miércoles, 17 de julio de 2013

La piel



   Estaba harta de muchachos que preguntaban en la red cuánto tardar en responder a los mensajes de la chica para no parecer  interesados; de los jóvenes que no la besaban al final no vaya a ser que pensara que se colgaban; de herederos que hablaban sin cesar de sus propiedades y futuros cargos; de voces anónimas que se ocultaban temerosos de sus cuerpos.

Decidió buscar un hombre. Un hombre que ya conociera la victoria y la derrota; un hombre que hubiese escalado montañas y rodado pendientes; un hombre que supiese de los triunfos y las miserias del cuerpo, de sus éxitos y fracasos; un hombre que hubiese hecho sus rondas nocturnas y valorase volver a experimentar despertares escépticos, pálpitos y esperanzas, que volviese a creer.

Pero ¿qué espera de una mujer un hombre así? ¿Cómo vestirse para él, para que la reconociese entre la masa vociferante? ¿Para que descubriese sus ojos entre la penumbra susurrante, advirtiese su presencia entre el grupo laboral o de camaradas o quizá un rostro anónimo entre la gente?

Repasó el armario, deslizó perchas y de pronto reparó en él. Juraría que no lo había visto antes, pero, claro, ¡tenía tanta ropa! Colgaba perfectamente planchado, un vestido de piel. Era de piel de serenidad e ilusiones, confeccionado con retazos de superaciones y algunas decepciones. Con un bonito cinturón del que colgaban abalorios de esperanzas. Los puños, rematados de piel de esfuerzos; a la altura del corazón, un bordado de  pasiones, y en el cuello una cinta de palabras: amor, cariño, respeto.

La falda caía ligeramente holgada con una piel más oscura, teñida de deseos, de placeres, de fantasías carnales, de anhelos siempre frescos, nuevos. El dobladillo tensaba la tela con los límites impuestos: realidad, aprobación y aceptación.

Aún en su percha, observó el efecto del vestido de piel sobre ella. El gran espejo de cuerpo entero le devolvió una imagen insólita. De entrada no se reconoció, aquella no era su piel, se dijo. No era su estilo. Sintió una cabeza trasplantada sobre otro cuerpo, una cabeza a la que le hubiesen colocado un vestido inapropiado. Como si alguien jugara a las mariquitas con ella y la adornara con vestiditos que fabricaran con cartulinas de colores o retales viejos.

Pensó devolver el vestido de piel al ropero, pero recordó lo que le decían las dependientas, hasta que no lo pruebes, no sabrás cómo te queda realmente.

Se lo puso.


Le sentaba como un guante. Todo encajaba en su sitio, costuras, puños, cintura, cadera, largo, vuelo…

El espejo le dijo: eres tú. El vestido es tuyo. Siempre ha estado ahí, aguardando el momento justo en que te quedara perfecto.

Aún vacilante, se calzó sus zapatos de quien pisa fuerte para ver el total efect. Todavía no se reconocía y sus pies vacilaron por primera vez. Le asaltó la duda. ¿Aquel extraordinario vestido de piel era para el día o para la noche? El hombre que la reconocería con él puesto ¿se movía de día o era noctámbulo? No lo sabía, quizás alguien como ella, polivalente.

Volvió a guardar el vestido, tenía mucho en qué pensar, quizás aún no era el momento.

A un centenar de metros de allí, un hombre descubría por primera vez en su armario un traje de piel, ni sabía que existía.

Ni loco, se dijo. Y la piel retornó a su hueco.

Uol

12 comentarios:

  1. Simplemente Precioso..........
    Saludos........

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    1. Muchas gracias, Isabel.
      Un saludo.

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  2. Precioso vestido, y divina descripción, hasta la última costura.
    Enhorabuena !

    Un abrazo

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  3. Creo que pocas veces un hombre se pone su traje de piel y una mujer hace lo mismo, se encuentran y se dan cuenta de que van vestidos a juego, como si fuesen un dúo de actores o cantantes, que han calibrado cualquier aspecto incluido el de su imagen.
    Y entonces, a uno le resulta tremendamente atractiva y atrayente la indumentaria de una, y a una le pasa lo mismo con el traje de uno.
    Y entonces ocurre esa fusión mágica de piel con piel que pocas veces se da de manera tan mágica y perfecta como cuando dos se han vestido la ocasión.
    Uol...divino...perdona que a mí se me haya ido la olla un poco jejejeje

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    1. Es cierto, que coincidan el encuentro de las pieles es pura magia. Hay que creer que a veces sucede.
      Un beso, Belkis.

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  4. Muy bonito de verdad.

    Saludos desde www.malagasensual.blogspot.com

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  5. ¡Qué grande! Me parece uno de tus mejores textos. Es emocionante ir descubriendo tesoros así.

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    1. 😊😊💓💓
      Me ruborizo!
      Qué gusto que te des unos paseos por mis textos antiguos!
      Gracias! 😘😘

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    2. Es que esas ventanitas de "quizás también le interese" me plantean tentaciones ineludibles a veces. A ver si este verano, en tener algo más de tiempo, hago una maratón de lectura de entradas antiguas.
      ¡Gracias a ti!

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    3. Pues yo encantada de que te dejes tentar!
      Besotes!!!

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