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| Romería de Santa Marta de Ribarteme, As Neves, Pontevedra, Galicia (España) |
Nunca lo hubiera creído
posible. Negaría tal posibilidad apostando su mano diestra. Pero lo cierto es
que allí estaba ella: dentro de un ataúd. Viva.
El sol caía implacable
en vertical. No podía abrir los ojos pero tampoco deseaba hacerlo. Llevaba
lentes oscuros, más para ocultar su identidad que para protegerse de la
hiriente claridad, pero nada podía impedir que cualquier persona leyese en sus
mejillas (que oscilaban entre la palidez cada vez que sentía el movimiento del
féretro bajo su espalda, y el sonrojo que experimentaba al ser consciente del desatino de su decisión) su rostro hipócrita de descreída.
Ella, dentro de un féretro
-sin tapa por supuesto-, forrado de seda blanca, las manos entrelazadas sobre
el abdomen. Un ataúd portado por cuatro hombres desconocidos. Cuando la alzaron
sintió pánico y aferró las manos a los bordes de la caja. Acostumbrarse al
suave bamboleo le costó varios minutos. Estaba rígida y tensa allá arriba, los
ojos cerrados bajo las gafas de sol, escuchando oraciones y responsos.
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| Romería de Santa Marta de Ribarteme, As Neves, Pontevedra, Galicia (España) |
El féretro se movía a
ritmo de procesión, con el bamboleo bailarín que ella conocía de las andas de
los santos o el de la virgen del Carmen que portaban las mozas solteras allá en
el pueblo en el día señalado. Pero en ella nada apuntaba a la santidad por mucho
que él dijese que era muy bueniña.
− Boíña eu? Eu quero
ser mala malísima.(1)
Cuando se lo pidió, la
miró con incredulidad y espanto. ¿Ofrecida? ¿Dentro de un ataúd? ¿En procesión
alrededor de la iglesia? Después le entró la risa. ¿Ella, la claustrofóbica? ¿Ella,
la agnóstica?
− Debes cumplirla. Una
ofrenda es una ofrenda.
− Pero yo no hice tal
promesa, abuela, ni loca de atar haría tal cosa. Yo no…no creo en eso.
− No crees, pero lo
dijiste. Pediste Sálvalo, Dios mío, sálvalo. Yo te oí como lo
decías llorando tras el cristal. Un día y otro, asida después a su mano. Pedías
su salvación.
Ella no supo qué decir,
no podía negarlo: lo pidió. Lo pidió como se pide que lleguen las nubes con su carga
húmeda o a las mariposas que cesen su vuelo.
− Sí, abuela, pero…yo
no hice esa promesa, ir en un ataúd es de locos. ¿Cómo iba yo a ofrecerme para
tal locura?
− Lo hice yo.
− ¿Qué?
− Yo te ofrecí. Y debes
cumplir la promesa.
Y ahora estaba allí,
día 29 de julio, dentro de un ataúd alquilado a la parroquia, oculta tras unas
gafas de sol, esperando que nadie la reconozca. Su abuela y él a los lados del
féretro, acompañándola.
Él al principio también
se negó a contemplar tal horror. Pero los ojos serios de la abuela y su propia
cicatriz reflejada en el espejo atravesándole la cabeza de lado a lado, lo obligaron a
participar de la pantomima.
Otros tres féretros
iban en procesión: dos mujeres más y un hombre, todos mayores que ella. Sólo
el hombre mencionó un hijo recuperado del coma tras un atropello. Como él,
pensó ella. Doce días en coma. Puñetera moto. No le pidió que no se volviese a
subir a una. De momento estaba destrozada en un desguace. De momento, no tenía
dinero para otra. Pero ella sabía que todo era de momento.
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| Romería de Santa Marta de Ribarteme, As Neves, Pontevedra, Galicia (España) |
Y por la moto y por la
devoción de su abuela, ella estaba metida en un ataúd atravesando el atrio de
la iglesia de santa Marta de Ribarteme camino al cementerio. Sudaba, tenía sed.
Su abuela le había ofrecido un abanico, pero ella imaginó la escena: una muerta
abanicándose, y le pareció demasiado surrealista. No quería verse al día
siguiente en una foto en el periódico comarcal, una instantánea que nada
tendría que ver con las de Cristina García Rodero. Pero cedió ante el calor asfixiante.
Sólo pedía que aquello acabara ya. ¿Serviría de algo esa payasada? Sin fe, ¿por
qué se prestaba a aquello? ¿Quedaría cubierta la promesa o permanecería
pendiente en el Libro Divino en la casilla de Debe? ¿Sabría Dios de su escepticismo? Pero ¿qué escepticismo?
Desvariaba ¡qué lío! Sin verla, sabía que su abuela rezaba con un rosario entre
las manos caminando a su lado. Él iba también, pero avergonzado, con los ojos
bajos. ¡Era él quién debería estar en su lugar! Ay, pero no, estuvo tan grave
que verlo ahora dentro de un féretro sería impactante: sólo pensarlo le hacía
daño. Porque durante aquellos doce días lo pensó, pensó que inexorablemente seguiría
a una comitiva como aquella, pero tras un féretro cerrado, respirando el olor
pegajoso de las flores que todo el mundo llevaría a pesar de la indicación
expresa de que no se recibían.
¿Qué se sentiría?
Muerta, quería decir. ¡Qué tontería! La muerte es el no-sentir. Por eso le
espantaba, no sentir, no sentir el viento en la cara, la lluvia en los pies, el calorcito tras el baño en la
playa; la caricia cálida de las grandes manos de su abuela, el abrazo del
amado, los besos robados de su adolescencia, el deseo de su hombre contra su
vientre. No sentir. No sentir es para ella la muerte. Pero ella sí percibe la
dureza del cajón, el bamboleo contra los bordes. Él le aconsejó que se dejase
llevar, igual que si fuese de paquete en la moto. Pero ella de paquete sólo fue
una vez. Argumentó que le daba miedo. Sin embargo, la verdad era otra: no
confiaba en él, en su pericia pilotando la máquina o en su sensatez, no sabía.
Pero era falta de confianza. Y no quería
decirle eso. No quería. Y, bueno... allí estaba ella, dentro de un ataúd a
causa de la puta moto.
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| Romería de Santa Marta de Ribarteme, As Neves, Pontevedra, Galicia (España) |
Ayyy, no debería pensar
esas cosas en medio de una procesión. Y además él no tiene la culpa, la culpa
es de su abuela. Su abuela de manos calientes que la metía en su cama en tardes
pesadas de tormenta y rezaba oraciones contra el poder del rayo y el trueno. La
abuela y sus oraciones. La relajaban. Bueno, eso o aquellas oraciones eran
narcolépticas, mantras adormecedoras, porque siempre se dormía escuchándolas. Se dormía calentita y protegida. Era su abuela y su cercanía, claro, pero
ya nunca podrá desligarla de aquellos rezos y oraciones de los que nunca
prestaba atención a las palabras, sólo al ritmo, ese ritmo adormecedor. Al
parecer ésa es la función de los rezos en voz alta: la necesidad de
concentrarse en las letras, en las respuestas, hace que la respiración se
regularice y la ansiedad disminuya o desaparezca.
Y sí, ahora, cuando
tiembla de miedo y angustia, ahora añora aquellas noches con su abuela y sus
palabras relajantes. Su abuela ya no la convoca a su cuarto; ya ella no se
refugia en su regazo: le saca dos cabezas. Pero en ocasiones, lo reconoce, cuando
la angustia le aprieta, cierra los ojos y reproduce aquel ritmo hipnótico y se
siente protegida en sus brazos.
La comitiva se detiene.
Las salmodias incrementan su intensidad Virxe
Santa Marta, estrela do norte, traémosche os que viron a morte (2). Ella vuelve
a asirse a los bordes del cajón. Huele de pronto a cera derretida. ¿Olerán los muertos
la cera y las flores? ¿Olerán las lágrimas de los deudos? ¿Escucharán las
caricias sobre la caja? ¿Olfatearán los besos al aire? Mira al cielo, una nube
se ha interpuesto entre el sol y ella. Siente el viento en la cara.
Tu abuela es una
beatona, le dijo él. ¡Ni a mi madre se le hubiese ocurrido tal cosa!
Sí, era un desatino,
pero ¿quién era él para opinar? Su abuela…bueno, su abuela era su abuela. Él se
había recuperado y ella estaba cumpliendo una promesa.
De súbito los cantos
cesan y el féretro desciende. Han regresado a la iglesia. Descubre en los ojos
de los mozos que la depositan en el suelo una mezcla de conmiseración y
regocijo. La sonrisa de su abuela es protectora y cariñosa, un manto que la
cubre, que la trasporta a su infancia feliz. Él no la mira. Está abochornado,
claro. Bueno, no ha visto a nadie conocido, pero hay feligreses haciendo fotos,
o quizás sean meros turistas alucinados por estas macabras costumbres locales.
Pero la que está dentro de un ataúd es ella. Y él le rehúye la mirada. Quiere
salir ya de allí, pero la abuela le hace un gesto y ve como se acerca el
sacerdote que recita latinajos y bendice a los ofrecidos con el hisopo. Una
gota de agua bendita le cae en la comisura de la boca. Sin pensarlo, la recoge
con la lengua. Y en ese momento lo sabe. Sabe que nunca más habrá puta moto ni
puto novio.
Sonríe a su abuela
cuando por fin sale del ataúd.
− E os mortos gozarán
deste paseíño no cadaleito, avoa?
− Os mortos senten,
neniña, senten. E compadécense de nós.
− Avoa!
− Xa, xa… xa sei. (3)
(1) -¿Muy buena yo? Yo quiero ser mala, malísima.
(2) Virgen
Santa Marta, estrella del norte, te traemos a los que han visto la muerte.
(3) − ¿Y los muertos disfrutarán con este paseíto en el ataúd, abuela?
− Los muertos sienten, hijita, sienten. Y se compadecen de nosotros.
− ¡Abuela!
− Ya, ya… ya sé. (3)
Uol
NOTA: Agradezco efusivamente a los autores del blob "Un paseo, una foto" la cesión de las fotos que llevan su nombre. Si queréis ver más imágenes y la entrada que sobre esta romaría elaboraron ellos, podéis hacerlo clicando aquí.