sábado, 3 de marzo de 2012

Macho cabrío o el carnaval ancestral

    Escribe:
Cada vez que llega el carnaval tengo la fantasía de un encuentro de seducción. Yo soy una dama del salvaje Oeste y llevo mandil impoluto sobre vestido largo, con sombrero. 
No, no, borra eso. Yo llevo pantalones porque soy una dama del salvaje Oeste, una rebelde, una Ava Gardner que sostiene la mirada a un...??? Charlton Heston imponente, a un John Wayne pero en guapo, en fin, a uno que me ponga. 
No, pero casi que no, ésa es otra fantasía. Volvamos a la dama de blusa ceñida con tetas picudas, como si llevara cucuruchos de helado por sostén. Me secuestra un indio de largo cabello azabache. Me siento hipnotizada por su torso lampiño y sus ojazos negros. 

¿Otra vez la historia del indio salvaje y seductor? ¿Quién se lo cree? Seguro que es una mala bestia. 

Oye, es mi fantasía, déjame a mi buen indio despojándose de su pantalón de flecos en el interior de la tienda. 

Bah, seguro que huele a cuero y encurtidos varios. 

Pero a ti qué más te da. Es mi historia.

Ok ok, pero prefiero que me cuentes lo de tu lío con el macho cabrío.

¿Otra vez?

Es que me pone, ese encuentro sí que me pone. Anda, va, cuenta. 

Escribe: 
Era tiempo de carnaval. Siempre me he disfrazado, aunque unos años con más sentimiento que otros. Algunos todos los días, los seis enteros, empezando el viernes y acabando el miércoles de ceniza, llorando vestida de viudita en el desfile del entierro de la sardina; otros años, sólo el lunes de carnaval, para desfogar en medio de comparsas bullangueras, charangas ruidosas y desfiles bulliciosos. Sólo una vez falté a la cita, que yo recuerde, y fue allá en mi adolescencia, aquejada de una mononucleosis que me puso con cuarenta de fiebre. Pero este año estaba yo desganada. Ya había repetido hasta la saciedad mi colección de disfraces de pirata, india, cavernícola, cortesana, años 20, ninja, vampiresa sexy, caperucita, Pipi Calzaslargas, enfermera asesina, payasa, vikinga, flamenca, princesita de cuento, zíngara, monja sexy, diabla sexy, bruja sexy...

¡Cuánto disfraz sexy! 

Pues sí, siempre hay una versión sexy... Me faltan... policía... 

¿Sexy? 

Por supuesto, y mosquetera, presidiaria, egipcia, romana, bailarina de danza del vientre, geisha, hippy... y bombera. Todos modelitos sexys ja ja ja 

Me queda claro. 

En fin, te haces una idea. Así que este carnaval no tenía ganas de nada sexy ni de nada, en general. Pero entonces Lidia sugirió que en vez de quedarnos aquí, hiciésemos una excursión a algún pueblo del triángulo mágico, que nos comportásemos como turistas y nos impregnásemos de otro tipo de carnaval. Acepté a regañadientes, aunque llevada por la curiosidad de lo que contaba gente que había estado en esos lugares. Yo estaba acostumbrada a unos carnavales clásicos, ni venecianos ni estilo Río de Janeiro, lo normal, copas y disfraces por la calle, el catálogo que he reseñado. Pero las fotos que vi por internet hablaban de otra cosa. Primitivismo puro, máscaras extrañas, bestias salvajes, animales. No sé. Quería ver otra cosa. Consultamos el programa, pues cada día tenía su particularidad. Pensamos que durante el fin de semana el gentío sería excesivo y decidimos acercarnos el lunes, dormir allí y pasar también el martes de carnaval, regresando avanzada la noche, o quizás pernoctar si el ambiente lo merecía. 

Saqué del trastero mi colección de disfraces pero ninguno me convencía. ¿Qué llevar que no desentonase? ¿Qué traje poner que no me hiciese parecer una urbanita desubicada? Nada me servía. Y otra cuestión ¿debería ser versión sexy o no? Finalmente me decidí por el traje de vikinga, por aquello del casco con cuernos y el atrezzo de hacha y martillo. Me pareció lo suficientemente salvaje para la ocasión. Lo malo es que la falda larga tenía destrozos y quemaduras de cigarrillos, así que la sustituí por la corta del disfraz de cavernícola. Busqué la peluca rubia de enfermera asesina y le hice dos trenzas y en ella sujeté el casco guerrero. Las calzas de mosquetera, algo recogidas, completaron el atuendo. El efecto era un poco extraño con tanto remix, pero ya tenía disfraz para el carnaval ancestral. En el último momento decidí pintar mi rostro con manchones que pretendían ser salpicaduras de tierra y sangre y oculté mis ojos con un antifaz marrón. 

No había poca gente, en absoluto, aquellas callejuelas estrechas y rurales estaban atestadas de personas que saltaban, bebían y vociferaban. Todos ellos parecían una horda salvaje que hubiese desembarcado en aquellas ruelas, si es que hubiese mar que lo justificase. Decidimos entonarnos lo antes posible para confundirnos con aquellas gentes y en el bar de la plaza trasegamos chupitos de licor café que más bien parecían copazos. Fue un error no buscar alojamiento. Después supimos que, de todos modos, no había ni un cuchitril donde meterse, pero para entonces ya era tarde y poco nos importó: no íbamos a dormir. De pronto un rumor creciente alcanzó la placita elevando a sus ocupantes a algo parecido al paroxismo. Con nuestros copazos en la mano vimos como subía en nuestra dirección un carro con la morena arrastrado por unos mocetones fornidos, medio desnudos y con tocados animales, como si fuesen bueyes de tiro. A su alrededor otros tapados con tela burda de saco o bolsas negras de basura arrojaban un emplasto oscuro a todo aquel que se cruzaba con la comitiva. Eran las famosas hormigas rabiosas de que hablaban en los foros; hormigas enrabietadas con vinagre y mezcladas con toxos, xestas y otras retamas silvestres. Nadie se molestaba por el ataque traicionero; trapos impregnados de una masa viscosa, mitad tierra, mitad vegetales podridos volaba por los aires cayendo sobre los poseídos que se cruzaban en su camino. Había risas nerviosas, carreras apresuradas y miradas enfebrecidas. Aquello era impresionante. Yo no estaba aún lo suficientemente borracha para recibir el maná con la mirada alucinada de los devotos, así que corrí lanzando grititos de espanto a refugiarme dentro del bar. Pero rebosaba de otros pusilánimes como yo, que habían ido al pueblo a ser meros espectadores, ignorando que en un oficio religioso todos somos participantes. Y aquello lo era, una ofrenda a dioses precristianos, una orgía digna de Baco o Dioniso, una comunión de hermanos en celo. Cuando el carro ocupó el centro de la pequeña plaza, aquello se desmadró. Hombres y mujeres corrían de acá para allá intentando evitar los impactos certeros de farrapos viscosos. El suelo, cada vez más resbaladizo, provocó caídas que suscitaban ataques de hilaridad colectiva. Yo hacía rato que había perdido de vista a Lidia quien, contagiada del espíritu de los lazanos, se había arrojado al tumulto, siendo engullida por la turba. La apretura en el Café da Picota ya era asfixiante, excesiva para mis conatos de claustrofobia, por lo que me aventuré al exterior. 

En cuanto traspasé el dintel, la masa humana me arrastró en volandas, pero logré zafarme, no sin antes recibir un par de pisotones y el impacto de un grumo pringoso en mi primoroso casco vikingo. Me dio la risa histérica, quizás el licor café ya se me había subido a la cabeza, y agarré uno de aquellos trapos que cubrían el suelo, lanzándolo a continuación sin destinatario preciso. La reacción fue casi instantánea y proyectiles desde distintos puntos cardinales cayeron sobre mí, que salí huyendo hasta el callejón más cercano. Una sombra me adelantó al tiempo que me decía, aquí, metámonos aquí. Se refería a una bodega cuya puerta estaba entornada. Me detuve indecisa y entonces miré a la sombra. Prácticamente todo su cuerpo estaba expuesto, excepto la cabeza, cubierta por la máscara de un macho cabrío.

Era impresionante, todo él exhalaba animalidad y pensé que no había disfraz más apropiado. Era alto, fornido, de robustos brazos y piernas resistentes. A pesar del frío, no vestía más que unas polainas de piel y un taparrabos de cuero. La máscara era inquietante, con cuernos retorcidos y ojos diminutos, con orificios tan pequeños que no pude descubrir el color de sus iris. Su boca quedaba libre y los labios eran hermosos, bordeados por barba de varios días, cerrada y oscura. Con voz grave insistió en lo conveniente de refugiarnos en la bodega, una casita recia, de piedra. Sin pensarlo mucho entré y él cerró la pesada puerta de madera tras de si. De súbito, el jolgorio de las calles parecía quedar muy lejos. Los gruesos muros de perpiaño ensordecieron los sonidos provenientes de la plaza. Sentí su olor. Imaginaba que sería desagradable, mezcla de sudor, tierra y la porquería arrojada, pero no fue así. Olía, no sé, olía a hombre. ¿Se puede oler a hombre? A cuero, piel, vino... 

De pronto me sentí muy excitada, la situación se volvió muy sexual. Me recosté en el muro y él se aproximó a mí. Allí estábamos los dos, yo guerrera vikinga y él macho cabrío, semidesnudos los dos, seres anónimos sin rostro, sólo dos cuerpos jóvenes que palpitan, animalidad desatada. Las palmas de sus manos sobre la pared, enmarcando mi rostro pintarrajeado como una loca asesina. ¿Cómo te llamas?, preguntó. Brunilda. Oh, por supuesto. Tú no tienes nombre, claro, eres un animal. No lo sabes tú bien. ¿Y me lo vas a demostrar? Me gustaría. Me lancé. Lo atraje hacia mí y lo besé. Fue muy turbador besar una máscara, un rostro de animal, un hombre sin nombre, sin identidad. Su cuerpo, pese a su desnudez, se mantenía cálido. El vello de su pecho lo hacía más primitivo y deslicé mis dedos entre sus pelos, siguiendo el marcado camino hacia el taparrabos, que resaltaba sin pudor una erección propia de cabrón. Él me alzó ligero y me acomodó sobre sus caderas para que yo sintiese su deseo, y algo dentro de mí se desató. Yo era la salvaje vikinga, la endemoniada que había desembarcado en la procura de un macho arcaico, la que buscaba aparearse en intenso ritual. Nos tumbamos sobre una arpillera. Hubo escasos besos y mucho lametazo y mordiscos. En ningún momento se despojó de la máscara. La perversidad de imaginarme montada por un monstruo, por un animal, me excitaba todavía más. No le permití hablarme. La coyunda fue brusca, intensa, potente, emanaba agresividad, pero cargada de sensualidad, si eso es posible. Puro deseo animal. La vehemencia de sus dedos dejó moretones en mi espalda, nalgas y brazos. Pero eso lo descubrí al día siguiente. 

No sé cuanto tiempo pasó. Ni en qué momento volvieron a empezar sus acometidas. Pero cuando acabamos -sudorosos, sin aliento, agotados-, el clamor de la plaza había cesado y sólo llegaba hasta nosotros el acompasado y estruendoso sonido de una charanga. 
−Ahora repartirán cachucha cocida, pan y vino. 
−Un festín. 
Se rió. − Pero no como éste. 
−Pues yo tengo hambre, dije. 
Regresamos a la plaza. Bajo unos toldos repartían las viandas para reponer fuerzas. Había menos gente en la plaza, y de los bajos de las casas y bodegas provenían los sonidos de las familias y amigos cenando empanada, churrasco, pulpo u orejas de cerdo. 

Él se había puesto sobre los hombros una capa que imitaba la piel de un oso que no supe de dónde sacó. Me sonreía entre bocado y bocado. En esas estábamos cuando Lidia me localizó. 
− Sí que te han dado bien, ¡qué pintas tienes! ¿Y tu amigo quién es? 
−Ya ves, un macho cabrío. 

La noche fue larga, de copazos entre baile y baile. Al alba, mi amigo nos llevó a la bodega y Lidia y yo pudimos dar una cabezada bajo una manta. A las diez vino a recogernos y nos llevó de nuevo al Café da Picota, donde desayunamos bica blanca y café con leche.  Algunos mojaban la bica en licor café. El sonido que emitía el golpeteo rítmico de las chocas en la cintura de los peliqueiros llenó la mañana clara y fría. En disciplinada fila se acercaban a los trasnochadores, que se apartaban de su camino, como manda la tradición. Entre el revuelo formado, mi macho cabrío desapareció. Lidia y yo aprovechamos para largarnos. Yo no quería descubrir la identidad de mi animal, no quería arriesgarme a llevar una decepción. 

Mientras nos alejábamos, sucias, cansadas y satisfechas, no pude evitar mirar al pueblo que comenzaba un nuevo día de fiesta. Habría otros carnavales en mi vida, pero yo nunca olvidaría mi carnaval...ancestral.







Ava Gardner

Charlton Heston

John Wayne



5 comentarios:

  1. pringaillo3/3/12 0:33

    Hija mia, te pongas lo que te pongas, tu siempre serás sexy. Te imagino con una mascara... y nada mas. A mi en carnavales no me pasan esas cosas :-)

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    1. Es porque no acudes al lugar apropiado :D
      (Y gracias por lo de sexy, pero ya sabes que el traje SÍ hace al monje, al menos ayud,a je je)

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  2. pringaillo3/3/12 15:43

    jijiji pos a ver cuando me llevas a una de tus fiestas ;-)

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    1. Ya tienes los datos, sólo tienes que subirte a un avión. Dentro de 11 meses, vuelve a ser carnaval ;)

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  3. Woww!! Estos son carnavales, lo demás son tonterías!! Maravilloso viaje al clamor de la carne, querida amiga…
    Un placer, y mil gracias por traerme hasta aquí… (creo que mis carnavales ya no serán lo mismo después de ésto jajaja)

    Bsoss acalorados!

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