jueves, 12 de septiembre de 2013

¿Qué fue del Magnum Almendrado?




Photo By Ranno

       Este verano no la ha contado. Su aventura veraniega en la calita perdida y el marido jodiéndole el plan con el Magnum Almendrado de marras. ¿Cómo se llamaba? Tomás, creo.  ¿Qué será de ella? Siempre cachonda en la arena, dejándose arrastrar por la sensualidad que provoca la evaporación de las gotas salitrosas sobre la piel. Tumbada boca abajo sobre la toalla colorida, los ojos cerrados, dejando que la brisa penetre bajo la braga del bikini como lo harían mis dedos si la tuviese a tiro. Claro que no me extraña, aquí estoy yo en la misma posición y estoy que ardo, joder, que voy a reventar, que no puede ser que nos hayamos venido a esta playa de mierda porque a la nena se le antoje despelotarse donde está todo el mundo para que luego siempre tenga mejores cosas que hacer que echar un polvo, joder, que no sé cómo pude equivocarme tanto con esta mujer, Dios mío, que me cegué, me cegué con lo buena que estaba sin darme cuenta de que es un témpano. ¡Con lo gozosa que era Clarita!, que siempre tenía ganas, siempre con la boca ávida; esa boquita que igual me besaba el cuerpo entero que me chupaba la polla hasta el delirio, joder, que bien se veía que a ella le gustaba, disfrutaba como una loca, me buscaba. Nene, ¿vienes o qué? Y yo iba al salón pensando que necesitaba algo y allí estaba en bolas, los pies sobre el brazo del sofá, es que tengo unos calores ahí abajo que no sé qué me pasa, y ponía vocecita inocente. Y yo me ponía como una moto y fingía que iba a examinar esos calores, que no eran buen síntoma. Y tocaba con mis dedos su coño rosado y le mamaba las tetas, tan agradecidas y alegres. Y le daba vueltas entre mis brazos para comprobar que todo estaba en orden, joder, que aquello sí que era gozar, que no sé cómo me pude casar con ésta, que me cegué, me cegué porque estaba buena y Clarita era sensual y apasionada, pero vamos, físicamente normalita, y me cegué, pensé que ésta sería igual que ella, sin darme cuenta de que aplazaba los encuentros, que no me buscaba, que le gustaba ponerse muy guapa, pero no para mí, sino para todos, para que la admiren, fría como un témpano, no quiere un marido fogoso, quiere admiradores, súbditos de su reino de cristal, la muy jodida. ¿Por qué me engatusó, por qué? Joder, la culpa es mía y sólo mía, que me cegué, que la cagué, que con Clarita hubiera sido muy feliz, que no era nada engreída, ni ninguna pavisosa como pensaban algunos, que era una fiera en la cama, que se corría que daba gloria, y tan digna ella cuando la dejé, la jodí bien jodida, que aguantaba las lágrimas, y me lo dijo, que me estaba equivocando, pero me cegué, me cegué y ahora esto es un infierno, joder, que para buscarme la vida por fuera, para eso no me caso, ¡mierda! Clara, Clarita, tu coñito húmedo, tus besos por mi cuello, cómo me mordisqueabas los pezones, cómo te retorcías sobre mí, cómo te tensabas como una cuerda apretando mis dedos, atenazándome cuando te corrías. Joder, me empalmo recordándote, Clarita, mi Clarita. 

  − Cari, ¿te has dormido? Mira lo que te traigo… un Mágnum. 
− ¡Jodeerrr! 
− ¿Pero qué te pasa? ¿No lo quieres? ¡Chico, estás más raro...!

Esta historia empieza con Un Magnum Almendrado. Puedes verla clickando en aquí. 
A continuación viene ésta otra. Se titula, Otra vez, el Magnum. Léela aquí.
La serie Magum continúa con Un viaje...y un Magnum. 

Uol

domingo, 8 de septiembre de 2013

Sucedáneo



El verano tocaba a su fin. Los tres patitos habían navegado por ríos, charcas, pantanos, arroyuelos y lagos sin resultado triunfal. Decididos a no regresar derrotados a sus cobertizos habituales, fracasados en su objetivo inicial, los tres hombres se aposentaron en las hamacas del jardín del bungaló alquilado y sacaron sus armas al sol. Bruñidas las espadas se dijeron ¡qué coño!, pues nos hacemos unas pajillas.


Sucedáneo/a, adj.: Sustituto de mala calidad.

(Esta historia empieza aquí).

Uol

martes, 3 de septiembre de 2013

Mástil



VARA

Trouxéronte as ondas,
flotando lento e suave, 
maderito,
ata esta ribeira nugallenta e ancestral,
e pousaches na beira,
docemente, 
maderito,
agardando que as miñas mans
enredasen nas túas,
algas escuras a entrelazarse
nun baile lento e sensual. 

Maderito lustroso,
pauciño brillante,
reliquia amada,
meu cristo irredento,
soñando tocarte
mil e unha veces máis
convertícheste en báculo,
meu bordón amado,
nacido, maderito,
para ser mastro
desta barca vagarosa
que polo mundo vai.


Lou 



jueves, 29 de agosto de 2013

sábado, 24 de agosto de 2013

Tocadiscos



Cuando escuchó aquella canción sufrió un mazazo. Y recordó la habitación y aquel tocadiscos. Durante un año el disco giró en el plato. La música tiene un sobrecogedor, inimaginable poder evocador.

Esa noche buscó en youtube el disco y lo escuchó una y otra vez mientras las lágrimas alcanzaban la sonrisa melancólica de su boca.

Y sonaba en su mente sin cesar, llámame, baby, mientras recordaba los besos y las risas, los abrazos y los goces.

Giraba el plato una y otra vez, giró su vida, pero la música permanece. Y con ella, los recuerdos.

Uol


Música: Please Call Me, Baby by Tom Waits, de su álbum  The Heart Of Saturday Night (1974)




Tom Waits: The Heart Of Saturday Night (1974)



martes, 20 de agosto de 2013

Iguales

Eran tres. Tres edades. Tres fisonomías. Tres mentalidades. 
Pero los tres gritaron ¡¡¡al agua, patos !!!
Y se les alegró el cipote.
¿Por qué? ¡Ah!, no veis a la morenaza que está delante de ellos. Disculpadlos, es la primera vez que van a una playa nudista.


Uol

Esta historia continúa aquí.

miércoles, 14 de agosto de 2013

El féretro

 
Romería de Santa Marta de Ribarteme, As Neves, Pontevedra, Galicia (España)

Nunca lo hubiera creído posible. Negaría tal posibilidad apostando su mano diestra. Pero lo cierto es que allí estaba ella: dentro de un ataúd. Viva.

El sol caía implacable en vertical. No podía abrir los ojos pero tampoco deseaba hacerlo. Llevaba lentes oscuros, más para ocultar su identidad que para protegerse de la hiriente claridad, pero nada podía impedir que cualquier persona leyese en sus mejillas (que oscilaban entre la palidez cada vez que sentía el movimiento del féretro bajo su espalda, y el sonrojo que experimentaba al ser consciente del desatino de su decisión) su rostro hipócrita de descreída.

Ella, dentro de un féretro -sin tapa por supuesto-, forrado de seda blanca, las manos entrelazadas sobre el abdomen. Un ataúd portado por cuatro hombres desconocidos. Cuando la alzaron sintió pánico y aferró las manos a los bordes de la caja. Acostumbrarse al suave bamboleo le costó varios minutos. Estaba rígida y tensa allá arriba, los ojos cerrados bajo las gafas de sol, escuchando oraciones y responsos.

Romería de Santa Marta de Ribarteme, As Neves, Pontevedra, Galicia (España)

El féretro se movía a ritmo de procesión, con el bamboleo bailarín que ella conocía de las andas de los santos o el de la virgen del Carmen que portaban las mozas solteras allá en el pueblo en el día señalado. Pero en ella nada apuntaba a la santidad por mucho que él dijese que era muy bueniña.
− Boíña eu? Eu quero ser mala malísima.(1)

Cuando se lo pidió, la miró con incredulidad y espanto. ¿Ofrecida? ¿Dentro de un ataúd? ¿En procesión alrededor de la iglesia? Después le entró la risa. ¿Ella, la claustrofóbica? ¿Ella, la agnóstica?
− Debes cumplirla. Una ofrenda es una ofrenda.
− Pero yo no hice tal promesa, abuela, ni loca de atar haría tal cosa. Yo no…no creo en eso.          
− No crees, pero lo dijiste. Pediste Sálvalo,  Dios mío, sálvalo. Yo te oí como lo decías llorando tras el cristal. Un día y otro, asida después a su mano. Pedías su salvación. 

Ella no supo qué decir, no podía negarlo: lo pidió. Lo pidió como se pide que lleguen las nubes con su carga húmeda o a las mariposas que cesen su vuelo.

− Sí, abuela, pero…yo no hice esa promesa, ir en un ataúd es de locos. ¿Cómo iba yo a ofrecerme para tal locura?
− Lo hice yo.
− ¿Qué?
− Yo te ofrecí. Y debes cumplir la promesa.

Y ahora estaba allí, día 29 de julio, dentro de un ataúd alquilado a la parroquia, oculta tras unas gafas de sol, esperando que nadie la reconozca. Su abuela y él a los lados del féretro, acompañándola.

Él al principio también se negó a contemplar tal horror. Pero los ojos serios de la abuela y su propia cicatriz reflejada en el espejo atravesándole la cabeza de lado a lado, lo obligaron a participar de la pantomima.

Otros tres féretros iban en procesión: dos mujeres más y un hombre, todos mayores que ella. Sólo el hombre mencionó un hijo recuperado del coma tras un atropello. Como él, pensó ella. Doce días en coma. Puñetera moto. No le pidió que no se volviese a subir a una. De momento estaba destrozada en un desguace. De momento, no tenía dinero para otra. Pero ella sabía que todo era de momento.

Romería de Santa Marta de Ribarteme, As Neves, Pontevedra, Galicia (España)

Y por la moto y por la devoción de su abuela, ella estaba metida en un ataúd atravesando el atrio de la iglesia de santa Marta de Ribarteme camino al cementerio. Sudaba, tenía sed. Su abuela le había ofrecido un abanico, pero ella imaginó la escena: una muerta abanicándose, y le pareció demasiado surrealista. No quería verse al día siguiente en una foto en el periódico comarcal, una instantánea que nada tendría que ver con las de Cristina García Rodero. Pero cedió ante el calor asfixiante. Sólo pedía que aquello acabara ya. ¿Serviría de algo esa payasada? Sin fe, ¿por qué se prestaba a aquello? ¿Quedaría cubierta la promesa o permanecería pendiente en el Libro Divino en la casilla de Debe? ¿Sabría Dios de su escepticismo? Pero ¿qué escepticismo? Desvariaba ¡qué lío! Sin verla, sabía que su abuela rezaba con un rosario entre las manos caminando a su lado. Él iba también, pero avergonzado, con los ojos bajos. ¡Era él quién debería estar en su lugar! Ay, pero no, estuvo tan grave que verlo ahora dentro de un féretro sería impactante: sólo pensarlo le hacía daño. Porque durante aquellos doce días lo pensó, pensó que inexorablemente seguiría a una comitiva como aquella,  pero tras  un féretro cerrado, respirando el olor pegajoso de las flores que todo el mundo llevaría a pesar de la indicación expresa de que no se recibían.

¿Qué se sentiría? Muerta, quería decir. ¡Qué tontería! La muerte es el no-sentir. Por eso le espantaba, no sentir, no sentir el viento en la cara, la lluvia en  los pies, el calorcito tras el baño en la playa; la caricia cálida de las grandes manos de su abuela, el abrazo del amado, los besos robados de su adolescencia, el deseo de su hombre contra su vientre. No sentir. No sentir es para ella la muerte. Pero ella sí percibe la dureza del cajón, el bamboleo contra los bordes. Él le aconsejó que se dejase llevar, igual que si fuese de paquete en la moto. Pero ella de paquete sólo fue una vez. Argumentó que le daba miedo. Sin embargo, la verdad era otra: no confiaba en él, en su pericia pilotando la máquina o en su sensatez, no sabía. Pero era  falta de confianza. Y no quería decirle eso. No quería. Y, bueno... allí estaba ella, dentro de un ataúd a causa de la puta moto. 

Romería de Santa Marta de Ribarteme, As Neves, Pontevedra, Galicia (España)

Ayyy, no debería pensar esas cosas en medio de una procesión. Y además él no tiene la culpa, la culpa es de su abuela. Su abuela de manos calientes que la metía en su cama en tardes pesadas de tormenta y rezaba oraciones contra el poder del rayo y el trueno. La abuela y sus oraciones. La relajaban. Bueno, eso o aquellas oraciones eran narcolépticas, mantras adormecedoras, porque siempre se dormía escuchándolas. Se dormía calentita y protegida. Era su abuela y su cercanía, claro, pero ya nunca podrá desligarla de aquellos rezos y oraciones de los que nunca prestaba atención a las palabras, sólo al ritmo, ese ritmo adormecedor. Al parecer ésa es la función de los rezos en voz alta: la necesidad de concentrarse en las letras, en las respuestas, hace que la respiración se regularice y la ansiedad disminuya o desaparezca.

Y sí, ahora, cuando tiembla de miedo y angustia, ahora añora aquellas noches con su abuela y sus palabras relajantes. Su abuela ya no la convoca a su cuarto; ya ella no se refugia en su regazo: le saca dos cabezas. Pero en ocasiones, lo reconoce, cuando la angustia le aprieta, cierra los ojos y reproduce aquel ritmo hipnótico y se siente protegida en sus brazos.

La comitiva se detiene. Las salmodias incrementan su intensidad Virxe Santa Marta, estrela do norte, traémosche os que viron a morte (2). Ella vuelve a asirse a los bordes del cajón. Huele de pronto a cera derretida. ¿Olerán los muertos la cera y las flores? ¿Olerán las lágrimas de los deudos? ¿Escucharán las caricias sobre la caja? ¿Olfatearán los besos al aire? Mira al cielo, una nube se ha interpuesto entre el sol y ella. Siente el viento en la cara.

Tu abuela es una beatona, le dijo él. ¡Ni a mi madre se le hubiese ocurrido tal cosa!

Sí, era un desatino, pero ¿quién era él para opinar? Su abuela…bueno, su abuela era su abuela. Él se había recuperado y ella estaba cumpliendo una promesa.

De súbito los cantos cesan y el féretro desciende. Han regresado a la iglesia. Descubre en los ojos de los mozos que la depositan en el suelo una mezcla de conmiseración y regocijo. La sonrisa de su abuela es protectora y cariñosa, un manto que la cubre, que la trasporta a su infancia feliz. Él no la mira. Está abochornado, claro. Bueno, no ha visto a nadie conocido, pero hay feligreses haciendo fotos, o quizás sean meros turistas alucinados por estas macabras costumbres locales. Pero la que está dentro de un ataúd es ella. Y él le rehúye la mirada. Quiere salir ya de allí, pero la abuela le hace un gesto y ve como se acerca el sacerdote que recita latinajos y bendice a los ofrecidos con el hisopo. Una gota de agua bendita le cae en la comisura de la boca. Sin pensarlo, la recoge con la lengua. Y en ese momento lo sabe. Sabe que nunca más habrá puta moto ni puto novio.

Sonríe a su abuela cuando por fin sale del ataúd.
− E os mortos gozarán deste paseíño no cadaleito, avoa?
 − Os mortos senten, neniña, senten. E compadécense de nós.
− Avoa!
− Xa, xa… xa sei. (3)

(1)  -¿Muy buena yo? Yo quiero ser mala, malísima.
(2) Virgen Santa Marta, estrella del norte, te traemos a los que han visto la muerte.
(3) − ¿Y los muertos disfrutarán con este paseíto en el ataúd, abuela? 
− Los muertos sienten, hijita, sienten. Y se compadecen de nosotros.
− ¡Abuela!
− Ya, ya… ya sé. (3)

Uol

NOTA: Agradezco efusivamente a los autores del blob "Un paseo, una foto" la cesión de las fotos que llevan su nombre. Si queréis ver más imágenes y la entrada que sobre esta romaría elaboraron ellos, podéis hacerlo clicando  aquí.