Eros se manifiesta a diario. Ciertas personas necesitan guiarse por un sencillo programa de mano (libre)
viernes, 9 de agosto de 2013
Permanencia
EL HILO
No sé qué andas haciendo cada tarde,
lejos de mí, quizá sin un recuerdo
memorable que nos junte un instante
más allá de la vida cotidiana.
Pero sí que en mis manos permanece
el brevísimo calor de tu carne,
en mis ojos el fulgor de los tuyos
y en el fondo de mi sangre, serena
y misteriosa, una música extraña,
la certeza de haber sido una rama
donde hallaste, fugaz, el merecido
descanso de tu vuelo inalcanzable.
Fue muy breve cada vez, pero late
desde entonces incesante y eterno.
Que tú no lo percibas es superfluo:
hay un hilo en el aire que nos une.
Una vida feliz.
Polvo de oro
que el viento disemina a su capricho.
Alfredo Buxán: La transparencia (2012)
Permanencia: s.f.: Duración firme, perseverancia, estabilidad, inmutabilidad.
domingo, 4 de agosto de 2013
Alborada atlántica
Se había levantado temprano,
más temprano de lo normal, quiero decir.
Aquel hotelito tan mono de la foto cuyos gerentes eran unos jubilados alemanes
era en realidad una casa destartalada y encalada que daba el pego sólo de
lejos, menos mal que la climatología ayudaba para que los mal tapados
desconchones y junturas no dejasen colarse lluvias y humedades. La mujer,
Ingrid, de unos sesenta años, conservaba su delgadez pero en pago su cara era
una cascada de pliegues sobre pliegues, un visillo plegado en los que brillaban
pícaros dos ojillos azules. Vestía con túnicas de colores y llevaba el pelo sin
teñir, todo blanco y recogido en un moño con cintas de colores, muy hippie
ella. A él la barriga se le veía dos pasos antes que a su cara, colorado y rubicundo;
uno temía que se desplomara por un infarto en cualquier momento, pero reía todo
el rato y la jarra de cerveza parecía ser una parte más de su anatomía.
Le dieron el cuarto con terracita al mar, y la brisa nocturna refrescaba la habitación, pues al parecer el aire acondicionado se había estropeado y a ella casi le da un patatús, tan mal soporta el calor húmedo, y a punto estuvo de cambiar de alojamiento. Pero la vista de la playa solitaria allá abajo, con pequeños juncos y dunas, le hicieron persistir en la elección. En ese momento, después de dos semanas de débiles lluvias inesperadas, todavía no había más gente alojada en los otros tres cuartos disponibles. Ella se preguntó de qué viviría todo el año aquella pareja de alemanes, hasta que recordó sus nada exiguas pensiones en su lugar de origen. Según le contaron, ella había sido una habilidosa cirujana oftalmóloga y él gerente de una gran multinacional. Y helos aquí, en un pueblo perdido del sur de Portugal, en una casita blanca frente al Atlántico. Si nuestra protagonista acabó allí no fue sólo por la foto de la coqueta y rústica casita con vistas sobre el mar que descubrió en una página alemana en internet. Vivió allí hasta los dieciocho años: sus padres eran emigrantes; cuando regresaron, la obligaron a retornar con ellos y ella no tuvo argumentos para negarse. Lo que en realidad inclinó la balanza por aquel hotelito no fueron las vistas ni la supuesta eficacia alemana de los gerentes sino porque admitían perros. Y ella no iría a ninguna parte sin su Vera.
Por qué a los cuarenta y dos años ella viajaba sola con su perra sería largo de contar. Pero podría resumirse en una palabra: exceso. Exceso de vitalidad, de independencia, de pasión, de exigencia, de lucidez.
Durante dos días paseó por la playa, fue a cenar al pueblo un tamboril de pescado y mariscos; leyó tumbada y semioculta en las dunas, la mirada bajo una gran pamela extravagante y ridícula que compró precisamente por eso. Quería sentirse mujer misteriosa de buen ver que viaja sola y esconde un gran misterio. Sólo faltaba que como en las pelis apareciera el galán de turno, joven, desde luego. Ella sería una especie de Diane Lane pero culona, no te engañes Sara.
Como he dicho ya, ella madrugó esa mañana. ¡Cómo es la vida! Siempre aborreció madrugar, ella era noctámbula: todas sus brillantes ideas surgían en cuanto las luces de las farolas se encendían al atardecer. Aún ahora, cuando al final de la playa veía iluminarse las luces retorcidas del puerto del pequeño pueblo, aún ahora se encendían las luces de su pensamiento como flashes que la deslumbraban y la conducían a una vorágine de ideas que debía reprimir. Tampoco quiso nunca un perro, nada más odioso que una mujer sola con su perrito faldero. ¿Qué venía después? ¿Darle besitos en la boca al perrito? Aggg, ni muerta. Pero el médico le había recomendado que debía responsabilizarse de un ser vivo, algo más que las plantas de su piso, y el perro llegó a su vida. Bueno, Vera, que no tiene pedigree ni es cachorro, sino una grandota perra abandonada y algo tristona, como ella en ese momento, que había roto con Duarte, harta de apatía y desapasionamiento. Y aquí estaba, sola, con su perrota, que ya trotaba golfa y alegre, su evolución más rápida que la de ella.
Había escuchado ruidos tardíos, no sabría decir si Hans había bebido más de la cuenta o algún inquilino había recalado tarde, pero lo cierto es que durmió mal y Vera, para más inri, se puso a arañar la puerta muy de mañana. A punto estuvo de exigirle que se lo hiciera sobre la maceta de geranios de la terraza, pero su cordura se impuso y decidió sacarla a mear y darse un paseo a las ocho de la mañana.
Hacía fresco, la brisa del Atlántico era evidente, húmeda y persistente. Las altas hierbas, que crecían misteriosamente entre las dunas, se mecían relajantes a la vista. Planeaban gaviotas, y sus graznidos y el olor a mar la llenaban de una forma tan intensa que no podía sino recordar que ella era mujer atlántica, abrupta y fuerte, resistente y húmeda, excesiva.
Vera correteaba persiguiendo a las gaviotas que se posaban en pequeñas bandadas y parecía divertirse cuando todas salían volando al unísono. Después se paró en lo alto de una duna y gruñó. Sara la llamó, Vera la miró y volvió a fijar su mirada al otro lado de la duna, pero no ladró. Sara sujetó la pamela y subió la cuestecita. Allí estaba. Un dios con el culo al aire.
Le dieron el cuarto con terracita al mar, y la brisa nocturna refrescaba la habitación, pues al parecer el aire acondicionado se había estropeado y a ella casi le da un patatús, tan mal soporta el calor húmedo, y a punto estuvo de cambiar de alojamiento. Pero la vista de la playa solitaria allá abajo, con pequeños juncos y dunas, le hicieron persistir en la elección. En ese momento, después de dos semanas de débiles lluvias inesperadas, todavía no había más gente alojada en los otros tres cuartos disponibles. Ella se preguntó de qué viviría todo el año aquella pareja de alemanes, hasta que recordó sus nada exiguas pensiones en su lugar de origen. Según le contaron, ella había sido una habilidosa cirujana oftalmóloga y él gerente de una gran multinacional. Y helos aquí, en un pueblo perdido del sur de Portugal, en una casita blanca frente al Atlántico. Si nuestra protagonista acabó allí no fue sólo por la foto de la coqueta y rústica casita con vistas sobre el mar que descubrió en una página alemana en internet. Vivió allí hasta los dieciocho años: sus padres eran emigrantes; cuando regresaron, la obligaron a retornar con ellos y ella no tuvo argumentos para negarse. Lo que en realidad inclinó la balanza por aquel hotelito no fueron las vistas ni la supuesta eficacia alemana de los gerentes sino porque admitían perros. Y ella no iría a ninguna parte sin su Vera.
Por qué a los cuarenta y dos años ella viajaba sola con su perra sería largo de contar. Pero podría resumirse en una palabra: exceso. Exceso de vitalidad, de independencia, de pasión, de exigencia, de lucidez.
Durante dos días paseó por la playa, fue a cenar al pueblo un tamboril de pescado y mariscos; leyó tumbada y semioculta en las dunas, la mirada bajo una gran pamela extravagante y ridícula que compró precisamente por eso. Quería sentirse mujer misteriosa de buen ver que viaja sola y esconde un gran misterio. Sólo faltaba que como en las pelis apareciera el galán de turno, joven, desde luego. Ella sería una especie de Diane Lane pero culona, no te engañes Sara.
Como he dicho ya, ella madrugó esa mañana. ¡Cómo es la vida! Siempre aborreció madrugar, ella era noctámbula: todas sus brillantes ideas surgían en cuanto las luces de las farolas se encendían al atardecer. Aún ahora, cuando al final de la playa veía iluminarse las luces retorcidas del puerto del pequeño pueblo, aún ahora se encendían las luces de su pensamiento como flashes que la deslumbraban y la conducían a una vorágine de ideas que debía reprimir. Tampoco quiso nunca un perro, nada más odioso que una mujer sola con su perrito faldero. ¿Qué venía después? ¿Darle besitos en la boca al perrito? Aggg, ni muerta. Pero el médico le había recomendado que debía responsabilizarse de un ser vivo, algo más que las plantas de su piso, y el perro llegó a su vida. Bueno, Vera, que no tiene pedigree ni es cachorro, sino una grandota perra abandonada y algo tristona, como ella en ese momento, que había roto con Duarte, harta de apatía y desapasionamiento. Y aquí estaba, sola, con su perrota, que ya trotaba golfa y alegre, su evolución más rápida que la de ella.
Había escuchado ruidos tardíos, no sabría decir si Hans había bebido más de la cuenta o algún inquilino había recalado tarde, pero lo cierto es que durmió mal y Vera, para más inri, se puso a arañar la puerta muy de mañana. A punto estuvo de exigirle que se lo hiciera sobre la maceta de geranios de la terraza, pero su cordura se impuso y decidió sacarla a mear y darse un paseo a las ocho de la mañana.
Hacía fresco, la brisa del Atlántico era evidente, húmeda y persistente. Las altas hierbas, que crecían misteriosamente entre las dunas, se mecían relajantes a la vista. Planeaban gaviotas, y sus graznidos y el olor a mar la llenaban de una forma tan intensa que no podía sino recordar que ella era mujer atlántica, abrupta y fuerte, resistente y húmeda, excesiva.
Vera correteaba persiguiendo a las gaviotas que se posaban en pequeñas bandadas y parecía divertirse cuando todas salían volando al unísono. Después se paró en lo alto de una duna y gruñó. Sara la llamó, Vera la miró y volvió a fijar su mirada al otro lado de la duna, pero no ladró. Sara sujetó la pamela y subió la cuestecita. Allí estaba. Un dios con el culo al aire.
![]() |
| dios con el culo al aire |
El dios desnudo o no las oyó o
estaba absorto en la contemplación del mar rizado. ¿Dónde se inscribe una como
sacerdotisa de este efebo? ¿Qué hago? ¿Me hago la encontradiza? ¿Le hablo? ¿Le
ofrezco mi pamela para taparse las vergüenzas? ¿Es un náufrago? ¿Mi regalo de
vacaciones? ¿Me arrojo sobre él y lo violo?
Por fin, el hombre giró la cabeza y las vio, a ella y a Vera, que corrió a husmearle la entrepierna, ¡quién fuera perra!, coño, soy algo perra, pensó colorada, veo aquí a un hombre en pelotas y sólo pienso en rebozarlo como croqueta sobre la arena. Perra bonita, dijo él acariciándole el lomo. Ay, que es a Vera, no a mí, cabrona, ya me estás robando las atenciones, perra desagradecida. ¿Es suya, señora? Mal empezamos, ¡señora!, ¿éste no ve las pelis de Diane Lane o qué? Sí, lo siento, me temo que es una descocada, es una hembra algo apasionada. Pues dicen que los perros se parecen a sus dueños. ¿El qué? Ayyy, que me está coqueteando, que sí soy la Lane. ¿Podré husmearle la entrepierna? Se llama Vera. ¿De Verónica? Más bien de "vera", verdadera. ¿Es usted italiana? Paso atrás en el abordaje, ¿será que estoy más cerca y me nota la edad? No, soy… bueno, atlántica. Él era portugués, desde luego. Lo decía por el nombre. Sí, ya, en fin, cosas mías. Vera seguía poniéndole ojitos y se dejaba acariciar. ¡Será perra la muy perra! ¿Se aloja en el hotel de los Grass? Sí. Yo vivo en el pueblo, bueno durante el verano; en invierno estudio en Coimbra. ¿Por qué se me vino a la mente aquella canción "O sacristán de Coimbra facía mil diabluras…" ¿Y qué estudias? Empresariales. Ah… ¿y no te queda más cerca la universidad de Lisboa? Él calló y la miró, ella ya estaba a su lado y de pronto se sintió extravagante con el biquini negro bajo el caftán blanco, la pamela trenzada y las gafas XXL. Nada de Diane Lane, una cuarentona culona. Señorita, a veces es mejor irse muy lejos. ¿Ahora soy señorita? ¿Eso es bueno o es malo? No supe muy bien qué decir porque la desnudez del portugués me había dejado turulata. No sé si mi presencia –ojalá-, los lametones de Vera o lo que estaba haciendo en soledad el mancebo tenían que ver, pero aquello estaba en vías de estar esplendoroso, muuyyy esplendoroso. Y él nada cortado por la hermosura.
La he visto en el pueblo. ¿A
mí? Sí, en "O Tamboril", anteayer,
cenando, sola. Ah, sí, muy sabrosa la cena, pero no creo haberte visto. Es que
también soy cocinero. ¡No me digas! El restaurante es de mis abuelos,
trabajamos toda la familia; por eso me fui a Coimbra, si me quedara en Lisboa
tendría que venir todos los fines de semana a echar una mano. Claro, y tú quieres
ser economista. No. ¿No? Bueno, no sé, no estoy seguro de que me guste la
carrera; me gustaría ser músico. Toco en la tuna, allá en Coimbra. ¡Coño!, ¡Un
tuno! Los tunos me dan arcadas: no soportaba los tunos por unas malas
experiencias allá en la ciudad milenaria, qué le iba a hacer. Aahh… ¿y ahora
estás… de descanso? Es que en la playa del pueblo da que hablar tomar el sol
desnudo y por aquí apenas hay nadie. De hecho, es usted a la primera persona
que veo. ¿Conque esas tenemos, de nuevo el usted? Comprendo, la desnudez es
buena, ¿qué tiene de malo la desnudez? (sobre todo si se es un efebo cañón como
tú, hijo mío, que te hacía yo un traje de saliva aggg, una acuarela de besos,
un pastiche de sabores). Vera se había aburrido de la charla, que no entendía,
perra es al fin y al cabo, y seguía asustando a gaviotas tontainas por la
orilla. Eso digo yo, el sol es bueno en todo el cuerpo, y a estas horas más,
que no quema ¿No quieres tomar el sol? ¿Ahora toca tuteo? Este chico no se
aclara, tendré que tomar cartas en el asunto.
Es buena idea, pero no me he traído la crema solar, quizás tengas que
echarme tú de ésa que tienes en ese tubo, y señalé su falo, ahora un poco más
relajado. ¡Toma! ¡Si le vacilas a una cuarentona culona por muy Diane Lane que
sea, atente a las consecuencias! João sonrió y me tendió una mano. ¡Recoño, que
va a ser verdad!
Hans Grass nos descubrió una hora más tarde desayunando tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos azules en la cocina de la casita. Sonrió coloradote y dijo algo en alemán que no voy a traducir. Estoy segura de que no sabía de mi pasado en tierras teutonas.
Hans Grass nos descubrió una hora más tarde desayunando tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos azules en la cocina de la casita. Sonrió coloradote y dijo algo en alemán que no voy a traducir. Estoy segura de que no sabía de mi pasado en tierras teutonas.
miércoles, 31 de julio de 2013
Reflexión
Se traiciona a la desesperación si se pide auxilio:
porque el que pide, espera.
Se reniega de la soledad, manifestándola:
porque, lo que es expresado, se comparte.
Se contradice el silencio, si se explica.
Y aun si no se explica:
porque, el silencio, si se le atienda, habla.
Ana Rossetti: Punto Umbrío (1996)
porque el que pide, espera.
Se reniega de la soledad, manifestándola:
porque, lo que es expresado, se comparte.
Se contradice el silencio, si se explica.
Y aun si no se explica:
porque, el silencio, si se le atienda, habla.
Ana Rossetti: Punto Umbrío (1996)
jueves, 25 de julio de 2013
Sentimiento y lengua
Toniño permanecía callado, pero
miraba expectante el bullicio de la gente que iba y venía apresurada y con
gesto adusto por la explanada del muelle. A él no le interesaban los viajeros
sino los marineros, hombres curtidos que desde cubierta realizaban faenas que
él no sabía interpretar, lanzaban cuerdas más gruesas que sus piernas de un
lado a otro, mucho más grandes y robustas que las que usaban los canteros allá
en su aldea, que ya es decir. Lois, a su lado, no parecía sin embargo fijarse
en nada de su alrededor, ensimismado desde el día anterior, cuando al rayar el
alba, aún de noche en el valle, partieron en el carro de Etelvino hasta la
villa, donde se subieron al tren que los dejó a mediodía cerca del puerto. Toda
la mañana estuvo Lois de acá para allá con papeles que no
comprendía entre las manos. Y Toniño no se despegaba de él, arrastrando su maleta de cartón y
madera, temeroso de perderse entre aquel gentío que, como ellos, subiría al día
siguiente al barco que los llevaría a América. Un primo segundo de su padre los
reclamaba desde Argentina. Les ofrecía trabajo, incluso pagó la mayor parte del
pasaje; su madre vendió la junta de bueyes y el carro para el resto. Ahora, por fin, las
carreras de ventanilla en ventanilla habían cesado. Toniño sentía hambre, todo
el día con un único trozo de pan y de chorizo en la barriga. Pero la cara de
preocupación de Lois impedía que se quejara o manifestara disgusto. Su hermano
parecía haberse hecho mayor de repente. No parecía el mismo que un mes antes le
daba collejas y le llamaba parviolo,
pero después jugaba al fútbol con él en el patio de la casa.
Lois miraba al infinito, más
allá de las grúas, del gran trasatlántico atracado y de los almacenes que
desbordaban movimiento y bullicio. Se sentó derrotado en la maleta, preso de un
gran cansancio. Toniño, sin embargo, miraba todo con admiración: el mar azul
petróleo que se movía pesado en el borde del muelle; los estibadores portando
pesados fardos y gritándose unos a otros, las gaviotas disputándose el pescado
tardío que los barcos de bajura acercaban a puerto.
Más allá, al fondo de la
explanada, un almacén inutilizado acogía a emigrantes como ellos. Varios curas
confesaban a quien quisiera. Se escuchaban lloros y lamentos. Lois no quiso
quedarse allí. Iban a oficiar una misa. Arrastró a Toniño hasta el límite
permitido de paso al barco. Y allí se quedaron mucho rato. Toniño no se atrevía
a preguntar nada desde que, asombrado, mencionara aquellas enormes cuerdas y
Lois le respondió de mala gana que no eran cuerdas sino cabos.
Una mujer mayor bien vestida,
acompañada de una muchacha, se acercó por la derecha y preguntó algo en voz muy
baja al guardia que protegía la zona de acceso al barco. El guardia le indicó
algo a su espalda y la señora y la chica se alejaron.
Fue entonces cuando Lois habló
por iniciativa propia en todo el día:
−Xa nunca lle direi a Rosiña quérote−. Toniño no supo qué decir−. Nin vou foder en ti todos os días. (1)
Toniño, por un extraño
instinto, de pronto comprendió e intentó animar a su hermano mayor.
−Pois aprenderemos a dicilo en
castelán.
−Xa− dijo lacónico Lois−. Pero
non é o mesmo. (2)
(−Ya nunca le diré a Rosiña te quiero−. Toniño no supo qué decir−. Ni voy a follarte todos los días.
Toniño, por un extraño
instinto, de pronto comprendió e intentó animar a su hermano mayor.
−Pues aprenderemos a decirlo en
castellano.
−Ya− dijo lacónico Lois−. Pero
no es lo mismo. (2)
A todos os que partiron e non volveron.
A tantos corazóns rotos pola distancia e o olvido.
Uol
domingo, 21 de julio de 2013
Qué hacer...
Qué hacer para perseverar,
qué, para no desalentarse.
Para velar el fuego sin que se extinga, sin que devore.
Para que un tumulto de impaciencia se envaine en la
precisión del tiempo,
el dolor parta su ímpetu en amaestradas pulsaciones
y en la imposibilidad de una máscara se funda,
solemne,
el desengaño.
Qué hacer para no olvidar sin sucumbir,
para que no prevalezca la constancia a expensas de un
obstinado y patético combate...
Ana Rossetti: Punto Umbrío (1996)
Música: Kothbiro by Ayub Ogada.
miércoles, 17 de julio de 2013
La piel
Estaba harta de
muchachos que preguntaban en la red cuánto tardar en responder a los mensajes
de la chica para no parecer interesados;
de los jóvenes que no la besaban al final no vaya a ser que pensara que se
colgaban; de herederos que hablaban sin cesar de sus propiedades y futuros
cargos; de voces anónimas que se ocultaban temerosos de sus cuerpos.
Decidió buscar un
hombre. Un hombre que ya conociera la victoria y la derrota; un hombre que
hubiese escalado montañas y rodado pendientes; un hombre que supiese de los
triunfos y las miserias del cuerpo, de sus éxitos y fracasos; un hombre que
hubiese hecho sus rondas nocturnas y valorase volver a experimentar despertares
escépticos, pálpitos y esperanzas, que volviese a creer.
Pero ¿qué espera de una
mujer un hombre así? ¿Cómo vestirse para él, para que la reconociese entre la
masa vociferante? ¿Para que descubriese sus ojos entre la penumbra susurrante,
advirtiese su presencia entre el grupo laboral o de camaradas o quizá un rostro
anónimo entre la gente?
Repasó el armario, deslizó
perchas y de pronto reparó en él. Juraría que no lo había visto antes, pero,
claro, ¡tenía tanta ropa! Colgaba perfectamente planchado, un vestido de piel.
Era de piel de serenidad e ilusiones, confeccionado con retazos de superaciones
y algunas decepciones. Con un bonito cinturón del que colgaban abalorios de
esperanzas. Los puños, rematados de piel de esfuerzos; a la altura del corazón,
un bordado de pasiones, y en el cuello
una cinta de palabras: amor, cariño, respeto.
La falda caía ligeramente
holgada con una piel más oscura, teñida de deseos, de placeres, de fantasías
carnales, de anhelos siempre frescos, nuevos. El dobladillo tensaba la tela con
los límites impuestos: realidad, aprobación y aceptación.
Aún en su percha,
observó el efecto del vestido de piel sobre ella. El gran espejo de cuerpo
entero le devolvió una imagen insólita. De entrada no se reconoció, aquella no
era su piel, se dijo. No era su estilo. Sintió una cabeza trasplantada sobre
otro cuerpo, una cabeza a la que le hubiesen colocado un vestido inapropiado.
Como si alguien jugara a las mariquitas con ella y la adornara con vestiditos
que fabricaran con cartulinas de colores o retales viejos.
Pensó devolver el
vestido de piel al ropero, pero recordó lo que le decían las dependientas, hasta que no lo pruebes, no sabrás cómo te
queda realmente.
Le sentaba como un
guante. Todo encajaba en su sitio, costuras, puños, cintura, cadera, largo,
vuelo…
El espejo le dijo: eres
tú. El vestido es tuyo. Siempre ha estado ahí, aguardando el momento justo en
que te quedara perfecto.
Aún vacilante, se calzó
sus zapatos de quien pisa fuerte para ver el total efect. Todavía no se reconocía y sus pies vacilaron por
primera vez. Le asaltó la duda. ¿Aquel extraordinario vestido de piel era para
el día o para la noche? El hombre que la reconocería con él puesto ¿se movía de
día o era noctámbulo? No lo sabía, quizás alguien como ella, polivalente.
Volvió a guardar el
vestido, tenía mucho en qué pensar, quizás aún no era el momento.
A un centenar de metros
de allí, un hombre descubría por primera vez en su armario un traje de piel, ni
sabía que existía.
Ni loco, se dijo. Y la
piel retornó a su hueco.
Uol
Uol
sábado, 13 de julio de 2013
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