martes, 4 de junio de 2013

Cola de pista



Es difícil comprar billete si se desconoce qué destino elegir. Lo es más si ni siquiera sabe uno si desea viajar.

Decidir que debía moverse le llevó un tiempo. Pero no mucho. Más arduo resultó adquirir el billete por lo que conllevaba de selección. Se sentía motivada pero al tiempo condicionada. Sopesó gustos y posibilidades. Fue rígidamente realista y descartó posibilidades demasiado azarosas o exóticas para el momento. Eso la paralizó un tiempo. Lo que descartaba, lo que rechazaba, era definitivamente lo que más le atraía.

Guardó todo en un cajón unos meses más. Pero no se olvidaba de dónde estaban los catálogos. El cajón acumuló encima de ellos nuevos trofeos y recortes de su vida: facturas, publicidad guardada por si acaso, una servilleta de papel con el logotipo de un café de los de mesas de mármol y arañas en el techo… Pero esta vez no dejó que amarillearan, no. Expurgó el cajón y rescató los catálogos, contempló de nuevo los posibles destinos y en esta ocasión valoró la posibilidad de lanzarse sin más.

Se decidió una noche de insomnio, de repente, como lo decidía ella todo, con los ojos abiertos tras los párpados cerrados.

Compró el billete de avión y nada le dijo a él. Lo compró con mucha antelación, pero no creáis que fue para abaratar costes: hay destinos que nunca bajan de precio, siempre te cuestan sudores y esfuerzos, a veces parte del alma.

Ahora ella está en el avión, aguardando la partida.

Está en cola de pista. Desde su ventanilla ve como otros aviones se posicionan en la cabecera, se preparan para despegar. Los ve y se emociona. También ella, también, soltará amarras y se elevará.

El avión se mueve, rueda lentamente por la pista transversal, sólo queda girar en la curva y posicionarse. Mientras esto sucede, le late el corazón fieramente. Ya no habrá vuelta atrás y lo sabe. Está nerviosa, pero todavía no sabe si son nervios buenos o malos.


Los ayudantes de cabina van de acá para allá cerrando compartimentos, asegurando cinturones, a la vez que comprueban  los rostros de los viajeros, su expectación, su alegría, sus esperanzas, su temor, su angustia, su ansiedad o sus sueños, todo se refleja en sus semblantes antes de iniciarse el vuelo. También ella va colocando en su sitio lo pendiente: cerrar el cajoncito de lo ya perdido y tirar la llave; adornar con flores  el jarrón de las emociones, pintar de nuevo las paredes de la salita de su corazón. No sabe si se olvida de algo, pero no importa. Allá donde va, seguro que puede encontrarlo si es imprescindible y, si no, seguro que no era tan necesario.

El avión se mueve de nuevo y la voz del comandante  suena por megafonía:

Torre de control, autorizados a despegar. Estamos listos. Cabina asegurada. Entrando en pista.

Ella se agarró fuertemente con ambas manos a los bordes de los brazos del asiento. Cerró los ojos. Y despegó.


Uol


4 comentarios:

  1. El viaje más largo, y el más tortuoso es el que nos lleva hasta nosotros mismos.
    Bon voyage!
    Un abrazo

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    1. Ese viaje lo inicié hace mucho tiempo, a los cinco os seis años creo (antes tenía conciencia pero poco deseo de viajar :P). Por lo visto, el viaje de conocernos a nosotros mismos sólo se acaba con el pitido final.
      Abrazos!!

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  2. Anónimo6/6/13 9:05

    El asunto es atreverse. Pintar las paredes, abrir las ventanas, mirar a lo lejos.

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    1. Sí, desde luego, atreverse. Siempre resulta más fácil decirlo que hacerlo, pero un buen día, uno acaba por lanzarse a redecorar.

      Gracias pro comentar, anónimo.

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