− Te advierto que es guarro.
− ¿Cómo de guarro?
− Guarro de cojones.
− Arranca.
− Iba cargada…
− ¿De copas?
− No, ¡de oros, espadas y bastos!
− ¡Cómo te pones! Vale, ya me callo.
− Iba cargada y me dirigí al servicio. Nunca había estado en aquel antro así que me dirigí instintivamente hacia un lateral, al fondo de un pasillo. Si no era en una esquina, sería en la otra. Acerté. En la puerta había un símbolo que no era ninguno al uso, vamos, que sería un icono conocido allá en Saturno, pero aquí no significaba nada, al menos para mí. Y me colé dentro. Masculino o femenino, lo cierto es que estaba igual de sucio que cualquier otro por donde hayan pasado al menos cien personas en una noche. Asombrosamente, estaba desierto. Entreabrí la puerta de uno de los dos retretes y él se giró, un tipo grande como un tráiler que meaba beatíficamente. Perdón, mascullé, me he equivocado, dije educada a pesar del cebollo que yo llevaba encima, pero no pude evitar echarle una miradita al instrumento que el grandullón tenía entre las manos.
− ¡Oh, qué descarada! ¿Y qué tal estaba? Bueno, no me mires así…
− El tío llevaba unas patillas tipo hacha y un chaleco de cuero. Pero los ojos eran risueños y la sonrisa muy blanca. Tranqui, tía, me dijo, dame un momento y es todo tuyo. ¿Mío? Y me puse roja como un tomate. El sitio, el retrete, pero, si quieres, éste también. Y se sacudió la polla, que sí, se veía altanera y arrogante.
− ¡Dios mío!
− Créeme, Laura, Dios no estaba allí en ese momento.
− ¡Seguro, estaba Lucifer!
− Se quedó quieto, aguardando por mi respuesta. ¡El muy cabronazo sopesaba que hubiese respuesta!
− ¿Y la hubo?
− Me colé dentro, cerré la puerta y le toqué la picha, que se desperezó engreída. ¿Es Navidad o qué?, se sorprendió el rockero. Sí, y tú eres mi regalo. Nunca lo hubiera imaginado, dijo mientras sus manos acogieron mis tetas. Comenzamos a besarnos. El cubículo era pequeño, había pegotes inidentificables en las paredes. Abrí los ojos y unos garabatos ponían en la pared de enfrente Chúpamela, mamón. Buena idea, pensé, pero este fulano acaba de mear.
− Aggggggg
− No te pongas remilgada ahora.
− El tío me abrazaba fuerte y yo casi ni podía respirar en aquel lugar tan estrecho que, por cierto, olía intensamente a orines y cerveza. Yo no sabía dónde arrimarme sin tocar aquellas paredes pringosas de sabe dios qué sustancias y él venga a empujarme contra la pared. Los pantalones se le habían deslizado hasta los tobillos y hacía equilibrios para no caer. ¿Cómo nos lo hacemos, nena? Se ve que notaba mi repentina vacilación. No esperó mi respuesta y bajó la tapa del inodoro y se sentó en ella.
¡Ay, dios!, mis pantalones seguían en su sitio cuando me sentó a horcajadas sobre él. A mi izquierda se leía la Tania es una puta y un número de teléfono. Debajo, pintados, una polla expulsando semen y unos testículos, todo ello hiperbólico. El rockero me magreaba bien y la verdad es que estaba muy bueno y hasta se veía limpito entre toda aquella mierda. Pero yo estaba algo descentrada, intentado evitar la porquería que me rodeaba. Al final, no iba tan cargada como pensaba. Sus manos movían mi culo adelante y atrás y se refregaba contra mí mientras me mordía el cuello. Sentía su excitación contra mi coño y, la verdad, empecé ponerme cachonda perdida. Cerré los ojos, por ver de no pensar en el puto wáter. Sólo lo conseguí a medias porque de pronto oímos abrirse la puerta de al lado y una sonora meada me golpeó los oídos. Me dio la risa. El rockero me miró divertido. Se ve que la situación también le parecía graciosa. De pronto golpearon nuestra puerta, ¡que es para hoy, iros a un motel, joder! A mi derecha estaba escrito el Marco es un marica, te chupa la polla gratis y un número de teléfono. ¡Aquella letrina parecía un listín telefónico! ¿Qué hacemos, nena?, me interpeló el hombretón.
Lo besé de nuevo y me levanté, los bajos de mi pantalón rezumaban meadas absorbidas del suelo encharcado. Su mirada decepcionada me avergonzó, aunque él seguía sonriendo.
Supongo que el pobre pensaba, no..., si ya sabía yo que… Entonces me decidí, vamos a otro sitio, le dije.
−…
−No me mires así, Laura, ya te dije que era sexo guarro.
Por cierto, se llama Alberto y es dentista.
¡Ah! Y mi baño sí estaba limpio.
Uol
También en la serie Sexochat y Sexo oscuro.