
Ven
aquí,
me dice, y yo entonces me derrito porque sé lo que su petición promete, las
escenas que vendrán a continuación, todo lo que me desarma y convierte mi
cuerpo en líquido que se escapa por mis entrañas, río buscando sosiego en el
delta de mi cuerpo.
Ven
aquí,
pide, u ordena o suplica, depende del día. Y mi respuesta es siempre la misma,
sentir esa sensación de opresión en mi vientre, esa respuesta incontrolable de mi
cuerpo traicionándome una vez más.
Y me acerco. Y siempre
su mano buscando mi cintura, doblegando la escasa resistencia, atrayéndome
hacia si, enamorándome un día más, mi cuerpo traidor de si mismo, aliado de si
mismo, buscando su propio interés, sin esperar las órdenes del cerebro, general
de mando sin autoridad.
Me pierdo en su mirada.
No es muy lírico, no. No es elocuente, no sabe mentir con palabras de
encantador de serpientes. Y por ello me entrego. Porque sé que su cuerpo no finge
y sus escasas palabras no buscan la mentira complaciente. Una ha llegado a un punto
en que descarna las palabras, arranca sus pieles armiñadas, ya sabe lo falsas
que son las monedas doradas. Pero en el sexo nunca me han importado la veracidad
o no de las palabras. Siempre he sabido cómo se retuercen, cambian, manipulan y
delatan las palabras. Las más falsas pueden ser altamente estimulantes. Las
palabras hieren cuando una cree en su realidad. Pero si las pones en contexto,
las palabras son tus aliadas. Yo sólo desconfío de las palabras dichas en frío,
no en la explosión del deseo: ésas cumplen su función.
Él no es muy elocuente, es cierto, aunque
podría serlo, no le faltan cualidades, pero es su naturaleza: no hablar más de
la cuenta. Él sí cree en el poder de la palabra. El barroquismo aflora en su
cuerpo, no sale de su boca. En su boca se esconde la lengua, mero órgano
explorador de la mía. Remisa a aventurarse
en oquedades diversas. En el fondo, teme. Teme mi exuberancia y mi decisión,
teme mi entrega y mi pasión; teme volverse torrentera, él que quiere ser afluente
que se desvíe a río, a lago, a marisma. Mi arroyuelo.
Me atrae hacia su vientre,
ya hinchado su pene. Quiero creer que también él se excita con la apelación, ven aquí. También él sabe qué va a
suceder a continuación. Y su polla se eleva, me presiente, me espera.

Me echa el cabello a la
espalda, huele mi cuello, observa el balcón de mi escote. Sabe que soy discreta
y sólo para él descubro mis encantos. Hay mujeres que necesitan ir reafirmando
su sensualidad frente a todo el mundo. O simplemente les gusta mostrarla,
porque sí, porque quieren. Yo no soy de ésas, no necesito el reconocimiento de
nadie. Eso le sorprendió, mucho, y todo lo que yo escondía. No lo escondo, le dije. Simplemente no
necesito enseñarlo al mundo. Yo sé que existo. No necesito más. No necesito el
reconocimiento público. Soy una soberbia de cueva, la que se regodea en su
silencio, en su quietud. Sé que no cree en esa premisa, pero no puede evitar
que le agrade mi discreción: es un hombre, al fin y al cabo. Le brillan los ojos. Me empuja contra la
columna. Sus manos buscando mi vientre. Me gira. Si le hiciesen la encuesta ¿tetas o culo?, este arroyuelo mío no
sabría qué elegir, le gustan las dos cosas. Sólo para él me pongo el vestidito
blanco calado. Porque le gusta ponerse a mi espalda y alzar la vaporosa falda
hasta mi cintura, asir mis nalgas. Resopla. Por suerte le gustan las formas
rotundas, las curvas de mujer. Y se frota animal, tomándome los senos también,
hablándome al oído, ahora sí, para verter palabras que sólo yo debo escuchar,
ésas que excitan más, si cabe, mis sentidos.
No sabría decir qué me
encandiló de él, aparte de su buena y generosa disposición para el sexo, su
entrega hasta que no le queda aliento, las agujetas con las que pasamos la
semana después de los extenuantes maratones a los que nos exponemos. Quiero
pensar que lo que me enamora es su falta de artificio (Eso no significa que no pueda
mentirme, simplemente no es su objetivo). Me sorprende lo rectilíneo de su razonamiento,
yo que soy de meandros y curvas. Contra el sentir popular, no todos los hombres
son rectilíneos en su mente, al contrario diría yo, me he encontrado con bien
pocos así. Lo que no son es fabuladores en exceso, es cierto, su pensamiento no
es planificador, no programan tanto como las mujeres, pero de rectos y simples,
nada. Al menos en mi experiencia. Y mi arroyuelo es bastante sencillo, lo es. Mis palabras son denotativas, me
dice. Lo miro con un poco de pena. ¡Eso
suena tan poco prometedor! Pero me rehago. No tengo que interpretarlo,
solamente gozarlo. Y ya es hora. ¡Ya es hora de gozar sin tontunas, sin
esperanzas etéreas de algo que ni yo misma sé qué es! Gozar, amar. Eso es lo
que cuenta. Mi arroyuelo me hace sentir primitiva, hembra en la selva,
devoradora insaciable. No necesito palabras antes. Sólo ese Ven aquí. Y voy.
En
la cama mando yo, me dijo la primera vez que me despojó
de la ropa. Debió pensar que sonaba machote.
¡Me reí tanto por dentro!
Pues manda, acepté, convencida de que
esas palabras formaban parte del atrezzo.
No ha vuelto a decirlo.
Se deja devorar
lentamente. Por mi gula. Por mi lascivia. Por mi ternura.

A mi lado, me busca los
ojos cuando me corro. Busca el latido desenfrenado de mi corazón, el grito que
sale de mis entrañas.
Mi arroyuelo apenas
alcanza a conocer la profundidad de mi pensamiento. A veces, como una ráfaga de
luz en la noche, creo que percibe como una intuición lo hondo de la sima que
tiene a sus pies. Pero, este mi niño, nunca me conocerá realmente.
¿Y qué más da? Gozo, amo.
De momento.