Se había levantado temprano,
más temprano de lo normal, quiero decir.
Aquel hotelito tan mono de la foto cuyos gerentes eran unos jubilados alemanes
era en realidad una casa destartalada y encalada que daba el pego sólo de
lejos, menos mal que la climatología ayudaba para que los mal tapados
desconchones y junturas no dejasen colarse lluvias y humedades. La mujer,
Ingrid, de unos sesenta años, conservaba su delgadez pero en pago su cara era
una cascada de pliegues sobre pliegues, un visillo plegado en los que brillaban
pícaros dos ojillos azules. Vestía con túnicas de colores y llevaba el pelo sin
teñir, todo blanco y recogido en un moño con cintas de colores, muy hippie
ella. A él la barriga se le veía dos pasos antes que a su cara, colorado y rubicundo;
uno temía que se desplomara por un infarto en cualquier momento, pero reía todo
el rato y la jarra de cerveza parecía ser una parte más de su anatomía.
Le dieron el cuarto con
terracita al mar, y la brisa nocturna refrescaba la habitación, pues al parecer
el aire acondicionado se había estropeado y a ella casi le da un patatús, tan
mal soporta el calor húmedo, y a punto estuvo de cambiar de alojamiento. Pero
la vista de la playa solitaria allá abajo, con pequeños juncos y dunas, le
hicieron persistir en la elección. En ese momento, después de dos semanas de
débiles lluvias inesperadas, todavía no había más gente alojada en los otros
tres cuartos disponibles. Ella se preguntó de qué viviría todo el año aquella
pareja de alemanes, hasta que recordó sus nada exiguas pensiones en su lugar de
origen. Según le contaron, ella había sido una habilidosa cirujana oftalmóloga
y él gerente de una gran multinacional. Y helos aquí, en un pueblo perdido del
sur de Portugal, en una casita blanca frente al Atlántico. Si nuestra protagonista
acabó allí no fue sólo por la foto de la coqueta y rústica casita con vistas
sobre el mar que descubrió en una página alemana en internet. Vivió allí hasta
los dieciocho años: sus padres eran emigrantes; cuando regresaron, la obligaron
a retornar con ellos y ella no tuvo argumentos para negarse. Lo que en realidad
inclinó la balanza por aquel hotelito no fueron las vistas ni la supuesta
eficacia alemana de los gerentes sino porque admitían perros. Y ella no iría a
ninguna parte sin su Vera.
Por qué a los cuarenta y dos
años ella viajaba sola con su perra sería largo de contar. Pero podría
resumirse en una palabra: exceso.
Exceso de vitalidad, de independencia, de pasión, de exigencia, de lucidez.
Durante dos días paseó por la
playa, fue a cenar al pueblo un tamboril de pescado y mariscos; leyó tumbada y
semioculta en las dunas, la mirada bajo una gran pamela extravagante y ridícula
que compró precisamente por eso. Quería sentirse mujer misteriosa de buen ver
que viaja sola y esconde un gran misterio. Sólo faltaba que como en las pelis
apareciera el galán de turno, joven, desde luego. Ella sería una especie de Diane
Lane pero culona, no te engañes Sara.
Como he dicho ya, ella madrugó
esa mañana. ¡Cómo es la vida! Siempre aborreció madrugar, ella era noctámbula:
todas sus brillantes ideas surgían en cuanto las luces de las farolas se
encendían al atardecer. Aún ahora, cuando al final de la playa veía iluminarse
las luces retorcidas del puerto del pequeño pueblo, aún ahora se encendían las luces de su pensamiento como flashes que la
deslumbraban y la conducían a una vorágine de ideas que debía reprimir. Tampoco
quiso nunca un perro, nada más odioso que una mujer sola con su perrito faldero.
¿Qué venía después? ¿Darle besitos en la boca al perrito? Aggg, ni muerta. Pero
el médico le había recomendado que debía responsabilizarse de un ser vivo, algo
más que las plantas de su piso, y el perro llegó a su vida. Bueno, Vera, que no
tiene pedigree ni es cachorro, sino
una grandota perra abandonada y algo tristona, como ella en ese momento, que
había roto con Duarte, harta de apatía y
desapasionamiento. Y aquí estaba, sola, con su perrota, que ya trotaba golfa y
alegre, su evolución más rápida que la de ella.
Había escuchado ruidos tardíos,
no sabría decir si Hans había bebido más de la cuenta o algún inquilino había
recalado tarde, pero lo cierto es que durmió mal y Vera, para más inri, se puso a arañar la
puerta muy de mañana. A punto estuvo de exigirle que se lo hiciera sobre la
maceta de geranios de la terraza, pero su cordura se impuso y decidió sacarla a mear y darse
un paseo a las ocho de la mañana.
Hacía fresco, la brisa del
Atlántico era evidente, húmeda y persistente. Las altas hierbas, que crecían
misteriosamente entre las dunas, se mecían relajantes a la vista. Planeaban
gaviotas, y sus graznidos y el olor a mar la llenaban de una forma tan intensa
que no podía sino recordar que ella era mujer atlántica, abrupta y fuerte,
resistente y húmeda, excesiva.
Vera correteaba persiguiendo a
las gaviotas que se posaban en pequeñas bandadas y parecía divertirse cuando
todas salían volando al unísono. Después se paró en lo alto de una duna y
gruñó. Sara la llamó, Vera la miró y volvió a fijar su mirada al otro lado de
la duna, pero no ladró. Sara sujetó la pamela y subió la cuestecita. Allí
estaba. Un dios con el culo al aire.
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| dios con el culo al aire |
El dios desnudo o no las oyó o
estaba absorto en la contemplación del mar rizado. ¿Dónde se inscribe una como
sacerdotisa de este efebo? ¿Qué hago? ¿Me hago la encontradiza? ¿Le hablo? ¿Le
ofrezco mi pamela para taparse las vergüenzas? ¿Es un náufrago? ¿Mi regalo de
vacaciones? ¿Me arrojo sobre él y lo violo?
Por fin, el hombre giró la
cabeza y las vio, a ella y a Vera, que corrió a husmearle la entrepierna, ¡quién
fuera perra!, coño, soy algo perra, pensó colorada, veo aquí a un hombre en
pelotas y sólo pienso en rebozarlo como croqueta sobre la arena. Perra bonita,
dijo él acariciándole el lomo. Ay, que es a Vera, no a mí, cabrona, ya me estás
robando las atenciones, perra desagradecida. ¿Es suya, señora? Mal empezamos,
¡señora!, ¿éste no ve las pelis de Diane Lane o qué? Sí, lo siento, me temo que
es una descocada, es una hembra algo apasionada. Pues dicen que los perros se
parecen a sus dueños. ¿El qué? Ayyy, que me está coqueteando, que sí soy la
Lane. ¿Podré husmearle la entrepierna? Se llama Vera. ¿De Verónica? Más bien de
"vera", verdadera. ¿Es usted italiana?
Paso atrás en el abordaje, ¿será que estoy más cerca y me nota la edad? No, soy… bueno,
atlántica. Él era portugués, desde luego. Lo decía por el nombre. Sí, ya, en
fin, cosas mías. Vera seguía poniéndole ojitos y se dejaba acariciar. ¡Será
perra la muy perra! ¿Se aloja en el hotel de los Grass? Sí. Yo vivo en el
pueblo, bueno durante el verano; en invierno estudio en Coimbra. ¿Por qué se me
vino a la mente aquella canción "O
sacristán de Coimbra facía mil diabluras…" ¿Y qué
estudias? Empresariales. Ah… ¿y no te queda más cerca la universidad de Lisboa?
Él calló y la miró, ella ya estaba a su lado y de pronto se sintió extravagante
con el biquini negro bajo el caftán blanco, la pamela trenzada y las gafas XXL.
Nada de Diane Lane, una cuarentona culona. Señorita, a veces es mejor irse muy
lejos. ¿Ahora soy señorita? ¿Eso es bueno o es malo? No supe muy bien qué decir
porque la desnudez del portugués me había dejado turulata. No sé si mi
presencia –ojalá-, los lametones de Vera o lo que estaba haciendo en soledad el
mancebo tenían que ver, pero aquello
estaba en vías de estar esplendoroso, muuyyy esplendoroso. Y él nada cortado
por la hermosura.
La he visto en el pueblo. ¿A
mí? Sí, en "O Tamboril", anteayer,
cenando, sola. Ah, sí, muy sabrosa la cena, pero no creo haberte visto. Es que
también soy cocinero. ¡No me digas! El restaurante es de mis abuelos,
trabajamos toda la familia; por eso me fui a Coimbra, si me quedara en Lisboa
tendría que venir todos los fines de semana a echar una mano. Claro, y tú quieres
ser economista. No. ¿No? Bueno, no sé, no estoy seguro de que me guste la
carrera; me gustaría ser músico. Toco en la tuna, allá en Coimbra. ¡Coño!, ¡Un
tuno! Los tunos me dan arcadas: no soportaba los tunos por unas malas
experiencias allá en la ciudad milenaria, qué le iba a hacer. Aahh… ¿y ahora
estás… de descanso? Es que en la playa del pueblo da que hablar tomar el sol
desnudo y por aquí apenas hay nadie. De hecho, es usted a la primera persona
que veo. ¿Conque esas tenemos, de nuevo el usted? Comprendo, la desnudez es
buena, ¿qué tiene de malo la desnudez? (sobre todo si se es un efebo cañón como
tú, hijo mío, que te hacía yo un traje de saliva aggg, una acuarela de besos,
un pastiche de sabores). Vera se había aburrido de la charla, que no entendía,
perra es al fin y al cabo, y seguía asustando a gaviotas tontainas por la
orilla. Eso digo yo, el sol es bueno en todo el cuerpo, y a estas horas más,
que no quema ¿No quieres tomar el sol? ¿Ahora toca tuteo? Este chico no se
aclara, tendré que tomar cartas en el asunto.
Es buena idea, pero no me he traído la crema solar, quizás tengas que
echarme tú de ésa que tienes en ese tubo, y señalé su falo, ahora un poco más
relajado. ¡Toma! ¡Si le vacilas a una cuarentona culona por muy Diane Lane que
sea, atente a las consecuencias! João sonrió y me tendió una mano. ¡Recoño, que
va a ser verdad!
Hans Grass nos descubrió una
hora más tarde desayunando tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos
azules en la cocina de la casita. Sonrió coloradote y dijo algo en alemán que
no voy a traducir. Estoy segura de que no sabía de mi pasado en tierras
teutonas.
Uol
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| Diane Lane |
Música: O sacristán de Coimbra.