hombre severo y callado, ordenó su ingreso en el Seminario de Mondoñedo, dijo que su esposa y el ama de cría estaban malcriando a su heredero. Aquella fue la etapa más oscura de su vida. Sólo el recuerdo de los besos, abrazos y el olor a leche de Sagrario le reconfortaron durante aquellas largas noches heladoras y tristes. Sagrario le tejía jerseys, calcetines, mantas... que le llevaba los domingos de visita. Era tan joven y parecía muy mayor con su pañuelo a la cabeza y su mantón negro, cargada con la cesta donde le llevaba al pequeño las viandas y dulces que más le gustaban: compota de manzana, empanadillas de miel, castañas en almíbar, almendrados de Allariz, rosquillas de Ponteareas, melindres de Melide, roscón de seis huevos, todo para que aquel flaquito al que quería como al hijo que perdió no se muriese de tisis estudiando entre aquellas paredes húmedas, para que no se olvidase de ella, de la tata Sagrario. Don Telmo sobrevivió a una pulmonía a los doce años y desde entonces su salud se fortaleció, se hizo un hombre fuerte y robusto. Sagrario murió de algún mal de las mujeres a los treinta y siete años, cuando don Telmo acababa de prometerse a doña Xilda con apenas veintiún años.


A Coruña, c.1915 by Pedro Ferrer
La paciencia era una virtud que don Pedro Cadorniga sólo aplicaba en los negocios. En asuntos de amores tomaba decisiones rápidas, aunque no siempre acertadas, pero de nada se arrepentía realmente. Si el pájaro no acudía al nido, el nido se mostraría al pájaro. Encargó a su gobernanta y a su secretario organizar una fiesta para lo más granado de la villa: sería la presentación oficial de su mansión y de su persona. Todo con el único fin de cursar invitación a casa de los Tuy de Osorio. No podían dejar de acudir, asistiría todo aquel que tenía un nombre en la villa, y malo si no se recibía invitación, se convertiría en un paria a ojos de todos. Las modistas principales de la villa recibieron en unos días docenas de encargos con tanta premura que tuvieron que pedir ayuda a modistillas menos sofisticadas para que hiciesen los trabajos menos delicados; todas las mozuelas necesitaban de repente un vestido o un sombrero nuevos. ¡Qué desconsiderado el indiano! ¡No percatarse de la necesidad de avisar con más tiempo para estos menesteres! Pero había que disculparlo, un viudo no entiende de estas cosas. 

Casa indiana en O Rosal (Pontevedra), Galicia

―¿Y crees que habrá baile? Al parecer ya no es obligatorio que haya baile en una cena de gala, ¡pero me haría tanta ilusión!―a Guiomar le brillaban los ojillos castaños―. Podría bailar con él, estar entre sus brazos, deslizarnos por la pista...
―¿Qué pista, Guiomar? Es una casa, no el Casino ni el Liceo. Tendrá un salón amplio en todo caso, no es Versailles.
―Bueno, cuando papá y mamá eran jóvenes daban fiestas en casa y había baile, sólo tenían que retirar algunos muebles del salón.
―Sí... en el siglo pasado. ¡Yo qué sé, Guiomar! No sé si habrá baile, mejor que no o acabará  pisándonos los pies.
―¡Seguro que sabe bailar!
―Sí, en la zafras de Cuba don Pedro bailaba entre las cañas de azúcar ensayando para sacar algún día a bailar en su tierra a su futura esposa.
―¡No te aguanto, Irimia! ¡Es que no te aguanto!
―No  te enfades, prima, anda, tonta, seguro que don Pedro sabe bailar y te reservará el vals, y además ninguna otra puede hacerte sombra: todo el mundo sabe que eres la muchacha más guapa de la villa―Irimia hizo mohines a Guiomar, realmente admiraba la hermosura de su prima.

Le preocupaba la fiesta, con baile o sin él. Pensó que don Telmo eludiría acudir, pero doña Xilda abrió los armarios de Irimia y revisó sus ropajes. Estaba bien servida, sobre todo porque la muchacha acudía a pocos actos sociales y tenía vestidos sin estrenar. Doña Xilda pensó que era hora de prestar alguna de sus joyas a su hija, la ocasión lo merecía. Esto disparó las alarmas de Irimia. Hasta ahora había pensado que don Pedro no era del agrado de sus padres, pero el envío del recibí a la casa del indiano y el ofrecimiento del joyero de su madre le hicieron temer lo peor. De pronto lo comprendió todo, su padre no había querido mostrar afán, todo al contrario, manifestó claro desinterés, desapego, todo calculado para aumentar el valor de Irimia ante el indiano. Bueno, en todo caso, estando Guiomar presente no hay problema, el indiano ni me mirará siquiera y no correré peligro.


Torre de los Moreno en Ribadeo (Lugo), Galicia, España, 1915.

La verdad, de cerca el indiano le pareció bajito y algo flacucho. Hasta Secundido era  más fornido a su lado. Claro que no sabía por qué, pero todos los campesinos que conocía de vista, y los mozos de cuerda, y los toneleros, y el herrero, los canteros, el zapatero de la plaza de Abaixo y hasta el chamarilero que frecuentaba las cocinas de su casa vendiendo cachivaches a las criadas eran hombres robustos al lado de los vástagos de las nobles familias de Ribadeo. El indiano, además, estaba más descolorido de lo esperado. ¿Qué había sido de la vida al aire libre en la isla? Bah, un petimetre de despacho. 


Para su desconcierto, don Pedro Cadorniga pareció mostrar un inusual interés en su persona desde que atravesó las recias puertas de la casona indiana. El propio don Pedro acudió a presentarse él mismo, saludó a don Telmo y a doña Xilda muy galantemente y después miró fijamente a Irimia. Besó su mano desnuda, Irimia no soportaba los guantes, y ella notó la humedad de sus labios, que parecieron demorarse unos segundos más de lo decoroso. Ella pudo mirarlo entonces a los ojos y fue cuando le pareció bajito, enclenque y blancucho. Pero también decidido y obstinado. Tenía hermosos ojos castaños, con luces que brillaban allá en el fondo. Mientras la acompañaba por los salones, pensó Irimia que se dedicaría a ensalzar la casa y a mostrarle el lujo que la rodeaba, pero don Pedro sólo la miraba a ella y le ofrecía comida o bebida. A Irimia le apetecía un anís de Chinchón, pero recordó lo extraña que se sintió cuando una tarde en compañía de Secundino se pimplaron media botella escondidos en la bodega y las absurdas ganas que tuvo de besar al mozo de cuerda.


―No es fácil encontrarse con usted. ¿Dedicada a la oración?

Irimia casi escupe el ponche que le había ofrecido don Pedro.

―Por desgracia, en esta villa no es fácil pecar tanto como para expiar largas culpas, no se haga ilusiones.

El indiano ocultó la sonrisa bajo los bigotes.

―No crea, a la ocasión la pintan calva.
―Pues tendrá que buscarla con candil, porque luz eléctrica... sólo aquí en su casa.
―A mí me gusta... ver― don Pedro la taladraba con la mirada. 

Irimia sintió el mismo calor que si hubiese bebido el anís chinchonete.

―De ciegos está el mundo lleno ¿no?

El indiano evaluó la respuesta y elevó la barbilla, que se reveló recia y varonil.

―¿Usted prefiere la oscuridad?
―¿Cómo podría yo... saberlo? Ni mis padres ni mis maestros han querido dejarme a oscuras. Dicen que la luz del saber ilumina y disipa las tinieblas de la ignorancia.

Al indiano se le estaba poniendo dura. ¡Ah, una digna contrincante! Nada de damisela candorosa.

―¿Y es usted buena alumna?
―Al menos me esmero. Soy aplicada... o eso dicen mis maestros.
―¿Ha tenido... muchos?   

Irimia se ruborizó un poco y bebió del ponche que, ¡diablos!, debía contener alcohol a razón del acaloramiento que sentía.

―Ninguno que me haya enseñado... algo interesante, la verdad― Irimia sostuvo la mirada insolente del indiano―. Pero no se lo diga a mis padres, ellos se preocupan por mi formación.
―Sí, la formación es importante. ¡Un buen maestro puede instruir tanto a una señorita como usted!

Doña Xilda se aproximaba  abanicándose y acertó a escuchar el comentario del indiano.

―No me la anime usted, don Pedro, que la muchacha ya sabe todo lo que una señorita necesita para gobernar su casa. ¡No querrá que sea una de ésas que llevan pantalones y aspiran a ir a la universidad!

Don Pedro Cadorniga sonrió con aire de disculpa.

―¿Acaso quiere usted eso?― inquirió a Irimia.

Ella se encogió de hombros.

―¿Qué hay de malo en saber?
―Irimia tiene otros intereses, ¿verdad, niña?―cortó doña Xilda―. Al fin y al cabo pronto se casará.

Don Pedro palideció un segundo.

―¿Ya está prometida, doña Irimia?

Don Telmo tosió de pronto a espaldas de doña Xilda.

―Como puede imaginar, mi mujer se entusiasma con la idea de los nietos, don Pedro. Irimia todavía es joven. Ya se verá. Como puede columbrar, una joven de su clase tiene muchas... opciones.
―Por supuesto, sobre todo una dama tan hermosa ―el indiano supo recoger la indirecta. O se decidía o Irimia estaría disponible poco tiempo.



Guiomar hablaba y hablaba. De la casa, del jardín, de las arañas de cristal de Murano, de los dos bailes que danzó con don Pedro, de la exótica comida que probó...
Irimia, sin embargo, permanecía extrañamente callada, no exasperaba a su prima, no la interrumpía con ácidos comentarios, permanecía con los ojos perdidos en su libro.

―¡Irimia, deja el libro! ¡No me haces caso! ¿Crees que don Pedro pedirá mi mano? Fue muy galante, pero la verdad es que bailó con todas dos veces. Bueno, menos contigo, sólo te sacó una vez, ¿por qué?
―¿Eh? Ah... es que lo pisé varias veces...
―¡Pero si tú bailas  muy bien!
―Ese don Pedro no me gusta nada, nada en absoluto, ¿me oyes? Y espero no volver a verlo nunca más, ¡nunca!

La muchacha salió del cuarto de costura dando un portazo. Guiomar, más que sorprendida por los malos modos de su prima, quedó hoscamente preocupada. Ella sí había visto los ojos de don Pedro prendidos toda la velada sobre la tensa espalda de Irimia.

Uol 
El final de esta historia podéis conocerlo pulsando aquí.


Indiano, adj. Se usa también como sustantivo. Dicho de una persona: Que vuelve rica de América.

(Nota: esta historia es de ficción, inspirada en una mansión indiana que existe en realidad en Ribadeo (Lugo). Es la llamada Torre de los Moreno, que fue propiedad de dos hermanos retornados de Cuba, indianos ricos que mandaron construir esa mansión. También es real el doctor Coronado Interian, descubridor del paludismo en Cuba. Otras casas indianas que aparecerán ilustrando el relato están ubicadas en otras zonas de Galicia. También existió el cura Basilio Álvarez, fundador del sindicato labriego Acción Gallega y promotor de la revolución agraria de principios del siglo XX en Galicia. El poeta Ramón Cabanillas escribió beligerantes poemas apoyando al cura revolucionario y animando a la rebelión)

miércoles, 1 de octubre de 2014

El indiano (I parte)




También Ersilia llegó del mercado con el cuento, que don Pedro Cadorniga había desembarcado hacía días en el puerto de La Coruña y estaba ya en la villa para ultimar los detalles de las obras de la mansión de la calle de Ibáñez. Vendrá a plantar la palmera, comentó con sorna Irimia Tuy de Osorio, que estaba harta de los dimes y diretes que aquella mansión indiana había provocado durante año y medio en la villa. Dio para conversaciones de taberna y salones fidalgos aun antes de erigirse la primera piedra en aquel solar tan bien situado, con vistas a la plaza, su padre lo decía, que hacerse con aquella esquina habría costado un dineral.
 
Torre de los Moreno, 1915,  Ribadeo (Lugo), Galicia, España.
Pero si las dimensiones eran espectaculares y el emplazamiento inmejorable, las particularidades de la edificación desataron la locura en las mesas camilla de las oscuras casas de rancio abolengo, y en el Casino, el Liceo y el Ateneo, nunca tal cosa se había visto edificar por allí. Hormigón armado, nada menos, con hierro forjado, de estilo modernista,  y don Telmo, el padre de Irimia, se mesaba los bigotes calculando los costes.

Torre de los Moreno, Ribadeo (Lugo), Galicia, España.
Que si tenía  seis patios y tres escaleras, que las tejas eran de cerámica vidriada, que si por dentro habían instalado un ascensor, que si los suelos eran de mármol... cada día Ersilia, Herminia e incluso su prima Guiomar llegaban a la casa de los Tuy de Osorio con nuevos detalles de la mansión indiana. Y las cariátides esas van a ir revestidas de oro, se burlaba Irimia ante el estupor de la criada y la cocinera. Me refiero a las mujeres que sostienen la cúpula, Herminia, así de paso tapan las vergüenzas. Irimia quería a aquellas dos mujeres que habían ejercido de madre para ella más que la propia, pero le irritaba que se impresionaran con tanta facilidad; sobre todo le disgustaban las fabulaciones que la villa hacía con la identidad del tal don Pedro. Nada se sabía de aquel hijo pródigo que volvía rico, al parecer no era de noble alcurnia como ella misma y como su madre insistía cada vez que inspeccionaba y rechazaba a sus pretendientes, sino un hijo de la tierra que había hecho fortuna en Cuba y que retornaba a demostrar a sus paisanos lo que era triunfar allende los mares. Pero la falta de linaje antiguo ya no contaba cuando de la riqueza pasada ya solamente quedaba el blasón y el escudo pétreo en el pazo arruinado, y por ello todas las madres pudientes con hijas casaderas de la comarca, e incluso de las propias ciudades de La Coruña y de Lugo, esperaban ansiosas la llegada del indiano, anhelando que fuese soltero o viudo y no muy mayor, aunque eso tampoco importaba demasiado. Y si era casado, que tuviese hijos casaderos al menos. 


A Irimia aún le irritaban más las ensoñaciones de su prima Guiomar, una jovencita lánguida que se imaginaba al indiano apuesto y galante como un personaje de folletín. Seguro que es un bruto, le derribaba la fantasía Irimia, y un gañán, un inculto y un fanfarrón. ¡Pero Irimia, protestaba Guiomar, un bruto no diseña una casa tan hermosa, es imposible! ¡Bah, rechazaba la muchacha, con dinero se paga un buen arquitecto y más estos indianos pretenciosos! Un gañán y bien feo, te lo digo yo. Guiomar movía la cabeza, pero no se desesperanzaba, más bien se sentía inquieta, porque aunque se sabía más hermosa que su prima, Irimia desprendía algo que atraía a los hombres y nada tenía que ver con la belleza, ella no sabía qué era, algo oscuro y salvaje, animal, y que ella vagamente relacionaba con lo que sucedía entre un hombre y una mujer dentro de la alcoba. 

Guiomar apartó tan turbios pensamientos de su mente, quería a Irimia, eran amigas desde niñas y jamás su prima había mostrado interés por algún muchacho que gustase a Guiomar. Claro que tampoco esos muchachos contaban con la aprobación de don Teófilo, quien, acuciado por la falta de ingresos desde que ese malnacido cura alentó a los campesinos a no pagar foros ni arriendos, necesitaba insuflar dinero fresco americano a su caja de caudales. Al padre de Guiomar se lo llevaban los demonios cada vez que oía mencionar el nombre de Basilio Álvarez, ese renegado crego que provocó una verdadera revolución agraria, así lo parta un rayo. Su heredero casó con una distinguida dama pero de familia tan apurada de fondos como ellos, aunque nada se supo hasta después de los esponsales, lo habían ocultado muy bien. La sorpresa ante las carencias fue mutua y desconcertante, pero al menos los muchachos se gustaban y ya tenían dos hijos. Sin embargo con Guiomar no quería sorpresas. Nadie en la comarca tenía el capital que la familia ya acrecentada necesitaba. Si este indiano no se fijaba en su hija pensaba mandarla con unos parientes a Salamanca, hum... aunque allí habría muchos pícaros estudiantillos tunantes, pobres como ratas que podían embaucar a su romanticona hija. Quizás debería mandarla a Oviedo, o mejor a Madrid con su tía monja, para que le busque marido apropiado. El clero, ya se sabe, se codea con gente de posibles, huele el dinero, bien lo sabe don Teófilo. Su cuñado don Telmo conoce sus apuros, pero él mismo tiene tres hijas por casar, menos mal que casadera sólo Irimia, aunque el tiempo pasa deprisa, así que a nadie le va a recomendar.



―Dicen que en cada planta hay espacio para dos viviendas.
―Se traerá a las queridas y no querrá que se peleen.
―¡Irimia, qué cosas dices!― Guiomar se escandalizaba.
―O a lo mejor es para que vivan tan ricamente el loro y el monito que se traerá.
―¡Eres imposible!
―¡Es que estáis muy pesados todos con ese don Pedro! ¿Porque... qué sabemos en realidad de él?  ¿Y qué os hace pensar  a todos que viene a buscar esposa? En realidad ― Irimia bajó la voz como si fuese a contar algo picante, y Guiomar y sus amigas Saleta y Portal acercaron las cabezas― dicen que en Cuba las mujeres son muy ardientes, mulatas con las que no es necesario casarse.

Las tres mozas se ruborizaron y la miraron escandalizadas.

―¿Pero qué sabes tú de eso?
―Es lo que dice Secundino, que los indianos raramente retornan porque caen bajo el hechizo de la piel canela.
―¡Qué sabrá ese mozo de cuerda que jamás ha salido de la villa!―Portal presumía de haber viajado a Madrid, a Segovia, Toledo y Ávila. Incluso había ido a los baños a Santander.
―Olvidas que anda de casa en casa con las mudanzas y oye muchas cosas. Los señores piensan que el servicio no escucha o que debe olvidar todo cuanto oye, ¡ja!―objetó Irimia.
―Y tú olvidas, querida prima, que un señor sólo... se divierte con esas mujeres. Pero para formar una familia busca a una señorita decente y de noble cuna.
―Pues ya me gustaría divertirme así a mí y no ser tan decente, que mucha decencia pero no paran de cuchichear cuando se enteran de alguna comidilla indecorosa, que les brillan los ojos y les arden las mejillas mientras lo cuentan.
―¡Irimia, mira que te gusta escandalizar!
―Boh, tanta tontería por un carcamal que tiene que comprar esposa.

Indiano
Don Pedro Cadorniga tenía 35 años, un hermoso bigote, los riñones bien forrados y ningún deseo de volver a tener esposa. Unas fiebres tropicales se habían  llevado a su delicada y beata esposa a pesar de que pagó una importante suma a un eminente médico de La Habana, el doctor Coronado Interian, quien acertadamente diagnosticó paludismo e indicó un tratamiento, pero su esposa era frágil como una muñeca, nunca se adaptó a aquellas tierras del interior, y la mujer falleció. Ni tiempo tuvo de darle un hijo. Nunca debió casarse con aquella hembra, si hembra podía llamarse a aquella profusión de encajes llegada de la Madre Patria. Pero entonces Pedro aún no había comprendido muchas cosas y quiso comprarse un nombre, un título que fuese la guinda del pastel tras muchos años de durísimo trabajo. Nadie en este mundo podía ni imaginar lo que el hijo de la vendedora de cirios y del tonelero había sufrido para llegar a alcanzar la riqueza que ahora ostentaba. Mucho había aprendido desde entonces, a comprender el valor de la amistad y de lo que era importante y lo que no, y un título le parecía ahora insignificante cuando comprobó cómo se arrastraban ante él ilustres apellidos buscando sus ganancias mientras lo despreciaban a sus espaldas. Para el caso, lo que contaba era el dinero y él lo poseía a espuertas. Había aprendido a reconocer a los aprovechados que se acercaban a él por ver de sacar beneficio, a los ventajistas que pretendían estafarlo, a las mujeres que presionadas por los buenos padres de las antiguas familias españolas se ofrecían sumisas en matrimonio como mera transacción mercantil mientras a sus espaldas lo tachaban de ignorante, poco refinado o algo peor, especulador e incluso ladrón. De todo se sentía ya a salvo. Consideró Pedro Cadorniga que al menos se había ganado honradamente el derecho al uso del Don y quiso volver a la patria, a su tierra, a su Galicia del alma a pesar de que llevaba fuera la friolera de veintiún años. Que lo hiciese sin esposa ni hijos fue algo circunstancial, aunque éstos últimos, quién sabe, nadie fue a reclamarle, así que imaginaba que no habría, bien se había cuidado de evitar preñeces, pero las hembras que frecuentó ya en vida de su pusilánime esposa eran gozosas, así que nunca se sabe. Si no casó con alguna de aquellas mujeres morenas y ardientes no fue por la raza o por su supuesta indecencia sino por falta de amor. Don Pedro Cadorniga llegó a creer que tanto sacrificio pasado le había adormecido el corazón. No amaba y no quiso pasar de nuevo por un matrimonio sin amor, ser infiel a su mujer, algo que le había provocado resquemor, le parecía innoble, así que seguía viudo. Y eso que, admitía, le preocupaba el futuro destino de su herencia. Sin familia directa, sin sobrinos, acaso primos de los que no se acordaba, le daba vueltas a qué hacer en el futuro. Pero ni por esas quiso un matrimonio sin amor ni deseo. Ni por un heredero. Decidió construir en la villa por la que tanto anhelaron sus humildes padres una mansión digna de su recuerdo. Y después... practicaría la filantropía. Construiría en su aldea una escuela para niños pobres y pagaría al maestro, quizás una torre de reloj que cantase las horas para el regadío y una Casa de Socorro. O quién sabe... una fábrica de conservas que emplease a gente humilde, ya se vería. Con lo que no contaba don Pedro Cadorniga era con conocer a la desconcertante  y algo irreverente Irimia Tuy de Osorio.




Ya lo habían invitado a una docena de casas para tomar chocolate, a tres bailes, a hacerse socio del Casino y del Liceo, a la inauguración de una fuente con su correspondiente lavadero techado y a un palco del teatro de la villa, pero no le habían franqueado todavía las puertas de la casa de los Tuy de Osorio.

Le señalaron a las primas De Osorio en la función teatral, un clásico con actores estirados y ampulosos a los que no prestó atención. Ambas eran bonitas, como eran más o menos lindas la docena de mozas que de manera nada equívoca le presentaron en los convites caseros al famoso chocolate, ¡por Dios!, ¿es que no podían ofrecerle un roncito? Eran bonitas, sí, una más que la otra. La clara era verdaderamente linda, con su cara redondita, la boca pequeña, finas cejas y ojos miel, una clarita de huevo. Pero la otra... la otra lo miró ceñuda cuando la prima le susurró su presencia, estaba claro, alzó las oscuras cejas pobladas, lo observó con ojos negrísimos un instante, pareció espantar una mosca y siguió mirando obstinadamente el escenario a pesar de que las luces aún no se habían apagado y no había dado comienzo la función. Una orgullosa estirada, para variar. Tenía boca grande, de labios carnosos, seguro que eso la torturaba, le hacían parecer una aldeana, y ahora que sólo veía su nuca, despejada por el moño flojo y algo descuidado que le recogía el cabello castaño, le vino a la mente la idea de morder aquel cuello algo moreno, la verdad. ¿Es que aquella criatura triscaba por el monte como un pilluelo sin cubrirse? 


Con don Teófilo coincidió muy pronto en el Casino y bastó una tarde de puros y charla para que éste lo invitase a conocer a su familia. Pensó erróneamente don Pedro que Irimia estaría con su prima, mas ni ésta ni su familia aparecieron por allí. Guiomar fue todo dulzura y caída de ojos, nada que don Pedro no conociese como las cachas de sus pistolas. Ya se había enterado de la mala situación de los hacendados de la zona desde que Acción Gallega y Unión Campesiña aleccionaban a los campesinos para no pagar a los rentistas y hacerse con las tierras. Lo curioso del caso es que un cura estaba detrás del más beligerante de los sindicatos labriegos, ¿de verdad estaba cambiando el país? La cosa parecía ir a más y muchos caciques, ante la imposibilidad de la Guardia Civil de controlar aquellos accesos de furia (parece que los exaltados habían incendiado incluso algún pazo), habían armado cuadrillas de matones para ir a cobrar por la fuerza sus rentas. Quizás don Telmo no se hallaba entre los más apurados, quizás ya tenía otro pretendiente para la hija, quizás no le gustaba él, qué raro, je, lo cierto es que un mes después de su presentación en sociedad, don Pedro Cadorniga parecía no existir para los Tuy de Osorio.

Uol 
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Indiano, adj. Se usa también como sustantivo. Dicho de una persona: Que vuelve rica de América.

(Nota: esta historia es de ficción, inspirada en una mansión indiana que existe en realidad en Ribadeo (Lugo). Es la llamada Torre de los Moreno, que fue propiedad de dos hermanos retornados de Cuba, indianos ricos que mandaron construir esa mansión. También es real el doctor Coronado Interian, descubridor del paludismo en Cuba. Otras casas indianas que aparecerán ilustrando el relato están ubicadas en otras zonas de Galicia. También existió el cura Basilio Álvarez, fundador del sindicato labriego Acción Gallega y promotor de la revolución agraria de principios del siglo XX en Galicia. El poeta Ramón Cabanillas escribió beligerantes poemas apoyando al cura revolucionario y animando a la rebelión)