martes, 29 de julio de 2014

Un viaje... y un Magnum (I)




Estuvo indecisa sin saber qué meter en la maleta. El verano pasado no, el verano pasado no hubo indecisión, ropa de playa como había hecho durante la última década. Tomás era de playa, bueno, de chiringuito y cabezadas en la playa: dormía por la mañana tras el paseo por el arenal quilométrico al que lo arrastraba ella; siesta tras las raciones de chipirones, gambas y mejillones; adormilamiento tras los baños de la tarde antes de contemplar embelesados la puesta de sol a las 22:00 horas, única ventaja de tener un desfase de casi tres horas solares. Pero este verano pudo plantearse qué ropa metía en la maleta y, traicioneramente, sintió en el estómago una punzada de melancolía. Este verano Tomás no exclamaba alzando las cejas mostrando su desacuerdo "¿¡otro biquini nuevo!?", ni se enteraba de la docena de tops y camisetitas que escamoteaba a su control en la mochila. Este verano ella se cuestionó si no debería ir a la montaña, quizás un albergue o un bungaló en Pirineos. Caminar hasta el lago y el refugio de Certascán, por ejemplo. 

Refugio de Certascán (Lleida)
Sólo tenía que comprar un equipamiento de Decathlon, las botas ya las tenía, necesitaba un pantalón con cremalleras y camisetas de fibra, el algodón es ecológico pero tarda más en secar. Se probó todo y ante el espejo se sintió más falsa que una modelo del Coronel Tapioca. Su entusiasmo se enfrió tan rápido como adolescente al que el profe le manda sacar el ordenador del armarito para acto seguido pedirle que busque información sobre un tema y que redacte una página sobre el mismo. Llevaba siete u ocho años sin hacer planes veraniegos con sus amigas. Al principio se prometió que no se iba a desvincular del grupo, reservaría unos días para ir juntas a la playa, o de excursión o a festivales cañeros. Pero Tomás ocupó más y más sitio. Y con el tiempo los planes con sus amigas se redujeron a tomar en alguna ocasión una caña tras el trabajo o compartir tres o cuatro  cenas al año. Y además la familia, que si pasa una semana en casa de papis por las fiestas patronales, que si a los padres de Tomás les haría ilusión que fueran a la casa del pueblo a pesar de que jamás habían vivido allí... Total, que las amigas hacían planes sin ella y ahora era tarde para apuntarse al carro, al menos este verano. Un circuito, necesito un circuito al que me pueda apuntar sola. Curioseó por aquí y allá, recordó que una compañera del curro había ido sola a Islandia uniéndose a un grupo al que se apuntaba gente interesada en el mismo destino. Ella siempre había querido conocer otras rías, las rías del norte, los fiordos. Llevaba años queriendo visitar los fiordos y glaciares noruegos, subir a Cabo Norte, llegar a Laponia, contemplar las auroras boreales, empaparse de verde y azul. Pero Tomás no era nada imaginativo, a él el chiringuito le ofrecía todo lo que aspiraba a soñar. Distintas distancias mentales. Entró en la página, buscó, consultó itinerarios y actividades, alucinó con los precios, echó cálculos y reservó. Después se tomó un ansiolítico. Dios, estaba loca, loca de remate. En fin, no llegaría a Cabo Norte, ya era tarde para ver las auroras boreales en su esplendor, pero visitaría Oslo, Bergen y otras ciudades y pueblos, cruzaría varios lagos en ferry, haría trekking por bosques, atravesaría un glaciar con crampones y viajaría en 4x4. ¡Si me viese Tomás!

Finalmente, hubo de pasar por la tienda y comprar lo desechado, la lluvia es habitual en Noruega y el algodón tarda mucho en secar. Por inercia, metió un biquini en la mochila. Y pensó en Tomás. Seguro que se hubiese divertido. Pero era poco imaginativo. Antes no le importaba, pero ahora... Sus amigas ya habían visitado media Europa y ella no arrancaba a Tomás del chiringuito. 

La noche anterior, tras tragar otro ansiolítico, una locura, una locura irse sola, fantaseó con la idea de conocer a algún tipo que también estuviese desparejado. Pero sabía por sus amigas que los hombres no viajan solos, que si hay un par que vayan juntos existe un 95% de probabilidades de que sean gays. Los heteros planean sus viajes con la novia y, si van con un amigo van en coche, con mapas, en albergues y con escalas en macrofestivales o campings, nunca en circuitos organizados por muy plan B que sean. 

Su hermano mayor la dejó en el aeropuerto con la mirada reprobatoria de "esto no es necesario, no tienes por qué irte tan lejos tú sola". Nadie parecía darse cuenta de sus renuncias, de que ella siempre había deseado viajar y que, a pesar de los ansiolíticos, era él y no ella quien echaba raíces en la hamaca de cualquier chiringuito que estuviese 100Km. a la redonda. 

Contra todo pronóstico, el grupo no lo formaban treintañeros post-adolescentes. Sólo le ganaban en juventud una muchachita que iba con sus padres y un par de chicas de edad indefinida, lo mismo podían tener 30 que 40. En un primer momento no supo si iban varones sin pareja, en el punto de encuentro charlaban animadamente hombres y mujeres. Fue cuando se distribuyeron en los coches cuando advirtió que casi todas eran parejas de entre 50 y 60 años, todos ágiles y fibrosos, pertrechados con ropa de montaña y bastones telescópicos, delgados, sonrientes y arrugados como pasas. Sólo espero no hacer tremendo ridículo y cargarme el menisco el primer día. 

Pronto desconectó, la ansiedad se había desvanecido, miraba embobada todo cuanto la rodeaba, todo lo que salía a su encuentro, disfrutaba, lo que menos le llamaba la atención era el ser humano, bueno, el autóctono del lugar sí, pero de igual modo que admiraría un zorro polar o una morsa, con curiosidad zoológica. Atendía a las indicaciones del guía y por lo demás iba a su bola cámara en mano, riéndose sola y con cara de continua alucinación. Resistió bien la caminata por el sotobosque hasta las cascadas de Hivjufossen. Allí se alejó para cantar una cancioncilla celta en honor a los dioses nórdicos, saltó por piedras, mojó las manos en las aguas gélidas del lago Stolsvatn, se emocionó en el fiordo Nærøyfjord, le gustaron las visitas a iglesias y museos tradicionales y no se mareó en el ferry a Hardangea.
 
Cascada de Hivjufossen

El Púlpito

 Solamente flaqueó el cuarto día ante los crampones.
―Yo casi que no... ―le dijo al guía―. Mejor rodeo por allí―y señaló los bordes ocres y verdes que enmarcaban la lengua del glaciar Folgefonna.

Glaciar Folgefonna

―Pero mujer...―escuchó a su espalda― si esto lo hace hasta un niño pequeño, no tiene dificultad. 

Quien le hablaba de niño no tenía nada, el pelo canoso en su totalidad, rostro moreno de recibir mucho sol de montaña y patear trochas, un cincuentón alto y escurrido. Ella sonrió por educación pero no le respondió.

―El problema es que rodeará mucho y nosotros llegaremos antes, tendríamos que esperar por usted―fue el guía quien argumentó en contra.
―Ya...―se resignó desalentada. De mala gana sacó de la mochila las polainas impermeables.

El canoso seguía a su lado.
―No te desanimes, es divertido, ya verás. 

Ella no tenía ganas de intercambiar opiniones sobre lo que le parecía divertido o no, así que volvió a forzar una sonrisa de compromiso sin mirarlo siquiera mientras se ajustaba las correas de los crampones de acero de 12 puntas que le había dado el guía.

―Al principio se hace raro caminar, debes separar bien los pies para evitar enganchones en los pantalones, presiona con los pies planos, el terreno ya ves que no tiene casi pendiente y ayúdate con los bastones.
―Se ve que entiende usted mucho de esto. 

Él obvió el trato distante del usted.
―Un poco, sí―y sonrió mirándola fijamente.

Ella se desconcertó un poco, porque los ojos caramelo eran cálidos y ningún otro color de iris  se ajustaría mejor a su rostro enjuto, de líneas marcadas. 

Un listillo, pensó, y ahora me irá dando instrucciones todo el camino, casi prefiero esnafrarme de una vez  y que me considere una inútil total, a ver si se larga. 

Ella se rezagó. Realmente caminaba con torpeza, la nieve no es su medio. Miró al grupo que se alejaba a buen ritmo. No sabía si le admiraba o le jodía ver cómo avanzaban aquellas mujeres de pelo corto y blanco que le sacaban veinte años, joder, qué energía. Ella empezó a perder el resuello.

―Acompañas mal la respiración, por eso te sofocas. 
¡Y dale!, ¿es que no se va a callar nunca? 
―Es que me pesa el pandero―atajó ella. ¡A ver si encima me confunde con una de esas flacas arrugadas de pelo blanco! 

Él miró entonces su culo. 
¡Será cretino! 
―Tu trasero puede soportar esto y más, es que no estás acostumbrada. Por cierto, me llamo Arturo. 
¡Por los clavos de Cristo, me ha tomado de pupila! 
―Oye, que se nos escapa la tropa.―Ella avanzó fingiendo una agilidad que no sentía. 
Él ya estaba de nuevo a su lado como si tal cosa. 
―¿No me vas a decir cómo te llamas?
―¿Eh? Ah, sí... Lou, mi nombre es Lou.
―¿Sueles viajar sola?
―No―respondió seca sintiendo calor en la cara―y espero no arrepentirme. 
Él sonrió. Desde luego, no era hombre de fácil desánimo.
―También para mí es la primera vez. 


Lou no sabía por qué se sentía irritada. Aquel hombre no tenía la culpa de su irritación, era amable, le daba conversación y no parecía molesto con su falta de entusiasmo. ¿Se debía a que la había abordado un hombre en el que ni había reparado? ¿Era porque estaba oxidada en el arte del ligoteo? ¿Era porque después de tanto tiempo con Tomás descubría ahora que era objetivo de hombres canosos? ¿Cuándo había pasado de ser bocadito para treintañeros a pieza de caza de cincuentones? Se le cayó el alma a los pies, que arrastraba con dificultad por el hielo pisoteado. 

―Este tipo de viajes suelo hacerlos con un amigo, pero hace una semana se rompió la clavícula: una caída de la bici. Se le cruzó un perro en una comarcal.
―Un peligro las comarcales, los perros y la bici―sentenció ella con sorna.
Él soltó una carcajada.
―Sí, es que nos gusta vivir peligrosamente.
Ella también se echó a reír.
―Sí, joder, ¡qué vida peligrosa!
―¿Así que no eres aventurera, Lou?

Ella lo miró de reojo. Arturo sonreía con gesto de burla, pero sus ojos castaños seguían siendo cálidos.
―En realidad, esto es lo más fácil que he hecho en mi vida. He vivido peligrosamente, ¿sabes? Diez años en un desierto en el que de repente se abren arenas movedizas. ¿Recuerdas eso en las películas? ¡Arenas movedizas, arenas movedizas! Y se tragaban al tonto de la película o al malo, con suerte. Bueno, eres demasiado mayor para recordarlas ¿no?
―¿No crees que tendría que ser más bien muy joven para no conocerlas?
―Hummm... 

La distancia con el grupo se iba incrementando.
―¿Tendríamos que apurarnos, no?
―¿Te has divorciado y por eso vienes a este viaje? 
¡Pero bueno! ¡Joder, es un perro de presa! 
―No creo que eso sea de tu incumbencia.
―Yo sí empecé a viajar cuando me divorcié. De eso hace ya mucho tiempo. 
¿Pero a mí qué me importa? ¿Por qué me cuenta su vida? 
―Siempre me gustó viajar, pero en fin... las condiciones no eran propicias. Ahora... lo disfruto mucho.
―Ya... la vida en pareja acarrea renuncias. Y uno lo hace hasta que...
―Hasta que no compensa.
Él la miraba ahora serio. Lou no quiso comentar nada a esto y siguió avanzando. Ambos callaron admirando el maravilloso paisaje que se abría ante ellos, el cielo plomizo, el silencio liberador sólo roto por el crujido del hielo aplastado por sus pies. 

El grupo estaba liberándose de los crampones y ellos se acercaban al final del recorrido.

―No disfrutarás del viaje si sientes peso en los pies.
―No es tan sencillo como liberarse de unos crampones.
―No..., pero tampoco más difícil.

En la cena Arturo se sentó a su lado con toda naturalidad y decidieron compartir un vino tinto de un Château francés, una estafa de 35 euros. Conversaron con sus compañeros de mesa y al acabar se dirigieron sin preguntar al bar del hotel.
―¿Duermes si tomas café a estas horas?―preguntó Lou ante el solo que Arturo pidió.
―Gracias por preocuparte por mi salud, pero no pienso dormir mucho esta noche.
Lou sintió arder sus mejillas.
―¿Y eso por qué? ¿Vas a ojear osos polares?―que se sonrojara no significaba que se mordiera la lengua.
―Bueno... ya que presumes tanto de ser más joven que yo, eso espero... que me des mucha caña y no me dejes dormir.
―¡Oohh...! Mucho fantaseas tú.
―¿Fantasía? Yo confío en que sea una realidad.
―La realidad puede ser muy decepcionante.
―Pero yo soy optimista.

Lou lo observó. Arturo estaba perfectamente rasurado y se había vestido con vaquero y polo naranja. Irradiaba fortaleza y energía. No te engañes, Lou, es el color naranja, ya conoces la teoría de los colores. 
―¿Y bien...? 
Este hombre era un mastín, no soltaba el diente. ¿Es que no se rendía nunca? 
―¿Qué?―Lou se hizo la sueca.
―¿No quieres que bebamos un vodka en tu habitación?
―¿Ahora se dice así? En tu época no era "¿tomamos un café en tu casa?"
―Un vodka irá mejor. Aquí es carísimo, así que me he traído una petaca. Y antes de que me lo preguntes, mi hígado está perfectamente y las transaminasas de fábula.

A Lou no le quedó otra que reírse. Sí, la verdad es que tenía buen color. ¿Y si...? 

Uol 
(Esta historia continúa aquí)

sábado, 26 de julio de 2014

Rojo

Simply Red

Detenida en un semáforo, vi por el retrovisor que el conductor de atrás me miraba con la boca abierta.

Lo que él no sabía es que en el habitáculo en el que viajo encerrada sonaba ni rojo favorito, y mis saltos sobre el asiento con los brazos al aire tenían cabal justificación.


Uol

miércoles, 23 de julio de 2014

El zapato

-¡Dios, hacía un lustro que no me pasaba tal cosa, unos ojos enredados en los míos con esa intensidad!
-¿Y...?
-Y nada. Como Cenicienta pero al revés, se fue del pub a medianoche y no creo que volvamos a coincidir.
-Tendrás que dar a probar el zapato...
-¡Si lo hubiese dejado...!
Uol

sábado, 19 de julio de 2014

Estampida


―Pero, ¿por qué?
―Siempre tuve la sensación de que me faltaba algo que estaba en otra parte.

Uol

 Estampida: s. f. Huida repentina de un pájaro u otro animal.

martes, 15 de julio de 2014

Los amantes del campo


Conozco a muchas personas de ciudad que dicen amar el campo. Son aquellas que reforman una casita semiabandonada (que rastrearon y localizaron gracias a algún pariente de un conocido o paseando en coche por la zona) y la llenan de cachivaches rescatados de trasteros, pajares y bodegas abandonados. 


Son esas personas que telefonean el miércoles a doña Silvina diciéndole que el viernes van a ir, que haga el favor de airear la casa y de paso comprar dos quilos de carne para el churrasco y unos chorizos en la carnicería del pueblo cercano y se los dejen en la nevera, que ya ellos le pagan después. Son los mismos que contratan a un jubilado aburrido para que les riegue el césped y compre en algún sitio de confianza estiércol de vaca, todo orgánico, nada de vete tú a saber qué. Son los mismos que le preguntan por el vivero de plantas, y el jubilado feliz les cultiva las rosas, les planta algún arbolito, les aconseja sobre las lechugas y les regala los tomateros. Don Severino, déjenos dos carretillas de leña en el alpendre y de paso, échele un vistazo a los tomates, que no sé qué pasa que no crecen.  Y después la señora hace fotos de las rosas, de los tomates y los cuelga en facebook presumiendo de sus logros de jardinería y horticultura. Mirad qué rosa Grandiflora he logrado en mi jardín¸ mirad mis tomates, dan ganas de comérselos, ¿no? con aceite de oliva de primera prensada en frío, lo consigo en el salón gourmet del Corte Inglés. 

Los amantes del campo compran muebles de jardín y se hacen construir un porche hacia poniente para ver las puestas de sol. Algunos hasta deciden instalar un gallinero si el terreno es grande y pueden alejarlo de la casa, ya doña Silvina les dará de comer, y la señora les dice a sus amigas huevos de corral, enormes, y las gallinas sólo comen vegetales, nada de piensos

Los amantes del campo no van a su casita si arrecia el temporal, si el regato se desborda, si el viento arranca las tejas, si el incendio del estío sitia la casita, ya don Severino, el jubilado-capataz-feliz, arreglará los desperfectos. Y si es mucho el gasto, para eso está el seguro. 

Los capitalinos amantes del campo dicen que en los pueblos se come muy bien, que cuando te invitan siempre hay jamón y chorizo en la bodega, quesos sabrosos y pan de centeno. Se ve que piensan que aparecen por arte de birlibirloque en esas bodegas, no han criado y cebado el puerco, no han hecho la matanza, no han salado los jamones, no han ordeñado vacas, ovejas o cabras día sí, día también, sin festivos ni domingos ni vacaciones ni puentes, las ubres a reventar, no se pueden dejar para más tarde; no han madrugado al alba, las manos ateridas sobre el azadón, no han cavado, sembrado, abonado, arrancado hierbas, rastrillado, regado. Sin descanso. Y un día cae piedra, hay helada, el sol agosta la cosecha, o viene una peste, una plaga (las posibilidades son infinitas) y la ganancia se va al arroyo, alehop, desaparece. Y miras al cielo. Y vuelves a empezar día tras día día tras día día tras día. Pero los amantes del campo siempre tienen jamón y queso en la bodega, ya se encarga alguien de comprarlos a un vecino o en una tienda especializada de la ciudad (son de un pueblo cercano, productos artesanos de lo mejorcito), que para eso sirve la pasta. No han visto que en el campo no hay guarderías, que no hay Centros de Salud, que las farmacias cierran, que las sucursales bancarias se trasladan veinte quilómetros y los septuagenarios que ya no conducen deben contratar un taxi que los lleve a buscar las medicinas y retirar dinero para un mes, lo que los pone para más inri en el punto de mira de asaltantes de variado pelaje.  No ven que los coches de línea suspenden los trayectos por escaso beneficio, que las escuelas cierran por falta de niños, que no hay Centros de Día para los enfermos de alzheimer y otras dolencias inherentes a la provecta edad de sus habitantes, ni personas que atiendan por horas a ancianos solos, que les limpien la casa, que les preparen la comida, que les ayuden a cubrir documentos que ahora sólo pueden presentar por internet. No ven que la propia señal de internet no llega, que hay zonas de sombra para los teléfonos móviles, que a veces la señal de televisión es mala y se va y la culpa siempre es de las antenas. Claro que si vives y trabajas en la ciudad ¿para qué quieres todo eso? La señora y el señor urbanos quieren desconectar en el rural. Por eso no entienden que a alguien no le guste el campo, una aberración si además eres natural de un pueblo. ¿Cómo puede no gustarte el campo si los paisanos siempre tienen queso y jamón, si el aire es puro, no hay ruido y les compras verduras biológicas a los paletos por cuatro duros?


Uol

viernes, 11 de julio de 2014

¿Qué nos pasó?


Noche estrellada enfilando el puente hacia la avenida Costa de la Luz. El sol en la piel y el alcohol en el alma, atesorando recuerdos para un día como hoy, como ayer. 
Arena en los pies, sal en los dedos.
Recuerdos de ayer. Y OBK resonando en la cálida madrugada.


 
Eterna canción

 
Es tan dura la verdad,
que impide respirar.
En tu cruz caben dos
y a mí llamarte se me olvidó.
Mi vida es el telón
de un teatro sin función.
Mi mente arrastra palabras
que ya nunca pronunciaré.
Delirios de amor,
no puedo crecer con este dolor.
Olvídame, dijo tu voz.
Olvídame... Eterna canción. 


Me he perdido una vez más,
de tanto recordar,
de no encontrar la respuesta a la pregunta
¿qué nos pasó?
Ya vivo de ese adiós,
que el alma parte en dos.
Ahogándome en la tristeza de ahora
verme sin tu querer.
Delirios de amor,
no puedo crecer con este dolor.
Olvídame, dijo tu voz.
Olvídame... Eterna canción


OBK: Eterna canción del álbum Antropop (2000)

lunes, 7 de julio de 2014

Fuente


FUENTE

¿Olvida una fuente
que fue fuente?
¿Olvida que lo ha sido
aunque ya no vayan a beber
a su chorro
los pajarillos?

¿Deja de ser fuente
sólo porque al caño
ya no acerquen
los hombres su cantarillo?

¿Acaso no es y será
siempre fuente,
surtidor y manantial,
poza y hontanar?

Sabe la fuente que lo es,
aunque los demás sólo vean
su piedra oscura,
el pasado  moho que otrora
recubría su brocal hoy seco;
aunque digan "es septiembre
y se ha secado la fuente
tras el verano ardiente".

La fuente no olvida
que lo es;
ufana y satisfecha, recuerda.
Sabe que las aguas discurren
allá dentro por siempre.
Porque ha nacido para ser fuente.
Y lo es,
incluso a su pesar. 

Uol 
 
Fuente