jueves, 12 de mayo de 2016

Vivir en una película



Yo también quiero vivir en una de esas películas donde la vida de la protagonista, mujer de mediana edad, sufre un cataclismo y se vuelve del revés y decide regresar a sus orígenes, o a un pueblo apartado, bonito, de postal. Y al llegar allí no es una extraña deprimida a la que nadie presta más atención que la de notar su presencia, o una retornada a la que se mira con indulgencia o escepticismo, sino que altera a todos, y su novio de la adolescencia está soltero o viudo o divorciado, puesto allí sólo para esperarla y ayudarle a recuperarse (después de algunas vicisitudes de tira y afloja que le ponen sal y pimienta a la cosa), para que rehaga su vida (con él of course). Y el tipo no es un hombre corriente y normal, no, es un cachimán de tomo y lomo, un hombre (médico, veterinario, granjero acaudalado, retornado informático de la ciudad que vive en contacto con la naturaleza...) que estaba allí  puesto por el Ayuntamiento sólo para ella, ¡ja!  Y además todo es de fábula. Y el amor esta vez sí, es para siempre, por siempre.

Y si la mujer de mediana edad tiene hijos adolescentes, huraños y resentidos por dejar el insti y a sus amigos (y merecedores de algunas collejas), también el primer día ya conocen al amor de su vida y todos felices. Cada oveja con su pareja ¡Amén!

Yo quiero vivir en esas películas. Nada de lujo decadente, nada de fiestas con orgías en piscinas de Hollywood, no, yo quiero vivir en esas películas donde la vida te da dos, tres, cuatro oportunidades; donde esas oportunidades son infinitamente mejores que las primeras (el trabajo es mejor, más satisfactorio, sin estrés ni jefes malvados; los hombres más guapos que los ex, ¡dónde va a parar!); vidas donde meriendan pastas con el té, las vecinas te traen pasteles a casa y pudin y plum cake (que suena mejor que bizcocho o roscón o queique) y son guapos, estilosos, inteligentes y no engordan a pesar de tanto pastel

Yo quisiera vivir en esas películas, porque la realidad es muy distinta.


Llegas a ese pueblo maravilloso y estás más sola que la una.

Y las vecinas te miran con acritud y sospecha.

Y el paisaje es bonito, quizás, sí, pero no da de comer. 

Y la casa tiene grietas, no hay calefacción, el tejado se cae a cachos, no hay buena cobertura de telefonía, si truena se va la luz, el bar más próximo está a quince o veinte quilómetros y cuando entras en él te miran tres parroquianos de ochenta años.

Y no hay hombres disponibles. O son muy viejos. O muy brutos. O solitarios con rarezas y/o síndrome de Diógenes. O son muy feos. O incultos. O, directamente, no hay.

Y no hay segundas oportunidades, ni terceras.

Y aunque eres fuerte y luchas y todo eso, nada es como en las películas.

Es infinitamente más gris.

Por eso yo quiero vivir en una película.
Uol
 

8 comentarios:

  1. La verdad es que mientras iba leyendo la primera parte, se me había puesto una sonrisa. La segunda... es frustrante...

    También te digo una cosa... saliste MUY bien en la foto, tiempo al tiempo porque tu belleza se extenderá de boca en oído a lo largo de la comarca, luego de la región y luego de la provincia. Irán hombres con chocolate, pero lo que es mejor, con churros, y es posible que os pintéis la cara y estalléis en carcajadas.

    Bah, me ha salido otra película. Soñar... es lo que tiene. Pero qué sería la vida sin sueños?

    Un besito, Uol. :-)

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    1. Sobre todo el churro que no falte, Sbm. :P

      No te imagino a ti haciendo "películas", pero te ha quedado un comentario cariñoso y, vaya, hoy me hacía falta. :) Gracias.

      La vida sin sueños es la realidad.

      Biquiños!!

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  2. La cruda realidad, muy cierto Uol.

    Si te vas a vivir a esa película y te sobra un trozo de bizcocho, ya conoces un buen larpeiro ;)

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    1. Cruda, cruda.

      Pero como en el fondo no consigo matar los sueños, este finde me voy a a hacer una ruta de senderismo. A ver si entre esos montes y parajes bellísimos me encuentro a un perdido y apuesto montañés (de película)jejejeje

      Y en cuanto al bizcocho, te guardaré un trozo: me gustan los larpeiros porque yo también lo soy. Es más, desconfío de los muy frugales jajaja aunque lo tuyo es mucho, Amowhor: pura gula ;)

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    2. Larpeiro (ahora sé lo que es,lo he tenido que buscar) convicto y confeso, me apunto al bizcocho. Y para abrir boca propongo e invito a tortilla de gallinas de pueblo con pimientos de la huertina, tomates de la de la abuela y ,cómo no, chorizo y lacón de gocho casero.
      ¿Quién trae el vino? De eso no estoy muy surtido.La mecanización se llevó las viñas.
      Salud!

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    3. Menuda merendola!!! Jeje
      El vino lo pongo yo,que tengo contactos con Dionisos.
      Bicos!

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  3. Rural (y rústico) de nacimiento y convicción, me apena ver cómo los pueblos se vacían, se cierran escuelas, consultorios, farmacias.
    Las administraciones no saben cómo gestionar la masificación en las grandes urbes en las que se amontona una parte cada vez más considerable de la población, y abandonan a su suerte paraísos como el que describes y a sus cada vez más escasos y envejecidos habitantes, verdaderos resistentes.
    Por no hablar de los horteras urbanitas que en cuanto llegan sueltan el tan manido lugar común de "¡qué bien se vive aquí!" y callan (o peor, improvisan alguna tontería acorde con su nivel cultural) cuando se les contesta: Pues esto está al alcance de cualquiera, vende el cuchitril en el que malvives, por cuatro perras compras casa enorme y terreno, y nos vemos el próximo invierno.
    Abrazos aldeanos

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    1. Cuánta razón tienes!
      De eso ya hablé yo en mi entrada Los amantes del campo
      http://programademanolibre.blogspot.com.es/2014/07/los-amantes-del-campo.html?m=1
      La gente sigue pensando que los chorizos cuelgan de los árboles y el marisco se aparece en las bandejas!
      Bicos aldeanos!

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