lunes, 28 de noviembre de 2011

Reencuentro

Faro de Fisterra


−Hello!
−Hola! Ayer te estuve esperando hasta las once.
−Lo siento, ya sé que para ti es tardísimo, pero no pude conectarme antes. Cuando llegué a casa ya no estabas.
−Bueno, ¿y qué has decidido? ¿Vienes?
−Sí, finalmente me han concedido el día en el trabajo y puedo hacer puente.
−¿Puente?
−Ya sabes, empato el fin de semana con el siguiente festivo tomándome el lunes. Hasta ayer no supe si me lo daban.
−¿Saldrás el viernes?
−Sí, llegaré al CPH a las 22:10h.según el horario previsto.
 −De acuerdo, te recogeré en el aeropuerto.
−Más te vale, Anker, porque si me encuentro sola a esas horas y con un metro de nieve te maldeciré.
−Ja ja ja, no temas, me muero por tu visita; no me acabo de creer que vengas aquí.
−Te lo prometí; además, me hace mucha ilusión y no veas las ganas que tengo de verte e hincarte el diente.
−¿Hincarte el diente?
−Darte un buen repaso ja ja ja. Besarte, tocarte, amarte.
−¡Ah! ok, ok, ja ja ja, ya entiendo. Kneppe.Yo también. ¡No sabes cuánto! Se me hacía eterna la espera.
−¡Y a mí, Anker, y a mí! ¡Cuatro días para nosotros solos! No pienso salir de la casa ja ja ja
−¿No? ¡Pobre de mí, Gud! Pues yo pensaba ser un buen anfitrión y enseñarte la ciudad...
−Bueeeeno... de acuerdo, pero el domingo por la tarde o el lunes.
−Ok Ok, ya veremos.
−Ja ja ja, sí, ya veremos. Te llamo ese jueves para confirmar el vuelo en cuanto imprima la tarjeta de embarque. ¿Te parece?
Ja, perfekt. Te quiero, niña, mañana seguimos hablando, ok?
−Sí, conserva tus energías para mí, ¿de acuerdo?
−Ja ja ja, claro, selvfølgelig!
−¿Qué?
−Que sí, preciosa, por supuesto.
−Un beso, te quiero.
Kys para ti también. FarvelBye.
Bye.
Puerto Nyhavn


Uol Free

Esta historia comienza en
El Faro 
y continúa en
La sirenita

miércoles, 16 de noviembre de 2011

PELIRROJAS

Dicen que sólo el 0,7% de la población tiene el pelo rojo. Es un gen que se pierde al combinarse con otros. Mal asunto en una época donde la mezcla intercultural y racial es habitual, incluso deseable. Pero hay millones de mujeres que se tiñen el pelo de color cobre, desean ser pelirrojas. No sé de hombres que hagan lo mismo. ¿Será porque en el ideario masculino las pelirrojas somos apasionadas y volcánicas en el sexo? 
      Yo soy pelirroja, genes celtas, of course! Lo raro es que en este instante soy la única de mi familia. Mi bisabuela también lo era. No soy la primera a la que le suceden este tipo de saltos genéticos en su árbol genealógico. 

Ser pelirroja es mi cruz. Soy una pelirroja típica, eso incluye cejas y pestañas, piel de alabastro y pecas. Sí, también mi vello púbico es rojizo, ya sé que os lo estabais preguntando. Mis ojos, en cambio, no son grises, eso al menos compensaría mi tribulación; pero son del mismo color panocha que las pilosidades de mi cuerpo.


Ya sé que las miles y miles de mujeres que se tiñen de color caldera la cabeza e incluso las cejas no entenderán mi queja. Ya tengo por delante la etiqueta de apasionada, los hombres se acercarán a mí para iniciar la conquista; sólo tengo que menear mi abundante cabellera ondulada a lo Gilda y los hombres caerán rendidos a mis pies. Ya. Seguro. Soy pelirroja y bien parecida. Tengo buen cuerpo. No va por donde pensáis mi escepticismo. 

    Desde hace siglos se ha marcado a las pelirrojas. Se las ha estigmatizado desde los primeros tiempos. Las de cabello rojo eran malas mujeres. La escasez de ese color supongo que las hacía únicas y especiales. Así, pintaron a María Magdalena como a una putilla de cabello rojo que tentó al mismísimo Hijo de Dios. Desde entonces no hemos levantado cabeza. La Inquisición también colaboró en fijar esta idea en la iconografía mental e hizo su trabajito: se dedicó a quemar en la hoguera nuestras blancas y pecosas carnes, pues nuestro pelo rojo no era más que la marca del trato carnal con el mismísimo diablo. Claro que primero las violaban para ver si la leyenda que ellos mismos se encargaban de propagar era cierta, quizás así podrían exorcizar al demonio a través del sometimiento del cuerpo de las pobres infelices. Es lo que tenían aquellos curitas sádicos y libidinosos, que eran hombres lascivos, reprimidos e hipócritas. De ahí que las madres obligaran a ocultar los cabellos pelirrojos de sus hijas con pañuelos para no delatarse, no fuera a ser que se las llevaran o las acusaran a ellas mismas de tener hijas del demonio, tanto valía para quemar la madre como la hija. En resumen, las pelirrojas eran brujas que lascivamente fornicaban con Satán o directamente eran hijas de Lucifer. Bonito 
La joven de la Perla de Vermeer
panorama. Así durante siglos. Si hasta la criada de Vermeer ocultaba su mata roja por vergüenza y el artista se la meneaba sin descanso. Bueno, eso es lo que han intentado hacernos creer, todo por explicar el misterio de la joven, otra calumnia más sobre las pelirrojas. 



A los pintores, en cambio, les encantaba dibujar Magdalenas semidesnudas y arrepentidas (¡ay, esa censura eclesiástica, cuánto hizo discurrir!), con su hermosa y espesa mata de pelo rojo y rizo cayendo sobre el torso y apenas ocultando los senos gráciles o llenos, según la moda del momento. A la otra María, a ésa no la pintaban pelirroja, no. La madre de Dios era inmaculada, ¡cómo iba a ser pelirroja! 
Magadalena penitente de Giampietrino


La que no se libró de la representación fue Eva. Sí, que mayor pecadora que ella, la que con su sabia curiosidad e inteligencia nos expulsó del paraíso, que de paso, menuda mierda de Edén, todo el día pasmando con risa boba, dando saltitos entre las flores del jardín y sin hacer otra cosa que dar gracias a Dios. Eva fue otra magnífica y putísima pelirroja. Y si no la ponen en plan zoofilia con la serpiente es porque ya era demasiado, pero la consabida escena fijó otro estigma para mis congéneres: la de la pelirroja boba. Eva fue boba porque se dejó seducir por las promesas de la serpiente. ¿Aún pensáis que no tengo razones para quejarme por ser pelirroja?
Eva, por Durero
Adán y Eva, por Tamara de Lempicka
    Los cómics han retomado el tópico sobre la fogosidad insaciable de las pelirrojas ya popularizada y extendida hasta la saciedad por el cine. Si hasta un pobre dibujo se queja de que sus excelencias no son tales, es que la han dibujado así. Pobre Jessica Rabit, yo te comprendo. A nadie le gusta que su carta de presentación sea: soy pelirroja y por ello, un putón verbenero. 
Jessica Rabit
     ¿Y que me decís de los video-juegos? Las heroínas sangrientas de este milenio, las corta-cabezas, las brujas lúbricas que decapitan, ensartan y mutilan son pelirrojas en cueros.

¿Comprendéis ahora mi desconsuelo? 
      Pero he decidido que nunca más un fulano va a abordarme preguntándome si tengo la pelambrera de abajo de color rojo. Lo malo es que no me decido entre las dos opciones que valoro. Quizás vosotros podáis ayudarme: 

a) Me cubro el pelo para siempre con una toca. Sí, me meto a monja de clausura. 

b) Viajo hasta algún lugar recóndito del planeta donde acaso mi cabello me convierta en reina de tribu analfabeta. 

Pensándolo bien, las dos son buenas. Me han dicho que el confesor del convento de las Agustinas del Santo Martirio está cañón y tiene un hisopo que vale un potosí. Y en la tribu siempre puedo instaurar como prueba de hombría para todos los varones en su paso a la edad adulta yacer con la reina pelirroja y dejarla satisfecha. ¿Qué? ¿No soy pelirroja? Pues eso.

Uol Free

viernes, 14 de octubre de 2011

El buscador de setas

Vilalba
No tenía ganas ningunas de levantarme aquella mañana. Sábado de resaca. Lo único que pretendía era dormir hasta avanzada la mañana y a continuación desayunar en la terraza del bar de abajo con los periódicos desperdigados entre migas de tostadas con mermelada de naranjas amargas. Pero todo se torció cuando Pepe me llamó a las nueve para recordarme que les había prometido a los chicos una cena a base de estupendas setas otoñales. No os lo he dicho, pero soy un micólogo casi profesional. Así que en ésas estaba ahora por presumido, buscando níscalos, boletus, cantarelas y russulas. Quizás podría haberlas solicitado a algún colega de la asociación micológica a la que pertenezco, pero decidí que mis amigos de juergas y pesares bien merecían mi esfuerzo. Además había retrasado ya muchas veces la invitación; justificada en ocasiones porque no era época; por desidia en otras, y últimamente por mis problemas con Marifé. Total, que me levanté con un careto que me hizo recordar que los cuarenta están rozándome la coronilla cada vez más rala y tras una ducha más bien fría para despejarme, subí al coche y me fui hasta mi bosque favorito, una zona de castaños, robles, chopos y nogales. Un rincón paradisíaco a la orilla de un pequeño río que últimamente estaba tomado por excursionistas. Sólo deseaba que en esta época del año, el lugar estuviese solitario.

Como para compensarme, el día era magnífico. Había lloviznado durante la noche pero ahora el sol lucía en lo alto y la mañana era fresca y luminosa, condiciones ideales para la búsqueda de los hongos con los que agasajar a mis amigos. En la pequeña explanada que hacía las veces de aparcamiento antes de introducirse en el sendero del bosque  sólo había un solitario Land Rover antiguo. Pensé que otro colega solitario se me había adelantado pero no me inquieté, la zona era fructífera y podía abastecer a muchos amantes de las setas. Me dirigí a una zona particularmente húmeda y umbría que conocía bien, imaginando que el competidor andaría por zonas más evidentes y conocidas. Pronto encontré unas magníficas Amanitas caesareas que pasaron a mi cesta. Seguí buscando y sucesivamente fueron cayendo Russulas vescas, ideales para hacer unos revueltos, y Cantharellus cibarius. Con mi cesta bien aprovisionada y sin el menor indicio de la presencia del conductor del Land Rover, me acerqué hasta el río para dar un paseo por el caminito que sigue paralelo a su curso, con tramos de madera y puentecillos artesanales.

 
Sólo llevaba diez minutos paseando, al tiempo que pensaba en las discusiones continuas que Marifé y yo habíamos protagonizado en los últimos tiempos y que habían acabado con nuestra relación de ocho años, cuando escuché que me chistaban. Miré hacía el bosque e incluso al río pero no vi a nadie. Iba a reanudar el paseo, ya en dirección al aparcamiento cuando oí de nuevo chistar y  unas risas de mujer. Me acerqué a un casi invisible desvío y allí, al pie de un castaño, rodeada de hierbas húmedas, hojarasca, castañas caídas y setas diminutas estaba sentada una preciosa mujer. Lo que me hizo pensar que yo había abierto la puerta a una inesperada alucinación fue que la mujer estaba completamente desnuda. Miré a mi alrededor, con ojos y boca desorbitados, pensando que aquello era una broma pesada o estaba siendo víctima de un programa de esos pesados de cámara indiscreta. Pero no se veía a nadie más. 


−Acércate − me dijo. Yo también recolecto setas−  e indicó las que había tronchadas a su alrededor.

−¿Se encuentra bien? ¿Le ha pasado algo? – le pregunté pasando por alto su absurda información.

−No, ¿qué me iba a pasar? Este lugar es asombroso. ¿Has visto que colores? Ocres, marrones, dorados, verdes... Todo está húmedo... como yo.


Me dio la risa, no lo pude evitar. Me pregunté si la mujer estaría colocada, pero no lo parecía. Hablaba articulando bien. Y me miraba tan lascivamente que me sentí como Pulgarcito perdido en el bosque y atrapado por los encantos de una lúbrica hada.


Me acerqué. La mujer era de edad indeterminada; su cuerpo correspondía a una mujer  muy joven, pero su mirada contradecía esa impresión.


−Es peligroso estar... así en medio del bosque – dije por decir algo, no sabía cómo reaccionar ante una situación tan extraordinaria.

−¿Pero qué me podría pasar? – alegó con gesto inocente.


Aquello me puso caliente a más no poder, si es que podía estarlo más de lo que estaba desde el instante que la descubrí, expuesta y desnuda bajo el castaño.


− ¿El Land Rover es tuyo?

−Humm.... sí, en estos tiempos viajar en escoba llama mucho la atención.


Desistí de tratar de comprender la situación o de hacerla razonar. La tía podría haberse escapado del loquero pero estaba buenísima, sus intenciones estaban claras y yo no iba a ser el gilipollas honrado que la llevase por el buen camino.

Me senté a su lado y le aparté el cabello rojizo del cuello. Tenía ojos de gata: grises y bordeados de pestañas claras; la piel, muy blanca. Realmente parecía un duende del bosque, una ninfa perdida, una moura de mis relatos infantiles, cualquier cosa menos una loca asesina.

Ella sonreía, mimosa y provocativa. La besé. Me sentí transportado. Me eché sobre ella y la magreé, salido como un perro. Se dejaba hacer, lánguida y sensual. Sus pechos tenían las areolas de color rosa muy pálido y gimió cuando mis labios se apoderaron de los pezones enhiestos. Fue entonces cuando me aferró con sus piernas torneadas y me mordió el hombro. Le besé el cuello, olía a verde, a hierba, a plantas silvestres. Descendí hasta su ombligo, pequeño, infantil. Sentía sus dedos perdidos en mi cabello. Su coño era tan pálido como su piel anfibia, sin vello. Su entrada, rosada, estaba por el contrario, cálida y húmeda, como una pequeña cueva acogedora. La lamí y relamí mientras  la ninfa arqueaba la espalda y alzaba la pelvis. Ronroneaba como una gata, se frotaba contra mí, apretándose con firmeza. Me quité la ropa. Ella no parecía notar la incomodidad del suelo, húmedo y lleno de hierbajos. Su ropa no estaba a la vista. Me subí encima de ella, que me recibió abriendo con ansia sus piernas largas. Es extraño, un minuto antes pensaba hacerle una docena de cosas bien guarras y ahora lo único que deseaba era sentirme dentro de ella, morder su lengua, sorber su saliva, besar sus pecas. Ella se acoplaba a mis envites, perfectamente compenetrados ambos. Sentía su calor allá abajo. Mi polla se deslizaba dentro de su coño bien lubricado, mi deseo alcanzaba cotas incontrolables. Quería darle vueltas, quería tomarla por la espalda, quería hundir mis dedos en su cintura, pero no cambié de postura, obnubilado por la intensidad de sus ojos grises que me hipnotizaban. La follé intensamente pero como un perfecto novio enamorado. ¿Por qué? No lo sé. Quizás no quería perder el contacto de su mirada; tenía miedo a que se volatilizara; quizás quería que ella me observase bien, que no olvidase mi cara resacosa, con barba de dos días y ojeras azuladas. Quizás temía despertar en medio de mi cama y que todo fuese un sueño lúbrico con polución incorporada. Pero ella se asía a mi trasero y lo arañaba y pedía más. Sí, pequeña, musité, te daré cuanto pidas, y la besaba.

Cuando acabé, ella tenía prendidas en el cabello rojizo hojitas de helecho, la espalda cruzada de rascazos y las mejillas encendidas por su orgasmo. La fina piel del escote también estaba sonrosada. Se sentó sobre mí y me miró divertida. 


−Se ha dado bien la jornada, ¿eh? Muchas setas has encontrado.

−He encontrado una de la que desconocía la especie, es única, nunca vista antes por estos parajes.

−¿Y estás seguro de que no es venenosa?

−Es deliciosa. Y no como éstas y señalé las que ella había tronchado−. Son Amanitas muscarias, tóxicas.

− Lo sé –dijo. Y se rió.


Uol Free

miércoles, 5 de octubre de 2011

miércoles, 21 de septiembre de 2011

ERASMUS

Para: Alba <albanoalla2@gmail.com
Asunto: Rolf
            Querida Alba, te quedas corta cuando alabas la belleza de esta zona, es una pasada!!!  Y mira que yo venía reticente, porque ya sabes que mi primera opción era Estocolmo, me hacía mucha ilusión ir de Erasmus allí, me habían dicho unas amigas que era alucinante. Me pasé semanas viendo fotos de la ciudad, conociendo las calles con el Google Maps y después resultó que nada, que me tocaba ir a Oslo y me quedé planchada. Pero tampoco era cuestión de arrugarse, así que acepté la beca, una mierda de pasta, ya sabes que en realidad nos pagan una miseria y son los padres los que cargan con todo, y aquí estoy desde hace dos meses.
            Me sorprendió que no lo supieses, lo anuncié a bombo y platillo, debes ser la única que no está en una red social ja ja ja... Pero bueno, ahora que sé que eres de las antediluvianas, te enviaré más fotos de la capital y de los colegas, que sí, algunos son guapísimos y están de miedo. Ya sabes que yo siempre era una de las más altas de la clase, pues aquí me siento enanita. Sólo las hijas de los inmigrantes son más bajas que yo, y las señoras que ya se encorvan ja ja ja. Bueno, no es que todas sean gigantas, pero mi 1,72 es de lo más corrientito, ya ves, en esta vida todo es relativo.

            Veo que sigues igual de zorrona que siempre, lo que más te interesa es que te hable de Rolf. Pues te voy a dar una envidia que te cagas, porque es un tiarrón de impresión, algo flacucho para mi gusto, pero seguro que a ti te mola. Es un compañero de la facultad, aunque algo mayor que yo. En realidad lo conocí porque es el coordinador de los Erasmus de tercer año, él está acabando la carrera, o eso creo, esto  no es exactamente como ahí. Nos citó a una reunión para darnos información de cómo va todo, los teléfonos de contacto, bueno, todo el rollo, ya sabes. Después me di cuenta de que hablaba mirando mucho rato para mí, pero yo no le presté demasiada atención porque me sentía desbordada con tanta información y mi inglés, porca miseria, se ve que es más flojo de lo que pensaba. La gramática, genial, pero de oído ando fatal. Los primeros días me preguntaba si ellos hablaban el mismo inglés que yo u otra cosa. Y sí, es cierto que lo habla muchísima gente, si no iba apañada, pero la entonación es algo distinta; bueno, ya sabes, nosotros venga a imitar el tono de Cambridge y nos sale el soniquete hispano, pues a ellos el escandinavo. Vale, lo reconozco, mi inglés hablado era una mierda, y digo era, ¡porque no sabes lo que he mejorado en estos dos meses! 

El caso es que vi que era guapo, rubísimo, de ojazos azules y larguirucho,  pero es que no sabes que empacho tenía yo de tíos como te he descrito en aquellos primeros días: babeaba continuamente, y Rolf era uno más y no el más llamativo, precisamente. La cosa cambió dos semanas después, cuando empecé a enterarme de qué iba todo y ya no me sentía una mosca en medio de un merengue, porque Alba, aunque no lo creas, uno se acostumbra a todo, hasta a la belleza, y al cabo de dos semanas ya no me parecían todos tan guapos y hasta encontraba defectos en hombres por los que me tiraría de cabeza aquí en cuanto bajasen del avión, ¡lo que hay que ver! Pues como te decía, la cosa cambió cuando tuve un encontronazo en la residencia en la que me alojo y tuve que llamar a Rolf. ¿Te creerás que querían expulsarme porque me pillaron fumando en la habitación? Y no de lo que TÚ fumas, que ya te veo venir. Están paranoicos con lo del tabaco. Al parecer son muy estrictos con eso, ni siquiera en las habitaciones se puede fumar; yo pensaba que se limitaba a las zonas comunes, pero resulta que está prohibido en TODO el edificio. Los apestados tenemos que irnos al parque que lo circunda. No sé por qué no nos echan a los osos polares (lo de los leones no pega aquí,  jua!). ¡Figúrate que me estoy planteando dejar el vicio sólo por no congelarme! :P
En fin, que tuvo que intervenir Rolf alegando que por mi condición de extranjera no conocía las normativas nacionales y que mi inglés era malo (se ruborizó cuando la directora señaló escéptica los cartelitos de los pasillos) y yo tuve que poner cara de niña buena de colegio del Inmaculado Corazón de María con caída de párpados y pestañeo incluido. Se me concedió la gracia del perdón, pero seguro que estoy fichada como elemento subversivo (¡y sin quemar ni una papelera!). Le di las gracias a Rolf por la intercesión y él se mostró amable y conciliador. Así empezó nuestro affaire.
Ay, Alba, aquí todo es distinto. Dos semanas después, con media docena de tardes de cafés con barquillos por medio y cuatro noches con un par de litros de cerveza Hansa, Rolf me pidió que lo acompañase un finde a su pueblo natal. O eso entendí yo. Me quedé a cuadros. Ni lo habíamos hecho y ya me preguntó walk me to my hometown? Mi cara debía ser un poema porque él se rió. A continuación me aclaró que aquí presentarle la familia a un ligue es lo normal. Pero para mi tranquilidad no íbamos a alojarnos en casa de sus padres, en Ålesund, sino junto a su hermana Berit. Be fun and the scenery is beautiful. Yo le pregunté: Egentlig? Vakker natur? (De verdad es bonito? Es noruego, estoy aprendiendo algunas palabras. Lo pronuncio de pena pero se ve que le gustó mi esfuerzo porque me abrazó y ése fue el primer gesto sexual que tuvo conmigo. Ya ves que la rapidez sólo es válida para algunas cosas, o sea, todo al revés que aquí, es decir, ahí, ya no sé ni donde estoy).
Total, que días después enfilamos la E-6 y nos fuimos un viernes camino de Spjelkavik. El otoño noruego es fascinante, bueno, ya has visto las fotos que te envié, poco más puedo añadir. Su hermana Berit Jenssen vive en una casita roja al fondo de la calle Hjellenhagen, un lugar apacible y tranquilo. Nos recibió sin sorpresas junto a su marido Gunnar. Para no extenderme en detalles, te diré que lo bueno pasó en la sauna. Acabábamos de cenar y Berit y Gunnar se acercaron a la casa de unos vecinos para tomar con ellos un trozo de tarta de arándanos. De pronto Rolf apareció en la sala sólo cubierto con una toalla en la cintura y me tomó de la mano. Me dejé llevar.

En la parte posterior del jardín estaba la sauna. Rolf me desnudó lentamente. Había una calidez en él que no esperaba. Me besó el cuello, las orejas y los párpados mientras farfullaba no sé qué en su idioma. Yo estaba sofocada, no sé si porque el larguirucho resultó muy ardiente o por el calor abrasador de la sauna. Lo cierto es que me costaba respirar.  A mí me daba algo de palo por si a la hermana o al cuñado se le ocurría entrar en la sauna, hasta temí que fuera parte del plan (ya sabes que estos nórdicos son muy liberales y yo al fin y al cabo no dejo de ser una meridional que hace todas sus guarrerías en la intimidad), pero entonces miré a los ojos azulísimos de Rolf y me di cuenta de que era un bendito. Rolf me sentó en sus rodillas y comenzó a besarme las tetas. Se ve que le gustaban mis pezones morenos porque se demoró en ellos mucho rato. Yo estaba caliente como una perra y sin paciencia para muchos prolegómenos. 
Jason Lewis

Pero mi Jason Lewis particular (sí, sí muérete de envidia, se parece un poco al actor de jovencito, aunque no tan fornido) tenía ganas de menú completo de dos platos y postre. La verdad es que desde que llegué al país tenía ganas de comprobar el mito de la famosa frialdad de los nórdicos y no es cierto; también quería saciar mi curiosidad por descubrir el color del vello púbico de los muy rubios. Y Rolf lo tiene castaño, más oscuro que el cabello, y tan escaso como en el cuerpo. Ya sé, Alba que quieres detalles jugosos, pero te vas a quedar con las ganas, tía; sólo te diré que lo hicimos así sentados sobre las maderas del banco de la sauna; que casi me mareo por el calor; que sentía cada una de las gotas de sudor que se deslizaban a lo largo de mi espalda hasta alcanzar la hendidura de mis nalgas. Se notaba que Rolf estaba acostumbrado a follar con esa temperatura porque aguantó lo que ni se sabe a pesar de que acabó lleno de moratones en las piernas, y yo confirmé dos cosas: la primera es que aquel calor seco hace alcanzar el orgasmo con pasmosa rapidez (ahora ya entiendo por qué Livia decía que se masturbaba en la sauna del gimnasio cuando estaba sola) y segunda, el motivo de que a esta beca de estudios la denominen Orgasmus, je je!! Porque, Alba, monina, a este Rolf lo pienso exprimir los seis meses que me quedan aquí, tanto en la sauna como fuera de ella. De hecho, estoy deseando que caiga una buena nevada para volver a este pueblo y tirarme en bolas en la nieve antes de regresar a la sauna con el larguirucho de Rolf, que sí, también la tiene grande.
¡Hala, muérdete las uñas! pero escribe y cuéntame cómo va todo por ahí. Y de lo mío, chitón, que no quiero dejar esa plaza sin torear a mi vuelta.
Kisses.

Uol Free



sábado, 10 de septiembre de 2011

El modelo

     Había aceptado aquel trabajo tan desconcertante porque quería comprarse el último modelo de iPod touch de 64GB y debía apoquinar 400 €. Sólo iba a estar allí unas cuatro semanas, dos horas, tres días por semana. Pero entonces se le antojó una tableta digital y ya llevaba sentado en aquella peana tres meses.

            Ella comenzó las clases cuando sus músculos llevaban entumecidos  seis horas y diez minutos. Lo que quiere decir que comenzó a asistir a las clases con una semana de retraso respecto a los otros alumnos de ese nuevo grupo formado. En realidad era una academia privada; seguro que la matrícula costaba una pasta respecto a lo que le pagaban a él, pero es que los alumnos de aquella academia se salían del perfil de jóvenes universitarios de Bellas Artes que siguen los cauces académicos habituales. Ésta era gente ociosa que amaba pintar, modelar, o que se aburría y pretendía cumplir fracasados sueños  juveniles. Pero ella tenía algo especial. Llegó silenciosa y perfumada y se colocó en la segunda fila en diagonal con él. No miró a nadie, sólo saludó, buenas tardes, y colocó su tela en el caballete. El lienzo era excepcionalmente pequeño, si se comparaba con las pretensiones vanidosas de los otros alumnos, que parecía que iban a pintar El Guernica. Tomó un lápiz o carboncillo en su mano derecha y sólo entonces lo miró. Él, que la había observado a hurtadillas, desvió la mirada y se mantuvo en la posición indicada por el profesor. Sentía sobre él la mirada escrutadora de ella. Otros se lanzaban desde el primer momento a pintar no se sabía qué sobre los lienzos, como drogatas con mono, pero ella sólo miraba. Todo el rato. Sintió unos nervios extraños en su estómago. ¿Por qué no dibujaba? ¿Era una vojeur? Por el rabillo del ojo la miró un segundo. Estaba seria y concentrada, observaba su cuerpo, sus piernas flexionadas, los brazos abrazando las rodillas, su miembro asomando entre sus talones. 
By Robert Mapplethorpe

Sintió excitación. No la había experimentado antes, ni siquiera ante la rubia cachonda que se le había insinuado descaradamente al final de la primera clase. Cuando apenas faltaban quince minutos para el final de la sesión, ella esbozó unas líneas en el lienzo. Fue un trazo continuo y delicado. Después sonó el timbre y ella recogió la tela, la metió en un portafolios y se quitó la bata blanca. Él la observó con detalle mientras se ponía el albornoz, ya liberado de su obligación de mantener la postura, pero ella evitó el contacto visual y se alejó lanzando al aire un buenas noches educado e impersonal. Él se fue al vestuario, intrigado. Nunca había experimentado tanta curiosidad por saber qué había dibujado ella.
            Para la siguiente clase él se hizo el remolón en el vestuario, esperando a que ella se instalase en el aula. Cuando se despojó del albornoz para sentarse de nuevo en la peana, la miró serio e inquisidor. Ella no rehuyó en esta ocasión la mirada, oscura y profunda, insondable y un punto altiva. La clase se desarrolló por derroteros similares a la anterior, no siendo que en esta ocasión ella trazó más líneas en la tela, aunque tampoco demasiado. Cuando el profesor se acercó a valorar el trabajo de la mujer, él giró la cabeza para mirar sin disimulo aunque fingiendo relajar el cuello, y advirtió un gesto de asentimiento en el profesor, que aunque no era exigente con aquellos alumnos aficionados, tampoco hacía plácemes gratuitos. Aquello debía ser bueno. Cuando la clase llegó a su fin, la escena de despedida se repitió sin la más  mínima variación. Él no se atrevió a hablarle y ella se fue sin pararse a charlar con los grupitos que se formaban a la salida.
            El cuadro avanzaba. Dos sesiones más y cambiarían de tema, tocaría un bodegón. Él se decidió a abordarla. La curiosidad por ella y su cuadro eran ya insoportables. Como ella se llevaba el pequeño lienzo y no lo dejaba sobre el caballete, nunca pudo echarle un ojo, como hacía a veces con los otros, que según su inexperta opinión, eran bastante malos en general. Cuando el reloj de la sala marcaba las 19,55h. , él giró la cabeza y la miró. Ella se dio cuenta y él le sonrió. Ella pareció quedarse perpleja y a él le pareció que se ruborizaba un poco. Mientras ella recogía los bártulos, él se acercó y le dijo, espérame, sólo tardo diez minutos. Ella quedó clavada en la sala. Él fue al vestuario con el corazón galopándole en el pecho, se vistió apresurado y temiendo que a su vuelta la sala estuviese desierta. Pero ella se había puesto el abrigo y aguardaba al lado de la puerta con el portafolios en una mano y el paraguas en la otra. Descendieron las escaleras en silencio. Vivo aquí cerca, dijo ella, y lo cobijó bajo el paraguas. Su piso no era un cubículo extravagante ni un remedo de ático parisino o loft londinense: era un confortable hogar burgués. Con gusto y estilo, pero nada alternativo. Ella le ofreció una cerveza de importación sin preguntar. Era una Grimbergen tostada Optimo Bruno. Ella bebió Nestea al limón sin azúcar.

      Tienes las medidas perfectas para ser modelo de Bellas Artes, me dijo ella. Y tu piel es de una calidad excepcional. Lo digo por la luz que refleja. Después se calló y me tomó de la mano. La pintora estaba acostumbrada a mandar, estaba claro.
             
            Me desnudó lentamente, valorando cada detalle que veía, como si no llevara semanas viéndome completamente desnudo. Yo estaba empalmado desde el momento en que la vi aguardando por mí bajo el dintel de la puerta del aula de dibujo. Trasmitía una sensación de seguridad y dominio que me ponía a cien. Acarició mi pelo cortito y dijo que la textura del pelo de los negros era única, que ese roce la excitaba. Nunca me habían dicho tal cosa y sonreí. La besé. Ella se desnudó y su cuerpo era como la línea continua que yo imaginaba que dibujaba, un trazo firme y sinuoso a la vez.
            Me folló, sí, lo admito, ella me folló. Escogió cómo, dónde e incluso cuánto. Me arrinconó contra la pared, me chupó la polla hasta la extenuación, me cabalgó, me hizo mamarle el coño y beber sus jugos. Yo estaba fuera de mí, obedeciendo en todo lo que me ordenaba, inmerso en una locura orgiástica que me llevó a lamerle el ano, a darle todo lo me que pedía, a aguantarme las ganas de correrme sólo por saciar aquel ansia que ella tenía. Llegué a un punto de fogosidad y delirio que temí hacerle daño; entraba y salía de ella con ímpetu y ella pedía más y más. Temí volverme loco de placer. Ella se corría gritando y volvía a la carga, sin dejarme a mí llegar al orgasmo, hasta que no pude más y me descargué dentro de ella. Fue una locura total. Estábamos empapados, desquiciados de deseo y placer. No lo esperaba. Ni siquiera imaginaba lo que se encerraba dentro de aquella mujer ya no tan joven, lo que podía llegar a suceder dentro de aquel perfecto piso pequeñoburgués. Ella no me preguntó nada. Nada me pidió después. Fui yo quien en el umbral de su casa me giré y le pregunté ¿habrá otra vez? Ella se quedó de nuevo perpleja, como si no esperase más interés por mi parte. Claro, dijo, pasado mañana tenemos otra clase.
            Me fui a casa pensando en qué otro aparato debía comprarme para justificarme el seguir con aquel trabajo ocasional. Pero sobre todo, ansiando ver el pequeño lienzo que ella tan afanosamente ocultaba.

Uol Free