La alta tapia, adecuada
al tamaño del ego de Heliodoro Martínez, ahora actor famoso, lo protegía del
mundo. Siempre se avergonzó de su nombre el joven venido de provincias hasta
que Sanchís Román le llamó en una de sus críticas el nuevo Helio del panorama cinematográfico alrededor del cual la
tierra debe girar. Y Heliodoro sintió por fin su nombre reivindicado tras
años lamentándolo al descubrir sus cafres compañeros de clase de química su
equivalencia con un gas insípido, incoloro e inodoro.
Todos en el mundillo
artístico sabían que de vez en cuando un nuevo cachorro merecía las atenciones
de Sanchís Román, pero a Heliodoro, -antes Doro para su vergüenza- esto se lo traía al pairo. Un par de sonrisas
al crítico, un par de instantáneas en el photocall,
y ya estaba en boca de todos; lo reclamaban para acudir a estrenos y brunch de presentación de productos para
adolescentes. Un contrato con una marca de ropa deportiva, unos anuncios en
revistas juveniles y cartelería con el torso lampiño al descubierto lo lanzaron
al estrellato. Después un productor tuvo a bien incluirlo como reclamo en una serie
de TV dirigida a adolescentes (los actores de veintitantos años debían
aparentar dieciséis) y Heliodoro Martínez –antes Doro y Dorito- , es ahora Helio
Martín, más heliocéntrico que nunca. Por eso no le llamó la atención
especialmente al guardia de seguridad Nicanor Barral que una mujer intentase
colarse en la casa del actor post-adolescente
una mañana de domingo. Ni siquiera que estuviese con el culo al aire.
Tras el estreno de la
película Entre dos aguas, donde Helio
Martín se pasaba el metraje sin camiseta salvando a Shania y a Lurpia de
ahogarse, y asfixiándose posteriormente entre sus besos y abrazos sofocantes,
pasando de una a otra y sin acabar de decidirse por alguna de las dos (se
rumoreaba que habría una segunda parte), durante dos meses una horda de
adolescentes histéricas y con el tanga al aire intentó asaltar la casa del
actor. El revuelo había cesado ya, pero aún de vez en cuando alguna muchacha se
acercaba a la cabina de control de la urbanización para dejar notas al
chico-sol.
Nicanor Barral paró el
coche de seguridad con el que recorría las calles de la urbanización privada.
−Aquí
Halcón-dos llamando a central.
−Le
copio, Halcón-dos. ¿Alguna incidencia?
−Una intrusa en la
calle D, sector 3.
− ¿El actor?
−Sí. Una joven está
intentando saltar la tapia.
− ¿Peligrosa? ¿Va
armada?
Nicanor
Barral había llegado al pie del muro protector del ego de Helio, el chico
gaseoso y solar (según gustos). Vio el perfecto culo de la joven al aire, sin
tanga siquiera, y accionó el intercomunicador:
−
Humm… perturbada.

Trinidad
Rodríguez decía llamarse Trinity, aunque antes fue La Trini y Trinuca. Pero eso era cuando vivía en Carabanchel Alto.
Ahora era Trinity (con acento en la primera i), había adelgazado quince quilos, se
había teñido de rubio platino –más acorde a su piel blanca- y era azafata de
eventos. Los eventos eran aburridos, porque se pasaba las horas recibiendo a
los invitados bandeja de canapés en mano, vestida según el tema de la velada,
normalmente con traje ajustado y escotado, y boquita roja. Las mujeres ni la
miraban y, salvo alguna, no picaban la comida, aunque trasegaban disimuladamente
copas de frío vino blanco. Los chicos ni una ojeada le echaban, habiendo allí
celebridades adolescentes con las que salir en el ¡HOLA! Sólo algún vejete se
paraba a darle charla a veces, la piropeaba con toda intención de echarle un
tiento si se terciaba. Pero Trinity ya había sido La Trini y no estaba para
tientas desesperadas de actores venidos a menos en el arte de la seducción.
Con
la bandeja de quesos Mon Dieu!
(promotora del evento) circulando entre las mesas, Trinidad Rodríguez sentía
que o sucedía pronto algo o nunca saldría mentalmente de Carabanchel Alto.
Entonces
lo vio, vestido con desenfado estudiado, cabello cuidadosamente despeinado,
sonrisa perfectamente alineada y arreglada por el odontólogo de la productora,
allí estaba deslumbrando como el mismo sol, Helio Martín, el joven actor. Por
una de las casualidades de la vida, él alzó la mirada y la vio. Le sonrió.
Trinidad Rodríguez se quedó sin aire, parpadeó y esbozó una sonrisa mientras
alzaba mecánicamente la bandeja. El actor se acercó, tomó entre sus dedos un
canapé de queso, pero no lo comió sino que se lo puso a ella en la boca.
Trinidad Rodríguez, ahora Trinity, tragó casi sin masticar mientras le sostuvo
la mirada, quizás algo acalorada.
−
¿Está bueno?
Ella
asintió.
−
¿Y si repetimos después? −preguntó Helio.
Ella
volvió a asentir.
−
Pues no te vayas muy lejos.
Conducía
un coche deportivo, como no podía ser menos, pero Trinidad Rodríguez no supo
identificar la marca. Tardaron apenas media hora en llegar a la urbanización
privada.
Helio
Martín, antes Heliodoro Martínez, nunca dejó de ser quien era. Y a él le ponían
las Trinity con pinta de ser Trinidad de Carabanchel Alto. No se molestó en
ser galante ni tampoco fue descortés o grosero, fue más Heliodoro que nunca.
−
¿Quieres una copa? ¿Ron, whisky, un cubata?
−
¿No tienes champán? – también Trinity fue más Trinidad que nunca.
−El
champán es para las pijas panolis.Tómate algo fuerte.
Ella
hizo un mohín, ¿qué tenían de malo las pijas? Ella quería ser una de ellas,
tener su dinero, principalmente. Y ese estilo, esa manera de llevar el bolso en
el antebrazo y mover el pelo como ellas. Eso no se aprende: se lleva en los
genes.
−Bueno,
ponme un gin-tonic.
Nicanor
Barral tuvo tiempo de contemplar aquel señor culo unos momentos más antes de
decidirse a hablar, y aunque su intención era que resultara impositiva, la
verdad es que le salió una voz algo floja.
−Oiga,
señorita, baje de ahí. ¿Qué hace? ¿No sabe que es un delito colarse en
propiedades ajenas? ¡Baje, se va a matar!
Helio
Martín estaba cachas, eso no se le podía negar, horas de gimnasio y buena
genética, porque la verdad es que a sus veintisiete años le daba al alcohol y a
los espaguetis a la carbonara cuanto quería. Ya le saldría tripa, ya, pero
todavía no. Pero Trinity tampoco se quedaba atrás, se había depilado el chichi
con el láser alejandrita y aquello era un arenal lamido por las olas del mar. Y
a ello se puso Helio, que aunque no es que le pusiera demasiado, sabía que a
las tías les gustaba mucho, las licuaba todas, aunque a Trinity le vio la
disposición y la humedad enseguida, en cuanto se le abrió la boquita con la
casa, decorada por alguno de los amigos de Sanchís Román, lo que más, verse en
el porche, bajo el emparrado de buganvillas que seguro que en primavera
florecían, y ella se imaginaba allí en caftán de hilos bordados, tumbada frente
a la piscina de aguas turquesas. Y Helio estuvo dándole a la lenguota unos
minutos, aunque a él lo que le ponía bruto era el mete-saca sin más. Y que se
la mamaran, claro.

Trinity
cerró los ojos cuando él se la metió toda gorda en la boca. Le empujaba con las
manos la cabeza y eso no le gustaba tanto, prefería ella marcar el ritmo, pero
Helio estaba en otro lugar, perdido en sus sensaciones y ni se enteró de la
pequeña resistencia que ella hacía con la nuca.
Helio
tenía unas venas gruesas y marcadas, en el cuello y en la polla. Y se había
rasurado todo el vello genital; él no se atrevió con el alejandrita, porque
algo en su magín le decía que tanta depilación podría ser una moda pasajera y
ya no habría remedio para su matorral. Y además, y aunque no se lo reconocía a
ninguna amante, a él le gustaba tocarse ese vello suave y algo encaracolado que
rodeaba su verga. Muy excitado, Helio giró a Trinity y la empujó sobre el brazo
del sofá para metérsela chorreante desde atrás. Ella hundía la cabeza en el
asiento acolchado y Helio no entendió muy bien qué farfullaba. La azafata de
eventos seguía con las medias puestas, bastante incongruentes con la época
calurosa, pero Helio entendió que formaban parte del atuendo de camarera, así
como aquellos zapatos, algo monjiles a su entender. A veces pensaba en cosas
así para no correrse enseguida, porque era de excitación rápida y enseguida se
le iba el pistón. Y allá en el pueblo, a los catorce años, Eusebio le había
dado ese consejo, pensar en otra cosa. Mientras marcaba de rojeces con sus
dedos acerados la cintura y caderas de Trinity, pensó que ligar ya no era
divertido desde que todas caían enseguida. Este pensamiento le hizo aguantar
siete u ocho embestidas más hasta que claudicó. Trinity jadeaba entrecortada,
pero todavía no se había corrido. Se tumbó en el sofá mirando para Helio, tan
hermoso como el sol, quien seguía tocándose el pene ahora relajado y pingón.
Aún no he acabado, nena, le dijo, y salió del salón. Escuchó Trinity
ruidos en la cocina. Tráeme agua, cielo, le gritó cuando percibió tintineo de
hielos.
Helio
traía un bol con algo inidentificable y la cubitera con un vaso. Vaya por dios,
¿no será éste otro fitófilo? Cada cierto tiempo las televisiones privadas
reponían Nueve semanas y media y una
horda de post-adolescentes salidos querían que sus parejas bailaran para ellos
tras una mampara semitransparente, como si esto fuera un teatro de sombras
chinescas, o se empeñaban en embadurnarlas
de fresas con nata, poniendo a la fitofilia de moda.
Helio
le acercó agua tónica con cubitos que chocaban contra el vidrio con su inconfundible tintineo. Antes de pasarle el vaso extrajo con sus dedos un cubito de hielo. Trinity
frunció el ceño. Ya empezamos, pensó. Helio Martín chupeteó el hielo y se lo puso a ella en la boca, que lo tomó sin
mucho afán. Los dientes rechinaron, hipersensibilizados tras el arduo blanqueamiento
dental, y ella lo sujetó entre los
dientes mostrándoselo. Helio lo volvió a tomar y Trinity pudo beber. Sintió
entonces que Helio le pasaba el cubito de hielo por los pezones y dio un
respingo. Va a ser todo el repertorio, pensó la muchacha. Los pezones se
empitonaron al máximo. Ella le sonrió y Helio se creyó legitimado para
apoderarse de ellos con su boca y succionarlos. Trinity gimió. Entonces Helio
se incorporó un poco y cogió otro pequeño iceberg que deslizó entre los pechos
de la joven hasta alcanzar el ombligo. Al pie de la letra, confirmó mentalmente
la muchacha. El joven actor jugueteó allí
y chupó el agüilla que encharcó el pocito del diminuto ombligo. Ella seguía
sonriendo. Cuando los dedos helados de Helio alcanzaron su pubis, Trinity tuvo un
espasmo que Helio interpretó gozoso, y merodeó por los bordes de la entrada de la
vagina con un nuevo cubito de hielo. ¡Coño!, exclamó Trinity siendo muy
Trinidad Rodríguez.
−
¿Te gusta, nena?
−
Sí, sí, mucho− dijo Trinity.
Helio
volvió a incorporarse y cogió algo del bol que había traído de la cocina. ¿Y
ahora, qué?, se dijo Trinity.
−Cierra
los ojos− pidió Helio con voz pícara.
Ay,
madre, ¿qué se le habrá ocurrido ahora?, Trinity empezaba a inquietarse. Cuando
notó algo duro en su entrepierna, Trinity abrió los ojos.
−
Pero…
−
No es nada, chica; vamos a jugar.
−
Pero…
−
Es una zanahoria.
Fitófilo perdido, pensó Trinity. ¿No podía follar como todo el mundo? Helio pasó la
zanahoria, de considerable tamaño, por el entrepierna de la azafata de eventos,
ya algo desinflada. Se ve que Trinity no estaba hoy creativa. Quizás es que le
dolían los pies, estaba cansada y con ganas de acabar. Cuando Helio hizo ademán
de follarla con la zanahoria, Trinity le dijo:
−
Oye, ponle un preservativo al menos.
Helio
vaciló.
−
Vale –y rebuscó en el suelo donde había dejado antes la caja.
Trinity
se dejó hacer. El fitófilo no estaba porque le llevaran la contraria. La zanahoria
estaba fría y Trinity prefería mil veces el calor de la polla de Helio. Pero ésta estaba relajada y a lo suyo entre las
piernas del dueño, totalmente desconectada de lo que allí estaba ocurriendo. Es
de recuperación lenta, pensó Trinity, acostumbrada a los garañones de Carabanchel
Alto. La excitación se le había evaporado a la joven, no sabía muy bien por qué,
y gimió sin mucho afán. Helio se disparó y empezó a mover la zanahoria tan
vehementemente que Trinity tuvo que sujetarle la mano.
−
¿Quieres más, a que sí? ¿Quieres más, loquita?
Trinity
asintió. Era Helio, el actor famoso. Pero cuando vio que el joven sacaba del
bol un calabacín de tamaño extra le dijo:
−
Oye, no te pases.
Helio
se rio como un niño.
−
Entonces de la berenjena no hablamos− volvió a reír y cedió−. Vale, un pepino
entonces.
−
Oye, ¿y no prefieres que te la entone otra vez?
−
Más tarde –respondió Helio, algo distraído mientras seleccionaba el pepino
adecuado.
−
¿Éste? –y le mostró el elegido.
Trinity
se encogió de hombros.
−
No sé si me voy a correr así –alegó sincera.
−
¿Ah no? –se sorprendió Helio, antes Heliodoro−. Quizás necesites un poco de
calor por ahí abajo.
Bueno,
pensó Trinity, quizás si me lo come, me correré y podré largarme. El actor
famoso empezaba a irritarla.
Pero
Helio no bajó al pilón sino que regresó al bol. De pronto Trinidad Rodríguez
notó un picor fortísimo en el chichi. Se irguió como el resorte liberado de
una caja.
−
¡Pero qué diablos! Ayyyy, ¡coño, pica! ¿Qué me has echado? –había un punto de
miedo e ira en su voz.
−Tranquila,
no es nada− Helio se desternillaba de
risa, es que he tocado chile sin querer.
−
¿Sin querer? – Trinity notó entonces que Helio estaba puesto. No sabía en qué
momento se había metido algo, pero sus pupilas estaban dilatadas.
−No
es nada.
Trinity
se retorcía y cogió la cubitera ya con agua descongelada pero aún gélida y se la
echó por el coño.
−
No es nada−. El cabrón se reía y se reía, retorciéndose.
−
¡Eres un cabronazo! Esto pica a dios.
Helio
se sujetaba los abdominales con la risa, estirado en el suelo, mientras Trinity
preguntaba gritando dónde está el baño,
donde está el baño.
Dirigió
la alcachofa de la ducha a la hendidura del coño, se lavó con gel, pero el
picor no cesaba.
−
¡Puta madre! –Trinity era Trinidad Rodríguez en estado puro−. ¡Será hijo de
puta!
Salió
del baño. Helio seguía riendo en el salón. Ella se puso el vestido pero no
encontró el tanga.
−
Me largo−. Trinity aún se retorcía con el picor.
−No,
no te vayas, no te has corrido, espera.
La
puerta de entrada estaba cerrada y sin la llave puesta en la cerradura. Trinity
salió por el ventanal que daba al porche del jardín. Helio farfullaba no te vayas, anda.
Trinidad
Rodríguez salió al jardín y corrió hacia la tapia más cercana. Había allí una
escalera de mano. El jardinero había estado podando una enredadera. Trinity escaló.
−Señorita,
se va a matar, baje de ahí. Además, pueden denunciarla por allanamiento de
morada− Nicanor Barral no podía apartar los ojos de aquel culo. La joven
pateaba y al guardia de seguridad se le encendió el rostro cuando advirtió que
la entrepierna de la joven estaba al rojo vivo. En ese momento aparcó con un
frenazo un segundo coche de los seguratas
de la urbanización y se bajó Cristian Sánchez, el más joven de los guardias.
Antes de que Nicanor Barral pudiera
percatarse, el desgraciado le estaba haciendo fotos al trasero desnudo de la
muchacha.

−No
seas guarro− le increpó Nicanor, pero Cristian escondió el móvil y se zafó de
la garra del hombre.
Entre
los dos ayudaron a descender de la tapia a Trinity, que lloraba hipando.
−
Si estos famosos no merecen la pena, señorita− le dijo compadecido Nicanor.
Uol